El Estante by lazaromorte at Inkitt
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El estante

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Cuento corto, leer por sí mismo

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

El estante

“Bella, ¿qué haces ahí?” dijiste, sorprendida, al verme desparramada en el piso. Me recogiste con tus manos de porcelana y, por un breve instante, fue como si el tiempo retrocediera. Mi mente volvió a esos momentos en que solíamos ser nosotras dos contra el mundo. Siempre fuiste mi ángel guardián, y yo, tu confidente. Aún recuerdo aquellos días de escuela en que solíamos charlar hasta altas horas de la noche, cuando nuestra única preocupación eran los niños de la clase, especialmente Raúl. 

Siempre fuiste enamoradiza, por lo que era costumbre escucharte hablar sobre chicos distintos, incluso dentro de la misma semana. Pero cuando Raúl llegó a tu vida, vi el brillo en tu mirada al referirte a él. No olvidaré la felicidad con la que me contaste que había llegado a la puerta con flores, ni la posterior decepción cuando tus padres te prohibieron verlo. Lo conociste en las clases de canto, mencionaste emocionada, asegurándome que nadie cantaba las canciones de Silvio Rodríguez como él. Pasaron los meses y se te veía cada vez más enamorada, a la vez que triste. Enamorada, porque las clases diarias de canto eran el paraíso en la tierra, según tus palabras. Triste, pues sabías que tus padres nunca aceptarían que vivieras un romance.

Tus padres siempre fueron estrictos contigo. Él, un mecánico poco exitoso de la quinta región. Ella, una dueña de casa. Ninguno de los dos terminó la enseñanza básica, por lo que pusieron todas sus esperanzas en ti, su hija menor. Tu hermana, Catalina, raramente estaba en casa. Y eso era lo mejor. Cuando estaba allí, lo único que oías eran gritos. Perdí la cuenta de las veces en que acudiste a mí llorando debido a las peleas constantes entre tus padres y ella. Nunca entendiste por qué, ya que siempre fue una excelente hermana mayor contigo, llevándote a pasear por el centro de la ciudad y a conocer la costa cuando tenía algo de tiempo libre. Tu madre siempre se negaba a darte detalles sobre las peleas con tu hermana, asegurándote que eran “cosas de grandes”. Y tampoco te daban explicaciones sobre por qué a veces te hacían ir a buscarla a las mismas calles por las que ella te enseñó a moverte. No te era tan difícil encontrarla, puesto que solía estar siempre en los mismos locales, rodeada de hombres mayores y de bebidas que olían extraño. Eran las mismas bebidas que una vez encontraste en su habitación a medio tomar. Cuando llegabas a aquellos locales sombríos y malolientes, los acompañantes de tu hermana siempre te ofrecían de esos tragos extraños, pero ella los interrumpía y volvía contigo a la casa. En el camino de vuelta ella solía repetir la misma rutina, pedirte perdón y decirte que nunca fueras como ella, que tenías un futuro brillante por delante y por eso sus padres eran tan sobreprotectores contigo, a lo que respondías que, tal como la mayoría de las cosas que rodeaban a su figura, no entendías a qué se refería, porque ella era la mejor hermana del mundo y la mujer a la que más admirabas.

De igual manera, seguiste viéndote a escondidas con Raúl. Llegabas a contarme todo sobre el día, y cómo engañabas a tus padres para poder verlo. Esos minutos con él te hacían tan feliz que nunca tuve el coraje de decirte que era una mala idea y que no deberías mentirle de esa forma a quienes sólo buscaban tu bien, por mucho que te costara entenderlo. Eventualmente, tu cara de pasó de la alegría más pura al más profundo miedo y desazón. Volviste a llorar en mis brazos, diciéndome entre sollozos que no sabías cómo iban a reaccionar, que te iban a matar. Ese día fue el último en que me tomaste en brazos y me hablaste.

A partir de ese momento, tan sólo podía verte a lo lejos. Podía verte perdiendo tu esencia, vi desaparecer esa sonrisa que te caracterizó desde niña. Los gritos ya no eran contra la Cata, ahora se dirigían a ti, la prodigio. De un día para el otro, los gritos cesaron, pero las conversaciones también. En la casa ahora solamente existía la ley del hielo. Y un día llegaste con él, mientras llorabas desconsoladamente y murmurabas que quizás deberías abandonarlo. Te recriminabas a ti misma, diciéndote que por tonta habías terminado con tu propia vida. Ya nunca podrías ser arqueóloga como soñaste, ni podrías salir a trabajar fuera del país.

Me habría encantado hablar una última vez contigo y poder reconfortarte, pero ahora sólo puedo verte desde el fondo del estante, detrás de pilas de pañales y mamaderas. Es normal que te sientas así, Laura, porque a pesar de que ahora eres madre, sigues teniendo sólo 13 años.


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