Uno: Arthur Van
En un mundo donde existen las brujas, las sirenas, los ángeles de la guardia y los demonios de la muerte, me tocó ser un humano. No hay nada malo en serlo, pero crecer con esas historias sí es molesto. Mi abuelo siempre decía: “Las historias viejas son lecciones para el futuro, tú decides qué es lo que es real o no. Si estás desconforme, escribe la historia con personajes reales”.
Odio el tener que aprender la lección, por eso es que me convertí en un escritor. Solo para poder decirle a los adolescentes que el amor es absurdo y que no se pueden aprender lecciones de este. Lo único que no entiendo, es cómo son tan populares las historias románticas basuras que escribo, pero aquellas de misterio inquietante no lo son.
Pensé en dejar de escribir y aprender un nuevo oficio, tal vez así no la pasaría tan mal. La verdad, creí que yo era quien la estaba pasando peor hasta que un lunes de la primera semana de diciembre recibí una llamada de una copia, mejor dicho, mi hermano gemelo.
—Si es para hablar de la cena de Navidad, no puedo. Tengo planes —contesté antes de saludar. No odiaba la cena familiar, odiaba tener que hablar con mi tía y sus comentarios pasivos agresivos.
— ¿Así es como saludas a todos?
—No, tienes un saludo personalizado, siéntete agradecido
—Escucha… La tía murió… y necesito que vengas. Es difícil de explicar, pero ¿recuerdas aquellas historias de bestias fantásticas que contaba el abuelo? ¿Crees que sean reales?
—Esas historias eran absurdas, ¿cómo la del brujo que vuela más rápido por tararear una canción o una sirena que llama a las personas en el muelle para matarlas lentamente? —Del otro lado solo escuché un silencio inquietante—. Compraré un boleto de avión, llegaré en la tarde.
Lo hice, esa tarde viajé hasta el Aeropuerto de Ezeiza en Buenos Aires. Llevaba una maleta con ropa como para una semana, no pensaba quedarme más tiempo. Gracias al tren, terminé en Cañuelas, donde vivía mi tía. En la estación lo pude notar: cabello color zanahoria, tan corto que los rizos eran apenas una onda rebelde.
—Entonces, ¿cómo es que murió la bruja? —Mi hermano sonrió un poco.
—¿Realmente me creerás si te digo que fue atacada por una sirena?
—Las sirenas no existen ¿las historias del abuelo siguen jodiéndote la cabeza?.
—Entonces tendrás que ver el cuerpo.
Antes de poder responder, Conan tomó mi maleta y la llevó al auto. Viajé junto a él, casi en silencio. Hacía ya un año que no venía a Cañuelas y por lo menos medio año que no lo veía.
—¿Cómo te enteraste de la muerte? Creí que estabas en Salta junto a Alice, intentando enamorarla.
—Alice es mi compañera, nada más —hizo una pausa, noté sus orejas rojas como el pelo—. Recibí una llamada de la vecina, la Sra. Rivera. Dijo que la vio salir a la madrugada y caminar hace dos días. Cuando llegué, ya habían encontrado el cuerpo en una laguna cercana.
El trayecto desde la estación hasta la laguna no era más que quince minutos en auto, por lo que no tardamos en llegar. Aún había gente en el lugar, unos policías rastrillando el área y una mujer vestida con pantalones marrones y una camisa. Aproximadamente un metro sesenta y con el cabello negro como la noche cayéndole hasta los hombros, aunque me sorprendió el uso del piluso con estrellas y flores bordadas.
Ambos bajamos del auto para acercarnos a la mujer. Era Alice. Al vernos, se quedó un momento sorprendida.
—Ya lo sé, soy más guapo que este —contesté en modo de broma, estiré mi mano para un saludo formal—. Soy Arthur. Es un gusto conocerte al fin en persona.
—Mi nombre es Alice. También es bueno conocerte —respondió el saludo con la mano y luego miró a Conan—. Encontraron un diente puntiagudo. El cuerpo ahora se encuentra en la morgue.
—Detective Alice, querrá ver esto —habló uno de los oficiales del otro lado de la laguna.
La laguna no debía medir más de seiscientos metros. Era pequeña, una de esas que crecen con las temporadas de lluvia pero no tiene conexión a algún arroyo o río. Los tres nos dirigimos al lugar indicado. Había una escama. Era más grande que una moneda de diez pesos argentinos incluso.
—Entonces, ¿ya me crees que existen las sirenas? —comentó mi hermano con una sonrisa de sabiondo.
—Esto no explica nada. Puede ser de algún pez que salió del agua o que un ave la sacó volando.
—No hay peces en el agua —contestó Alice con una pequeña sonrisa—. Nada sobrevive aquí.
—Entonces, ¿me están diciendo que su teoría es que la bruja salió de la casa por cantos de sirena, caminó unos cuatro kilómetros y se sumergió en el agua para ser comida de sirena y luego las sirenas salieron, se convirtieron en humanas y desaparecieron?
—Nunca mencioné el canto de sirena. Es bueno que ya entiendas —Conan me dio un golpe en la espalda y empezó a caminar—. Vayamos a ver a nuestra tía. Alice, te vemos después en casa de mi tía.
Nos encontrábamos en la morgue del hospital, frente a nosotros estaba un cuerpo tapado con una manta y un médico explicando cosas a las que no prestaba atención. El olor nauseabundo del cuerpo en descomposición invadía mi mente. Había escrito cerca de diez libros de misterio y homicidios; ninguno llegó a ser tan bueno como los del antecesor de mi nombre y su detective, no según la gente. En cuanto la manta dejó ver el cadáver, mi mirada fue apartada para ir a vomitar en el tacho cercano. Nunca había visto uno, ni siquiera vi el de mi abuelo en su funeral, mientras que el de mi madre fue una caja vacía.
—¿Ves las mordidas y la carne desprendida? Claramente son mordidas de sirenas —comentó Conan en cuanto el médico nos dejó a solas en la habitación.
—Las sirenas no existen. Quememos el cuerpo, hagamos un funeral sencillo y taza, taza, cada uno a su casa.
—Bien, si no quieres creerme, entonces hagamos como dices. Quememos el cuerpo y hagamos el funeral.
El regreso a la casa de la tía fue en silencio, los cinco minutos más largos de mi vida.
Una casa chorizo de tres habitaciones, una cocina comedor y un baño pequeño, todo unido por un patio central; la casa de mi infancia, donde mi abuelo y mi tía nos criaron cuando mi madre se fue.
—Hay veces en las que pienso que mamá era una de esas criaturas, por eso se fue —murmuré antes de entrar a aquel patio con pisos en forma de ajedrez.
Hasta la hora de la cena, no salí de la habitación de mi abuelo. Tal vez si existieran las sirenas, ese era el único lugar donde podría comprobar si eran verdad o no.








