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Trazos de Éxitos - RB

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Summary

🌬 Porque a veces, las respuestas que buscamos están en los lugares más inesperados, y las personas que entran en nuestra vida sin previo aviso pueden ser las que finalmente nos muestren quiénes somos en realidad. ˖ִ ࣪⚝ ₊ ・ ₊ ₊ ° ☆ ☆ ₊ ⋆. ₊ ★ ⊹ ⊹ ⋆ ❥ No copias. No adaptaciones. ❥ Tema delicados en la trama. ❥ C: 18/11 , T: x ₊ ・ ₊ ₊ ° ☆ ☆ ₊ ⋆. ₊ ★ ⊹ ⟡ ⊹ . ☾ ⋆ . ⟡ . ₊ . ˖ ˖ °

Genre
Drama/Adventure
Author
Roma
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Personal


Me llamo Jazmín Fontana. Suena bonito, ¿verdad? Un nombre que bien podría pertenecer a una protagonista de novela romántica, la que vive intensamente entre París y Nueva York, atrapada entre amores imposibles y decisiones que cambiarán el destino del mundo. Pero no, mi vida no tiene nada de eso. Si mi existencia fuera un libro, probablemente estaría juntando polvo en algún rincón olvidado de la biblioteca. No hay drama, ni aventuras épicas, ni siquiera un escándalo mediocre. Solo páginas llenas de rutinas, listas interminables de pendientes, y el ocasional capricho de un jefe que, para bien o para mal, es el centro de mi universo laboral.


¿Qué por qué estoy contando esto? Buena pregunta. Mi primo siempre decía que uno debe buscar cómo escribir una historia digna de ser leída, algo que inspire, que deje huella. Pero mírame, sigo aquí, organizando las citas de otro, respondiendo correos que no son míos y asegurándome de que las reuniones fluyan como si fueran magia. Eso sí, nunca faltan las flores frescas en la oficina. Detalle importante, aunque no sea mi idea. Es el jefe quien insiste.


Ibiza es hermosa, dicen. Nunca he tenido tiempo para descubrirlo más allá del camino de mi apartamento a la oficina. Las playas, las fiestas, las noches interminables de verano... todo eso parece pertenecerle a otro mundo, uno al que no tengo pase de entrada. Mi rutina es un círculo vicioso que empieza con el despertador y termina con una lista mental de lo que tengo que hacer al día siguiente.


¿Y yo? Bueno, yo soy la nota al pie en la historia de alguien más. O eso pensaba, hasta que sucedió algo que ni siquiera mi primo habría podido imaginar. Pero esa parte de la historia, ya sabes, la interesante, apenas está por comenzar.


Vine a Ibiza buscando una identidad que fuera completamente mía, como si cruzar el océano pudiera borrar las marcas de un pasado que me tenía amarrada a una vida llena de "no puedes", "no debes" y "mejor quédate ahí donde estás". Argentina se quedó atrás, junto con mis traumas, mis miedos y las privatizaciones de todo lo que alguna vez pensé que era mío, incluida mi paz mental.


Hace dos años, era incapaz de salir sola de casa sin sentir que algo malo podía pasar. Mi vida estaba llena de puertas cerradas y ventanas tapiadas, figurativa y literalmente. Fue en ese entonces cuando empecé terapia con un viejo copado que tenía su consultorio en Morón, a unas cuadras de la estación de tren de la línea Sarmiento. De esas estaciones donde el ruido de los trenes se mezcla con el de las voces de vendedores ambulantes y te hace sentir un poco más vivo, aunque a mí no me hacía ningún efecto. Fue él, con su estilo de filósofo de bar y terapeuta sin filtros, quien me dijo algo que quedó clavado en mi cabeza: "Salí de acá, Jazmín. Cambiá de aire. No te va a gustar al principio, pero es mejor que morirse en cuotas".


No necesitó decirlo dos veces.


En un acto de fe ciega y cero planificación, le pedí a mis viejos que me ayudaran a comprar un pasaje. No es que me sobrara el coraje, tampoco la plata, pero sí las ganas de saber qué había más allá de los límites de mi zona de confort. Claro, como siempre, soñé en grande: me imaginé volando por el mundo, siendo alguien importante, una Jazmín completamente nueva.


Spoiler: las cosas no salieron exactamente así.


Cuando llegué a Ibiza, me encontré con que mi título de tripulante de cabina no servía para nada en España. Ahí estaba yo, en una isla que prometía cielos despejados y posibilidades infinitas, pero con el culo lleno de preguntas y una maleta que, para ser honesta, llevaba más dudas que ropa.


Ibiza era un lienzo en blanco, o eso creía. Lo que no sabía entonces es que para pintar algo nuevo, primero tenés que aprender a sostener el pincel. Y eso, querida Jazmín, no te lo enseña ni el mejor terapeuta.


Mis primeros días en la isla fueron como pisar la arena descalza en pleno verano: quemaba. Odiaba estar lejos de mamá, quien, aunque yo ya estaba bastante grandecita, siempre resolvía mis problemas con una llamada, un abrazo o una transferencia bancaria. Odiaba no poder hundirme en mi vieja cama, esa llena de peluches y con olor a lavanda. Por más que mi entorno era puro bullicio, música y turistas sonrientes, yo sentía que moría un poco más con cada día que pasaba.


En mi primer mes, sobreviví con trabajos esporádicos, de esos que en Los Sims 4 harías por puro trámite para que tu personaje no se muera de hambre. Mesereé en bares donde los clientes dejaban más propina en insultos que en euros; limpié casas de gente que nunca conocí y que seguramente nunca recordará mi nombre; hasta probé de guía turística improvisada gracias a mi acento argentino, ese que a los españoles les resulta "exótico".


A duras penas conseguí juntar lo suficiente para pagar un cuarto diminuto. Era un altillo que no podía ni llamarse departamento, pero era mío, o al menos lo era por las siguientes semanas mientras lograba juntar más plata para el alquiler. Sin embargo, esa primera noche en mi pseudo hogar no sentí alivio, ni orgullo, ni un ápice de esperanza. Me acosté en un colchón viejo, mirando el techo agrietado, preguntándome si había cometido el error más grande de mi vida.


El calor sofocante de agosto hacía imposible dormir, y mi mente, por supuesto, no ayudaba. Empecé a repasar todas las decisiones que me habían llevado hasta ese lugar, desde aceptar el consejo de mi terapeuta de "salir de mi zona de confort" hasta la absurda idea de que cambiar de país sería como cambiar de canal: rápido, sin consecuencias y con un final garantizado de "felices para siempre". Qué ilusa.


Al día siguiente, descubrí que la lucha por encajar no era solo externa. Ibiza te desafía a gritos y susurros. Los gritos vienen en forma de madrugones, horarios imposibles y el constante "¿Qué hacés acá, tan lejos de casa?". Los susurros, en cambio, son más crueles: te llegan por la noche, cuando te das cuenta de que, por mucho que quieras huir de tu pasado, él siempre te encuentra.


No tenía ni idea de lo que estaba haciendo, pero algo dentro mío, una especie de terquedad insana, me empujaba a seguir adelante. Porque aunque las paredes de mi cuarto parecían aplastarme y la incertidumbre era un compañero constante, había un fuego pequeño, apenas perceptible, que me susurraba: "Todavía no te rindas, Jazmín. Todavía no".


Y así, entre trabajos miserables, noches en vela y la ocasional llamada a mamá para llorar un rato, comencé a entender que Ibiza no era un lienzo en blanco. Era una pintura ya empezada, con manchas, borrones y pinceladas que nunca había pedido, pero que ahora me tocaba completar. Una obra caótica, imperfecta, pero mía. O al menos, eso me repetía cada vez que estaba a punto de dejar todo y volverme a casa.


Lo único que lograba atarme, esa terquedad que parecía innata en mí, era la promesa de devolverles a mis padres cada sacrificio que hicieron para cumplir mi capricho de cambiar de aires. Si lograba pegar un buen laburo, aunque fuera uno solo, sentiría que algo de este caos tendría sentido. Pero entre el ruido de mi cabeza y las noches interminables, no podía negar que necesitaba ayuda.


Con el pasar de los días, decidí que volvería a consultar con un psicólogo, alguien que me ayudara a seguir y no a hundirme más. Nunca fui líder de mi vida, siempre necesité un Pepe Grillo que me susurrara qué hacer. Sin esa voz externa que me recordara por qué seguir respirando, el abismo me parecía demasiado tentador, tan seductor como los poemas oscuros de Alejandra Pizarnik. Porque, seamos honestos, no sería la primera ni la última que la poesía empujara al vacío.


Pero en Ibiza... en Ibiza no había tiempo para ese tipo de romanticismos oscuros. Acá la vida no se detiene para contemplar tus miserias. O aprendés a nadar, o te hundís. Y yo, a pesar de todo, seguía flotando.


¿Cómo?.


No lo sé.


Quizás porque la idea de morir tan lejos de mi tierra era demasiado deprimente incluso para mí.


En esos momentos en los que el peso de mi mente me arrastraba al suelo, me aferraba a lo único que tenía: mi determinación testaruda de que esta aventura, aunque fuera un desastre, al menos no fuera un desperdicio.


Así que me enfoqué en cosas pequeñas. Conseguí un nuevo trabajo, esta vez como recepcionista en un hotel boutique. Era uno de esos lugares donde los turistas se sacan selfies en la entrada como si acabaran de descubrir el paraíso. Para mí, no era más que un edificio con paredes demasiado blancas y clientes demasiado exigentes.


Pero pagaban, y eso era suficiente.


Entre turnos agotadores y días que se mezclaban entre sí, empecé a notar algo. Tal vez no estaba liderando mi vida, pero sí estaba avanzando, un paso tras otro, aunque fuera a los tumbos. No tenía el control, pero tampoco me había rendido. Mientras tanto, cada hora libre la dedicaba a buscar un psicólogo con el que pudiera hablar sin sentir que me estaban evaluando como un proyecto de feria científica.


Fue entonces, entre uno de esos tantos días grises, que conocí a Ismael Bernaby. Un tipazo, de esos que parecen sacados de una serie de Netflix pero sin la pretensión de un guión de premios. Psicólogo por vocación, con un aire tan relajado que parecía que flotaba en lugar de caminar, y cien por ciento entregado a ayudar a los que, como yo, se tiran al pozo sin calcular la profundidad ni las consecuencias.


La primera sesión fue rara.


No porque Ismael fuera intimidante o pretencioso, sino porque yo, tan acostumbrada a mantener la fachada de "todo bien", no sabía ni por dónde empezar. Él solo me miraba con esa sonrisa tranquila, como si ya supiera cada excusa que estaba a punto de inventar para no abrirme.


—No hace falta que hablemos si no quieres —me dijo, cruzando una pierna sobre la otra con total naturalidad—. Pero si llegaste hasta aquí, algo te trajo. ¿Quieres empezar por eso?


¿Algo? ¡Todo! Tenía tantas cosas atoradas en la garganta que si las soltaba todas de golpe, seguramente acabaría ahogándome con mis propias palabras. Pero al mismo tiempo, algo en su tono, en su manera de no presionarme, me dio la seguridad que no había sentido con nadie más desde que llegué a esta isla.


—No sé por dónde empezar —admití, sintiéndome como una nena que acaba de romper un jarrón y no sabe si confesarlo o culpar al perro.


—Donde quieras. Esto no es un examen. —Y ahí, en esa simple frase, me desarmó.


A partir de ese día, Ismael se convirtió en mi cable a tierra. No porque tuviera respuestas mágicas o fórmulas para arreglar mi vida, sino porque supo escuchar sin juzgar, algo que ni yo misma sabía hacer conmigo.


Gracias a él, aprendí a dejar de odiar tanto mis propios silencios. Me di cuenta de que el ruido constante en mi cabeza era, en realidad, miedo a enfrentarme a mí misma. Y aunque aún me costaba, poco a poco fui entendiendo que no estaba tan rota como creía.


Ibiza seguía siendo un desafío, pero por primera vez en mucho tiempo, sentí que no estaba enfrentándolo sola. Y, aunque todavía me quedaban miles de páginas en blanco por llenar, al menos ya tenía un título provisional para esta historia: "Seguí adelante, aunque fuera arrastrándote".


Pasé un par de meses visitando a Ismael, más o menos dos veces por semana. No era fácil. Entre las corridas del trabajo y la distancia hasta su consultorio, llegaba hecha un trapo. Hubo días en los que pensé en dejar todo: la terapia, el trabajo, incluso este intento fallido de reinventarme en Ibiza. Pero justo cuando estaba a punto de tirar la toalla, recordaba que Ismael era lo único que sostenía mi estabilidad mental. Y, de algún rincón desconocido, aparecían las fuerzas como un huracán que no sabía que llevaba dentro.


En una de esas sesiones, mientras hablábamos de cómo me explotaban en el trabajo —una mezcla de ignorancia sobre el euro y mi condición de extranjera ingenua—, Ismael me miró con una sonrisa que ya empezaba a reconocer como el preámbulo de algo inesperado.


—¿Y si trabajás conmigo? —soltó, como si me estuviera ofreciendo un café y no un cambio radical en mi vida.


—¿Perdón? —pregunté, más por incredulidad que porque no hubiera entendido.


—Sí, como mi secretaria. Me hace falta alguien que organice mi agenda y, honestamente, no soy muy bueno con el papeleo. Tu eres eficiente, manejas el caos como una campeona. ¿Qué dices?.


En ese momento no supe si reírme o llorar. Por un lado, era la primera vez en meses que alguien reconocía que tenía algo de valor. Por otro, me aterraba la idea de mezclar la terapia con el trabajo. Pero mientras lo pensaba, me di cuenta de que Ismael no solo me estaba ofreciendo un empleo; me estaba tendiendo una cuerda en medio del naufragio.


—No sé si soy la mejor opción —le dije, aún dudando—. Pero si de verdad estás tan desesperado, puedo intentarlo.


Él solo rió y asintió.


—Desesperado, no. Convencido, sí.


Así, de la noche a la mañana, me convertí en su secretaria. No tenía ni idea de cómo iba a manejarlo, pero al menos era un trabajo que no implicaba repartir volantes bajo el sol o aguantar a turistas borrachos en un bar. Además, Ismael era lo más parecido a un amigo que tenía en la isla, y eso, aunque no lo admitiera en voz alta, me daba cierta tranquilidad.


Las tardes en su consultorio se convirtieron en una rutina peculiar, casi terapéutica. Había algo fascinante en observar cómo las personas iban y venían, cada una cargando sus propios demonios y esperanzas. Yo estaba ahí, en el centro del caos, manejando la agenda, respondiendo llamadas y ajustando horarios con la eficiencia que jamás creí tener.


Entre turno y turno, Ismael y yo compartíamos momentos de descanso que, sin darme cuenta, se convirtieron en una especie de refugio. Él me contaba historias de su vida que eran como pequeños rompecabezas de un pasado lleno de heridas. Recuerdo especialmente el día en que me habló de su hija, una niña que había perdido en un accidente automovilístico. No sé cómo consiguió decirlo con esa calma tan suya, pero fue imposible no notar el dolor detrás de sus palabras.


—Es algo que nunca se supera, Jazmín —dijo, mientras giraba lentamente una taza de café entre sus manos—. Aprendés a vivir con ello, nada más.


Quise decir algo, cualquier cosa que sonara útil o reconfortante, pero las palabras se me atoraron en la garganta. Al final, solo asentí. Porque, ¿qué podía saber yo de ese tipo de pérdidas cuando ni siquiera había encontrado mi propio rumbo?.


El mejor momento de todo esto, sin embargo, era el sobre de dinero que me daba al final de cada semana. No era una fortuna, pero para mí, significaba independencia. Por primera vez desde que llegué a Ibiza, sentí que podía mantenerme a flote sin depender de trabajos precarios o de mis padres. Era un pequeño triunfo en un mar de dudas, pero un triunfo al fin y al cabo.


Lo irónico es que, mientras organizaba la vida de Ismael, mi propia vida comenzaba a encontrar algo parecido a un equilibrio. Claro, no era perfecto. Mi mente seguía siendo un campo minado de inseguridades y recuerdos que preferiría olvidar, pero por lo menos ya no me sentía como una espectadora en mi propia historia.


En ese consultorio, entre las historias de los pacientes, las confesiones inesperadas de Ismael y mis propios intentos de encontrar sentido a todo esto, descubrí algo que no estaba buscando: el valor de seguir adelante, incluso cuando no sabés hacia dónde.

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