Capitulo 1: Un soñador
“La normalidad es como un camino pavimentado:
Cómodo para caminar, pero no crecen flores en el”.
Vincent Van-Gogh.
Siempre he sido un soñador, o eso creo.
Desde muy pequeño soñada con ser un jugador de baloncesto, y que mi equipo formará parte de la NBA.
Muchos me tacharon de loco y dijeron que jamás lo conseguiría… pero lo hice.
Así que, si, soy un basquetbolista y soy parte de Boston Celtics.
No ha sido fácil, pero todo se lo debo a mi padre, quien dio todo lo mejor de él, para verme, donde ahora estoy.
También se lo debo a Eithon, un gran jugador y amigo, desde que nos conocimos siempre hemos estado juntos, es como mi hermano y su familia es como si fuera la mía.
Sentado frente al gran ventanal de mi apartamento, miro mi ciudad, aquella ciudad que me acogió cuando nadie más quiso hacerlo, aquella ciudad que siempre presumire con orgullo, mi hermosa ciudad de Boston.
Amo ver mi ciudad todas las mañanas, sentir los rayos del sol, posarse por toda la ciudad, dándole color a todo.
Paso mi mano por mi cara, el frío oro de mis anillos hace que los músculos de mi cara se contraigan.
Hace algunos años cuando empecé a ganar algo decente decidí hacer lo que los millonarios hacen, tatuarse, siempre me causo curiosidad sentir como la tinta se queda grabada en la piel, aunque después de ver la larga aguja y mirar a Eithon retorcerse por el dolor decidí mejor tener anillos, todos han costado gran parte de mi dinero, pero cuando un millonario es rico en todos los ámbitos, gasta y comete un millón de locuras.
—¿Que haces? — me preguntó mi padre, un hombre prudente y serio.
Siempre he admirado a este hombre, es mi ídolo número uno.
Se que no ha sido fácil para él criarme sin ayuda de nadie, así que siempre estaré agradecido por permitirme ser parte de su vida.
—Soñando —le respondí acariciando mi labio inferior.
—Pues asegúrate de no despertar —me revuelve el cabello para después acercarse a la puerta.
—Si claro.
—Ya me voy —asiento y me despido de él.
Cerro la puerta y de vuelta me quedo sólo.
Me pongo de pie y paseo por el salón.
Se que para algunos es raro estar en mi casa, aunque no me importa. Podríamos decir que todo, absolutamente todo se encuentra en blanco y negro, como el piso, contraté a alguien para que colocará losetas blancas y negras, dándole una pinta de un tablero de ajedrez, los estantes están repletos de libros de superación personal, los muebles contienen fotografías enmarcadas, recuerdos de lugares que he visitado, premios y galardones que he conseguido a lo largo de mi carrera.
Y pues lo demás es igual, blanco y negro, como yo.
Este lugar siempre ha sido mi refugio cuando no tengo partidos, es por eso que evitó que la gente entré a este lugar, es mi santuario, mi lugar de meditación, así que cuando realizó alguna fiesta, decido rentar un salón de lujo, lo mismo hago con mis citas, aunque eso deje de hacerlo para evitar las falsas ilusiones con las mujeres, ya que eso me quitaba tiempo, entrenamientos y mi estabilidad emocional.
—Lo último no creo que sea verdad, pero bueno.
El timbre suena, sacándome de mi ensoñación, con las manos en los bolsillos de mi pantalón, cruzó en salón dirigiéndome hacia la puerta para ver quién es, me encuentro con una niñita, la versión pequeña de mi malvado amigo, su bonito y brillante cabello es de un color rubio con mechas castañas, unos bonitos ojos verdes que brillan con intensidad cada vez que me ve, su piel es de un bonito color durazno.
Ay mira, que estupidez.
A su lado se encuentra su padre, un hombre fuerte y atractivo, podríamos decir que es como uno de esos actores de
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, su cabello es rubio, de unos ojos azules y con un genio que a veces me pone de mal humor.
—Hola mi niña.
—Hola tío, Jordán —saluda abalanzándose hacia mí, me agacho y la abrazo besándole sus regordetas mejillas.
—Yo también te extrañe, ingrato —bufa Eithon, suelto a la niña quien corre dentro del salón para ir a husmear.
—No te pongas celoso, mi amor —digo con sarcasmo mientras me enderezó—. Siempre serás el amor de mi vida, aunque hayas contraído matrimonio con Ariadna —le trueno un beso en la mejilla, lo cual le arranca una carcajada.
—¿Podrías cuidarla? —pregunta señalando a mi sobrina.
—Sus deseos son órdenes para mí, con gusto señor —el sarcarmo acompaña esa frase, le regalo una reverencia, lo cual hace que me empuje.
—Idiota, te veo más tarde —dice desapareciendo de mi vista.
Cierro la puerta y voy en busca de Yanka, siempre he repudiado ese nombre, no se que tenía Eithon en la cabeza para poder darle ese nombre, yo le pedí que le pusiera Cherry, cuando se lo dije, me mató con su mirada y me sepultó 20 metros bajo tierra, Ariadna fue más gentil conmigo y dijo que no podía estar en contra de su marido porque gracias a él habían traído una hermosa criatura —aunque yo no diría que era una criatura—, era un enorme demonio en un cuerpo pequeño, aún tengo pesadillas al recordar aquella vez que la lleve al centro comercial, me pidio una mascota y yo me negue porque su padre me mataría, en fin, hizo un escándalo y me mordió entre el hombro y el cuello, lo cual me dejo con un dolor horrible que sufri durante un mes.
—¡Papá! —exclama cuando me siento a su lado, sube a mi regazo y me aplasta las mejillas—. ¡Te quiero!.
—Yo tam…bien te quedo —quito sus manitas de mis mejillas—. Pero eso no los guardamos para nosotros.
Tomó una botella de agua y la saco a pasear, caminamos por el parque, yo correteando detrás de ella para no perderla, al verla que no se aleja me siento en un banco, observo a la gente, quienes disfrutan un rato de familia, algunos me reconocen y me saludan desde lejos, les devuelvo el saludo para despues mirar a Yanka.
Corretea al lado de otros niños, lo cual hace que una enorme sonrisa se dibujé en mi rostro al pensar en cómo se verá en unos años, cuando ella y esos niños sean adolescentes y correten a su alrededor para llamar su atención. ¡Pobre hombre! Se volverá loco por qué no sabrá a quién escoger para su hija.
Mientras ese pensamiento pasea por mi cabeza, siento como mi nariz se hincha y me pica, odio esos síntomas, me recuerdan que tengo debilidades y me odio por qué no quiero tenerlas.
Doy un respingo al ver a Yan sentada a mi lado con un gato en su regazo, me pongo en pie y doy unos pasos atrás, alejándome del bicho.
—Tio, podemos quedarnos con el.
—¡No! —exclamo tratando de contener el pánico—. Tu padre nos matara si lo tomamos.
Se que lo que digo es mentira, pero no quiero estar cerca de ese bicho, ya que en mis planes no está morir por culpa de un gato.
Dejó que haga sus berrinches mientras la arrastro hacia la pizzería, se que hacen los pedidos a domicilio, pero a mi siempre me ha gustado salir a caminar por una pizza, no lo hago cuando estoy enfermo de un resfriado.
Pago la pizza y volvemos a casa, pido a Yan que se lave las manos, la aplicó gel antibacterial.
Tomó dos platos, dos vasos y una botella de soda. Vamos al salón donde nos sentamos en la alfombra que está frente a la gran pantalla, comemos pizza mientras miramos dibujos animados…
Me despierto al escuchar como alguien aporrea la puerta.
Apostaría a que está poseído.
Me siento de mala gana, frotándome la cara para despertarme por completo, la puerta aún sigue sufriendo, tomó mi móvil, son las 12:00 am.
¡Que demonios!.
Me levantó a duras penas, me detengo a medio camino para acomodarme el cuello de la camisa, como siguen aporreando la puerta, vuelvo a caminar.
Me paro frente a la puerta, antes de abrir ladeó la cabeza hacia un lado para mirarme en el espejo, me peino el cabello con las manos, por si las moscas.
Una vez que estoy listo abro la puerta, lo cual me hace salir volando por los aires, mi culo recibe el impacto lo cual hace que gima de dolor.
—¡Que demonios!.
—Te dije que la cuidaras, no que te la quedarás —dice Eithon tomando a Yan en sus brazos.
—No te desquites conmigo, por no haber hecho lo que tanto querías, no es mi culpa que tengas problemas matrimoniales. Querías casarte, así que te aguantas.
—¡Cierra la boca —me ordena y lo hago porque esa ya me la se, si abro la boca cuando está con ese genio, me dará una golpiza y eso es lo único que no quiero.
—¡Ya me voy, ingrato! —grita saliendo de casa, con su hija en brazos.
—¡Yo también te amó!