Hell
Mashin v1 se desplomó en un terreno desconocido. La oscuridad lo rodeaba, densa y absoluta, como si todo a su alrededor estuviera desapareciendo. El silencio era ensordecedor, una quietud que lo mantenía tenso, nervioso.
Su mente se centró en una sola cosa: escapar. Pero a medida que caminaba, la realidad se volvía más aplastante. No había salida. Solo un vacío que parecía devorarlo todo. Su corazón latía acelerado; el miedo se apoderaba de él, pero no podía rendirse.
“Debe haber una salida... algo”, pensó. Y entonces, al tocar el suelo, sus manos encontraron algo metálico. Era un arma, fría y poderosa, pero solo un objeto más en un lugar que parecía ser un mal sueño.
Con una rapidez instintiva, Mashin la levantó. En ese mismo instante, una serie de figuras emergieron de las sombras, desfiguradas y amenazantes, rodeándolo. Mashin apretó los dientes. La ira comenzó a crecer dentro de él, alimentada por la desesperación.
“Mataré a todos”, murmuró para sí, su voz baja y cargada de furia.
Sin dudarlo, comenzó a disparar, sus movimientos rápidos y certeros. Cada enemigo caía uno a uno, pero no se detenían. De las sombras salían más, cada vez más grandes y más fuertes. Mashin sabía que el combate no sería fácil, pero estaba dispuesto a todo.
Cuando la última de las criaturas cayó al suelo, un sonido retumbó a lo lejos. Un estruendo que heló su sangre. Al fondo, una puerta se iluminó débilmente, pero antes de que pudiera avanzar, un rugido monstruoso se oyó. De las profundidades emergió una estatua gigante, con ojos brillando de maldad.
Mashin no dudó, su cuerpo reaccionó por instinto. Esquivó el primer golpe, luego el segundo, su mente enfocada en sobrevivir. Pero la estatua no se detendría, y Mashin sabía que algo debía hacer rápido.
En el suelo, algo brilló. Una moneda. Sin pensarlo, la recogió, la lanzó hacia el enemigo y, con un movimiento ágil, apuntó con el arma y disparó.
La moneda impactó con precisión en un punto vulnerable, y la estatua, increíblemente, se desplomó, destrozada. Mashin respiró agitado, pero no hubo tiempo para descansar. La puerta estaba abierta, y el siguiente desafío esperaba.