but I do, I think I do
Gotas gélidas descendían del cielo oscuro de Ciudad Pentagrama, justo en el anillo del Orgullo, en dónde estaba él, observando inexpresivo como el precioso ramo de flores que le había dado al otro ese mismo día estaba ahora en un sucio basurero.
Vox, con sus antenas bajas y un mal sabor de boca, no tuvo las fuerzas suficientes para moverse de su sitio, parado en la entrada del callejón maloliente. Solo pudo mirar cómo los pétalos de los algo marchitos tulipanes azules estaban regados en un camino descuidado hasta el contenedor.
No era la primera vez que esto pasaba.
Alastor solía decirle que detestaba las flores o los detalles de ese estilo. Decía que «no era tan emocionante o romántico», pero el Overlord de la televisión no lo creía así.
Tal vez fue su terquedad lo que le hizo quedar en el mismo sitio de siempre, empapado bajo la lluvia y viendo cómo su regalo estaba tirado sin importancia. Cómo si no tuviese valor monetario o sentimental.
Sonrió amargamente.
En un mundo en dónde Alastor era tan importante e indispensable como el sol, era obvio que los presentes de alguien que ni siquiera alcanzaba a ser una estrella no serían apreciados, siquiera aceptados.
A pasos lentos se dirigió al contenedor, arremangó su saco y suéter, y tomó el ramo de flores. Lo miró de arriba para abajo, tan descuidado y a nada de marchitarse en sus manos justo en ese instante.
Sintió sus ojos picar, seguido de una sustancia extraña que se confundía con la lluvia torrencial.
Lágrimas.
Lágrimas pesadas y ocusas.
Su rostro tras la pantalla volvió a quedar inexpresivo, tan vacío y carente de esa típica jovialidad que lo caracterizaba. Ahora solo se podía apreciar un infinito cansancio y desánimo; tan parecido al dolor que carcomía su pecho.
Harto.
Estaba harto.
Harto de esto.
Harto de tener que ver cómo sus regalos no eran apreciados.
Harto de tener que ver cómo sus sentimientos eran pisoteados.
Harto de Alastor.
Harto de tener que ser perfecto para que, de igual manera, no obtuviese siquiera un miserable gracias.
Soltó el ramo una vez más en el suelo y, con un cúmulo desagradable de emociones, lo pisó. Pisó cada tallo, cada flor, con fuerza y frustración; con la rabia de sentirse insuficiente.
Porque a ojos de Alastor, Vox jamás sería suficiente o digno de su atención.