CAPÍTULO I Sombrio hasta el amanecer... Ella es mi
Siempre he creído que el arte es una extensión de mi alma, un reflejo de mis pensamientos más oscuros y profundos. Mis obras son perturbadoras, lo admito. Algunos dicen que son un testimonio de mi locura, pero yo las veo como una celebración de la verdad. La verdad de lo que siento por ella: Isabela.
Cada vez que la veo, un escalofrío recorre mi cuerpo. Su risa, suave y melodiosa, ilumina mi mundo sombrío, pero, a la vez, me atormenta. Nunca he sentido algo así, y es aterrador. En mis pinturas, la he capturado en mil formas, y sin embargo, nunca me siento satisfecha.
Aquel día, la encontré en la galería, observando una de mis obras más inquietantes: una figura con rasgos similares a los suyos, envuelta en sombras. Me acerqué a ella, mi corazón latiendo con fuerza.
– ¿Qué te inspiró a crear esto? Es... perturbador.
– Lo perturbador es solo una fachada. A veces, hay que rasgar las máscaras para encontrar la belleza real. ¿No lo entiendes?
– (con un leve temblor en su voz): No sé si quiero entenderte, Alina. Hay algo en ti que me asusta.
Me acerqué un poco más, sintiendo cómo la tensión entre nosotras crecía, como un hilo que se tensa hasta romperse.
– No debes tener miedo de mí, Isa. Te prometo que puedo mostrarte cosas que nunca imaginaste. Cosas hermosas en la destrucción.
– (mirándome fijamente): ¿Como a ti misma?
– No... no quiero destruirme. Quiero que seas tú quien lo haga, lentamente, porque eres la única que lo merece.
Isa no apartó la mirada. Sus ojos verdes, fríos y calculadores, analizaba cada palabra, como si estuviera midiendo el alcance de mi locura. Pero lo más inquietante era que no parecía asustada. Era como si le fascinara. Mi corazón latía desbocado, y mi respiración se aceleraba. Isa siempre tenía esa capacidad de desarmarme por completo.
– (sonriendo levemente, sin dejar de mirarme): ¿Y qué te hace pensar que quiero ser la que te destruya, Alina? Tal vez solo me guste verte desmoronarse, poco a poco, sin que tenga que mover un dedo.
Su frialdad me dolía, pero, al mismo tiempo, me atraía aún más. Esa era la naturaleza de Isa, su habilidad para hacerme sentir pequeña y vulnerable. Quería que me quisiera, pero más que eso, quería ser parte de ella, de su mundo impenetrable.
– (con una sonrisa frágil): Tal vez ya lo estás haciendo. Cada día que paso sin ti es una pequeña muerte. Me destruyes con tu indiferencia, Isa. Y lo peor de todo... es que lo disfruto.
Isa se acercó, tan cerca que pude oler su perfume, fresco y a la vez con un toque oscuro. Levantó una mano y rozó suavemente mi mejilla, como si estuviera decidiendo si romperme o no. Mi piel ardía bajo su toque, y deseé que nunca apartara la mano.
– No deberías disfrutarlo, Alina. Yo no soy lo que crees. No soy tu salvadora, ni tu redentora. Si juegas conmigo, te aseguro que no seré clemente.
Su advertencia sólo avivó más el fuego dentro de mí. El peligro en su voz me excitaba, me consumía. Ya no podía diferenciar entre el deseo y el dolor. Quizás para mí siempre había sido lo mismo.
– No quiero que seas clemente. Quiero que seas cruel. Quiero que me hagas sentir viva, Isa... Aunque eso signifique mi destrucción.
Isa inclinó la cabeza, y por un momento, pensé que iba a besarme. Pero, como siempre, me dejó en la incertidumbre. Apartó su mano con la misma frialdad con la que la había colocado en mi piel y se alejó, dejándome con una sensación de vacío abrumador.
– Tal vez algún día, Alina, te dé lo que pides. Pero no hoy. Hoy solo quiero verte sufrir un poco más.
La vi alejarse, su figura esbelta desvaneciéndose en la galería, mientras yo me quedaba sola, atrapada en mi propia mente. Mi corazón latía con una mezcla de deseo y desesperación. Ella era mi tormento, mi musa, mi ruina. Y aun así, la amaba con una intensidad que me aterrorizaba.