Capitulo 1
Alvaro Osorio
Llevaba tiempo esperando a Natalia, sentado en una banca bajo un frondoso árbol, como solíamos hacer.
Intenté llamarla varias veces, pero siempre caía en buzón de voz.
—¿Tú eres Álvaro? —una voz femenina sonó detrás de mí.
Me giré rápido, sin saber quién era, pero sabía que conocía mi nombre.
—Soy la mamá de Natalia —me dijo, mirándome con frialdad—. Solo quiero hablar contigo.
—¿Qué le pasó a Natalia? —pregunté preocupado.
—Está a punto de casarse —dijo sin rodeos—. Así que mejor olvídala.
Sentí que el mundo se me caía encima.
—Ella jamás haría algo así —respondí con firmeza.
Sabía que Natalia no sería capaz de eso. Recordé que su mamá siempre estuvo en contra de nuestra relación; muchas veces me lo dijo, quizá planeaba separarnos. Pero no sería tan fácil: amo a Natalia y haría lo que fuera por estar con ella.
—Aunque no quieras creerlo, se va a casar con un extranjero y se irán lejos —me cortó bruscamente.
—¿Por qué me dices esto? —pregunté desafiante, tratando de mantener la calma.
—Porque nunca aceptaría que mi hija se case con un tipo como tú —me miró de arriba abajo—. Ni siquiera puedes darle la vida que merece. Él sí puede darle mucho más. Haznos un favor y déjala ir.
—Guarde sus palabras y su tiempo —respondí firme—. No dejaré de verla, y si eso fuera verdad, ella misma me lo diría.
Me levanté y tomé mi sudadera. Eso no iba a detenerme.
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Horas después ●●●
—¡Vamos! ¡Dale más rápido! —gritó Pope, mi entrenador—. Cuidado con la derecha.
Mi mente estaba hecha un torbellino; no podía concentrarme. Tenía un mal presentimiento: Natalia no respondía mis mensajes y eso me ponía más nervioso.
—Descansa —dijo Pope, quitándose el equipo y bajando del ring.
—Pero ni siquiera hemos terminado la mitad del entrenamiento —le dije mientras me sentaba en una banca cercana.
—Lo sé, pero no estás bien. Estás aquí físicamente, pero tu cabeza está en otro lado. Y eso no sirve en el ring.
Pope ha sido mi entrenador desde los 15 años; sin él no estaría peleando las nacionales. Me conoce mejor que nadie.
—Tienes razón... No puedo concentrarme —admití bajando la mirada.
—Es por esa chica, ¿verdad? —dijo mientras me pasaba un termo con agua.
Asentí, bebiendo despacio.
No habían pasado cinco minutos cuando Carolina entró corriendo al gimnasio.
—¡Álvaro!
Me levanté de golpe; Pope también lo hizo. Carolina llegó alterada hacia nosotros.
—Me acaban de avisar que la casa de Natalia se incendió —dijo entre lágrimas.
Solté el termo y salí corriendo hacia su casa, incrédulo ante lo que escuchaba.
—Álvaro —intentó sujetarme del brazo Carolina, pero apenas pude evitarlo para seguir corriendo.
Era imposible creerlo. Su casa estaba a unas cuadras; corrí tan rápido como pude. El humo era cada vez más visible y los bomberos ya llegaban al lugar.
Cuando llegué intenté entrar, pero un oficial me detuvo firmemente. Las llamas crecían sin control. Todo parecía moverse en cámara lenta hasta que el policía recibió un mensaje por radio.
Me miró con tristeza profunda.
—Lo siento mucho... Hicimos todo lo posible, pero no logramos salvar a nadie de la familia. El fuego acabó con todo...
Sentí las lágrimas arder en mis ojos mientras una impotencia terrible me invadía. Carolina y Pope habían llegado también; Pope me abrazó fuerte como si fuera su propio hijo. Nadie dijo nada; todos estábamos en shock absoluto.