Entre sombras y destinos

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Summary

En un mundo donde la oscuridad acecha, Elara lucha por salvar a su amado Kael, quien está atrapado en una batalla interna contra fuerzas malignas. Creyendo que alejarse es la única forma de protegerla, Kael se sumerge en la sombra, dejando a Elara devastada. Sin embargo, inquebrantable y decidida, Elara emprende una búsqueda desesperada para encontrarlo. A medida que se enfrenta a sus propios miedos, descubre que su amor es la clave para liberar a Kael de la oscuridad. En un clímax lleno de emoción, ambos deberán confrontar no solo el mal que los separa, sino también sus propios demonios internos. "Siempre Te Encontraré" es una poderosa historia de amor y redención, donde la luz del amor brilla incluso en los momentos más oscuros.

Genre
Other
Author
Lune
Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

A veces los monstruos están donde menos te los esperas. Algunos nacen, otros se hacen… pero unos pocos se encuentran atrapados en un extraño punto medio, sin saber a dónde pertenecen.

Un bosque envuelto en sombras, solitario, con el silencio como única compañía. La luna apenas se asomaba, y la oscuridad era pesada y densa. Se sentía un frío, una niebla que absorbía todo a su paso, como si el bosque intentara desaparecerlo, llevándolo a un rincón del que nunca podría escapar. Cada paso resonaba en el vacío, un eco hueco que hacía que la noche pareciera aún más interminable.

A lo lejos, susurros suaves, apenas perceptibles, parecían llamarme por mi nombre: voces ácidas que se mezclaban con el viento. Sentía que el bosque respiraba al mismo ritmo que yo, susurrando secretos en un lenguaje que solo yo parecía entender. Como si el lugar y yo fuéramos uno. Como si no hubiera ningún lugar donde esconderse…

—¿Por qué insistes en huir, Kael? Estás solo… y siempre lo has estado.

Las voces dentro de él eran cada vez más fuertes. Eran sombras, susurros, ecos de su propia mente que cobraban vida, recordándole su debilidad, sus fallos, y la inevitable oscuridad que lo consumía.

Nunca conocí lo que era sentirme amado, nunca supe de la gente. La gente solía alejarse al saber que siempre tenía sombras conmigo; me conocían como el “niño maldito”, un niño sin padres… al menos, eso decían: un “monstruo”. No me molestaba demasiado. La gente me temía; al verme, huían y se ocultaban, convencidos de que con una sola mirada podría leerles hasta el pensamiento más oscuro. Era algo chistoso pensar que, a mi corta edad de seis años, pudiera maldecirlos.

Los entiendo. No es mi culpa que creyeran en mi reputación, en el destino que me atribuían desde que nací. Según la gente, nací en un bosque donde muchos se perdían, un lugar donde quien pisaba no volvía. Decían que allí se escuchaban desgarradores lamentos, susurros engañosos que te atrapaban. Y, más allá, un cementerio: un lugar cubierto de tumbas y árboles caídos, retorcidos en formas extrañas, que parecían hablarme, como si hubiera algo que me uniera a ellos.

El lugar donde vivía tenía la costumbre de amenazar a los que se portaban mal con mandarlos a ese cementerio de almas olvidadas, almas rechazadas y abandonadas por los años, como si alguien pudiera recordarlas…

Otra historia que se contaba sobre mí fue que, en una noche roja, en ese mismo bosque, cuando los espíritus salían de caza, ocurrió una serie de asesinatos. Los pocos que sobrevivieron nunca olvidaron aquellos ojos grises, casi blancos… Nadie esperó que, años después, volvieran a encontrarse con esa mirada. Pero esta vez, me lanzaron piedras hasta hacerme caer, cubriéndome los oídos mientras observaba cómo me herían y humillaban. Esa noche, comprendí que, para los demás, ya no era humano.

Kael cayó de rodillas, sintiendo cómo el frío lo invadía, como si una mano invisible lo aprisionara, sofocándolo hasta romperse. No había consuelo, ni amor, ni manos extendidas hacia él. Solo estaba el peso del monstruo que lo miraba desde el abismo de sus propios ojos, consumiéndolo. Con la mirada fija en la nada, comprendió que, al final, quizás siempre había estado solo.

—Estás solo —se burlaba la sombra, una voz grave y áspera que se mezclaba con el viento—. Nadie vendrá por ti. Nadie puede salvarte.

Con apenas cuatro años, quizás antes, percibía cosas que nadie más veía o entendía. En el lugar donde me acogieron, intenté contarle a la gente, pero siempre me rechazaron o me llamaban loco. Ahí me di cuenta de que estaba solo en un mundo que no me comprendía, y que las sombras eran mi única compañía. Dejé de temerles y aprendí a convivir con ellas, viéndolas en rincones, reflejos o ventanas: pequeñas sombras acompañadas de voces incomprensibles que, aunque no entendía, me hacían sentir seguro. Al comienzo no eran malas, pero luego comenzaron a asustarme; desde entonces empecé a cuestionar y, cuando caminaba por el bosque, una noche vi una figura idéntica a mí observándome desde la distancia. Era mi propio reflejo, pero en sus ojos había un vacío y una frialdad que me helaron hasta los huesos.

Esta visión se repitió durante semanas, con el reflejo susurrándome en voz baja, tentándome a abrazar la oscuridad y aceptar que, al igual que el bosque, yo era un monstruo. Al principio intentaba resistirme, recordando que alguna vez había conocido la bondad en mi amiga perdida, pero el reflejo insistía en que todos me odiaban, que nunca sería aceptado y que la oscuridad era mi único destino.

Mi única amiga fue a los cinco años. La conocí en el bosque, en una noche de luna llena, perdida y asustada. Decidí ayudarla a salir. La niña era amable; no me miraba con miedo y escuchaba con interés mis historias sobre las sombras. Durante unas semanas, nos encontrábamos en el bosque… pero un día, ella dejó de aparecer. Fui al pueblo para buscarla, y escuché que había desaparecido misteriosamente.

—Kael, ¿fuiste tú quien se la llevó? —me preguntaron en el pueblo, mirándome con odio.

—No… yo no hice nada —traté de explicar, pero nadie me escuchaba. Me señalaban, susurrando, y sentía cómo sus miradas me atravesaban.

Una noche, mientras vagaba por el bosque, encontré a mi amiga en el cementerio de almas perdidas. Estaba lastimada, llorando, como si temiera algo. La llevé de regreso al pueblo, pero al llegar, una multitud de personas comenzó a llamarla bruja. Al verme con mis ojos pálidos, los aldeanos la tomaron y, ante mis ojos, le rompieron el cuello, convirtiendo en cenizas a mi única amiga, la única que no me temía…

Aquella noche, lloré por primera vez desde que fui abandonado en el bosque. Algo en mí se rompió definitivamente, y el bosque pareció tomar una parte de mí que nunca volvería a ser la misma.

Los rumores crecieron y decían que yo la había llevado a las sombras, que la había atrapado en mi “mundo oscuro”. Nunca se supo la verdad, y yo jamás volví a ver a mi amiga. Ese dolor y esa soledad comenzaron a crecer en mí, reforzando la idea de que era realmente un monstruo, incapaz de tener un lugar entre los demás.

Cuando cumplí seis años, el día de mi cumpleaños, el pueblo sufrió un incendio. Me acusaron de haber traído la maldición. Los adultos, dominados por el miedo y las supersticiones, me miraban con odio, pensando que el “niño maldito” había atraído el desastre. Intenté escapar, pero me alcanzaron y me arrastraron hacia el bosque oscuro, dejándome solo y herido, con la orden de no regresar. Ahí, mientras el bosque me envolvía, las sombras me rodearon, pero esta vez no susurraban miedo, sino consuelo. Sentí que el bosque me aceptaba y que, tal vez, yo pertenecía a él.

Esa noche, fui al lago donde siempre me sentía seguro y vi mi reflejo distorsionado: mi rostro ajado, ojos vacíos, y una piel pálida, casi translúcida, como si ya no fuera completamente humano.

—Kael… —susurró mi reflejo, extendiéndome una mano desde el agua—. Ven. Abraza lo que eres. Ellos te odian, y tú… tú no tienes lugar entre ellos.

Esta versión de mí hablaba, burlándose de mi soledad, de mi miedo y de cómo los aldeanos me destruían poco a poco. “Eres solo un reflejo de lo que ellos temen. No tienes un lugar en este mundo… jamás lo tendrás”. Casi tomo la mano que me extendía, pero en el último momento retrocedí, aterrorizado, y me di cuenta de que, si lo hacía, perdería lo poco de humanidad que quedaba en mí.

En ese momento, escuché una voz de mujer: una figura alta y etérea, cubierta con un manto oscuro, parecía formada de las propias sombras del bosque. Me habló con una voz suave, maternal, diciendo que era la “Madre de las Sombras”, la que cuidaba de los que no tenían un lugar en el mundo de los vivos.

—Kael… —dijo, su voz suave como el viento y fría como la muerte—. Yo soy la Madre de las Sombras. Te he observado desde que eras un niño perdido en la oscuridad. Este es tu lugar, conmigo. Aquí ya no sufrirás más… aquí no sentirás dolor.

—¿Por qué… yo? —pregunté en un susurro, temeroso y agotado.

—Porque eres mío, Kael. Tu dolor y tu soledad son míos. Solo yo puedo entenderte. Solo yo puedo darte un hogar.

La madre me ofreció un “refugio” definitivo, un lugar en su reino de tinieblas donde nunca sentiría dolor ni rechazo. Sentí alivio y miedo al mismo tiempo, pero sabía que aceptar significaría rendirme a la oscuridad y olvidar quién fui. En un arranque de desesperación, rechacé su oferta, y la Madre de las Sombras, enfurecida, me dejó una advertencia: “Eres mío, Kael. Los monstruos no tienen lugar en la luz. Tarde o temprano volverás a mí”.

Tenía dos opciones: caer ante mi reflejo o entrar en el reino de aquella mujer. No tenía un lugar donde esconderme. No era un villano, pero mi historia me convertía en uno, corriendo de mí mismo, de mis pensamientos, sabiendo que, si daba un paso en falso, si cruzaba la línea, desaparecería. Pero sabía que, para sobrevivir, tendría que ceder a uno de los dos. Al final, tomé el camino fácil y me rendí a la figura etérea. Desde entonces, me convertí en un rey de sombras que buscaba sangre, sin importar a quién se interpusiera en mi camino.

—¿Ves? —insistió la voz, como un susurro ahogado en la noche—. La oscuridad es todo lo que te queda.

A medida que crecía, el bosque se volvía más mío, y yo de él. Mis decisiones ya no importaban. Un día, comprendí que no quedaba rastro de humanidad en mí. Me convertí en lo que tanto temían… en lo que siempre dijeron que era.