Capítulo único
Shigeo miró a su maestro desde su pequeño escritorio. Hacía unos pocos meses se percató de que lo veía como había visto durante años a Tsubomi, pero, como con ella, sabía que no podría impresionar a Reigen con sus poderes; él los había visto desde la primera vez que visitó la oficina, cuando apenas era un niño pequeño. Bajó la mirada a su escritorio un poco desanimado pensando si su maestro aún lo veía así. Por su parte, Reigen estaba distraído revisando su página web esperando a que un nuevo trabajo llegase. Resopló al ver que, al parecer, sería otro día sin mucho que hacer en la oficina.
—¿Por qué no preparas té, Mob?
Obedientemente, su alumno asintió, se levantó y comenzó a preparar el té. Pronto, Shigeo tenía un par de tazas en las manos, se acercó a Reigen y colocó una en su escritorio, el mayor tomó la taza distraídamente y tomó un sorbo del té que lo quemó en el instante en que tocó su lengua, soltó la taza junto con un quejido. Shigeo, detuvo con sus poderes la taza y su contenido antes de que cayeran.
—Debe tener cuidado, maestro —dijo en tono monótono, Reigen asintió tomando la taza que flotaba frente a él gracias a la telequinesis de su alumno—. ¿Se encuentra bien? —se acercó a él al ver sus ojos vidriosos.
—Sí, solo me he quemado, no te preocupes —dijo dejando la taza en el escritorio—. Siéntate, Mob.
Su alumno asintió y se sentó del otro lado del escritorio, lugar en el que se sentaban normalmente los clientes. Tomó un sorbo de su té y lo miró. Reigen comenzó a hablarle de cómo podrían atraer más clientes y mejorar su negocio, pero Shigeo no prestó atención a ninguna de sus palabras, solo se centró en el rostro de su maestro, en su forma de gesticular al hablar. Se descubrió pensando en cómo sería besar a su maestro, en cómo se sentiría que lo estrechara entre sus brazos, como había visto que se abrazaban las parejas. Absorto en sus pensamientos, no se percató de que Reigen había dejado de hablar con él, para empezar a hablar con Hoyuelo, que había aparecido justo a su lado.
—¿Sabes algo? —le preguntó Reigen al fantasma en voz baja, este negó—. Oye, Mob —esta vez habló más alto logrando sacar del trance a su discípulo.
—¿S-sí, maestro?
—¿Te encuentras bien? —colocó sus codos sobre el escritorio, observándolo seriamente—. Tienes las mejillas enrojecidas, ¿te sientes mal?
Shigeo, avergonzado porque acababan de descubrirlo ensimismado, desvió la mirada hacia su taza de té.
—Me encuentro bien —contestó intentando ocultar su nerviosismo—. Lo siento, maestro, hoy estoy un poco cansado.
Reigen lo examinó con la mirada, sabía que algo le sucedía a su discípulo, pero decidió no decir nada más. Shigeo, luego de tomar su té a pequeños sorbos, se levantó y, con la taza en mano, se dirigió a la pequeña cocina para lavarla. De repente, Hoyuelo apareció junto a él. Lo observó unos instantes en silencio, notó al chico un poco distraído al igual que antes. El espectro pensó en que, seguramente, se había decidido por fin a declarársele a Tsubomi y que estaría planeando como hacerlo. Volvió con Reigen, pero no le comentó más que lo distraído que seguía estando su alumno.
Cuando se hizo la hora, Reigen decidió llevar a su discípulo a cenar ramen luego de cerrar la oficina. Caminaron unas cuadras en silencio, Shigeo seguía sumido en sus pensamientos y no prestaba atención a los vagos comentarios de su maestro.
Al llegar al yatai que frecuentaban, se sentaron uno junto al otro. Cada uno pidió su comida y esperaron en silencio. Reigen lo miró pensando en algo para romper ese silencio que comenzaba a antojársele incómodo. Finalmente, optó por simplemente revolverle el cabello, al instante, notó que las mejillas de Shigeo se ruborizaban.
—¿Te encuentras bien, Mob? Tienes las mejillas rojas.
El nombrado llevó sus manos a su rostro.
—Estoy bien, maestro, no me sucede nada —musitó nervioso.
—¿Seguro? —el mayor apartó la mano para colocarla sobre la mesa—. Hoy estás muy raro. ¿Planeas algo con la niña que te gusta y estás nervioso? —sonrió—. Si necesitas ayuda con algo, yo sé mucho sobre mujeres.
Ahora, Reigen sonreía con cierta superioridad, Shigeo lo observó unos instantes. Si su maestro se enteraba de que comenzaba a sentirse avergonzado cada vez que estaba junto a él y aún más cuando se le acercaba de esa manera, todo terminaría siendo un desastre. Seguramente terminarían alejándose.
—Creo que solo le escribiré una carta.
Contestó en el momento en el que les servían su respectiva comida. Miró el chawan con una pequeña sonrisa vergonzosa. Reigen se centró en hablar sobre lo que podría y no hacer con Tsubomi, su alumno lo escuchó atentamente, dispuesto a utilizar cualquiera de las tácticas que le estaba aconsejando. Luego de cenar, el mayor acompañó a su discípulo hasta su casa, dado que ya era de noche, lo despidió allí y caminó hasta su hogar. Shigeo, por su parte, entró y fue directamente hacia su habitación, donde se encerró. Se sentó en el escritorio, tomó una hoja de su cuaderno y se dispuso a escribir, pero se arrepintió al instante avergonzado de lo que pensaba hacer. Estaba seguro de que nada de lo que pudiera escribir sería suficiente.
—¿Qué sucede, Shigeo? —preguntó Hoyuelo apareciendo a su lado, él lo miró unos instantes y desvió la mirada de nuevo a la hoja de su cuaderno—. ¿Le escribirás una carta a Tsubomi?
—No es para ella.
—¿No? ¿Ahora te gusta la niña que quiere hacerte líder de la religión? ¿O acaso es la niña del club? —Shigeo negó con la cabeza, debatiendo si contárselo o no; después de todo, Hoyuelo pasaba tiempo con Reigen también—. ¿Shigeo?
—E-es... —empezó a decir temblorosamente, pero finalmente se decidió a decirle la verdad—. Es para Reigen.
—¡¿Reigen?!
Exclamó sorprendido. El espectro no creía lo que el chico le decía, pero no parecía ser una broma, no podía serlo, Shigeo no era el tipo de niño que hacía bromas, mucho menos de ese tipo.
—¿De verdad?
El psíquico asintió antes de contarle que hacía un tiempo había dejado de estar interesado por Tsubomi, que, en cambio, había empezado a sentir atracción por su maestro. Al principio, había pensado que solo lo admiraba, pero luego se dio cuenta que no era solo admiración, que era algo más, algo similar a lo que había sentido por Tsubomi durante años. Hoyuelo comprendió la actitud que había tenido el último tiempo en la oficina.
—Por favor, no se lo digas, Hoyuelo —concluyó Shigeo mirándolo.
—No se lo diré, pero ¿estás seguro que lo quieres de esa manera? —el menor asintió—. Está bien. ¿Se lo has dicho a Ritsu?
—Aún no. Se lo diré luego, tal vez —soltó un suspiro—. No sé cómo podría reaccionar.
Hoyuelo asintió.
—Te ayudaré con él, Shigeo.
El adolescente no pudo reprimir una pequeña sonrisa ilusionada. No tenía razones para creer que Reigen le correspondería, pero no perdía nada con intentar, no iba a acobardarse como con Tsubomi. Shigeo, luego de un rato, decidió acostarse. Observando el techo en la oscuridad, pensó con nerviosismo si realmente quería sincerarse con su maestro. Cerró los ojos creyendo que no conciliaría el sueño pronto, aunque, luego de un par de minutos, ya se encontraba profundamente dormido.
Por la mañana, su madre lo llamó para que se despertara y fuera a desayunar. Como de costumbre, Shigeo se levantó y se alistó para ir a la escuela. Luego, fue hasta el comedor donde lo esperaban sus padres y su hermano para desayunar. Pocos minutos después, Shigeo salió junto con Ritsu de camino a la escuela. Se sintió algo ansioso porque las clases terminasen para poder ir a la oficina.
Las horas en la escuela se le antojaron eternas, pero, por fin, había salido. En compañía de Hoyuelo, caminó animado hasta la oficina de Reigen. Una vez allí, saludó a su maestro y se sentó en su pequeño escritorio. Jugueteó con sus manos sobre su regazo mientras el mayor se ocupaba de mirar la página web. El joven psíquico lo observó de reojo, sonrojándose ante el primer pensamiento que se le cruzó por la cabeza: era realmente atractivo. Hoyuelo, un tanto aburrido, comenzó a observarlo, percatándose de su forma de comportarse. Sonrió y se acercó a Reigen con un poco de malicia.
—¿No te parece que Shigeo actúa un poco raro últimamente? —le susurró al mayor, que levantó la mirada hacia su alumno.
—Tal vez esté pasando por esa etapa en la que se fija en algo que no sea el rostro de las chicas.
—No creo que sea por una chica.
En ese preciso momento, Shigeo miró a su maestro, pero al percatarse de que este lo miraba, desvió su vista a su pequeño escritorio con la cara completamente sonrojada. Reigen lo observó meditando unos instantes lo que le acababa de decir Hoyuelo. Tal vez su discípulo quería preguntarle algo. Tal vez estaba explorando su sexualidad, pero no estaba del todo seguro. Se preocupó por lo que estaría sintiendo. ¿Estaría confundido? ¿Tendría miedo? Cerró su computadora y se levantó. Le pidió a Shigeo que preparase té y que lo llevara al pequeño rincón dónde a veces recibía a los clientes. Se sentó en el sofá a esperar el té. Unos instantes después, Shigeo se acercó a él con una taza en cada mano. El mayor tomó una mientras le hacía un gesto para que se sentase. Reigen dejó la taza humeante sobre la mesa que los separaba y lo miró.
—¿Estás bien, Mob?
Shigeo se limitó a asentir con la cabeza, tomando un sorbo de su té.
—¿Seguro? Pareces muy distraído estos días. ¿Tienes alguna pregunta qué hacer? ¿Estás confundido por algo?
Su discípulo lo observó. ¿Era el momento adecuado? Abrió la boca para contestarle, pero, en ese instante, el celular de Reigen sonó. Este contestó la llamada y, unos minutos después, le informó que tenían un nuevo trabajo. Shigeo simplemente asintió, tomó un último sorbo de su té y se levantó.
Cuando terminaron con el encargo, ya era de noche. Mientras volvían, Reigen invitó a Shigeo a cenar, pero este declinó. Quería volver a su casa lo antes posible, necesitaba pensar si realmente quería que su maestro supiera lo que le estaba pasando. Se despidió de Reigen en la puerta de su casa. Ya se le había hecho costumbre que lo acompañara cuando salían de un trabajo por la noche.
Luego de cenar y tomar un baño, se encerró en su habitación con Hoyuelo. Se sentó en su escritorio y miró su cuaderno reconsiderando la idea de escribirle una carta. Abrió en una hoja libre, tomó un bolígrafo y comenzó a escribir unas pocas líneas.
—¿Te has decidido a escribirle una carta? —Shigeo se limitó a asentir—. ¿Has escrito una alguna vez?
—No...
Hoyuelo soltó una pequeña risa y se posó sobre el hombro del menor. Entre los dos comenzaron a escribir una carta sumamente sencilla y directa. Cuando terminó, la dobló por la mitad sin firmarla y la metió en un sobre blanco. Sostuvo este con manos temblorosas, la seguridad que había tenido para escribir aquellas pocas palabras se esfumó. ¿Iba a ser capaz de dársela? Le parecía imposible, sabía que las palabras se le atorarían en la garganta y ya no podría hablarle. Entonces, otra pregunta asomó: ¿cómo le daría la carta? No podría dejarla en su escritorio sin que se diera cuenta, normalmente siempre estaba allí sentado. Soltó un suspiro frustrado, no quería que fuese igual que con Tsubomi, pero su vergüenza no dejaba que las cosas fueran distintas. Se giró hacia Hoyuelo, quien simplemente flotaba a su alrededor distraídamente, le pidió que fuera a la oficina en aquel instante y que dejase la carta sobre el escritorio de su maestro, seguramente así, no sabría quién se la había enviado. El espíritu no hizo más que tomar el sobre y hacer lo que le había pedido. Por su parte, el joven psíquico se alistó para meterse en la cama.
La mañana había sido como cualquier otra, para Shigeo no había sido más que un sueño la carta que Reigen encontró sobre su escritorio. A lo largo del día, cuánto más se acercaba la hora de ir a la oficina, la carta se volvía cada vez más real para el menor, cada vez estaba más nervioso, apenas podía concentrarse en el club. Por su parte, su maestro no hacía más que releer una y otra vez la carta; ¿su alumno realmente lo veía así? No estaba firmada, pero podía reconocer la letra perfectamente después de tantos años con él. Soltó un suspiro y la guardó dentro de un cuaderno, pronto llegaría su alumno y no quería que lo encontrase leyéndola. Se preguntó qué debía hacer, encontraba común aquella situación, un adolescente solía confundir admiración con amor. Cuando Shigeo llegó, decidió no decirle nada, probablemente el enamoramiento era pasajero, como solía pasar a su edad. Seguramente en un tiempo terminaría fijándose en alguien más. El menor se dirigió directamente al pequeño guardarropas donde dejaba su mochila. Luego, se dirigió a su pequeño escritorio donde se acomodó, miró de reojo a Reigen preguntándose si había leído su carta, quería preguntarle, pero la vergüenza evitaba que lo hiciera. Por su parte, su maestro lo observaba sin decir absolutamente nada, solo lo haría si él mencionaba algo, sería entonces cuando hablaría seriamente con su alumno.
El resto de la tarde pasó sin ningún problema entre ambos, el trabajo había sido como de costumbre. Shigeo estaba un poco nervioso al principio, pero luego, al igual que Reigen, olvidó por completo el asunto de la carta. Cuando el día terminó, Reigen acompañó a su alumno por las oscuras calles hasta su casa. Mientras caminaban, Hoyuelo apareció a su lado junto al menor.
—Deberías hablarle de lo que sientes ahora —le susurró prácticamente pegado a su oído—. ¿Dejarás que olvide tu carta como si nada?
Shigeo sintió el rostro arderle, miró de soslayo a su maestro que caminaba distraído a su lado, ajeno completamente a lo que le había sugerido el espectro. Volvió a bajar la mirada al suelo dispuesto a guardar silencio. No, no era el momento para hacer algo así, no estaba listo aún. Decidió que, en su lugar, escribiría otra carta que le pediría a Hoyuelo que entregase. Tal vez hablaría con Ritsu esta vez para preguntarle qué podría hacer. Él era inteligente y siempre estaba en boca de las chicas del colegio, estaba seguro que él podría ayudarlo con ello. Volvió a mirar de reojo a su maestro, no había dicho absolutamente nada, probablemente no sabía quién había enviado la carta. Cuando llegaron a la casa de Shigeo, se despidió de su maestro y entró rápidamente. Su rutina fue normal hasta antes de acostarse, con el pijama y un velador prendido, escribió una segunda carta que Hoyuelo se encargó de hacer llegar a la oficina.
Los siguientes días habían sido de la misma manera, todos los días Reigen encontraba una carta de amor de su alumno en el escritorio, empezaba a preocuparse primero porque Shigeo se estaba tomando esto demasiado en serio. Segundo porque empezaba a sentirse conmovido por la insistencia y las dulces palabras que podía profesar el menor. Se preguntó qué haría, no quería que las cosas escalaran, pero tampoco quería romperle el corazón, lo quería demasiado, no podía verlo triste de nuevo, no quería verlo así. Sin falta, hablaría con él ahora, quería que las cosas fueran claras y Shigeo no se ilusionara. Guardó la última carta en el bolsillo interior de su saco.
Cuando el menor llegó, Reigen le pidió que cerrase por unos minutos el negocio y que preparase té, tendrían una charla. Mientras se sentó en uno de los sillones que estaban en una esquina y lo esperó, unos minutos después, se encontraban uno frente al otro bebiendo té. Sacó la carta del bolsillo, la abrió y la puso sobre la pequeña mesa que los separaba. El menor la identificó inmediatamente, sonrojándose completamente.
—E-eh... M-maes... Y-yo...
Balbuceó, pero no dijo nada finalmente, sintió que el corazón le iba a mil por segundo. Reigen sonrió encontrándolo adorable, parecía que no solo con las chicas se comportaba así de vergonzoso.
—Cálmate, Mob —soltó un suspiro—. Escucha, a menudo, los niños confunden la admiración con amor.
—P-pero...
—No hay peros, sé lo que es tener tu edad...
No escuchó el resto de sus palabras. Apretó los puños sobre las rodillas con la mirada clavada en la mesita de centro. Esta era su oportunidad, no podía desperdiciarla avergonzándose, no iba a tener otro momento, de eso estaba seguro. Levantó la mirada de nuevo obligando a su maestro a cerrar la boca sin concluir una frase, inspiró profundo con el ceño levemente fruncido y la cara más roja que antes.
—U-usted me gusta, maestro. Sé con toda seguridad que no estoy confundiendo la admiración con el amor.
Reigen se quedó en silencio unos segundos, luego sonrió enredando sus dedos en su cabello rubio. Hubiera querido decirle la verdad, pero no era lo correcto. En su lugar, se levantó, revolvió el cabello del menor y volvió al escritorio. Shigeo se sintió derrotado, lo habían rechazado sin decir ni una sola palabra. Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero se encerró en el baño antes de que cayeran. Lavó su rostro y lo secó antes de mirarse al espejo, esperaba que su maestro no se diera cuenta. Salió poco después y se sentó en el pequeño escritorio bajo la atenta mirada de su maestro.
El día pasó sin demasiado trabajo, el único encargo que habían tenido, era un exorcismo en el apartamento de una chica, nada de lo que Shigeo no pudiera encargarse con facilidad. Al salir, se percataron de la lluvia que estaba cayendo.
—Vamos a mi casa, Mob, queda más cerca y nos mojaremos menos.
El menor asintió echando a caminar junto a Reigen. En unos pocos minutos llegaron al departamento. El mayor se sacó el saco empapado y se aflojó la corbata. Por su parte, Shigeo intentaba evitar ver la camisa mojada y pegada en el cuerpo de su maestro. Sentía que el rostro le ardía. Las hormonas lograron hacer aparecer en su mente imágenes que no sabía que podía pensar siquiera. Su rostro entero se enrojeció obligándolo a bajar la cabeza.
—¿Te encuentras bien, Mob?
El mayor puso una toalla sobre la cabeza de su discípulo para secarle el cabello. Shigeo, pudo ver que tenía la camisa desabrochada logrando ver su abdomen. Decidió cerrar los ojos hasta que se detuvo. Le pidió que se quitara al menos el gakuran, mientras él iba a buscar algo que pudiera quedarle. Aprovechó para respirar y calmar su mente, no podía seguir comportándose así, menos cuando lo habían rechazado horas antes. Se quitó el gakuran y la camiseta que llevaba debajo para tirarlos en un rincón en el suelo junto a su mochila, luego se secó con la toalla.
—No te quedes en la entrada, Mob, entra. ¿Quieres tomar un baño? —Shigeo asintió—. Ven, por aquí.
Lo siguió hasta el cuarto de baño, donde le entregó ropa. Por su parte, el dueño del apartamento colgó la ropa mojada de ambos, encendió el televisor y se sentó a esperar a que su discípulo saliera. Pensó por un instante que podrían haberse bañado juntos, ahorrarían tiempo y agua. Rápidamente apartó ese pensamiento, sería un problema, su mente le jugaría una mala pasada y terminaría mal para ambos. Miró por la ventana, llovía copiosamente, no parecía que cesase pronto. Escuchó la puerta del baño, luego pasos acercarse, se volvió a Shigeo, su ropa era demasiado grande para él, pero, lejos de verlo ridículo, lo encontró tierno, podía pasarse la vida viéndolo así. Decidió borrar esos pensamientos alejándose de él, ya le sería bastante difícil no mirarlo mientras estuvieran juntos allí. Shigeo aprovechó para buscar en su mochila su celular y llamar a su casa. Habló brevemente con Ritsu, al que no le hacía demasiada gracia que se quedara en casa de Reigen, pero nada podía hacer, si no quería que su hermano terminara enfermando por caminar bajo la tormenta, no tenía más que avisar a sus padres y dejar de quejarse.
Poco después, Reigen salió del baño y se dirigió hasta la pequeña nevera en busca de algo de comer, pero allí no tenía más que unas cuantas latas de refresco y un par de cervezas. Miró en las alacenas, ramen instantáneo era la única opción al parecer. Sacó un par de recipientes, se acercó a su discípulo, que miraba el televisor entretenido. Puso los recipientes sobre la mesa y puso a calentar un poco de agua. Volvió a la nevera para sacar una lata de refresco y una de cerveza, tomó un par de vasos para sentarse por fin. Abrió los envases, vertió un poco de agua en cada uno y los cerró de nuevo disculpándose con su alumno por solo tener ramen instantáneo para cenar. Sirvió la cerveza en su vaso meditando qué tan buena idea sería, pero ignoró a su cabeza por completo, pensó que podría controlarse teniendo a Shigeo a su lado, que no pasaría nada por una lata.
—Ya está listo, Maestro.
La voz del menor lo sacó de sus pensamientos, asintió y volvió a destapar los recipientes. Afuera, los acompañaba la tormenta, las gotas golpeteaban constantemente contra el vidrio de la ventana y el cielo se iluminaba. Mientras comían un rayo los dejó en completa penumbra.
—Mier... —Reigen se aclaró la garganta—. No esperaba que se fuera la luz.
Se levantó con el celular en la mano para iluminar su camino al mueble sobre el que descansaba el televisor, revolvió uno de los cajones hasta dar con un paquete de velas. Sacó una, la puso en un portavela y la encendió para ponerla sobre la mesa.
—Parece que tendremos una cena romántica a la luz de las velas.
Dijo vacilando entre la broma y la realidad. A pesar de haber bebido medio vaso de cerveza, podía sentir como el alcohol había derribado ligeramente sus inhibiciones. Pensó que no tenía nada de malo si le decía a Shigeo la verdad, después de todo, sentían lo mismo. Se sentó a su lado de nuevo y bebió lo que le quedaba de cerveza mientras lo observaba terminar de comer. Para cuando terminaron, el alcohol había hecho que la razón abandonase por completo a Reigen. Shigeo, por su parte, se preguntaba qué le sucedía a su maestro, nunca lo había escuchado arrastrar las palabras tanto.
—¿Se encuentra bien, maestro?
—Eres muy lindo, Mob.
El rostro del menor se volvió completamente rojo haciendo que Reigen sonriera.
—Ahora lo eres más... —acortó la distancia entre ellos—. Estoy seguro que las chicas te miran más de lo que piensas.
—¿D-de qué habla, maestro?
Reigen no contestó, lo tomó del mentón con suavidad y lo besó. Shigeo, sorprendido, no supo cómo reaccionar, no estaba seguro de lo que debía hacer, ¿apartarlo? ¿Corresponderle? ¿Cómo debía hacerlo? Se separó lentamente del mayor sintiendo que el corazón estaba a punto de salírsele del pecho. Era la primera vez que besaba a alguien.
—Deberíamos acostarnos, no hay nada más que podamos hacer en la oscuridad.
No dejó que Shigeo contestara, se levantó, lo tomó en brazos y, antes de poder acostarlo, perdió el equilibrio, ambos cayeron en la cama uno sobre el otro. Reigen lo observó desde arriba, sonrió de nuevo al notar su rostro completamente sonrojado, era demasiado lindo, no podía resistirse a lo que sentía. Le pasó el pulgar por los labios para luego besarlo, el menor correspondió torpemente. Reigen sonrió contra sus labios, pero no se separó, lo lamió y mordió ligeramente.
—M-maestro —dijo cuando se separaron—. ¿E-está seguro de esto?
—¿No te gusta? —jugueteó con un mechón de su cabello—. Puedo parar si quieres.
—N-no es eso. Me rechazó antes...
—Tuve miedo, Mob.
—¿Miedo?
—Aún eres un adolescente, puede haber problemas si saben que siento cosas por ti.
Las palabras salían tan naturalmente que solo se dio cuenta que se había declarado cuando vio que el rostro de su alumno volvió a tornarse rojo. Soltó una risita que se apagó al instante. Le pidió que se moviera contra la pared, dado que su cuerpo era más pequeño y sería más cómodo para ambos, luego se acomodó él. Ambos acostados de lado, mirándose frente a frente con la vela como única iluminación.
—Duerme, Mob.
—¿L-le gusto, maestro?
—Mucho...
—No diré nada.
Reigen sonrió y le dio un corto beso. Volvió a pedirle que durmiera de una vez, Shigeo no hizo más que asentir y acomodarse en la cama. Era temprano todavía, pero no le costó demasiado dormir. Por su parte, el mayor se levantó, apagó la vela y se acercó a la ventana. Un destello de cordura apareció en su mente. ¿Estaba bien si su discípulo sabía que también se había enamorado? Las gotas resbalando por el vidrio lo distrajeron, el alcohol seguía haciendo estragos en su mente, seguía pidiéndole probar sus labios una y otra vez. Pronto, volvió a acostarse junto a él, lo observó dormir con la poca luz que entraba desde la calle.
Por la mañana se levantó sobresaltado al ver a Shigeo profundamente dormido a su lado. Recordó lo que había pasado por la noche. No tenía tolerancia al alcohol, lo sabía, cualquier cosa que bebiera podía noquearlo con solo un vaso, pero había decidido ser irresponsable y beber con él allí. Se metió en el baño y se duchó rápidamente. Shigeo se despertó cuando escuchó la ducha. Al principio se sintió un poco desorientado, pero el perfume en las sábanas y la ropa que llevaba puesta le recordó dónde y con quién estaba. Cerró los ojos, inhaló profundo llenando sus pulmones con su olor y su mente con los recuerdos de la noche, los besos, las palabras. Cuando lo escuchó salir, se sentó, Reigen le dirigió la mirada sintiéndose arrepentido por lo que había hecho, pero pensando que ya no había vuelta atrás, no quería lastimarlo. Le pidió que se preparase pronto para ir a desayunar, el menor no hizo más que asentir. Se levanto y revisó su ropa, estaba seca ya, la descolgó y se metió en el baño.
—Estoy listo, maestro —dijo unos minutos después saliendo del baño.
—Vamos, hay una cafetería aquí cerca.
Caminó hasta la puerta para ponerse los zapatos.
—Maestro, ¿Por qué lo hizo?
Reigen se sobresaltó al escucharlo.
—¿Es verdad lo que me dijo?
Se quedó en completo silencio, esperaba que le preguntase, pero no tan pronto. Se volvió a mirarlo nervioso, no tenía idea qué contestar. Tragó saliva tartamudeando algo que se suponía sería una respuesta, pero que no pasó de eso, un tartamudeo sin sentido. Ya no podía volver el tiempo, no podía hacer que su discípulo lo olvidase, ni que lo ignorara, menos sabiendo que sentían lo mismo. Inhaló profundo e intentó calmarse, ya le parecía ridículo que se comportara como un niño y no pudiera ser claro con él.
—Sí, es verdad, Mob —desvió la mirada de su rostro con las mejillas ligeramente sonrojadas—. Es una locura, lo sé, aún eres un adolescente, ni siquiera debes estar seg...
—Lo estoy, maestro, ya se lo he dicho.
—Está bien, sí lo estás.
Shigeo se acercó a él y lo miró fijamente a los ojos, la diferencia de alturas era notoria por el momento, sabía que tendría que pararse en puntas de pie y recargase en su pecho para besarlo y no caer. No le hizo falta, Reigen lo tomó de las mejillas agachándose ligeramente para hacerlo.
—Ni una palabra a nadie, ¿entendido? —le susurró unos segundos después de separarse—. Ni siquiera a tu hermano.
—No lo haré, Maestro.
Una pequeña sonrisa asomó en los labios del menor. Se separaron del todo, Shigeo tomó su bolso y se puso los zapatos antes de salir. Desayunaron en la cafetería que Reigen solía frecuentar, luego se separaron. Era fin de semana y los encargos escaseaban un poco, así que Shigeo podía tener el día libre. El mayor se dedicó a pensar en lo que había sucedido, en los besos, en la conversación que habían tenido antes de salir. ¿Estaba seguro de lo que haría con él? Era un secreto peligroso, sobre todo si sus padres se enteraban, aunque corría mayor riesgo con Ritsu, él lo destrozaría con sus poderes. Suspiró entrando a su oficina, se acomodó en su escritorio y meditó su situación. Shigeo apenas estaba en secundaria, podría cambiar de parecer en cualquier momento y volver a verlo solo como su maestro, debía aprovechar que ahora era a él a quien quería.
***
Los siguientes días fueron como siempre, su comportamiento hacia el otro no había cambiado en absoluto. Reigen seguía meditando qué debía hacer. Por su parte, el menor se sentía en las nubes aun cuando no había besado de nuevo a su maestro desde que estuvieron en su apartamento. No dejaba de pensar en lo mucho que le gustaría volver a estar en esa situación. Lo miró de reojo con los labios curvados en una pequeña sonrisa enamorada. Volvió a bajar la mirada a su escritorio sin borrar la sonrisa.
—¿Tienes hambre, Mob? Ya es mediodía —se estiró apartándose de la computadora—. ¿Quieres takoyaki?
El menor asintió, Reigen se levantó y salió. Poco después, volvió con una pequeña bolsa transparente y una bandeja de plástico dónde estaba su comida. Ambos se sentaron en los sillones, uno frente al otro como siempre. Cuando el mayor puso la bolsa en la mesita, su discípulo pudo ver que era un par de latas de refresco. Comieron en silencio por unos instantes, no era incómodo para ninguno, pero ambos podían sentir lo que no se decían.
—Mob —rompió el silencio por fin—, ¿cómo te sientes?
Shigeo lo miró si comprender.
—Con lo que sucedió en mi casa...
—Estoy bien, maestro —sonrió inconscientemente al recordarlo—. ¿Usted?
Se le quedó mirando por unos instantes ignorando su pregunta, se había pasado los últimos días pensando que se había equivocado, que lo había confundido más, que probablemente no querría que se acercara así a él de nuevo, por eso no había vuelto a buscarlo, pero no era así, Shigeo parecía bastante seguro y sabía que era sincero con él siempre.
—Maestro, ¿se encuentra bien?
—Sí, lo siento —suspiró—. Estoy bien con lo que ha sucedido, solo... —se forzó a ser sincero por una vez—... solo temí que no quisieras que me volviese a acercar a ti.
—M-me gustaría que lo volviese a hacer...
El rostro de Shigeo se tornó rojo al pronunciar aquellas palabras, bajó rápidamente la mirada a la mesa visiblemente avergonzado. Por unos segundos, lo único que se escuchó en la pequeña oficina fue el sonido de los autos que iban y venían por la calle. Reigen se levantó, se acercó a él y lo tomó del mentón inclinándose un poco de modo que, cuando su discípulo lo miró, quedasen cara a cara. No titubeó demasiado, no pensó que podría llegar un cliente, simplemente lo besó con suavidad. Se separaron unos instantes después, se miraron sin mediar palabra, de nuevo lo único que se escuchaba en la habitación era el sonido de la calle y el de sus corazones golpeteando en el pecho. El mayor se apartó completamente de él para volver al sofá que ocupaba.
—De verdad me gusta, maestro.
Dijo con la mirada clavada en la mesita que los dividía. Reigen sintió que el pulso se le aceleraba como si fuera un adolescente de nuevo. Sonrió pensando en sus años de escuela, los mismos por los que estaba pasando Shigeo. Terminaron de comer conversando como solían hacerlo, el menor le comentaba sus inquietudes y el mayor le daba una respuesta, aunque no estuviera muy seguro si era una solución para sus problemas, después de todo, aquel chico no era como cualquier adolescente.
Luego de despedirse una vez concluida su jornada laboral, Shigeo se dirigió a su casa contento, sentía que las cosas cambiarían entre ellos por fin, tal vez se comportarían como una pareja seguido ahora que su maestro sabía que estaba seguro de lo que sentía. Después de cenar y tomar un baño, enfiló hacia su habitación con el pijama puesto. Una vez encerrado, pudo ver a Hoyuelo, quien lo saludó como de costumbre. Pensó que hacía tiempo que no veía al espectro en la oficina o cerca de él, probablemente había pasado tiempo con Ritsu, esperó que no lo hubiera metido en ningún problema de nuevo. Preparó su cama escuchándolo hablar, estaba bastante interesado por saber qué había sucedido entre Reigen y él, pero, fiel a su palabra, no dijo absolutamente nada, por el contrario, le preguntó dónde había estado desde el día de la tormenta. Hoyuelo se limitó a restarle importancia diciendo que había estado con Ritsu. Se quedaron callados un rato, el psíquico se acostó, se arropó hasta la nariz y miró el techo, la vista periférica podía ver al espectro flotar por la habitación, pero no le prestó demasiada atención, su mente estaba ocupada con su maestro. Fantaseó con tener otra oportunidad como aquella, quería tenerlo a solas, dormir con él. Cerró los ojos. Aún recordaba su perfume, parecía haberse impregnado en su nariz. Imaginó que Reigen lo abrazaba en ese momento, que dormía con él, pegado a su pecho.
Por la mañana, Shigeo escuchó la tormenta que caía en Ciudad Aliño apenas despertó, sonrió cuando el recuerdo de la última tormenta apareció en su mente. Se estiró bostezando y se levantó para alistarse. Era sábado y llovía, tenía que trabajar unas pocas horas si no había demasiados trabajos, podría pasar tiempo con Reigen, tal vez le ofrecería pasar la noche en su casa, siempre y cuando siguiera lloviendo como lo hacía. Bajó rumeando la idea con una sonrisa en el rostro que no pasó desapercibida para su hermano. No perdió oportunidad de preguntarle cuando salieron de camino a la escuela, pero Shigeo fue igual de escueto como lo había sido con Hoyuelo la noche anterior. Ritsu no quedó conforme con la respuesta, pero decidió no seguir preguntándole, pensó que, tal vez, le diría cuando estuviera listo. Tal vez habría conseguido una novia y por eso se veía tan contento. Debía estarlo él también si era así. Por su parte, el mayor de los hermanos no dejaba de pensar en la lluvia que golpeteaba en el paraguas.
Shigeo sintió que el día pasaba demasiado lento, deseaba salir lo antes posible de la escuela. Después de las actividades del club, se cambió rápidamente y fue directamente a la oficina, donde lo esperaba Reigen. Afuera había dejado de llover, pensó que no tendría excusa si no lo hacía de nuevo. Lo saludó ni bien entró, dejó su paraguas en el paragüero junto a la puerta, cerró y guardó sus cosas antes de ocupar su lugar.
El resto del día transcurrió sin demasiados clientes como era usual en días como esos, aunque no llovía, el cielo se veía amenazante todavía, la gente prefería no demorarse demasiado en llegar a casa. Shigeo caminó junto a su maestro sin dejar de pensar en una excusa que le permitiera quedarse con él aquella noche.
—¿Tienes hambre, Mob? —preguntó Reigen metiendo las manos en los bolsillos—. Podríamos ir a comer ramen y luego, si quieres, a mi casa.
Shigeo se sorprendió de la invitación, con el rostro sonrojado y el corazón golpeteándole en el pecho, pensó a toda velocidad alguna excusa para dar en su casa, pero su cabeza estaba un poco nublada.
—¿Entonces?
Los ojos de Reigen se encontraron con los suyos.
—S-sí, me gustaría, solo pensaba en lo que podía decir en mi casa.
—Di que tienes que hacer un trabajo con algún compañero.
El menor asintió rápidamente con una sonrisa en el rostro. Caminaron hasta el yatai con el típico parloteo de Reigen llenando el silencio entre ambos. Se sentaron en el mismo lugar de siempre y cenaron conversando amenamente. Cuando terminaron, fueron directamente al pequeño apartamento, donde el psíquico llamó a su casa para informarle a su madre que se quedaría en casa de un compañero de la escuela para terminar una tarea, mientras el mayor se cambiaba el traje por el pijama. Tenía entre las manos algo de ropa, por el color, supo que era lo mismo que le había prestado la vez anterior.
—Te compraré un pijama para que dejes aquí.
Comentó el mayor cuando cortó la llamada, Shigeo lo miró con la mejillas sonrojadas, ¿eso significaba que se podría quedar otros días con él? Se metió al baño rumeando la pregunta que no formularía, se cambió y volvió con su maestro, que se encontraba sentado en el sofá mirando televisión. Se acomodó junto a él y lo miró de soslayo sin saber cómo actuar. Hacía tiempo que se conocían, habían estado solos la mayor parte del tiempo, pero ahora las cosas eran distintas, ahora había algo más entre ellos. Sintió un brazo cruzar por sus hombros y acercarlo hasta dejarlo apretado contra el cuerpo contrario. Levantó la mirada recibiendo un beso en los labios antes de que pudiera decir cualquier cosa, aunque tampoco sabía qué decir en un momento como aquel. Cerró los ojos correspondiéndole con torpeza.
—Relájate y sígueme el ritmo.
Dijo Reigen cuando se separaron unos instantes, Shigeo asintió apenas abriendo los ojos. Volvieron a besarse con suavidad y cariño. El mayor bajó la mano de sus hombros a su cintura atrayéndolo más a su cuerpo. No había notado hasta el momento lo pequeño que era, sintió ternura, más que cuando lo veía rojo como un tomate, o tal vez le causaba tanta ternura por la suma de ambas cosas. De repente, su discípulo se separó, lo miró arqueando una ceja.
—M-metió su lengua en mi boca.
Reigen no hizo más que sonreír con ternura.
—Lo siento, creo que me emocioné con el beso.
—N-no me molesta, maestro. Voy a intentar seguirle el ritmo ahora.
—¿Quieres otro beso? —soltó una risita—. Está bien.
Lo tomó del mentón y lo besó, esta vez metió la lengua en su boca desde el principio y jugueteó con la contraria. Shigeo intentaba seguirle el ritmo, pero le era casi imposible, por alguna razón empezaba a tener calor y la respiración agitada. Por su parte, el mayor luchó por mantener su mente en blanco y no pensar demasiado en lo que podría estar sintiendo su discípulo mientras sentía su respiración. Al separarse, notó que estaba ligeramente sobre el cuerpo del psíquico, este lo miraba con el rostro completamente sonrojado. Se percató de unas pequeñas gotitas de sudor en su cuello y partes de su rostro, pensó que estaba provocando las hormonas del menor, que estaba jugando con lo que, seguramente, había pensado alguna vez, sabía lo que era tener su edad. Cuando se alejó un poco, se dio cuenta que su cuerpo también había reaccionado. Se acomodó de la mejor forma posible con la intención de ocultar el bulto en su pantalón. Podría burlarse de sí mismo, después de tanto tiempo, su cuerpo era casi como el de Shigeo, reaccionaba con el más mínimo roce. Sintió un pequeño tirón en su sudadera haciendo que desviara la mirada de nuevo hacia su invitado.
—Q-quiero seguir.
Su voz hizo que su imaginación se disparara. Se aclaró la garganta rápidamente.
—¿Seguir?
—Besándonos...
—Qué lindo eres —dijo sin pensar.
—¿Usted cree?
El menor sonrió tímidamente.
—Lo eres —se acercó nuevamente tomando su mano—. ¿Quieres seguir, entonces?
No le dio tiempo a contestar, lo besó por tercera vez. Olvidó por completo lo que intentaba ocultar, llevó las manos de Shigeo a su cuello para llevar las propias a su cintura y rodearla. Casi sin darse cuenta, ambos terminaron acostados en el sillón, el mayor encima de su discípulo, que lo presionaba con fuerza, como si no quisiera que el beso se terminase. La cercanía entre sus cuerpos hacía que los roces fueran inevitables, así como los jadeos que soltaba Shigeo cuando se separaban unos instantes. El calor subía entre ellos con rapidez, pronto sentían que la ropa empezaba a sobrar, pero la cordura de Reigen impedía que se deshiciera tanto de su ropa, como la de su discípulo. Unos cuantos minutos después, se separaron para respirar, ambos estaban agitados, sudados y con el rostro sonrojado, el menor más que su maestro. El psíquico se sentía avergonzado, su cuerpo estaba reaccionando como nunca antes, o al menos nunca había sucedido frente a nadie. Pensó en cómo excusarse para encerrarse en el baño, necesitaba lavarse la cara, calmar su mente y su cuerpo, intentar bajar su temperatura corporal. Giró la cara hacia el televisor, estaban transmitiendo el programa donde hacía poco humillaron a su maestro, pero no era suficiente para distraerse.
—¿Qué sucede?
Preguntó Reigen apartando ligeramente su flequillo, tenía miedo que se hubiera arrepentido de lo que hacían.
—N-nada... N-necesito... —empezó a decir, pero no supo cómo seguir.
—¿Mob?
El sonido del televisor llenó el apartamento, pero Shigeo no podía escuchar más que los latidos de su corazón como si estuviera en sus oídos en lugar de su pecho. Se sobresaltó cuando sintió la mano del mayor pasar por debajo de su camiseta, lo miró rápidamente. El cuerpo entero se le estremeció ante el tacto.
—Sé lo que te sucede, o espero saberlo —le sonrió—. Es normal, no debes avergonzarte, a ambos nos está sucediendo.
Subió su mano hasta su pecho sonriendo de nuevo al sentir sus latidos desbocados. El menor lo observó sin decir nada, estaba distraído con su tacto. Lo hacía estremecer, que su temperatura aumentase, si era posible, que su corazón se acelerara más, que en su mente aparecieran ideas que no creía tener hasta ese momento.
—Tranquilízate y piensa bien lo que quieres hacer con esto.
—¿Ha-hacer con qué?
—Con tu erección, Mob —apartó su mano de su pecho y la llevó a su cabello para acariciarlo con suavidad—. ¿Quieres ir a tomar un baño?
Shigeo negó con la cabeza, sabía lo que le gustaría pedirle, pero no tenía el valor suficiente para hacerlo. Desvió la mirada de nuevo deseando que su maestro pudiera leerle la mente de alguna manera, le daba vergüenza tener que exteriorizar sus pensamientos en ese momento. El mayor se dispuso a levantarse puesto que no recibía ninguna respuesta por parte del menor, pero cuando lo intentó, lo detuvo. Todavía lo rodeaba por el cuello, poniendo la poca fuerza con la que contaba, lo acercó de nuevo. No lo miraba, no podía, tampoco tenía valor para eso.
—¿Quieres que me ocupe?
Preguntó aunque intuía la respuesta, el menor asintió tímido haciéndolo sonreír. Lo tomó del mentón e hizo que lo mirase, le pidió que se relajara, que respirara profundo y que lo detuviera cuando quisiera. Volvió a besarlo mientras pasaba la mano por el bulto de su pantalón, haciendo que su cuerpo se tensionase como reflejo; no estaba acostumbrado a eso, ni siquiera había dado su primer beso antes de Reigen. Se separó unos instantes del beso para intentar recuperar el aliento, el contrario lo aprovechó para centrarse en su cuello. Comenzó a mover su mano más rápido, apretando ligeramente su miembro, logrando que soltase gemidos ahogados.
—¿Cómo te sientes?
Preguntó separándose un poco de su cuello, Shigeo no contestó, pero sus gemidos le dieron la respuesta. Sonrió, se incorporó y le bajó el pantalón con la mirada fija en su rostro sonrojado. Era demasiado lindo, podría ver la excitación en su rostro toda la vida sin cansarse. Sabía que tendría su expresión guardada en su mente por mucho tiempo. Probablemente sería su inspiración cuando no pasaran la noche juntos. Bajó la mirada lentamente hasta la entrepierna del menor. Sonrió cuando se bajó la sudadera con la intención de cubrirse, tomó su mano, la apartó suavemente y levantó la prenda para luego bajar el bóxer. Volvió a preguntarle cómo se sentía, Shigeo reconoció la vergüenza que estaba sintiendo al exponerse de tal manera ante él, pero quería que continuara, estaba seguro que quería llegar hasta el final, aunque su maestro dudaba que supiera qué era “llegar hasta el final” en aquella situación.
Volvió a ocuparse de masturbarlo, movía su mano más rápido que al inicio, mientras que recorría su piel con la mano libre y se deleitaba con sus gemidos. Quería escuchar más, quería sentir su cuerpo temblar contra el suyo; quería más. Movió su mano más rápido, haciéndolo retorcerse ante su tacto. Levantó la sudadera dejando su torso al descubierto para besarlo, lamerlo y morderlo a su gusto.
—M-maestro...
—Di mi nombre.
—R-Reigen...
Gimió provocando que aumentara la temperatura y la presión en el pantalón de su maestro, que comenzó a mover la mano más rápido. El apartamento se llenó de sus gemidos, apagando por completo el sonido del televisor. Ya no existía más nada que ellos dos en aquel instante. Reigen volvió a usar su boca para lamer su pecho y sus pezones; descubrió lo sensible que era, cada mínimo roce hacía que tuviera algún espasmo o gimiera. Tenía los ojos y la boca entreabierta, el cabello alborotado dejando ver pequeñas gotas de sudor que perlaban su frente y sus mejillas estaban rojas a más no poder. Nunca lo había visto tan lindo, normalmente le parecía un chico tierno y atractivo, pero ahora había superado su apariencia habitual. Podría sacarle una foto para poder verla cuando quisiera, aunque estaba seguro que podría hacerlo si se lo pedía. El menor se tomó de la muñeca para detenerlo dejándole saber que pronto eyacularía. Siguió masturbándolo mientras lamía uno de sus pezones. Shigeo sintió que su bajo vientre se contraía, quería detenerlo para que parase aquella sensación, pero su cuerpo no respondía, no tenía fuerzas tampoco. Pronto eyaculó, haciendo sonreír a su maestro, apartó la mano de su miembro y la acercó a su boca para lamer sus dedos.
—N-no haga eso...
—No hace falta que me trates con tanto respeto cuando estemos solos —le sonrió—. ¿Quieres seguir?
—¿S-seguir?
Tenía la respiración entrecortada y la mente nublada, ni siquiera entendía de lo que le hablaba Reigen.
—¿Quieres tener sexo?
Lo miró dubitativo, quería estar con él, pero tenía un poco de miedo, era su primera vez después de todo.
—Espera, todavía no decidas.
Reigen se levantó, se dirigió a la cómoda, abrió uno de los cajones y lo revolvió, Shigeo lo observó desacomodar su ropa. Luego, volvió al sillón.
—Solo tengo condones, sin lubricante puede doler más de lo normal.
—D-dolerá de todos modos, ¿verdad? —el mayor asintió—. M-me gustaría seguir...
—¿Seguro?
Esta vez quien asintió fue el menor. Reigen se lamió los dedos y se dispuso a prepararlo, tocó su entrada lentamente, el menor se estremeció sintiéndose extraño. Pronto sintió un dedo en su interior, era un poco incómodo, pero, en lugar de quejarse, soltó un pequeño gemido de placer. El segundo dedo, unos minutos después, no lo sintió, sentía que la mente se le nublaba nuevamente, solo regresó a la realidad cuando su maestro sacó sus dedos. Lo miró inquisitivo, pero recibió un beso en los labios en lugar de una respuesta. Se separó, se desvistió bajo la atenta mirada de su alumno, que le era imposible desviar la mirada de su cuerpo. Lo observó mientras abría el pequeño paquete plateado para extraer el preservativo y ponérselo. Antes de seguir, decidió levantarse, tomarlo en brazos y llevarlo a la cama, donde lo acostó para acomodarse sobre él. Comentó que así estaría más cómodo, que el sofá no era lo mejor para ese momento. Lo tomó de los muslos abriendo sus piernas, se acomodó entre estas y lo rozó consiguiendo un gemido. Sonrió, le recordó que podría detenerlo cuando quisiera y lo penetró lentamente. Una puntada de dolor atravesó sus caderas, sus ojos se llenaron de lágrimas que preocuparon a Reigen, pero Shigeo no lo dejó detenerse, con un hilo de voz le pidió que continuara, que quería llegar hasta el final con él. Llevó sus manos hasta el rostro contrario para posarlas en sus mejillas, recibió un beso en los labios suave y cariñoso que lo ayudó a distraerse un poco del dolor que lo atravesaba. El mayor se separó unos instantes después preguntándole si podía moverse, el psíquico asintió sin siquiera abrir los ojos. Empezó a moverse lentamente soltando algunos jadeos, su interior lo apretaba bastante, le era difícil no sucumbir a la sensación, pero quería que ambos disfrutaran, sobre todo su discípulo, dado a que era su primera vez. Los gemidos no se hicieron esperar, al principio algo tímidos, pero se intensificaban a medida que la fuerza de las embestidas lo hacían también. De nuevo, todo sonido pasó a segundo plano, ahora solo existían ellos, aquel instante, los gemidos de ambos, sus nombres, el roce de piel contra piel, sus respiraciones agitadas. Cualquier sonido que entrase a la habitación se apagaba instantáneamente. Reigen lamía y mordía su cuello y oreja. Pasó una de sus manos por su cintura sintiendo como se estremecía. Por su parte, el menor no hacía más que perder la noción de su cuerpo y lo que decía, no dejaba de repetir “más” una y otra vez. Tenía la mente nublada, solo podía sentir como se movía en su interior, sus manos pasándole por el cuerpo, la respiración contraria golpear contra su cuello o mejilla cuando lo besaba. Lo escuchaba gemir, pegado a su oído, nombrarlo, decirle que le encantaba. Se aferró a él con las pocas fuerzas que tenía, sentía que eyacularía de nuevo. Gimió su nombre sintiendo su fuerza, tanto de su agarre como de sus embestidas.
—Y-ya no puedo más...
Susurró Reigen en un jadeo, Shigeo no comprendió a qué se refería hasta que, después de unas últimas embestidas más fuertes y profundas, sintió el líquido caliente a través del preservativo haciéndolo eyacular también. Salió de su interior y se sacó el preservativo atándolo, luego se levantó para enfilar al baño. Por su parte, el menor se quedó acostado, cerró los ojos y bostezó cansado. El cuerpo ya no le respondía, no podría moverse siquiera para acomodarse antes de dormir. Poco después, Reigen salió de la ducha y volvió con él encontrándose profundamente dormido. Pensó que lo mejor sería que se bañase al día siguiente, era evidente que estaba agotado. Se puso el bóxer y el pantalón. En cuanto a su discípulo, no quería despertarlo así que decidió ponerle únicamente el bóxer. Luego apagó el televisor, las luces y se acostó, lo arropó lo mejor que pudo para que no pasase frío durante la noche. Lo miró por un rato jugueteando con un mechón de su cabello negro. El psíquico, se acurrucó contra él, que lo abrazó cariñosamente con una sonrisa tonta en el rostro. Besó su frente antes de acomodarse para dormir.
Por la mañana, Shigeo fue el primero en despertar, se encontraba entre los brazos de su maestro, que dormía plácidamente. Quería darle un beso, pero, al igual que el mayor la noche anterior, no quería despertarlo. Se levantó con cuidado, no solo para no despertarlo, sino también por el dolor en su cuerpo. Tomó únicamente la sudadera que Reigen le había prestado, no podría agacharse de nuevo para tomar el pantalón debido al dolor en su cintura. Buscó en su bolso un pequeño cepillo de dientes de viaje y se metió en el baño. Una vez listo, dejó su cepillo en su bolso y se acercó a la ventana detrás de la cama. El sol brillaba afuera, el cielo azul diáfano no le daba ninguna excusa para quedarse ese día también.
—Mob... —el nombrado se giró rápidamente, Reigen lo miraba desde su lugar—. ¿Qué hora es? ¿Estás despierto hace mucho? ¿Quieres desayunar?
Shigeo no hizo más que sonreír ante la preocupación de su maestro. Se acercó sin pronunciar palabra alguna, se acostó a su lado y se acurrucó contra su cuerpo. Pensó que podría pasar así toda la vida.
—No sé qué hora sea. Y estoy bien, maestro...
—¿Cómo te sientes? ¿Qué piensas sobre anoche?
—Me duele el cuerpo, es normal, ¿no? —levantó la mirada a él.
—Sí, era tu primera vez... ¿Te arrepientes de lo que hicimos?
—No lo hago, maestro —desvió la mirada ruborizado—. Q-quería hacerlo...
Una sonrisa asomó en el rostro de Reigen, imaginó lo que había pasado en por su mente hasta anoche. Pensó que, tal vez, había cumplido su fantasía. Besó su mejilla logrando que lo mirase de nuevo, tomó su mentón y lo besó con dulzura. De nuevo se sentía como un adolescente, estaba embobado por su discípulo, era como si tuviera catorce años de nuevo.
Se pasaron largo rato acostados hablando y besándose de tanto en tanto. Cuando el celular de Shigeo comenzó a sonar insistentemente, ambos decidieron levantarse. Reigen aprovechó para meterse en el baño mientras su discípulo atendía la llamada de su casa. Unos minutos después, salió listo para acompañarlo hasta su hogar, aunque él no estuviera demasiado animado para volver, ni siquiera se había sacado la sudadera que usaba casi como única prenda. Lo abrazó por la espala haciendo que pegase un pequeño respingo. Hablaron unos minutos hasta que logró convencerlo de volver, después de todo, se seguirían viendo siempre que salieran nuevos trabajos. Decidieron desayunar juntos en la cafetería antes de ir hasta la residencia Kageyama. El mayor fumaba distraídamente mientras caminaban, el psíquico no hacía más que seguirlo en silencio, se sentía nervioso, como si su madre ya supiera lo que había pasado la noche anterior. Pensó que le preguntaría dónde había estado y qué había hecho, su madre nunca dudaba de su palabra, pero hasta el momento no había mentido de tal manera. Se despidió de su maestro y entró, sus padres parecían no sospechar nada, se habían creído la historia del trabajo en casa de un compañero. Ni siquiera Ritsu dudaba.
El tiempo pasó, Shigeo llegó a la mayoría de edad, había terminado la preparatoria y, por fin, podrían anunciarle a sus padres lo que había entre Reigen y él. Eran los únicos que no sabían nada, dado que Hoyuelo y Ritsu se habían enterado pocas semanas después. En la oficina, Serizawa, quien se había unido tiempo después de empezar la relación, se enteró por un descuido de la pareja, pero guardó el secreto igual que el menor de los Kageyama y el espectro. Por fin podrían dejar de esconderse como lo venían haciendo, podrían tener una relación normal como había querido el joven psíquico, podría pasar tiempo en la casa de su maestro cuanto quisiera sin temer a la sospecha que sus padres pudieran tener. Serían libres de amarse sin importar quien estuviera delante suya.