Chapter Sebastian, El Novelista Erótico | Sebastian, El Novelista Erótico by witch venus at Inkitt
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Sebastian, El Novelista Erótico

Summary

¿Qué sucede cuando un demonio y un joven conde lleno de orgullo se enfrentan en un pequeño juego cargado de tensión? Sebastián ha sido muchas cosas a lo largo de los siglos: sirviente impecable, narrador de horrores, y ahora... autor de novelas erótica. Pero cuando Ciel descubre (por accidente) este secreto, la dinámica entre amo y mayordomo cambia radicalmente, su relación se convierte en un peligroso tira y afloja lleno de provocaciones, deseos reprimidos y líneas que nunca deberían cruzarse. Los personajes no me pertenecen. La imagen no me pertenece. Todos los créditos a sus respectivos autores. Contenido +16 ⚠️⚠️ Todo esto es escrito con fines de entretenimiento.

Genre
Other
Author
witch venus
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Sebastian, El Novelista Erótico

Había muchas cosas que Sebastian había sido a lo largo de su vida; podría hacer una interminable lista de sus profesiones pasadas. Y aunque ser mayordomo de un joven Conde era, sin duda, uno de los trabajos más interesantes, había algo que le gustaba aún más: escribir.

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Durante mucho tiempo, escribió libros de terror, narrando historias oscuras que lograban helar la espalda de quien las leía. Sin embargo, con el paso del tiempo, se fue desilusionando. Los humanos se asustaban cada vez más rápido y ya no se atrevían a comprobar si las horrorosas leyendas que describía eran reales o no.

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Así que, con los siglos, su escritura evolucionó hacia algo mucho más vulgar y banal. Ya no se preocupaba por las complejidades profundas ni los sentimientos rebuscados. Su pluma ahora estaba dirigida a un público más amplio, uno que apreciaba la simplicidad: la literatura erótica. No necesitaba adornar sus relatos con poesía, y, de hecho, contaba con la suficiente experiencia para describir esos encuentros de forma realista. Con sus palabras, uno podía sentir el fuego ardiendo en las páginas, la suavidad de la piel y el aroma a excitación.

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Por supuesto, su actual amo no sabía nada de esto. Primero, porque sería inapropiado que supiera semejante secreto indecente sobre su mayordomo. Segundo, porque, probablemente, no entendería una sola palabra de lo que estaba escrito.

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Sin embargo, a veces Sebastian se quedaba sin ideas. Odiaba repetir las mismas secuencias de hechos, y algunas cosas que él mismo había probado se volvían incómodas de leer. En ocasiones, simplemente no encontraba la manera de plasmar sus ideas en palabras. Necesitaba nuevas experiencias, necesitaba un amante que lo hiciera derretirse con un simple toque. Pero eso era imposible. Nadie podría hacer delirar de placer a Sebastian Michaelis. Él no deseaba a nadie, mucho menos a un mortal... a menos que... pero no, eso no iba con su falsa ética.

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—Ya sabes, Sebastian, regresa antes de mi cena— Le había dicho el Conde, cuando le concedió la tarde libre. 

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Fue algo sorprendente para Ciel. El demonio jamás le había pedido tiempo libre. Nunca se quejaba de sus largas horas de trabajo. Incluso de noche, siempre estaba ocupado planeando el día siguiente o simplemente velando el sueño de su amo.

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—Me pregunto qué hará...—murmuró Ciel, sabiendo que, probablemente, su demonio ya se encontraba muy lejos. Sacudió la cabeza y continuó con sus tareas.

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No pasaron ni quince minutos cuando una molestia comenzó a surgir en el niño aristócrata: tenía hambre.

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Esperó y esperó, pero nadie apareció a preguntarle si deseaba algo. Bufó derrotado.

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Salió de su despacho caminando rápido por los pasillos, buscando a algún sirviente que pudiera atenderle, pero la mansión parecía vacía. ¿Vacía? ¿Dónde estaba todo el personal? ¿Acaso nadie quedaba para cuidarlo?

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Quizá en las habitaciones de sirvientes encontraría a alguien...

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Con rapidez se dirigió a una de las plantas bajas de la mansión, no acostumbraba a recorrer esos lugares pero sabía el camino. Golpeó todas las puertas que encontró llamando a sus empleados, sin recibir respuesta.

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Pensó en ir al jardín, pero recordó que la habitación de Sebastian estaba justo delante de él. Justo.

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Entró cautelosamente en la sencilla habitación del mayordomo. La luz solar se filtraba por la ventana, iluminando todo el espacio. El lugar era simple: un armario a un lado, un escritorio al otro, y una cama junto a una mesita de noche. Ciel se sentó en la cama, acariciando la tela, consciente de que probablemente Sebastian nunca había usado ese mueble, al menos para dormir.

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—Sebastian...—murmuró, casi en un suspiro. La habitación olía un poco a él, y de inmediato se sintió ridículo por esos pensamientos.

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Miró a su alrededor, buscando algo que le llamara la atención. Sobre la mesita de noche había una pluma con tinta aún fresca. Ciel la tomó entre sus dedos, manchándose el índice.

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—¿Habrá escrito algo?— Sin pensarlo mucho, abrió el único cajón de la mesita, encontrando hojas sueltas y un libro. Con cuidado, lo sacó y lo abrió sobre sus piernas.

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Hojeó rápidamente algunas páginas, hasta que se detuvo en una de ellas, abriendo el libro al azar. Comenzó a leer para si mismo en silencio, casi con prisa.

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"Las embestidas profundas y calientes la dejaban sin aliento" 

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Embestidas... ¿Será un ejercicio? Pensó para sus adentros el joven, sin comprender continuó leyendo

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"El hombre más adulto restregó con brusquedad su pene contra la joven mujer"

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Ciel levantó la vista hacia la puerta cerrada, pestaño un par de veces y se adelantó unas cuántas páginas en el libro

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"La chica podía sentir el gran y jugoso pene de su maestro enterrarse en su interior, sacando y entrando mientras mezclaban sus fluidos, le quemaba por dentro pero le encantaba el fuerte movimiento que aplicaba su superior, sintiéndose débil y sumisa ante los placeres sexuales"

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El libro fue cerrado de golpe por Ciel, no podía creerlo ¿Qué demonios había leído? ¿Eso leía su mayordomo? ¿O lo escribía? Da lo mismo la opción correcta, al final la conclusión era la misma ¡Su mayordomo era un pervertido!

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—Joven amo— La puerta se abrió abruptamente, revelando al sirviente que ocupaba los pensamientos de Ciel desde hacía un rato. 

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—¿Regresaste? Pensé que tardarías más— Intentó ocultar el libro con torpeza, pero Sebastian ya lo había notado. 

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—Usted me llamó—

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Ciel levantó una ceja, confuso. 

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—¿Lo hice?— 

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—Ciertamente no esperaba que fuera tan entrometido— En un movimiento rápido, el demonio le arrebató el libro de las manos, alzándolo fuera de su alcance con un solo brazo —No debería leer algo así—

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Los ojos de Sebastian centellearon con un rojo intenso mientras miraba de reojo a su amo, quien se ruborizaba cada vez más, sus mejillas adoptando un bonito tono rosado. 

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—Yo no esperaba encontrar algo así... menos en tu habitación—

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—¿Y qué hacía usted en mi habitación en primer lugar?—replicó Sebastian, su voz teñida de una suave reprimenda. 

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Ciel se quedó sin respuesta, pero, en lugar de admitirlo, alzó la barbilla con altanería. El demonio suspiró. 

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—En fin... no debería haberse enterado de eso—

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— Seguramente tú lo escribes—Ciel concluyó con seguridad — Bueno, eres un demonio, supongo que eso lleva a que también seas un pervertido. 

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Se levantó de la cama, decidido a huir hacia su despacho, pero cuando giró la manilla de la puerta, una mano enguantada la cerró de golpe, impidiendo que se abriera. 

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Sintió una suave y cálida respiración en su nuca, lo que le provocó un escalofrío que recorrió toda su espalda. 

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—Ya que sabe, joven amo... ¿podría solicitar su ayuda?— murmuró Sebastian, su aliento caliente acariciando la piel del conde. 

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Ciel tragó con dificultad, pero respondió con rapidez, intentando disimular su incomodidad. 

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—¿Ayuda? Tú escribes eso porque eres un demonio y, en conclusión, un pervertido. Caso cerrado. Si lo que quieres es permiso para ir con prostitutas de vez en cuando, te lo concedo—

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Sebastián soltó una risa baja, burlesca. 

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—¿Prostitutas? Oh, joven amo...— Repitió con un tono casi suplicante, aunque claramente intencionado —¿Me ayudará?— 

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El reloj en el escritorio hizo eco en la habitación en el breve silencio que siguió, hasta que Ciel, suspirando, respondió

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—¿Y en qué sería?— 

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No titubeó ni tembló. Sabía que no podía mostrar vulnerabilidad frente al demonio, especialmente ahora que estaba tan acorralado. 

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—Si lee mis novelas, notará que el patrón se está volviendo repetitivo. El profesor, el hermanastro, el doctor... y así sigue— Sebastian suspiró, dejando ver su frustración. 

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—¿Están basadas en tus experiencias?— preguntó Ciel, con una sonrisa burlona. 

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—Casi. No me gusta escribir cosas que no haya vivido. Por eso mismo solicito su ayuda, si no es demasiado atrevimiento—

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—¿Desde cuándo te importa ser atrevido?— espetó el joven, levantando una ceja. 

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Sebastian le devolvió una sonrisa ladeada, con un destello peligroso en los ojos. 

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—Tiene razón. Mireme— Con un gesto, el demonio levantó la barbilla de Ciel, obligándolo a girarse para enfrentarlo —Perfecto. Eso es justo lo que necesito: su obediencia. 

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Ciel frunció el ceño, irritado. 

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—¿Disculpa? ¿Quién te crees?—

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Antes de que pudiera apartarse, los dedos enguantados del demonio rozaron suavemente su mentón, levantándolo con una delicadeza que contrastaba con el peso de la situación. Ciel jadeó sorprendido, su respiración agitada. 

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—¿Podría ser benevolente y cumplir la petición de su leal sirviente?— Sebastián inclinó la cabeza, su tono bajo, grave, con un tinte provocador. 

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Los ojos de Ciel se estrecharon, brillando con una mezcla de desafío y curiosidad. 

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—¿Y qué petición es esa? —preguntó, sin ceder terreno. 

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—Le imploro, joven amo, que se acomode en mi lecho y confíe plenamente en mí—

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Ciel sintió cómo una mezcla de ira y vergüenza le quemaba el rostro. ¿Él? ¿Sentarse en esa humilde cama? ¿Quién sabía qué clase de mugre habría acumulado allí? Pero, en lo más profundo de sí mismo, una pequeña y traicionera parte de él quería obedecer. 

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Sebastián, por supuesto, lo sabía. Podía leer la lucha interna del conde como si fuera un libro abierto. Y eso solo lo hacía más delicioso. Observarlo fruncir el ceño mientras el rubor seguía extendiéndose por sus mejillas era un espectáculo que no tenía precio. 

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—Joven amo, se lo suplico, con todo mi ser que es completamente suyo, le ruego que se deje llevar, permitiendose sentir— Susurro esta vez Sebastian en su oído exhalando respiración tibia que le hizo temblar las piernas al más joven

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Quizo negarse, quizo empujar al mayordomo lejos y jalar la puerta para irse a su oficina, quizo abofetearlo o regañarlo por su sucio comportamiento, no hizo nada, solo emitió un ruidito desde el fondo de su garganta, media réplica y media aceptación, sin darse cuenta la cercanía entre ambos era cada vez más íntima.

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Medio derrotado y drogado por los encantos sexuales del demonio, primitio la cercanía, el sirviente todavía no lo tocaba, no hacia más que respirar caliente en su sensible oreja. Finalmente el mayordomo con una de sus manos enguantadas tomó ambas manos del joven entre las suyas, la otra mano enguantada fue colocada en la cintura del Conde, con parsimonia lo guió hasta la sencilla cama  sentándolo en el filo de esta, el demonio sonrió complacido cuando vio a Ciel con sus ojos expectantes y labios entreabiertos, esperando algo, incapaz de procesar todas las sensaciones del momento.

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El más joven le miraba hipnotizado, una molesta voz en su cabeza le decía que no se dejara mancillar, ese descarado sirviente se estaba sobrepasando y él se lo estaba pirmitiendo tan fácilmente, ¿acaso no se jactaba de tener orgullo?

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No obstante, el olor masculino del otro... Esos hombros anchos, los brazos fuertes, la sonrisa coqueta, hacían flaquear la cordura de Ciel, solo quería sentir ese cuerpo caluroso junto al suyo, pero no! No podía permitir algo así.

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El mayordomo notó la mirada dubitativa del Conde, no podía permitirlo, no se iba a escapar de sus garrar, el joven ya era completamente suyo, y eso que todavía no lo marcaba en lo más profundo de su cuerpo.

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—Joven amo ¿Le gustaría quitar mis guantes?—

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La oferta tenía su razón de ser: sin aquella tela que cubriera sus manos, el contacto sería mucho más íntimo, y Sebastian anhelaba que el Conde tomara la decisión de continuar.

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La decisión quedó suspendida en el aire, tensa como un hilo a punto de romperse. El Conde clavó sus ojos en Sebastian, analizándolo, con una mezcla de desafío y deseo contenido.

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En los ojos del demonio no se veía burla ni socarreria, solo anhelo.

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Sebastian, con cuidado y como  si saboreara cada instante, alzó una de sus manos enguantadas hasta los labios del Conde.

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Sus dientes capturaron el extremo de la fina tela, tirando con cuidado, despojándose del primer guante con una deliberada sensualidad. La acción era íntima, casi peligrosa, y sin duda muy lascivia.

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Luego repitió el gesto con el otro guante, sus ojos nunca dejando los de Sebastian, que apenas podía contener la respiración, expectante del espectáculo frente a sus ojos.

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El contacto se volvió inevitable cuando el Conde dejó caer los guantes al suelo, el sonido leve pero resonante en la quietud de la estancia.

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Su piel desnuda y esas uñas negras qué destacan en la piel tal pálida.

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Sebastian guió su mano que anteriormente estába en los labios del más joven, a la mejilla sonrojada, dejando una caricia que era tanto un permiso como una afirmación.

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Ciel cerró los ojos por un instante, inclinándose apenas hacia aquel toque. Era cálido, contrario a lo que había esperado, y dejó escapar un suspiro que delató cuánto deseaba ese contacto.

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—Sebastian— murmuró el Conde, su voz un eco bajo que llenó la habitación —¿Que estás haciendo?—

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—Yo no estoy haciendo nada joven amo, solo acaricie su mejilla, dígame ¿Porque está tan alterado?—

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—¿Alterado? ¿Quien te dijo que estaba alterado?— El Conde intentó erguir su postura y mantenerse firme, pero era evidente que la cercanía de Sebastian lo desestabilizaba

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—No me intente engañar, diciendo que su corazón esta tan tranquilo como siempre— Con morosidad acerco su rostro al ajeno, intentando derrumbar por completo la barrera de su amo

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El Conde respiró profundamente, intentando alejarse de la tentación, pero algo en la cercanía de Sebastián lo desconcertaba, lo hacía vacilar, y por más que tratara de mantenerse firme, su voluntad comenzaba a desmoronarse lentamente.

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El cuerpo del demonio se movió con fluidez casi inhumana, deslizando su figura entre las piernas del joven.

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Finalmente, se posicionó completamente sobre él, con sus manos apoyadas a ambos lados de la cama, acorralado al joven que quedó atrapado.

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El aire entre ambos parecía cargado de una energía electrizante, mientras el demonio inclinaba su rostro lo suficiente como para que sus ojos, rojos e intensos, se clavaran en los del joven.

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—Dígame, Joven amo ¿es aversión lo que veo en tus ojos... o algo más?— Susurró el demonio, con una voz que era tan seductora como peligrosa, sus labios curvándose en una sonrisa apenas perceptible

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El joven respiró entrecortadamente, intentando encontrar palabras que no llegaban. Su cuerpo, incapaz de moverse bajo el peso del demonio, reaccionaba contrario a todo lo que dictaba su mente.

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—Esto... no es... adecuado— logró articular finalmente, aunque su voz temblaba más de lo que habría querido —¿Quien te crees que eres para acorralarme así?— Pregunto más valiente de lo que se sentía

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—¿Adecuado?— repitió en un susurro, su sonrisa ensanchándose —Mi joven amo, Acaso colarse en la habitación de un sirviente ¿Es adecuado? Llamarme y tentarme como lo hace ¿Es adecuado?—

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Entonces, con una paciencia que era más una provocación, el demonio permitió que su mano se deslizara por el costado del joven, ligera como una pluma, trazando un camino que prometía que la distancia entre ellos se desvanecería por completo.

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—Sebastián...— Volvió a murmurar el más joven, su voz más baja ahora, como si finalmente reconociera la batalla que se libraba entre ambos. Se armo de valor y trago duro, ¿Su sirviente osaba en cuestionarlo? —Puedes que tengas razón, mi actitud tampoco a sido del todo adecuada— Respiro hondo, percibiendo el perfume ajeno    —Aunque tú, Sebastián, tienes una forma muy particular de desarmarme y burlarte de mi ¿Que es lo que quieres? ¿Un beso?— El joven amo ladeó la cabeza, sus labios curvándose en una sonrisa burlona mientras acortaba aún más la distancia entre sus rostros, —¿Me deseas? Demonio— Contra atacó mientras sus ojos brillaban en una mezcla de desafío y provocación

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El demonio no apartó la mirada, sus ojos rojos fijos en los del joven, una sonrisa peligrosa asomando en sus labios. Su respuesta no fue inmediata; en su lugar, permitió que el silencio entre ambos se volviera insoportable, como una cuerda tensada al límite.

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—¿Deseo? —murmuró al fin, su tono bajo, grave, con una cadencia que hacía vibrar el aire entre ellos —No deberías jugar con palabras tan sensuales, joven amo, en especial cuando no entiendes lo que significa—

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La mano del demonio se deslizó lentamente hacia el cuello del joven, apenas rozándolo, como si el contacto fuera un recordatorio de lo fácil que sería romper esa delicada distancia que los separaba. Pero no lo hizo. En su lugar, se detuvo, dejando que la tensión se alzara como un muro invisible.

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—Mi deseo es evidente— El demonio inclinó apenas la cabeza, su voz un susurro cargado de intención —Pero dime, ¿qué es lo que quiere usted realmente?—

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El joven amo se quedó sin palabras por un instante, el desafío en sus ojos tambaleándose ligeramente ante la intensidad de la mirada del demonio. Pero rápidamente recobró la compostura, negándose a ceder terreno.

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—No juegues conmigo— espetó, aunque su voz traicionaba un leve temblor —Tú estás bajo mis órdenes. Tú haces lo que yo diga.

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El demonio dejó escapar una risa suave, baja, que reverberó en el espacio entre ellos.

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—Oh, joven amo...— Y sin dar más aviso, acortó la distancia por completo, no con un beso, sino con un susurro apenas perceptible al oído del joven —Pero entonces, ¿por qué siento que es usted el que está bajo mi control?—

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La tensión entre ambos era insoportable, y las palabras habían perdido sentido, solo querían sentir el calor del otro.

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El demonio se inclinó apenas, como tanteando la última distancia que los separaba, pero fue el joven quien rompió el límite.

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Sin previo aviso, sus manos se aferraron al cuello del demonio, tirándolo hacia sí con una decisión inesperada. Sus labios chocaron con un fervor contenido, desesperado, como si toda la tensión acumulada explotara de golpe.

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El más joven no sabía besar, era evidente, sus dientes impactaban con los del otro, se asfixiaba a medio beso y la saliva escapaba por sus comisuras.

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El beso era una mezcla de desafío y rendición, un fuego voraz que no podía ser contenido. El demonio respondió al instante, intensificando el contacto, apoderándose del momento como si hubiera estado esperando esta oportunidad desde siempre.

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Sus manos, fuertes pero cautelosas, se deslizaron hacia la cintura del joven, sosteniéndolo con una firmeza que no dejaba espacio para el arrepentimiento.

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Finalmente, el demonio se apartó apenas, lo suficiente para rozar con su nariz el rostro del joven mientras su respiración pesada llenaba el espacio entre ambos.

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—Así que esto es lo que deseabas, joven amo— murmuró, con una sonrisa que se sentía como una victoria.

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El joven no respondió, pero la intensidad en su mirada fue suficiente para que el demonio entendiera que, en ese momento, no había órdenes ni jerarquías. Solo ellos dos, atrapados en un juego que ninguno quería terminar.

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—¿Esto es suficiente para tu nueva novela?— La risa baja resono en el lugar silencioso

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—Joven amo— Le acarició el mentón con su mano desnuda —Esto es solo la introducción de mi libro—

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Good Writing

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Strong Dialog

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