CARICIAS EN EL ALMA

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Summary

Es un viaje emocional donde el destino se cruza con lo inexplicable. Cuando dos almas se encuentran en circunstancias que desafian toda su lógica. Lo que empieza como un romance ordinario se convierte en un drama donde la atracción es solo el comienzo.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

El deslumbrante primer encuentro


"El amor es nuestro verdadero destino", decía Thomas Merton. Lo leí y me quedé ahí, pensando que lo que Merton no entendía es que el amor no tiene manual de instrucciones. Y si lo tuviera, seguro estaría lleno de páginas arrancadas, con notas de “aún no sé qué hacer con esto”. Yo, en cambio, creía ser la mujer menos conquistable del planeta. La que prefiere mantener una distancia saludable del amor como quien evita el virus de la gripe. No es que lo despreciara; es que tenía miedo de lo que venía con él.

Lo que no me esperaba era que, entre mis propios miedos y mi deseo constante de “empoderarme”, me iba a encontrar con el tipo de amor que nunca pedí, pero que todo lo cambiaba. En mi cabeza, veía a las parejas por ahí con sus miradas cómplices, sonrisas como si hubieran tomado un curso intensivo de felicidad, y esos cariños públicos que parecían ensayos para una película de Hollywood. Y claro, ahí estaba yo, pensando que la soledad era una opción moderna, sofisticada, casi digna de respeto.

Hasta que lo conocí. Lo conocí de una manera tan mágica que me sonrojaría contarla (pero lo haré igual porque, bueno, ¿quién no disfruta de un poco de humillación pública?). Fue un día como cualquier otro, pero en ese segundo, sus ojos marrones maravillosos se cruzaron con los míos y ¡pum! Allí estaba yo, mirando al futuro como si de repente todo tuviera sentido. Y las palabras, esas benditas palabras, que en principio parecían innecesarias, brotaron sin previo aviso, como si toda una vida ya estuviera ahí, escrita en sus ojos, o tal vez en el aire entre nosotros. Claro, una pequeña incoherencia: era la primera vez que nos veíamos.

Joaquín y yo comenzamos nuestro romance de la manera más moderna posible: mensajes de texto. Claro, ¿quién necesita algo más cuando puedes hablar a través de una pantalla? Durante casi un año, nos contamos todo. “Hoy me caí en la calle”, “Hoy comí pizza”, “Hoy vi algo raro en el cine y te habría llamado, pero ya sabes, los mensajes son más prácticos.” Sin saberlo, yo ya lo quería. Y, sí, me reiré sola de lo patética que suena esta parte, pero créeme, es cierto. Sin verlo, sin tocarlo, ya estaba pensando en él como si de alguna manera, él ya formara parte de mi vida.

Durante todo ese año de conversaciones interminables por WhatsApp y llamadas que parecían más bien un juego de “quién se queda más tiempo sin colgar”, decidimos que el universo necesitaba obligarnos a encontrarnos. Pero claro, siempre había una excusa. Que si el tráfico, que si la lluvia, que si “ups, se me olvidó”. Un año entero, de coqueteos digitales y promesas de “la próxima vez”, hasta que por fin, después de tanta espera y algo de desesperación, Joaquín y yo finalmente nos vimos en persona.

Y, sinceramente, la primera impresión que me dio fue la de un hombre tan sencillo que casi lo confundo con cualquier persona normal en la calle. Nada de espejismos ni promesas de magia instantánea, no. Tenía los ojos marrones más perfectos del mundo, esos ojos que te hacen pensar “ok, sí, esto no está mal”. Y esa sonrisa, ¡ah, esa sonrisa! Era como si hubiera sido sacada directamente de un comercial de Colgate. Los dientes blancos, las comisuras en su sitio, la perfección misma. Pero lo que más me llamó la atención fueron sus uñas. ¿Por qué sus uñas eran tan pulcras? Algo me decía que alguien le daba demasiada importancia a la higiene de esas pequeñas superficies, pero, en fin, quién soy yo para juzgar.

Su cabello era un misterio, como si no hubiera decidido nunca si quería ser liso o rebelde. Tenía un look ni liso ni lacio, simplemente... desobediente, como si el viento estuviera constantemente en su contra. Y en el cuello, una pequeña marca de tatuaje en forma de una hoja entrelazada con algo mas pero no pude ver mas debido a su ropa . Lo observé detenidamente, y durante un rato me pregunté si esa hoja representaba algo o si solo se había dejado llevar por el impulso del momento.

Para esa ocasión, el había elegido un atuendo que podría haber sido descrito como casual, pero en realidad parecía haber sido diseñado para deslumbrar sin esfuerzo. Jeans ligeramente rasgados, zapatillas crema que tenían ese toque de “estuve aquí, pero con estilo” y una chompa verde oscura que, no sé cómo, iluminaba su rostro de una manera tan sutil que parecía que toda la ciudad había conspirado para hacerle ver bien. Todo combinaba a la perfección con su color de piel, y yo, que estaba ahí como espectadora, me sentía como si estuviera ante un hombre salido de una de esas películas en las que la protagonista entra en cámara lenta, pero sin los efectos dramáticos.

Yo estaba completamente estupefacta, y estoy bastante segura de que él también me estaba mirando de una manera detenida, igual que yo lo observaba a él. Yo llevaba unos jeans azules muy ajustados (¡porque claro, la comodidad siempre es lo primero!); una casaca negra, simple y ligera, como si eso fuera suficiente para enfrentar el viento congelante del lugar, y una chompa negra que, honestamente, también era tan ligera como las promesas de un político. No había llevado ningún tipo de abrigo adicional. ¡Y por alguna razón absurda, había salido sin bolso, sin cartera, sin mochila! Algo absolutamente fuera de lugar en mi vida, como si de repente decidiera ir a la guerra con las manos vacías. Estaba sola, completamente estupefacta, mirando al tipo frente a mí, embriagada por el aura tan deslumbrante que irradiaba. Alguien me había dicho alguna vez que él era el tipo de persona que no te hace dejar de respirar al verlo, pero que, por alguna razón, te quedas un rato más en su presencia. Y, bueno, al parecer esa persona tenía razón, porque ahí estaba yo, paralizada.

Cuando me habló, solo pude escuchar un “Hola, soy Joaquín”, mientras me daba un beso en la mejilla, tan típico de aquí, y mi cerebro, literalmente, se quedó completamente parado. Sentí su piel fría, y la mía, bueno, no estaba mucho mejor. Estaba tan congelada que, de no ser porque toda mi sangre decidió hacer una migración de emergencia a mi cara, probablemente seguiría en estado de shock. Mi rostro ardía con tanta fuerza que comenzaba a picar, como si la vergüenza me estuviera lanzando un dardo directo a la piel. Claro, porque ese fue el momento en que mi mente empezó a gritar: “¿En serio, estoy hablando con este tipo todos los días? ¿EN SERIO?”. Después de unos 2 minutos de estar atrapada en mi propio cerebro, por fin logré decirle que me llamaba Sofia. Al parecer, mi reacción fue tan cómica que él soltó una pequeña risa, y, claro, yo no pude evitar reír también. Ahí estaba yo, riendo como una loca mientras sentía esa incomodidad tan incómoda que, de alguna manera, me hacía reír aún más, por dentro y por fuera. Y él seguía hablando, ajeno a que yo ya estaba procesando el hecho de que, finalmente, lo estaba conociendo de verdad.