Capítulo 1
Ya era plena noche cuando el anciano hechicero se apresuraba por los laberínticos pasadizos del castillo, llevando consigo a la recién nacida. Habían matado a la reina Thena y el rey había desaparecido, auguraban lo peor, iban a por los niños. Los otros esperaban finalmente en aquella zona del castillo, eran muy pequeños para ser completamente conscientes de lo que estaba pasando. La adrenalina corría por las venas de aquel hombre, ya tenía muchos años como para aquellos trotes, pero debía hacer hasta lo imposible por salvar a los herederos del trono. Giró a la derecha cerca del final del túnel, ya habían llegado allí, ya había descubierto el pasadizo. Volvió a girar con velocidad y mientras los soldados lo perseguían, el mago conjuraba hechizos y lanzaba runas con rapidez, intentando detener su avance, consiguió perderlos en algún momento y corrió aún más, dirigiéndose finalmente al lugar en donde se encontraban los demás, lo que ocurriría tras aquel momento ya no era responsabilidad suya, alguien tan mayor no lograría salvar a aquellos niños, como mucho, conseguiría ralentizar la persecución hacia ellos. Entre él y Magno se aseguraron de cubrir las cabezas de todos los niños, sería más fácil reconocerlos si veían las hebras rojizas o azuladas de las otras dos niñas.
‒ Protégelos Magno, sus vidas ahora dependen de ti. ‒ Dijo el viejo hechicero con gran cara de preocupación, miraba nervioso a todos los lados, se acercaban. ‒ Yo los distraeré cuanto pueda, correr ahora que podéis, ¡correr!
Impuso su cuerpo en la puerta con el afán de; aparte de ocultar para poder detener a aquellos soldados, volviendo a recitar esas palabras intraducibles en hebreo que con aquella velocidad se pudiera pensar que era un idioma totalmente inventado.
El caballero agarró entre sus brazos a la segunda niña más pequeña y se colocó su capucha. Solo podría cargar a los más pequeños, al menos hasta que hubieran huido lo suficiente como para no tener que continuar corriendo.
Caminaron deprisa hasta pasar la zona más cercana al castillo, una vez más entrados en el bosque corrieron tras él, atravesando todas las ramas descontroladas de los árboles y arbustos, lastimándose con más de uno en el camino. Tanto Catherin como Andrew se comportaron con excelencia, sabían que debían correr y que el dolor cesaría tan pronto como estuvieran seguros.
Llegaron rápidamente al puerto, donde los esperaba un pequeño barco con los más cercanos a la reina. Solo un selecto grupo de los mejores caballeros, aquellos que habían ganado la total confianza de la soberana, estaba allí presente.
Los niños fueron subidos al barco y tan pronto como fueron arropados con mantas en el pequeño camarote zarparon deprisa y a favor del viento, a pesar de la tormenta, todo iba a su favor. A la mañana siguiente los niños despertaron por culpa del llanto de la recién nacida, había pasado llorando bastantes horas aquella noche.
Lograron huir de aquel lugar, exiliados en un pequeño pueblo en donde pasaron interminables años.
—¡O bajáis ahora o no podréis desayunar antes de ir a clase! — Gritó la mujer mayor mientras terminaba de llenar los tazones de comida de los ya casi adultos.
Bajó primero la peli azul, más sonriente de lo normal siendo tan temprano. —Buenos días, señora Margaret, espero que haya logrado descansar. — Dijo mientras se sentaba, esperando un poco a sus hermanos para poder bendecir la mesa y comer deprisa.
—Buenos días, Lavinia, sin duda lo he hecho.
Los otros tres bajaron deprisa, Catherin y Andrew se peleaban mientras lo hacían, alguno de ellos había tomado por error los calcetines del otro, poco sabrían que era Lavinia la culpable de ello. Se sentaron y agarraron velozmente sus manos, siendo la señora Margaret la que recitaba la oración. Segundos más tarde, devoraron como bestias la comida.
—Empiezan un nuevo curso y no debéis olvidar qué — Fue cortada en mitad de su frase.
—Lo sabemos, señora Margaret, nos explicas la misma patraña en todos los inicios de curso, tendremos cuidado, no debes preocuparte. — Dijo el mayor y único hombre.
—Debemos ser cuidadosos, decir que padre está en alta mar y que madre murió tras el nacimiento de Elizabeth, nuestros tonos de cabello se deben a raras enfermedades genéticas y... Bueno, todo eso, lo sabemos. — Dijo la pelirroja recordándoselo también a sus hermanos.
—No es un problema que lo repita, no os comportéis así. Sólo se preocupa por nosotros. — dijo Elizabeth mientras limpiaba sus comisuras tras terminar de comer. Después siguió hablando, cambiando de tema. —Señorita Margaret, ¿podría recogerme el pelo en uno de esos peinados que solo usted sabe hacer tan bien? — La mujer sonrió y no tardó en levantarse y hacerle un rápido peinado.
—Vamos, llegarán tarde a clase si no salen ya. — dijo Margaret tras terminar de recogerle el pelo a la chica y comenzando a recoger los tazones de todos ellos.
Los adolescentes se levantaron con prisa, se despidieron de la anciana y cogieron sus cosas para marchar por el camino que les guiaba hasta su pequeño colegio.
—¿Creéis que nos presentarán pronto en sociedad? Creo que presentaron a las Helen y Agatha en el último ball, a estas alturas creo que solo quedamos nosotros. — dijo Lavinia mientras miraba a sus zapatos mientras caminaba.
—No quiero desmotivarte, pero no creo que eso ocurra próximamente, ya sabes que la situación es complicada, tenemos que ahorrar aún para vestidos para las tres y.. Son muchas cosas las que hay que tener en cuenta. —Dijo la pelirroja con tranquilidad, parecía no importarle mucho.
—Estoy harta de todo eso, no necesitamos vestidos y... — Elizabeth fue interrumpida por su hermana mayor.
—No podemos ir como unas cualquiera a un ball, Elizabeth, opino que, si vamos a hacerlo, deberíamos hacerlo de una forma correcta.
—Yo solo deseo casarme… Conocer un chico. — Dijo la menor, se había parado en seco mientras decía aquello.
—Elizabeth tiene una visión muy distorsionada del amor y de la realidad. No te detengas, nos queda poco tiempo para llegar a clase. — dijo Andrew entre risas.
La chica se sintió dolida, más no dijo nada y continuó caminando, su hermana mayor la abrazó con su brazo libre mientras reía también, disfrutando de la inocencia de aquella niña.