Introduccion
Habían pasado cien años desde que el mundo dejó de soñar con la esperanza.
La guerra final entre los Exterminadores de Demonios y el Rey Oscuro, Yurei, fue breve y brutal. No hubo final glorioso, ni héroes que regresaran. Solo muerte. Solo ruinas. Solo nombres olvidados tallados en tumbas que ya nadie visita.
Y entre todos ellos, uno aún se susurra con respeto: Goroshi, el prodigio celestial. El último bastión de luz que cayó sin que nadie lo viera arder.
Desde entonces, el mundo fue dejado a su suerte. Los dioses —aquellos que una vez guiaron, protegieron y prometieron salvación— callaron. Miraban desde lo alto, sentados en su trono de nubes, observando la miseria como si fuera una obra de teatro aburrida.
Pero no era olvido. No era debilidad. Era estrategia.
La Sala de Eteria, en el corazón del Reino Celestial, era vasta como un continente. Techos de cristal dorado, columnas vivas hechas de constelaciones, y tronos flotando sobre plataformas de energía pura.
Allí se reunían los dioses mayores, siete entidades eternas que moldeaban los hilos de la creación. Sus rostros cambiaban con el tiempo. A veces humanos, a veces bestias, a veces simplemente vacío.
Entre ellos se encontraba Sehal, el dios del Equilibrio, aquel que se decía que entendía tanto el bien como el mal. Sehal no era el más poderoso, pero sí el más escuchado. Sus palabras eran como leyes disfrazadas de sugerencias.
—Cien años —dijo Sehal, con voz grave y dulce como veneno escondido en miel—. Y aún no encontramos una solución.
—No necesitamos una solución —resopló Marasis, diosa de la guerra—. Solo necesitamos un arma lo suficientemente fuerte.
—Ya enviamos prodigios antes —murmuró otro dios, su cuerpo hecho de sombras—. Yurei los aplastó como moscas. ¿Qué haría diferente este plan?
Un silencio incómodo reinó. Hasta que Sehal alzó una mano, calmando a todos.
—Tal vez… hemos estado buscando en el lugar equivocado. Humanos, guerreros, sabios… ¿pero qué hay de nuestras propias filas?
Los ojos celestiales giraron hacia él.
—¿Hablas de enviar un dios?
—No. Eso rompería el equilibrio universal. Pero… —sonrió, mostrando apenas los colmillos— ¿y si enviamos un ángel?
Murmullos. Chispas de duda. Suspiros nerviosos.
—¿Un ángel? ¿Uno puro? ¿Uno creado por nosotros?
—Uno... diseñado. Uno que crezca entre los humanos. Que no sepa lo que es. Que piense que es débil, inocente, frágil. Pero que lleve en su sangre el poder de los cielos.
—¿Y si falla?
—Entonces perderemos una pieza. No el tablero entero —respondió Sehal con indiferencia.
Los demás intercambiaron miradas, pero nadie se atrevió a oponerse. Porque en el fondo… todos sabían que no querían arriesgarse ellos mismos.
—Hagámoslo —dijo finalmente Marasis—. Pero será tu responsabilidad, Sehal.
—Por supuesto —asintió él con una sonrisa serena.
En una cámara oscura, muy lejos del resplandor del cielo, una luz cayó sobre la tierra. No como una estrella fugaz. No como un regalo divino.
Era una semilla.
Una célula de poder antiguo, inyectada en el vientre de una mujer común, sin que ella lo supiera. Y así nació Aria.
Con ojos como galaxias comprimidas. Con un alma llena de vacío y destino. Con el engaño celestial latiendo en su sangre.
Y mientras lloraba por primera vez, allá abajo en el pueblo de Ashire, los dioses sonreían desde lo alto. No por amor.
Sino por estrategia.
Porque para ellos, Aria no era un milagro. Era una herramienta.
Y cuando llegara el momento… la apagarían también.