Capítulo 1: La Creación de Adán
Madrid, hace 10 años
El humo del cigarro se enroscaba en el aire denso del despacho, llenando la habitación con un aroma que mezclaba tabaco, polvo y recuerdos de tiempos mejores. Alonso Santamaría se reclinaba en su sillón de cuero gastado, sus ojos mirando el horizonte de Madrid desde una ventana polvorienta. La ciudad, que alguna vez le ofreció fama, dinero y una vida de lujo, ahora parecía un paisaje distante, lleno de recuerdos amargos.
Tenía 35 años, pero su mirada, endurecida por las experiencias y la soledad, reflejaba mucho más. Fue restaurador de arte durante años, uno de los más brillantes de su generación. Su trabajo había sido admirado por coleccionistas, museos y curadores de todo el mundo. No solo devolvía la vida a las obras maestras; las entendía, las sentía. Para él, el arte era más que lienzo y pigmento; era un idioma perdido que él había aprendido a traducir. Su pasión por el arte era su vida.
Pero la vida de lujo y prestigio terminó cuando un error lo atrapó en su propia mentira. En su afán por ganar dinero rápido, aceptó un trabajo para restaurar una obra que resultó ser una falsificación. El escándalo no solo destruyó su carrera, sino que también lo llevó a prisión durante cinco largos años. En esos años de reclusión, Alonso pasó sus días repasando una y otra vez las decisiones que lo habían llevado hasta allí. Su odio hacia el sistema creció, igual que su desdén por las reglas que lo habían encarcelado.
En su celda, ideó su escape, y fue allí donde nació la idea de un gran golpe. Sabía que, con el tiempo y los contactos adecuados, podría recuperar su lugar en el mundo, no solo como restaurador de arte, sino como alguien que pudiera controlar el arte. Había estudiado las colecciones de museos, los sistemas de seguridad, las piezas de arte más valiosas.
Y para eso, necesitaba a las mejores personas.
Lucas
La primera pieza del rompecabezas fue Lucas. Alonso lo había estado observando durante semanas. un chico de 17 años que no era precisamente el tipo de persona que uno imaginaría en un robo a gran escala. Lucas había sido un prodigio de la tecnología desde que podía recordar. A los 14 años, ya había hackeado los sistemas de seguridad de su propia escuela solo para hacerle una broma a un profesor. Pero pronto, el joven empezó a poner su talento al servicio de algo más. Nadie lo vio llegar, pero Alonso lo encontró tras un pequeño robo que Lucas había hecho por cuenta propia: una transacción de información codificada que él mismo había hackeado.
Lucas vivía con su madre, en un barrio caótico, donde la vida no tenía muchas expectativas. Su amor por la tecnología y su actitud desafiante hacia las reglas lo hacían parecer alguien perdido en el mundo. Alonso, al verlo, vio algo más. Un hacker natural que, si se le daba la oportunidad, podía ser el experto en desactivar los sistemas de seguridad más complejos.
Alonso llegó a la mesa donde Lucas estaba jugando a un videojuego en línea, pero al instante, el chico reconoció la presencia de alguien fuera de lo común. Sin embargo, no se sorprendió cuando vio que el hombre se sentaba frente a él. Solo sonrió de lado.
—¿Qué quieres? —dijo Lucas, sin apartar la vista de la pantalla.
Alonso, con un aire tranquilo, sacó un billete de 100 euros y lo dejó sobre la mesa. Lucas no se inmutó, pero le echó un vistazo.
—Eso no me va a comprar —respondió Lucas.
Alonso se inclinó ligeramente hacia él, bajando la voz.
—No te estoy comprando. Estoy ofreciéndote algo mucho mejor. ¿Te gustaría sentir la verdadera emoción de un golpe que te hará famoso? Si eres tan bueno para hackear sistemas, ¿por qué no usar tus habilidades en algo mucho más grande? Yo te ofrezco una salida.
—¿Una salida? —Lucas levantó una ceja. Sabía que había algo más detrás de esa oferta.
—Sí, una salida de tu vida de mierda. Yo sé lo que puedes hacer con tus dedos, y tú sabes que tú eres mejor que eso. Te ofrezco una oportunidad: un gran golpe, con un pago mucho mayor de lo que jamás ganarías hackeando cuentas bancarias.
Lucas se quedó en silencio unos segundos, antes de levantarse. Se giró hacia la puerta, con una ligera sonrisa en su rostro.
—¿Cuándo empezamos?
Vega
La siguiente parada fue un hotel de cinco estrellas en Barcelona. Vega una mujer de 25 años con un pasado oscuro, un talento para la infiltración y una habilidad innata para asumir identidades falsas. Durante años, había sido una especie de sombra en la vida de las personas a las que se acercaba. No había lugar en el que no pudiera introducirse, ni persona que no pudiera engañar con la precisión de un actor consumado. Alonso la encontró después de que ella se infiltrara en una gala benéfica de alto nivel, robando información de una transacción ilegal entre coleccionistas de arte. trabajaba como camarera, pero Alonso sabía que eso era solo una tapadera. Vega había pasado los últimos dos años moviéndose entre los hoteles de lujo, obteniendo información valiosa de empresarios y políticos sin que ellos lo supieran.
Vega había tenido una infancia llena de mentiras y engaños. Aprendió a manipular a los demás desde pequeña, cuando tuvo que sobrevivir en las calles. Alonso la vio como una pieza clave, la que podía ayudar a desactivar la seguridad humana de cualquier sitio, mientras pasaba desapercibida en cualquier situación.
La encontró sirviendo champán en una cena privada. Alonso esperó hasta que estuvo a solas en la despensa, arreglando las bandejas.
—Tu jefa en recepción tiene mucho talento, pero no es tan buena como crees —dijo Alonso desde la puerta.
Vega se giró bruscamente, con una mano deslizándose hacia el bolsillo trasero, donde Alonso estaba seguro de que llevaba un pequeño cuchillo.
—¿Quién eres tú?
—Alguien que sabe lo suficiente sobre tus habilidades para ofrecerte un trabajo mejor pagado que cualquier chantaje que hayas hecho.
—¿Y por qué debería escucharte?
—Porque soy la única persona que puede darte un propósito. Un gran golpe que hará que todo lo que has hecho hasta ahora parezca un simple juego de niños.
Vega le observó durante un largo momento, antes de asentir ligeramente.
—Tienes cinco minutos para convencerme.
Javier
En las afueras de Sevilla, en un polígono industrial abandonado, Alonso se encontró con Javier. El hombre estaba cubierto de polvo y sudor, probando explosivos caseros en un almacén vacío. Javier había sido exGEO y experto en explosivos, había evitado un robo a mano armada con una granada cegadora, evitando una masacre en un banco. Javier estaba acostumbrado a que su violencia fuera su carta más fuerte, pero Alonso vio algo más en él, la capacidad de hacer que un plan complicado se ejecutara a la perfección, sin dejar rastro.
Javier era un hombre de acción, siempre listo para enfrentar cualquier desafío con su carácter explosivo. El plan de Alonso, aunque sutil y calculado, necesitaba de alguien que supiera cuándo golpear y cuándo retirarse. Alonso vio en él no solo a un experto en explosivos, sino a alguien que sabía cómo mantener la calma en situaciones extremas.
—Bonito espectáculo —dijo Alonso, mientras observaba una explosión que hizo vibrar las ventanas del almacén.
—¿Quién eres y qué quieres? —gruñó Javier, apuntándole con un encendedor aún encendido.
—Alguien que necesita a un experto como tú para abrir algunas puertas. Te ofrezco un trabajo grande, limpio y que pagará más de lo que has ganado en toda tu vida.
Javier se rió entre dientes, apagando el encendedor.
—Sigue hablando.
Sara
Sara tiene 18 años, y su vida siempre ha sido un constante movimiento. Desde pequeña, creció en una familia que se dedicaba a mudarse por toda España debido al trabajo de su padre en el sector del transporte y logística. Como resultado, Sara aprendió a navegar por distintas ciudades con rapidez y a adaptarse a cualquier entorno.
Sara nunca fue una chica común. Mientras otros niños de su edad se preocupaban por los estudios o las amistades, ella se sentía más cómoda al volante de un coche. Su padre, conductor profesional, le enseñó a manejar desde muy joven, y rápidamente Sara se dio cuenta de que tenía un talento natural para conducir con destreza en cualquier tipo de situación: tráfico denso, condiciones extremas o incluso en altas velocidades. Esta habilidad la hizo destacar no solo por su destreza, sino también por su capacidad de mantenerse calma bajo presión. Desde joven, le gustaba poner a prueba sus límites, y conduciendo en situaciones de alto riesgo se sentía viva.
A los 16 años, sus padres nunca fueron demasiado estrictos con ella. Eso le permitió tener libertad para relacionarse con personas fuera de la ley. Empezó con robos pequeños: tiendas de lujo, joyerías sin alarma, objetos de alto valor en casas privadas. Mientras sus amigos se dedicaban a estudiar o a vivir una vida normal, Sara estaba en las calles, perfeccionando sus habilidades y aprendiendo a robar sin ser detectada.
A los 18 años, su habilidad para evadir a la policía y su talento para planificar robos complejos le dieron una ventaja en el mundo del crimen. No solo lograba entrar en sitios con altísimas medidas de seguridad, sino que sabía exactamente cómo escapar, dejando a las fuerzas del orden sin pistas.
Alonso la contactó después de conocerla en un club de alto nivel, donde ella estaba ayudando a unos contactos a mover objetos robados. Alonso quedó impresionado por su frialdad y eficacia. Rápidamente, entendió que Sara no solo sería una conductora perfecta para el robo, sino también una especialista en ejecutar el golpe y manejar el botín.
Nerea
Nerea, de 22 años, era una joven con un pasado tumultuoso. Creció en las calles de Valencia, donde el parkour fue su refugio. Huyó de un hogar disfuncional a los 15 años, encontrando en el movimiento un escape a la violencia y el caos que vivía en casa. A los 18 años, su destreza en el parkour la llevó a ser conocida en el circuito ilegal de carreras urbanas, donde apostaba dinero y saltaba entre edificios con una habilidad impresionante.
Alonso la conoció después de un pequeño incidente: durante una operación de bajo perfil, Nerea ayudó a un amigo a escapar de un atraco fallido. Saltó desde una terraza a otra, eludiendo la captura de la policía de una manera tan espectacular que Alonso, que observaba desde lejos, no pudo evitar impresionarse.
Nerea no tenía miedo de los riesgos, y eso la hacía invaluable para Alonso. Sabía que su capacidad para moverse rápidamente entre las sombras sería perfecta para el robo de arte, especialmente en museos donde la arquitectura podía ser aprovechada para escapar con facilidad.
Cuando Alonso se acercó a ella, la convenció con su propia visión del futuro: “Eres más que una corredora, Nerea. Eres una escapista, y en este juego, lo que importa es cómo te vas cuando ya nadie te ve.”
TOMÁS
Tomás creció en un barrio conflictivo de Valencia, donde la violencia era parte de la vida cotidiana. Desde pequeño, tuvo que aprender a controlar sus emociones y observar con detalle cada movimiento a su alrededor. A pesar de su entorno violento, su habilidad para leer las personas y su sangre fría en situaciones de peligro lo hicieron destacar. Aunque inicialmente se dedicó a la psicología, donde desarrolló una maestría en manipulación y negociación, también se vio atraído por el mundo de las armas.
Durante su adolescencia, en su intento por sobrevivir, Tomás fue entrenado por un antiguo militar que le enseñó a manejar diferentes tipos de armas de fuego. Aprendió no solo a disparar, sino a trabajar con precisión y a mantener la calma en situaciones de alto riesgo. A lo largo de los años, se convirtió en un experto en el uso de armas, perfeccionando sus habilidades hasta alcanzar un nivel profesional.
Además, Tomás se especializó en situaciones de tensión extrema, manejando armas en operaciones clandestinas. A pesar de su calma habitual, en un enfrentamiento o en una situación de defensa personal, se convierte en una máquina precisa y letal. Su capacidad para tomar decisiones frías bajo presión le ha valido el respeto de figuras del mundo criminal.
Su vida cambió cuando, en un contrato para proteger a un empresario, acabó siendo traicionado y atacado por varios hombres. En ese momento, apareció Alonso. Con una frialdad y rapidez sorprendentes, Alonso limpió la escena y ayudó a Tomás a escapar. Tras el caos, Alonso se le acercó:
“Sé lo que haces, y lo haces bien. Si te interesa, tengo un trabajo que pagarás mucho más que tus días de seguridad.”
Tomás, agotado y desconfiado, aceptó la propuesta de Alonso sin pensarlo demasiado. Alonso le ofreció un trabajo sencillo: usar sus habilidades con las armas en un golpe bien planeado, sin tener que preocuparse por las complicaciones legales. A cambio, tendría mucho dinero y un equipo profesional
Rubén
Rubén, de 35 años, era un hombre que pasaba desapercibido. Cauteloso, analítico y meticuloso en sus movimientos. En su juventud, fue conductor de camiones de carga para una empresa de distribución, pero la vida le mostró que sus habilidades de conducción podían ser mucho más rentables en los márgenes de la ley. Su especialidad: las rutas de escape. Ningún camino estaba fuera de su alcance, y sabía cómo mezclar velocidad y discreción.
Rubén vivió una vida tranquila hasta que un negocio salió mal. Alguien con poder lo comprometió, y tras un par de años entre cárcel y huidas, Rubén se convirtió en el mejor transportista de aquellos que operaban en la oscuridad. No solo movía mercancías, sino también personas y, en su caso, obras de arte. Alonso lo encontró tras una operación fallida en la que Rubén había logrado escapar con una valiosa pieza que había sido robada.
Aunque Rubén no era el hombre más brillante del grupo, su capacidad para planificar rutas de escape, manejar vehículos bajo presión y asegurarse de que nada quedara atrás lo convertían en el conductor perfecto. “La clave para que todos escapen a tiempo está en tus manos, Rubén. Nadie maneja rutas como tú.”
Clara
Clara, de 28 años, fue la última en unirse al equipo. Era una restauradora de arte extremadamente talentosa, conocida por su capacidad para crear réplicas casi perfectas de obras maestras. Desde pequeña, Clara había crecido en un taller de arte restaurado por su abuelo, donde aprendió a observar el arte desde un enfoque técnico, pero también emocional.
Su vida dio un giro oscuro cuando se vio envuelta en el robo de una obra de arte en una subasta clandestina. Aunque nunca fue atrapada, la experiencia le abrió los ojos sobre la posibilidad de que el arte podía ser un negocio mucho más lucrativo de lo que jamás imaginó.
En un pequeño taller de restauración en Salamanca, Alonso encontró a Clara. La encontró pintando un retrato al óleo, su única fuente de ingresos tras haber sido desterrada del mundo del arte.
—Necesito una copia perfecta de un cuadro —dijo Alonso, observando su trabajo desde la puerta.
—Si buscas una falsificación, no soy tu mujer —respondió Clara sin apartar la vista de su pincel.
—Pero no es una falsificación lo que quiero, sino un reemplazo. Un intercambio que nadie note hasta que sea demasiado tarde.
Clara finalmente se giró para mirarlo, evaluando sus intenciones.
—Dime más.
Alonso tenía claro que necesitaba un lugar seguro, lejos de las miradas curiosas. Así que decidió que el centro de operaciones sería un almacén abandonado en Valencia. La ciudad no solo era lo suficientemente aislada para mantener su plan en secreto, sino que también contaba con una gran infraestructura para poder moverse sin ser detectado. Además, estaba cerca de las dos ciudades donde iban a realizar los robos.
El almacén estaba escondido en una zona industrial en las afueras de Valencia, rodeado de edificios vacíos y viejos. Nadie preguntaba demasiado, y eso era lo que Alonso necesitaba.
Fue allí donde reunió al equipo por primera vez. Aunque no había muchos detalles en su conversación, Alonso se encargó de dejar claro algo muy importante.
—Estamos aquí por una razón el robo simultáneo de dos obras de arte que cambiarán nuestras vidas para siempre. No somos socios, ni trabajadores, tenemos q conseguir ser una familia unida con un objetivo en común . Y si todo sale bien, cada uno de nosotros se retirará rico y libre.
Lucas y Sara intercambiaron una mirada de curiosidad y desconfianza. Sabían que esta misión era más grande de lo que Alonso estaba contando, pero por ahora, todos estaban de acuerdo en seguirle el juego.
El reloj empezaba a contar.
El mayor golpe de arte en la historia de España estaba en marcha.