Capitulo 1
El olor nauseabundo a mierda me impide pensar con claridad; solo espero que mi aroma humano pase desapercibido. A través de un pequeño agujero en la tapa de la alcantarilla logro ver apenas un poco del exterior, escucho pasos justo encima de mí. El miedo me oprime el pecho. Debería haber escuchado a mi padre cuando me advirtió que como su hija era una rehén muy valiosa, pero ya es tarde para lamentarse.
Repaso mis opciones: avanzar en la oscuridad total o esperar con la esperanza de que se alejen a buscar en otro lugar. Antes de decidirme, la tapa se abre de repente, y un hombre enorme, de cabello castaño, me agarra de la camiseta con rapidez, sin darme tiempo a reaccionar.
—¡Está aquí! —grita mientras me retuerzo en vano para escapar. Me saca, sujetándome sin esfuerzo.
Me carga a su espalda y corre hacia donde lo esperan sus compañeros. Me suben a la parte trasera de una furgoneta, y dos de ellos se meten conmigo. El que me ha sacado de la alcantarilla me mantiene inmovilizada, sujetando firmemente mi brazo mientras el otro me clava la aguja de una jeringuilla. Siento cómo el peso del sedante me cierra los párpados, y en pocos segundos, la oscuridad me envuelve de nuevo.
Una pesadez incómoda me va sacando poco a poco de la oscuridad. Murmullos lejanos llegan a mí, palabras entrecortadas que apenas entiendo. Intento mover los brazos, pero un tirón áspero en las muñecas me hace detenerme. Algo aprieta mis manos y pies, inmovilizándome.
Respiro hondo, sin atreverme a moverme demasiado, y afino el oído, tratando de captar cada palabra. Uno de ellos habla con un tono frío y seguro, mientras otro parecía más nervioso.
— El alfa se alegrará por llevarle a la hija del general supremo.
—¿Nos habrán seguido?
Con cada palabra, la realidad se hace más clara... hasta que escucho el sonido de las puertas traseras de la furgoneta abriéndose.
—Sé que estás despierta, humana, no te hagas la dormida.
Mierda. Planeaba intentar sacar algo de información. Abro los ojos, y el hombre que me ha apresado me levanta en brazos para llevarme dentro de un edificio abandonado al limite de la frontera.
—Mi padre os encontrará y matará a cualquiera que me haya tocado un solo pelo.
El hombre suelta una risa estridente, y le escupo en la cara.
—No sé si eres valiente o estúpida, pero no estás en posición para amenazas.
Después de subir tres pisos, un joven de cabello pelirrojo nos espera en la salida de la escalera. Me pasan de los brazos de uno al otro, como si fuera mercancía.
—Buen trabajo. Ahora id a proteger el exterior.
Los hombres asienten y desaparecen escaleras abajo. El pelirrojo me lleva a una habitación donde hay una sola silla en el centro. Con otra cuerda, me ata a ella.
—Tanta protección para una simple humana, como si fuera a morder las cuerdas como un sucio perro.
Forcejeo un poco, y él clava su mirada en mí.
—Siendo la hija del sádico general Edgar, yo te ataría bien fuerte con cadenas. Pero, por suerte para ti, te necesitamos de una pieza para el intercambio.
Tiene razón, por mucho que me duela admitirlo. Lo único que mi padre ha hecho por mí es asegurarse de que pueda protegerme sola y escapar de cualquier situación.
—Pues dile a tu alfa que, si tengo la oportunidad, yo sí le haré daño a él.
—Tranquila, Alexandra. No tardará en llegar, y entonces tendrás la oportunidad de decírselo tú misma.
Odio que me llamen así. Odio mi propio nombre y odio sentirme tan vulnerable. Pero entonces, empiezo a escuchar disparos fuera. Eso solo puede significar que han venido a rescatarme. El joven me mira con esos profundos ojos verdes y luego corre hasta la ventana más cercana para ver qué ocurre.
—Mierda, no tenemos tiempo de esperar al alfa.
Se acerca a mí, suelta la cuerda de la silla y me carga en sus hombros. Mientras bajamos las escaleras, saco disimuladamente la navaja de plata que tengo escondida en un bolsillo trasero del pantalón y empiezo a cortar las cuerdas de mis manos. Él intenta escapar por la parte trasera del edificio, pero los hombres de mi padre ya lo tienen acorralado.
Cuando pienso que por fin estoy a salvo, veo como uno a uno, los seis hombres que custodian la puerta caen, decapitados en un parpadeo por un par de los suyos.
El pelirrojo corre hacia el bosque junto al edificio mientras consigo cortar las cuerdas de mis manos. Aprovecho el momento para clavarle la navaja en el pecho, intentando llegar a su corazón. Sin embargo, él reacciona rápido, y, solo logro perforarle el pecho, el dolor lo hace soltarme y caigo al suelo. Rápidamente corto las cuerdas de mis pies y corro tanto como me permiten las piernas, buscando alguna carretera donde los míos puedan encontrarme.
No dejo de mirar atrás, temiendo que algún lobo venga tras de mí, y en una de esas veces, choco de lleno contra alguien. Al levantar la vista, lo reconozco de inmediato: el alfa, el lobo más temido y odiado por los humanos, el monstruo que inició esta guerra entre especies. Él se queda inmóvil, observándome por un instante, y aprovecho para intentar clavarle la navaja en el corazón. Pero su brazo se interpone, y la hoja lo atraviesa.
Sin esperar a que reaccione, y sabiendo que es mucho más rápido que yo, corro sin mirar atrás. En ese momento, los militares aparecen frente a mí.
—¡Cuidado, el alfa me está siguiendo! —les advierto.
Ellos se alertan y buscan en la espesura del bosque, preocupados.
—Lo importante es ponerla a salvo —dice uno de los míos.
Con una señal por radio, me guían hasta un helicóptero que nos espera en la carretera más cercana.
— El General Supremo la espera en su despacho, señorita Alexandra —me dice uno de los hombres de mi padre mientras me acompaña hasta la puerta, despidiéndose con una ligera inclinación.
— Padre —digo al entrar, cerrando las puertas tras de mí. Noto en su ceño fruncido la intensidad de su enfado.
— Te permití acompañarlos a vigilar la frontera solo porque insististe, y aun así tuviste el descaro de ignorar a mis hombres. Te pusiste en peligro, y por tu culpa murieron soldados —su voz es firme y controlada, no necesita elevar el tono para hacerse oír.
— No los ignoré, fueron ellos quienes me ignoraron a mí. Desde el otro edificio había más visibilidad —intento explicarle.
Él aprieta el puño con fuerza sobre su escritorio de caoba, su mirada se endurece.
— Como soldado raso, debes cumplir las órdenes de tu suboficial sin cuestionarlas, y no quiero ni saber cómo perdiste tu arma. Eres una completa decepción para mí.
— Sabes perfectamente que nos estaban esperando, por alguna razón sabían que yo estaba allí, ignorar al suboficial solo retraso mas mi captura.
Se levanta de golpe y da un fuerte puñetazo en el escritorio.
— No vuelvas a decir ni una palabra más. Estás bajo sanción disciplinaria y no volverás a salir a una misión hasta que me demuestres que no eres un completo fracaso.
La ira me consume, y me doy la vuelta para salir del despacho, pero su voz me detiene.
— Antes de irte, deberías saber que tu compañera Cassandra fue en tu búsqueda, y por tu imprudencia, la han capturado.
"No, Cassandra, no." Me giro hacia él, y su expresión de suficiencia me hace estremecer.
— ¿Has enviado a alguien a rescatarla? —pregunto, aunque ya sé la respuesta, no sé porque espero que tenga algo de humanidad.
— No se rescata a un soldado que desobedeció las órdenes de su superior.
Siento el pánico crecer dentro de mí.
— Padre, por favor, si tienes algo de cariño por mí... La conoces desde que era una niña.
Su mirada permanece fría, sin el menor rastro de compasión.
— Ya he demostrado suficiente favoritismo al rescatar a mi hija de sus malas decisiones. Ahora enfrenta las consecuencias de tus actos.
Salgo del despacho dando un portazo y me dirijo a mi habitación, con la rabia desbordándome y la mente nublada.
Al llegar, veo a Lucius esperándome en la puerta.
- ¿Estás bien? ¿Te han hecho daño?
Lo aparto de la puerta sin responder y entro. Él me sigue y cierra detrás de mí.
- Lexi, dime algo, ¿qué ha pasado?
Saco una de mis mochilas y empiezo a meter algo de ropa y las pocas provisiones que tengo a mano.
- Tienen a Cassi, y mi padre, ese sádico, no piensa mover un dedo para rescatarla. La va a dejar morir solo para castigarme.
Lucius me observa, sin saber qué decir, sus ojos castaños reflejan una mezcla de preocupación y sorpresa.
- ¿Qué piensas hacer? No puedes ir a por ella.
Me detengo y le lanzo una mirada fulminante.
- No eres nadie para decirme lo que puedo o no puedo hacer. Y si se te ocurre avisar a alguien, juro que estarás muerto para mí.
Él sabe que hablo en serio. Tras unos segundos de duda, finalmente agarra algunas de mis cosas y las guarda en la mochila junto a mí.
- ¿Y cuál es tu plan?
Lo ignoro, porque sé que no le va a gustar mi respuesta.
- Estará rodeada de lobos, Lexi, no vas a poder con todos ellos.
- No voy a liarme a tiros. Voy a ofrecerme a cambio de ella. Mi padre no va a dejarme allí mucho tiempo, pero a Cassandra nadie va a rescatarla.
Puedo ver cómo la idea lo aterroriza.
- No es una buena idea, podrían hacerte daño.
No puedo seguir escuchando cómo duda de cada decisión que tomo. Estoy demasiado furiosa.
- ¿Y qué demonios crees que le estarán haciendo a Cassi? Yo al menos soy una rehén que querrán conservar viva; ella, en cambio, no significa nada para ellos.
Una lágrima cae por mi mejilla, inesperada. Lucius se acerca lentamente, casi pidiendo permiso, y me envuelve en un abrazo fuerte, intentando consolarme.
- No podremos salir hasta más tarde. Voy a mi habitación a prepararme; nos vemos a medianoche en la segunda puerta del muro.
Acaricia mi pelo y besa mi cabeza antes de salir en silencio.
Me quedo sola en la habitación, respirando con dificultad, intentando calmar el nudo de emociones que se mezcla entre rabia, miedo y culpa. "Cassandra no merece esto", pienso. La idea de entregarme para salvarla parece la única opción.
Las horas pasan lentamente hasta casi medianoche. Las dudas intentan colarse en mi mente, pero no puedo permitirme titubear ahora. Mi mejor amiga está en peligro, y si no hago algo, nadie lo hará.
Finalmente, cuando el reloj marca la hora, salgo sigilosamente de mi habitación. Los pasillos están oscuros, el silencio pesado. Siento cada latido como un tambor, recordándome lo que estoy a punto de hacer.
Llego a la segunda puerta del muro de la base, y ahí está Lucius, con su expresión tensa pero decidida. Lleva una pequeña bolsa en la mano y parece haberse preparado a conciencia. Me mira y asiente, en silencio, pero sus ojos reflejan una mezcla de preocupación y lealtad incondicional.
- ¿Lista? -me pregunta en un susurro.
- Más que nunca -respondo con la misma determinación.
Comenzamos a movernos por el terreno oscuro, esquivando guardias y usando atajos que Lucius conoce bien. Cada paso me acerca más a Cassandra y, en cierto modo, me da fuerzas. No puedo permitirme pensar en qué sucederá cuando llegue, solo en que debo llegar a ella.
Tras un par de horas caminando, llegamos cerca del territorio enemigo, Lucius se detiene y me agarra del brazo, con una expresión un poco temblorosa.
- Lexi, sé que ya te has decidido, pero... por favor, piensa una sola vez más la locura que vas a hacer. No quiero perderos a las dos.
Lo miro, y aunque quiero prometerle algo que lo tranquilice, sé que no puedo hacer esa promesa.
- Sabes que es la única opción.
Él asiente, resignado, y me deja avanzar, siguiéndome muy de cerca.
Desde el bosque, observamos a un par de hombres lobo que vigilan en el límite de la frontera. Sin dudarlo, avanzo hacia ellos, con Lucius detrás de mí apuntándoles con su arma cargada con balas de plata. En cuanto nos ven, los hombres lobo nos apuntan de inmediato.
- Soy Alexandra Drakewood y vengo a hacer un trato con vuestro alfa.
Uno de ellos le murmura algo en voz baja al otro.
- ¿Qué clase de trato quiere hacer la hija del General Supremo con nuestro alfa?
- Habéis capturado a alguien importante para mí, y quiero ofrecerme a cambio de su liberación.
Mis piernas comienzan a flaquear al pensar en los riesgos; si quisieran, podrían arrastrarme con ellos sin esfuerzo. Son más numerosos y más fuertes, pero me obligo a no mostrar ninguna señal de debilidad.
- Si quieres negociar con él, tendrás que venir con nosotros.
- Este intercambio le conviene tanto a él como a mí. Si me toma como prisionera, su hermano estará a salvo -respondo con firmeza-. No pienso adentrarme en su territorio. Si quiere negociar, que sea aquí, en el límite de la frontera.
El hombre suelta una risa que retumba en el aire, sin molestarse en disimular su burla.
- ¿Te das cuenta, niña, de que ni esta frontera imaginaria que tu gente ha trazado ni el idiota que te acompaña te protegen de nada?
El mismo lobo que había susurrado antes vuelve a hacerlo. Tras escuchar, el hombre se me queda mirando con una sonrisa torcida.
- Hoy es tu día de suerte, niña. Me dicen que el alfa está cerca.
Observa a dos de los hombres a su derecha y, tras un gesto, ambos se transforman en lobos y se adentran en el bosque que bordea la carretera hasta desaparecer entre los árboles.