Capítulo 1
—Pero... —Teodoro titubeó—, ¿y los renos? ¿Y el trineo? ¿El taller en el Polo Norte?
Gabriel dejó escapar una risa amarga.
—Esas son solo historias inventadas para que los niños sigan creyendo. ¡Ni siquiera tiene sentido! ¿Cómo un hombre viejo puede viajar por todo el mundo en una noche? No hay lógica.
Teodoro lo miró fijamente, como si estuviera tratando de comprender el mundo que se le había caído encima. De repente, algo pareció chocar contra sus pensamientos, un vistazo fugaz a lo que Gabriel no había visto.
Gabriel, con un suspiro, salió de la habitación para dejar que su hermano menor pudiera dormir tranquilo, y se dirigió a su oficina.
—Papá Noel... claro, como si ese maldito hubiera sido quien me trajo la PlayStation 5 cuando se la pedí —murmuró, mientras se sentaba frente a su computadora para continuar escribiendo en su blog sobre las razones para dejar de creer en Papá Noel.
La noche estaba serena, y el único sonido que rompía el silencio era el constante golpeteo de las teclas bajo sus dedos.
—Solo soy un chico que no cree en esas tonterías de Papá Noel... ya tengo 19 años y voy a desmentir esa farsa —comentó, mientras respondía a uno de los comentarios de su blog.
Mientras tomaba un sorbo de su café, sus ojos se dirigieron hacia la ventana. La vista que tenía delante lo sorprendió.
—No puede ser... ¿está nevando? ¡¿En verano?! —exclamó, levantándose rápidamente y corriendo hacia la habitación de su hermano.
—¡Teodoro, despierta! —gritó, con entusiasmo.
Teodoro, medio dormido, apenas logró abrir los ojos.
—¿Qué pasa, Gabriel? Mañana tenemos que ir al paseo ese, no quiero estar todo el día cansado y con sueño —respondió Teodoro con su voz suave y angelical.
—¡Está nevando, pendejo! —dijo Gabriel, señalando la ventana con una mezcla de incredulidad y diversión.
Teodoro, ahora más despierto, giró la cabeza hacia la ventana y vio los pequeños copos de nieve cayendo lentamente.
—¡Hermano! ¡Es nieve! —exclamó, completamente asombrado.
—Sí, tonto, ¿qué te estoy diciendo? —respondió Gabriel, con sarcasmo—. Aunque lo curioso es que esté nevando... y sea verano.
Teodoro se levantó de la cama rápidamente, con los ojos llenos de asombro. Corrió hacia la ventana, la cual se empañaba ligeramente por el contraste entre el frío exterior y el calor dentro de la habitación. Miró hacia el cielo, intentando comprender lo que sucedía. La nieve caía suavemente, cubriendo las calles, los techos de las casas, y todo lo que podía ver.
—Esto es raro... —murmuró, rascándose la cabeza.
Gabriel, de pie en el umbral de la puerta, lo observaba en silencio. Aunque su mente racional seguía intentando encontrar una explicación lógica, no podía negar que aquello no encajaba en su entendimiento del mundo. La nieve en pleno verano, algo no estaba bien.
—¿Seguro que no lo ves? ¡Es como si estuviera ocurriendo una... una especie de milagro! —exclamó Teodoro, mirando a su hermano con ojos brillantes.
Teodoro, lleno de emoción y asombro, corrió rápidamente hacia la habitación de sus padres para contarles lo que estaba ocurriendo.
—¡Papá! ¡Mamá! ¡Despierten, dormilones! ¡Miren, está nevando! —gritó Teodoro, sacudiendo a sus padres con fuerza.
El padre, aún medio dormido, se dio vuelta en la cama y murmuró con voz somnolienta:
—Teodoro... deja de romper las pelotas y ve a dormir, que mañana tenemos que levantarnos temprano —dijo, con un gesto de fastidio, volviendo a acomodarse bajo las sábanas.
—¡Pero papá, está nevando! —insistió Teodoro, sin perder la esperanza.
La madre, María, despertó al escuchar a su hijo, y al principio estaba a punto de regañarlo. Sin embargo, al mirar por la ventana, se quedó en silencio, sorprendida. Los pequeños copos de nieve caían suavemente del cielo, cubriendo el suelo y el exterior de la casa.
—¡Daniel! ¡Daniel, despierta, mira esto! —exclamó María, despertando al padre de los niños, Daniel.
—Pero, ¿cómo molestan, che? —respondió Daniel, algo irritado por la interrupción. Sin embargo, al mirar por la ventana, su expresión cambió de sorpresa a incredulidad al ver la nieve cayendo. —¡Pero qué carajo! —murmuró, con los ojos entreabiertos. —¡Es nieve! ¿En pleno verano?
María, aún asimilando la extraña situación, lo miró sin palabras.
—Daniel, esto es rarísimo... ¡nieve en verano! ¡No hemos visto ni un copo en todo el maldito invierno, y ahora esto! —dijo, todavía incrédula.
Daniel, completamente confundido, sacudió la cabeza mientras trataba de entender lo que estaba pasando.
A pesar de que era la 1 de la mañana, Teodoro no pudo contener su emoción. Se puso apresuradamente su ropa de invierno y salió al patio a jugar con la nieve. Para él, era un sueño hecho realidad, la primera vez que veía nieve en su vida. Hizo lo que cualquier niño haría en su lugar: correr, saltar y formar pequeñas bolas de nieve, riendo con pura felicidad.
Mientras tanto, sus padres, María y Daniel, decidieron salir también. Se sentaron en las sillas del patio, observando a su hijo jugar con una mezcla de incredulidad y ternura. Aunque el fenómeno no tenía sentido alguno, se dejaron llevar por el momento, disfrutando de la alegría contagiosa de Teodoro.
Sin embargo, Gabriel no compartía la misma actitud. Apoyado en el muro, con los brazos cruzados, miraba la nieve caer mientras su mente daba vueltas, intentando encontrar una explicación lógica. ¿Cómo era posible que nevara en pleno verano? Esa pregunta se repetía una y otra vez, pero antes de que pudiera llegar a alguna conclusión, un apagón repentino dejó toda la casa sumida en la oscuridad.
—¡Dah, la re concha de la lora! Ayer pagué la luz, ¿por qué tienen que joder ahora? —exclamó Daniel, visiblemente molesto mientras sacaba su teléfono para llamar a la compañía eléctrica.
Gabriel, en tanto, entró a la casa en busca de una linterna. Con pasos cautelosos, avanzó por los pasillos oscuros, confiando en la tenue luz de su celular para guiarse. Lo que parecía ser una noche inusual pero tranquila se transformó rápidamente en algo mucho más perturbador.
Al llegar a la sala, el aire pareció volverse más frío. Allí, en el suelo, yacía Bolillo, el gato de la familia. El compañero peludo de Gabriel, siempre juguetón y lleno de vida, estaba inmóvil. Sus ojos, antes brillantes, estaban apagados. Había muerto y a su lado una frase con sangre que dice "¿estas seguro que no existo?".
Gabriel sintió que el corazón se le detenía por un instante. Lo que debía ser una noche mágica con nieve, ahora era el inicio de una pesadilla.