1960

Summary

Una historia de amor en 1960 donde dos hombres se conocen en un Taxi y con el tiempo se enamoran a pesar de las dificultades de la época. #kookmin #jikook

Genre
Romance/Drama
Author
Kumi
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1

Capítulo 1 - ¿Usted?                            




En las calles de la ciudad llovió incansablemente esa primavera, muchos estaban acostumbrados a los climas húmedos de allí, aunque claro que no todos. En aquél 1960, un jueves por la tarde, las nubes que cubrieron el cielo durante todo el día se desahogaron de la peor manera con el único joven que en su mano no llevaba un paraguas.


Los pies del rubio hacían salpicar su alrededor por las corridas y no le importaba mucho a quién molestaba

mientras que su saco y su maletín se mantuvieran a salvo del agua. Por las veredas de piedras esquivó a varias personas que no se veían tan desesperdas como él, rozó un farol de fierro negro con su brazo y casi choca con un hombre elegante por estar mirando sin parpdear la calle. Las luces de los bares ya concurridos, los semáforos cambiantes y las luces de los autos lo cegaban mientras que los ruidos de la propia ciudad lo aturdían por bocinas, voces y la lluvia que no cesaba.


A lo lejos, vió acercarse un Taxi y rogaba que no estuviera ocupado como los anteriores que intentó parar, y por suerte, haciendo dedo este frenó justo enfrente.


- Mil disculpas, estoy empapado. ¿Puedo pasar igual? - El joven preguntó mirando los ojos del conductor por el retrovisor siendo que él seguía afuera y su espalda al estar inclinado en la puerta trasera seguía mojándose.


- Pero pasá, por favor, más me faltaba. No vaya a ser que por mi culpa usted se enferme - Señalando con la mano sin darse la vuelta lo invitó a sentarse y el joven rubio un poco apenado pero aliviado, aceptó.


- Perdone, estoy mojando los asientos y encima tiene todo impecable. Dios se lo va a pagar, muchas gracias - Colocó su maletín encima de sus piernas y se acomodó junto a una ventanilla, con su saco de vestir doblado al lado y un poco de vergüenza por su aspecto.


Sus mechones de pelo goteaban e intentó acomodarlos hacia atrás pero algunos volvían a caer en su frente. No tenía con qué secar su cara, por lo que estaba húmeda y sus pestañas brillaban con el movimiento de luces afuera. Su camisa blanca era un paño mojado y sus zapatos marrones dejaron huellas en el tapizado del automóvil, lo que lo apenaba y lo hacía acariciar sus propias manos entre sí encima del maletín.


El conductor negó con la mano abierta mientras se ponía en marcha y mirando hacia el frente preguntó por el destino del pasajero. Así, después de eso, ambos comenzaron el viaje en silencio, el rubio intentando permanecer quieto para no llamar la atención y que el conductor no lo mirara por el espejo, ya que descubriría que este mil y una vez buscó sus ojos por alguna razón. Pero sin saberlo, no era el único allí con una curiosidad dándole ansiedad, porque el conductor, quién por cierto era muy joven, estaba batallando por no darse la vuelta y no sabía porqué.


- Sepa que le voy a pagar de más por el despiole que estoy haciendo acá atrás - Dijo y finalmente el de adelante miró el retrovisor encontrándose con una sonrisa con mejillas sonrojadas escondiéndose detrás de su mano mientras se rascaba la nariz mirando el suelo.


- ¿Usted está loco? ¿Acaso el coche va a dejar de funcionar por un poco de agua? Déjese de hinchar, no es problema - Medio sonrió pero el joven rubio no lo vió y por supuesto volvió su vista al frente


Volvieron a quedar en silencio un momento pero el empapado de atrás descubrió que se sentía menos incómodo si hablaba y si no era el clima, de qué otra cosa podía hablar más que de su trabajo.


- Si no le molesta voy a revisar unas pruebas que tengo acá porque estoy muy preocupado de que se hayan mojado, para colmo no las corregí todavía - Abrió el maletín y el conductor mientras lo ojeaba como podía y cada vez que agarraba un semáforo en rojo, dudaba si seguirle la conversación a diferencia de a sus demás pasajeros.


Por alguna razón el de saco marrón y cabello negro sentía nerviosismo al conversar, lo que no era común en él. Su trabajo llamaba a ser sociable y de buen charlar, y eso lo hacía bien cada vez que sentía que el pasajero así lo quería, pero esta vez se dió cuenta de que el joven quería que le siguiera la conversación y le costó de más lograrlo.


- ¿Es maestro? - Miró su cara en el espejo y cuando el rubio oyó la pregunta, levantó la mirada de inmediato, lo que los hizo encontrarse el uno al otro un segundo hasta que el pelinegro desvío la mirada avergonzado, intentando simular que sólo pasó por allí un momento por curiosidad pero su plan falló cuando volvió a mirar y se volvieron a encontrar.


Sus ojos se conectaron un momento corto, pero esta vez se vieron de verdad. El rubio descubrió unos ojos redondos como no había visto antes y parte de una nariz pronunciada, no más que eso pero le costó quitar la vista de ahí, que si no fuera porque el otro siguió conduciendo y esperando una respuesta hubiera seguido mirándolo.


- Profesor. Doy clases de historia - Revisó unas cuantas hojas por encima y su estómago picó por querer subir la mirada hasta ese retrovisor otra vez.


- Mirá vos - Sin volver a mirarlo, paciente el taxista esperó unos momentos intentando descifrar y sentir cuándo el rubio estuviera distraído con sus cosas pero otra vez falló y al frenar en el semáforo, ambos volvieron a entrelazar miradas ya inentendibles, sin palabras por en medio o una contestación pendiente, sin razón estuvieron mirándose a los ojos por 30 segundos ignorando el porqué de cada uno, hasta que escucharon bocinas despertandolos del trance para continuar con el recorrido pero de una forma diferente ahora.


Esas miradas significaron algo, y ese algo fue la frontera que ambos ignoraron cruzar, esa línea que marcaba un antes y un después en sus caminos.


- Son muy importantes. Las pruebas digo, hoy las tengo que corregir y mañana entregar. Se supone que lo tendría que haber hecho antes pero tuve otras cosas - Peinó sus mechones sueltos hacia atrás visualizando las hojas e intentó calmar su respiración que sin darse cuenta se había acelerado.


El pelinegro tragó saliva una y otra vez pero no pudo contestar nada, después de haber mirado tan fijo a un hombre tenía miedo de lo que podría pensar este, si le traería problemas por no ser respetuoso y hacerlo pensar que es un loco buscón, o que estaba drogado, alcoholizado o cualquier cosa que le pudiera hacer perder la licencia.


El rubio dejó las hojas a un lado, arriba de su saco bien doblado y miró por la ventanilla, se recostó apenas y en silencio empezó a contar con dos dedos bajo la unión de su mandíbula y su cuello. Contó 50 segundos y en ese momento los ojos del taxista lo buscaron sin él darse cuenta.


- ¿Qué pasa? ¿Se siente mal? - No pudo evitar preguntar, ya que muy rápido el ambiente había cambiado y el joven empapado parecía decaído.


- No sé. No. No pasa nada, me pareció que me bajó la presión pero nada que ver - Volvió a agarrar las hojas y las guardó sin darse cuenta que una cayó al suelo y planeando casi se escondió bajo el asiento.


- ¿Seguro? Mirá que si se enferma va a ser mi culpa y no voy a poder vivir con eso - Dijo en media sonrisa que escondió al girar su cabeza para mirar por la ventanilla y doblar con cuidado al entrar al barrio.


- ¿Por qué va a ser su culpa? - Cuestionó volviendo a mirar el espejo y vió que el pelinegro formó una pequeña sonrisa sin saber que este lo estaba espiando y su estómago cosquilleó ansioso.


- Porque llegué tarde a buscarlo - Agachó la mirada para ojear los números de las casas una por una, mientras el joven de atrás trataba rápidamente de encontrar una explicación a esos comentarios no comunes hechos por el taxista, la sonrisa que sintió burlona hacía unos segundos y la gran mirada que tuvieron minutos atrás.


- No entiendo - Pronunció un poco bajo pero aún así el pelinegro lo escuchó y bajando mucho la velocidad del auto, comenzó a mirarlo nuevamente.


- Se mojó porque llegué tarde a buscarlo. Si hubiera sabido lo esperaba más temprano, y más cerca - Dijo en broma pero después de otra muy pequeña sonrisa del joven conductor, sus miradas volvieron a juntarse y a obviar el interés que hubo desde el primer momento.


El pelinegro frenó y sin darse cuenta respiró hondo sin dejar de mirarlo, un poco sus ojos, muy de paso su nariz y apenas lo demás por puro nerviosismo.


- Mi casa es más adelante - El rubio interrumpió el momento y cuando vió que torpemente el joven volvía a su trabajo sin decir absolutamente nada, abrió su maletín en silencio y en un pedazo de papel arrancado de su cuadernillo, escribió su número de télefono, sin pensar más y sin entender por qué tanto interés, después de todo, en la ciudad no tenía amigos.


El joven quitó las manos del volante y las notó tranpiradas, por lo que mientras se las secaba con su pantalón disimulando, sin mirarlo le dijo el costo del viaje y enseguida el joven buscó en su billetera el dinero exacto.

Puso el papel abajo de los billetes con su corazón rogándole que no lo hiciera, pero aún así lo entregó y muy rápido juntó sus cosas con las manos temblorosas, y abrió la puerta pero no salió.


- ¿Está bien? - Ya con los nervios al borde, valientemente decidió esperar a que el taxista confirmara, pero este se había quedado duro con el pezado de papel en la mano, como si no entendiera absolutamente nada o tuviera una especie de terror si en realidad lo estaba entendiendo.


- Esto - Dijo mirando su mano con el número pero nada más salió de él.


- ¿Me equivoqué? - Tragó saliva y cuando el arrepentimiento comenzó a llegar, el joven pelinegro abrió el compartimento y guardó el dinero con el papel bruscamente arrojandolos, y miró hacia el frente como si quisiera ya arrancar su viaje de vuelta.


- Sí, está bien - Tomó el volante y con eso, sintiéndose casi casi echado y a la vez aceptado, el rubio bajó y antes de cerrar se despidió con un "Gracias, que tenga buena tarde y perdón por mojar su coche" esperando alguna buena señal pero se quedó con un sabor amargo al escuchar ese "Igualmente usted", lo que lo hizo arrepentirse definitivamente de lo que hizo.


Pasaron 3 horas de aquél encuentro y por consecuencia de  esa nota de papel, el conductor desde ese momento continuó trabajando pero con despistes e ido totalmente. No habló con sus pasajeros como acostumbraba y no preguntó más que las direcciones, lo que no era un problema pero sí les resultaba raro a algunos de sus clientes habituales con quienes conversaba durante el trayecto.


A las 9:30 pm. Mientras llevaba a un hombre de mediana edad a su casa en el centro de la ciudad, con expresión seria y su bastón de madera de roble, decidió que sería su último cliente de ese día, ya que se sentía cansado y bastante abrumado por otro largo día laboral.


Jungkook, quién conducía su coche de trabajo de mañana a muy tarde en la noche, no recordaba lo que era trabajar con calma porque jamás lo hizo. A sus 14 años, por decisión propia y con ausencia de un adulto, abandonó la escuela para dedicarse totalmente a su trabajo en la carpintería, esa a la que sus tutores del orfanato lo mandaron a aprender del oficio. Ahí ejerció muy bien su rol y con el tiempo llegó a amarlo, era bueno modelando madera, generó buena musculatura y ya hasta le resultaba fácil hablar con los clientes sin necesitar de sus jefes.


Al cumplir su mayoría de edad, el orfanato rompió lazos con él finalmente y como él ya esperaba, quedó a la deriva. Los dueños de la carpintería, una pareja y sus dos hijos pequeños, le ofrecieron techo ahí mismo. En el galpón de trabajo le pusieron un colchón y le dieron comida cada día, y aunque Jungkook quiso pagarles muchas veces, lo rechazaron todas y cada un de ellas diciendo "Tus ahorros seguirán siendo tus ahorros hasta que cumplas tu promesa". Esos 4 años que el pelinegro trabajó sin descanso hasta cumplir 18, ahorró todo su dinero para poder comprarse su propio auto ya que tenía el sueño de poder manejarse él mismo, salir de su pueblo y buscar trabajo en la gran ciudad.


Un día de esos, conoció a Yejin, una adolescente muy hermosa de 16 años que venía con su papá desde muy lejos buscando un mueble para regalar a su madre, desde ese momento, la chica quedó hechizada con el joven de pelo negro que los atendió con muy buena actitud y una sonrisa amable. Ni muy lenta ni perezosa, ahí mismo y enfrente de su padre coqueteó con el chico hasta sacarle una risa vergonzosa que mantuvo la distancia cada vez que se volvían a encontrar, ya que Yejin no optó por rendirse a la primera ni a la décima y para más incomodidad, su padre la alentaba.

El joven se negó a tener una cita con ella por 2 largos años hasta que aceptó cuando consiguió comprar su primer auto. A los 20 y 18 años, comenzaron a salir con aprobación de los padres de la chica y aún sin tener un lugar propio para vivir, Jungkook volvió a negarse por un largo tiempo a mudarse con su novia, quién ya había heredado una casa de gran costo, ya fuera por su orgullo o vergüenza por no poder ofrecer nada de lo que él creía debía ofrecer, pero finalmente después de mucha insistencia, oficializaron su relación viviendo bajo el mismo techo.


A los 22 y 20 años, Jungkook y Yejin se casaron y tuvieron un hijo. El pelinegro no estaba seguro de si eran una buena dupla, pero sus padres querían que su hija se casara joven y formara una familia tipo, y en cuanto a él, sólo sentía que les debía la buena vida que llevaba, a Yejin que lo eligió y a sus padres que le ofrecieron todo en bandeja, y aunque nunca dejó de trabajar, tenía un techo en la ciudad, comida y una familia como nunca tuvo y de las que imaginaba de chico con sus hermanos del orfanato.


- Che, nene... Acá se te cayó algo - Con el bastón señaló el tapiz trasero y chistando de mal humor, cerró la puerta y entró a su casa detrás de rejas bajas.


- ¿A mí?... ¿Qué se me cayó? - Dijo el pelinegro en susurros buscando en los asientos de atrás con una linterna que llevaba en el coche - Mmm... ¿Acá?... Ah - Dió un vistazo al suelo y al recoger y leer apenas el texto de esa hoja, sintió cosquillas en el estómago.


Le resultó raro que aquél joven rubio olvidara un exámen en el auto después de afirmar que era muy importante corregirlos esa noche, pero aún así, sin pensarlo se había puesto en marcha nuevamente, sin pasajeros pero con un paquete por entregar.


Recordaba el trayecto perfectamente y no tuvo problema en llegar, pero lo que le daba inseguridad y sensación de garganta cerrada, era pensar en la reacción que tendría ese hombre al verlo otra vez después de haberle regalado ese pedazo de papel sin decir nada, y al que encima le contestó secamente por la conmoción.


Estaba avergonzado y nervioso por aparecerse en su casa como un loco bajo la lluvia a devolver una hoja, pero tenía que hacerlo, así que sin más escondiendo la hoja bajo su blazer marrón, se puso el sombrero que siempre llevaba en el asiento acompañante y salió rápidamente en pasos apurados hasta llegar a la puerta, la cual tocó con tres golpes antes de acomodar su traje y su pelo bajo el sombrero.


- ¿Usted? -