Capítulo 01
Wonwoo dejó ir una exhalación lenta, pero de poco le sirvió para calmar su desenfrenado corazón. Se examinó las palmas de las manos, hizo una mueca al ver el brillo del sudor y se las limpió con brusquedad contra los muslos. El reloj sobre la puerta sonaba con un tic-tac amenazante, pero cuando echó un vistazo al reloj de pulsera que le rodeaba la muñeca, suspiró.
Ambos aparatos marcaban el paso del tiempo, pero el suyo iba más lento, fuera de ritmo. Ajustó la corona solo para darle algo que hacer a sus manos temblorosas y luego se quedó mirando su propio reflejo en el cristal de la esfera. Sus ojos azules reflejaban un matiz de espanto, y su labio inferior se había hinchado de tanto mordisquearlo por la ansiedad.
Apartó la mirada y alineó sus papeles por vigésima vez.
—Tú controlas tu vida, Wonwoo.
Un sudor nervioso le erizó la piel. Se jaló el cuello de la camisa con la esperanza de ventilase un poco y refrescar el cuerpo.
No funcionó.
En su lugar, el aroma de su loción para afeitar le llegó directo a la nariz y estornudó.
—Salud.
El corazón se le encogió en el pecho y lanzó una mirada de espanto hacia la puerta.
El infame Kim Mingyu estaba de pie en el umbral de la oficina, con la cabeza ladeada y una tenue sonrisa en los labios. Mingyu tenía treinta años, siete más que Wonwoo. Era más alto y más robusto de lo que aparentaba en las fotos de la ficha policial que guardaba en la carpeta. Su cabello negro relucía y sus ojos eran oscuros.
Las notas decían que sus ojos eran castaños, pero Wonwoo no alcanzaba a ver ningún matiz de color; solo un negro profundo.
Se quedaron mirándose en silencio durante unos segundos.
Entonces, el cerebro de Wonwoo volvió a funcionar. Se puso de pie y le extendió una mano que había vuelto a humedecerse. Mingyu entró en la habitación y se estrecharon las manos con firmeza.
—Soy el doctor Wonwoo. Tome asiento.
Wonwoo soltó el agarre.
Mingyu se miró la mano y se pasó el pulgar por la palma.
—Estás nervioso.
Wonwoo se lamió los labios. Pensó en negar la observación de Mingyu, pero terminó asintiendo.
—Sí, lo estoy. Eres Kim Mingyu; sería un estúpido si no lo estuviera.
Mingyu frunció el ceño y echó un vistazo por encima del hombro hacia el pasillo.
—Has tratado con otros como yo.
—No hay dos criminales iguales.
—Asesinos en serie.
—Bueno, técnicamente tú no eres un asesino en serie.
Mingyu arqueó una ceja.
—¿Ah, no?
—Eres un doble homicida. Los asesinos en serie suelen matar a varias víctimas a lo largo de un período de tiempo. Tú... tú mataste a tus víctimas en la misma noche.
Como si eso lo hiciera mejor persona.
—Vaya... Quizá es solo que no han encontrado los otros cuerpos todavía.
Un nudo le oprimió la garganta a Wonwoo y tragó saliva con dificultad.
Mingyu puso los ojos en blanco.
—Era un chiste.
—Uno sin demasiada gracia.
—¿Por qué tan prevenido conmigo? Hay asesinos peores aquí dentro, y ya has hablado con la mayoría.
Y era cierto, pero los asesinos con los que Wonwoo había hablado se habían vuelto famososdespuésde sus crímenes. A Kim Mingyu ya se le conocía de antes. Todos los meses aparecía en la prensa por una u otra travesura; un tipo ostentoso y exitoso que poco a poco fue perdiendo el rumbo. La situación empeoró tras la muerte de su padre. Algunas de las historias que salieron a la luz sobre él le hacían dar escalofríos a Wonwoo, y eso fue antes de que lo acusaran de asesinato.
—Tú eres diferente, y eso me pone nervioso.
Mingyu asintió.
—No te gustan las sorpresas.
—No. Para nada.
Mingyu avanzó por la habitación y se sentó en la silla al otro lado de la mesa. No se acomodó hacia adentro, sino que se acomodo con las piernas abiertas. Wonwoo esperó un segundo antes de dejarse caer en su propia silla.
La camiseta blanca de Mingyu se tensaba sobre su pecho musculoso, y los jeans azules le quedaban apretados en los muslos. Era enorme, atlético, y tenía un brillo en la mirada que los demás participantes no poseían.
—¿Qué te hizo cambiar de opinión? —preguntó Mingyu.
—¿Cambiar de opinión?
—Bueno... empezaste a buscar participantes aquí en Greenwood hace dos semanas. Yo mostré interés y no supe nada... nada hasta que ya había pasado una semana desde que empezó el estudio.
—Tenía que verificar que fueses apto.
—¿Apto? Tus criterios decían que buscabas criminales violentos que no disputaran los cargos presentados en su contra. Estoy en mi sano juicio, no me han diagnosticado ninguna condición psicológica y estoy dispuesto a reunirme contigo una vez a la semana durante los próximos seis meses. Soy perfecto para tu estudio y, aun así, dudaste en incluirme.
—Tengo mis razones —dijo Wonwoo con firmeza—. Ahora...
—Veo que tienes mi foto policial —murmuró Mingyu—. La censurada.
A Wonwoo se le erizó el cuello y le entraron unas ganas ardientes de salir corriendo. Sabía exactamente a qué se refería Mingyu con “censurada”.
Aquella foto no era la primera que le había tomado la policía, sino la segunda, después de que le limpiaran la sangre de la cara.
—Pero ya me habías visto en los periódicos antes de eso, ¿cierto?
—Por supuesto, eres famoso.
—El hijo del multimillonario Kim Taeho; y luego me hice famoso por mérito propio. —Una frialdad desfiguró el rostro de Mingyu mientras contemplaba el techo—. El niño mimado, el mujeriego, el alcohólico, el drogadicto, el desviado sexual y, por último pero no menos importante, el asesino.
Mingyu ya tenía su buena cuota de etiquetas impuestas por la prensa.
—¿Por qué te presentaste como voluntario para este estudio? —preguntó Wonwoo.
—Mackie me habló de ti. Dijo que sus charlas eran entretenidas y quise sumarme.
Wonwoo abrió mucho los ojos.
—¿Quieres hablar conmigo?
Mingyu se encogió de hombros y clavó sus ojos oscuros en los de Wonwoo.
—Tal vez. Tal vez algo más que hablar.
—¿Eso es una amenaza?
—Quizá sea una promesa.
Wonwoo lanzó una mirada relámpago al gran botón rojo de la pared. Había entrevistado a otros seis reclusos de máxima seguridad y nunca sintió la tentación de usarlo. Una cámara en la esquina de la habitación enfocaba el escritorio, pero ya le habían advertido que, aunque estaba grabando todo el tiempo, nadie la monitoreaba en vivo.
—¿De verdad crees que podrías presionar ese botón antes de que yo te lo impida?
A Wonwoo se le pusieron de punta los vellos de la nuca y resistió el impulso de estremecerse. Miró a Mingyu, quien sonreía con suficiencia mientras alternaba la mirada entre el botón y él.
—Te ofreciste como voluntario para participar en este estudio...
—Por eso estoy aquí.
—Estás actuando de manera inapropiada.
—Te pregunté si creías que podías presionar el botón primero. No es inapropiado. No es una amenaza. Es una pregunta.
—Es sugestivo.
Mingyu arqueó las cejas.
—¿Por qué? ¿Acaso el botón rojo no está en la pared? ¿O es que el botón rojo está dentro de ti? Tal vez si estuviera ahí, querrías que lo presionara.
Wonwoo se puso de pie y recogió sus papeles.
—Terminamos por hoy.
—Espera, espera, espera —dijo Mingyu, inclinándose hacia adelante—. Lo siento.
—Me estás haciendo perder el tiempo.
Mingyu levantó las manos.
—Solo estaba jugando contigo. Se acabaron los comentarios sobre botones rojos. Lo prometo.
—Puedo elegir a otra persona para el estudio. No te necesito.
La sonrisa engreída de Mingyu desapareció y bajó la mirada.
—Oye, de verdad lo siento. No quise ofenderte. Es que me aburro aquí dentro y no puedo evitar meterme con alguien nuevo.
Wonwoo colocó una hoja de papel sobre la mesa y se la deslizó a Mingyu.
—Este es el formulario de consentimiento.
—¿Aun así tienes que pedir consentimiento, incluso a lo peor de lo peor?
—Por supuesto. Tu consentimiento es fundamental.
Mingyu tomó la hoja y se reclinó en la silla. Se le frunció el entrecejo mientras leía el documento y luego miró a Wonwoo por encima del papel.
—¿No vas a volver a sentarte?
—Tal vez no sea lo bastante rápido para presionar el botón, pero puedo salir por esa puerta antes de que me alcances.
Mingyu bajó el papel, echó una mirada a la mesa y luego a la puerta.
—Creo que tienes razón. Pero si vamos a hacer este estudio juntos, sería mejor que te sentaras, ¿no crees?
—Ahora mismo no confío en ti.
Mingyu echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—Soy el único aquí dentro en quien puedes confiar. Algún día te darás cuenta. Ahora cuéntame de este estudio.
—Tomará seis meses. La mayor parte consistirá en entrevistas donde te preguntaré sobre varios temas...
—¿Qué temas?
—Familia, adolescencia. Trabajo, relaciones y... y el crimen cometido.
—¿Quieres saber por qué lo hice?
Wonwoo frunció el ceño y luego negó con la cabeza.
—No exactamente con esas palabras. La segunda parte incluye algunos experimentos psicológicos, unas listas de evaluación, pruebas de coeficiente intelectual y, por último, una resonancia magnética.
—¿Quieres ver mi cerebro?
—Sí.
Una sonrisa depredadora se dibujó en los labios de Mingyu, y Wonwoo agradeció que la puerta estuviera abierta, lista para una huida rápida.
—¿Puedo hacer una predicción?
—Si... si quieres.
Mingyu levantó la barbilla.
—Tendré el cerebro más sexy.
La tensión en Wonwoo se disipó de golpe y soltó un resoplido.
—¿Qué?
—Ya me oíste. Verás la resonancia de mi cerebro y pensarás: “Vaya, qué cerebro tan sexy. El más sexy que he visto”.
—No estaría tan seguro...
—Bueno, esa es mi predicción. ¿Cuál es la tuya?
—Todo lo que necesitas saber está en el formulario de consentimiento.
—Mmm. —Mingyu entrecerró los ojos—. ¿Qué buscas en nuestros cerebros? ¿Una razón? ¿Una excusa para lo que hicimos?
—No una razón ni una excusa, pero potencialmente... un indicador.
Mingyu asintió despacio y luego extendió el papel sobre la mesa.
—¿Dónde firmo?
Wonwoo metió la mano en el bolsillo superior de la camisa y le tendió el lápiz a Mingyu con cierta vacilación. Él lo tomó con rapidez y sonrió.
—Gracias, doctor Wonwoo.
—Por favor, solo Wonwoo. Te daré un informe completo cuando concluya el estudio.
Mingyu firmó, puso la fecha y se quedó mirando el lápiz que sostenía.
—Es curioso; podrías hacer el mismo daño con un lápiz que con un cuchillo.
Dejó el lápiz en el extremo opuesto de la mesa y se reclinó en la silla.
—¿Crees que podrías agarrar el lápiz antes que yo?
—¿Qué?
—Estamos a la misma distancia del lápiz. ¿Crees que puedes alcanzarlo antes que yo?
Wonwoo echó una mirada hacia el pasillo esperando oír pasos, pero no escuchó nada.
—No lo sé. Ni me interesa saberlo; eso no es algo que...
—Solo sígueme el juego.
—No quiero...
—Con esa actitud ya perdiste.
Wonwoo negó con la cabeza.
—No quiero jugar a nada.
Mingyu resopló y se cruzó de brazos.
—La vida es un gran juego. Contaré hasta tres.
—No lo voy a tomar.
—Tres...
—Déjalo sobre la mesa.
A Mingyu le brillaron los ojos y los nervios de Wonwoo regresaron con toda su fuerza. No entendía esa mirada y giró la cara hacia el gran botón rojo.
—Dos.
—Mingyu...
—Uno.
A Wonwoo se le dilataron las fosas nasales y se lanzó a atrapar el lápiz.
Mingyu se movió con la velocidad de un rayo y lo agarró primero.
Wonwoo se frenó de golpe. Se le cortó la respiración.
Mingyu no solo se había apoderado de la potencial arma antes que él, sino que Wonwoo se había alejado de la seguridad de la puerta.
El botón estaba a la misma distancia de ambos, y Mingyu ya había demostrado tener mejores reflejos. Wonwoo apenas estaba procesando todo eso, pero él sonreía como si ya lo supiera, como si de verdad fuera un juego.
Mingyu le tendió el lápiz a Wonwoo para que lo tomara.
—Aquí tienes.
Wonwoo se lo arrebató de un tirón y luego sacó el formulario de consentimiento de debajo del codo de Mingyu.
—Eso será todo por hoy —dijo Wonwoo tajante.
Mingyu hizo un gesto de decepción fingida, se puso de pie y se sacudió las manos.
—Presiento que nuestras charlitas van a ser muy divertidas. Tú conociéndome a mí, y yo conociéndote a ti.
—Tú no necesitas saber nada sobre mí. De todos modos, no hay nada que contar.
Mingyu examinó a Wonwoo con atención.
—No te subestimes. Cabello castaño claro, ojos azules enormes, piel clara y suave. Estoy seguro de que sabrás mantener mi interés...
Le guiñó un ojo y rodeó la mesa.
Wonwoo se hizo hacia atrás. Ahora estaba más lejos de la puerta a la libertad, pero más cerca del gran botón rojo que llamaba a los guardias.
Mingyu pasó a su lado, pero se detuvo en el umbral.
—Ah, Wonwoo. Si alguna vez quieres que presione tu botón rojo, solo tienes que pedirlo.
Desapareció por el pasillo, riéndose para sus adentros.
En cuanto los pasos de Mingyu se desvanecieron, Wonwoo se desplomó en su silla y se sujetó la cabeza. El ritmo de su corazón empezó a disminuir mientras respiraba mirando fijamente su regazo.
—¿Se puede? —dijo una voz alegre desde la puerta.
Wonwoo alzó la vista y le ofreció a Hayoon una débil sonrisa. Ella le devolvió la sonrisa, marcando las arrugas alrededor de sus ojos. Sostenía dos vasos de unicel llenos del café más amargo que jamás hubiera pisado la faz de la Tierra. De todos los guardias de la prisión, ella era la única que había mostrado entusiasmo hacia su trabajo, fascinada por su investigación. El resto actuaba como si él no existiera, y ya era mucho pedir si le sacaba un gruñido a alguno.
—Vi que Jae dejaba pasar a Mingyu por la reja. Pensé que te vendría bien un refuerzo.
—Voy a necesitar algo más fuerte que un café.
Hayoon chasqueó la lengua y entró.
—¿Tan mal estuvo?
—¿Cómo... cómo aguantas trabajar aquí todos los días?
Hayoon dejó los cafés sobre la mesa y se acomodó en la silla de Mingyu.
—Me acostumbré.
—Me tomó tanto tiempo conseguir la aprobación de este estudio, tanto estrés y presión, que ahora que estoy aquí, sentía que era un alivio hablar con criminales violentos. Ya me estaba sintiendo cómodo; pero luego entró Mingyu y fue como si volviera a ser un niño al que ponen frente al matón de la escuela el primer día de clases.
—Eso es algo bueno. Nunca deberías llegar a sentirte cómodo aquí. —Hayoon se soltó el cabello rubio de la coleta y se ahuecó los mechones. Se desabrochó el botón superior de la camisa blanca y se aflojó la corbata un par de centímetros—. ¿Y qué te dijo?
—Fue su... su actitud, más que nada.
—Es listo. Muy listo.
Wonwoo suspiró y apoyó la mano sobre el expediente de Mingyu.
—Un maldito genio, por lo que he leído. Se graduó de la universidad con honores, sin una sola nota baja.
—Sí, la prensa pensaba que su padre había tenido algo que ver con eso.
—¿Tú qué crees?
—De verdad es así de listo, pero va más allá. Sabe cosas. Le gusta jugar con la mente de la gente. Te mira directo al alma y puede ver tus secretos más oscuros.
Wonwoo se pellizcó el puente de la nariz.
—¿Y los asesinatos? ¿Crees en su versión?
—No soy doctora ni detective —sonrió con timidez—, ni psicóloga.
—Pero, ¿crees que de verdad no recuerda haberlo hecho? Que tuvo una laguna mental y no recuerda dónde escondió los cuerpos o qué fue exactamente lo que pasó esa noche.
—No tiene historial de lagunas mentales antes ni después de esa noche, y su memoria es escalofriantemente precisa sobre todo lo que ocurre aquí dentro.
—Entonces está mintiendo...
Hayoon se inclinó sobre la mesa.
—Creo que sabe perfectamente lo que hizo esa noche y, al decirle a todo el mundo que no se acuerda, conserva ese poder. Guarda ese momento como suyo y de nadie más. Es la única cosa que ha evitado que la prensa filtre y divulgue al mundo. Es su forma de resistirse a eso. Su... rebelión. ¿Pensé que eso era común en los asesinos en serie?
—No es un asesino en serie.
—Ajá. Sí que lo es.
—Un asesino en serie mata a sus víctimas a lo largo de... ¿sabes qué? No importa. Lo que hizo es igual de grave.
Wonwoo bajó la mirada hacia la firma garabateada de Mingyu en el formulario de consentimiento.
—Aun así, es un buen sujeto —murmuró Hayoon.
Wonwoo le lanzó una mirada de incredulidad y ella agitó la mano en el aire.
—Quiero decir que es educado, encantador. Lleva dos años aquí y no busca peleas, no discute, hace lo que se le dice y casi no se queja cuando tenemos que encerrarlo en su celda durante días enteros. Es un recluso ejemplar. Ojalá todos se comportaran como él.
—A mí me pareció inquietante...
—Tal vez un poco, pero también es muy atractivo, lo cual es un punto a favor.
A Wonwoo se le desencajó la mandíbula.
—Eres una oficial penitenciaria. No puedes decir eso.
—Parece que lo acabo de decir.
—No está... bien.
—Por favor, Wonwoo. Antes de esto, cuando salía en los periódicos, seguro pensabas que estaba como quería.
Wonwoo apretó los labios formando una línea firme.
Hayoon le guiñó un ojo.
—Lo sabía...
—Yo no he dicho nada.
—No tuviste que hacerlo. En fin... ¿me vas a contar ya de qué va este estudio?
—Utilizo una lista de evaluación que diseñé basándome en investigaciones de otros psicólogos criminalistas con cada participante. Si obtienen una puntuación lo bastante alta, pasamos a la siguiente fase.
—¿Y qué evalúa esa lista?
Wonwoo abrió la boca para responder, pero la cerró de golpe.
—Prefiero no decirlo.
—¿No confías en mí?
—Solo no quiero que nadie lo escuche por casualidad. Podría alterar el comportamiento de los participantes y arruinar el estudio.
Hayoon lo miró entrecerrando los ojos.
—¿Crees que soy una chismosa?
—No, solo quiero ser cuidadoso, eso es todo.
—Está bien.
Wonwoo hizo una mueca al ver su cara de pocos amigos. Le dio un sorbo al café, solo para echarse hacia atrás y escupirlo.
—¿Pero qué demonios...?
Hayoon volvió a animarse.
—Un chorrito de whisky para espantarte el susto.
—¿Un chorrito? Siento que me van a sangrar los ojos.
—No seas tan dramático. Al tuyo solo le puse unas gotas, no como al mío.
Levantó la tapa de su vaso y le mostró a Wonwoo el líquido ámbar en su interior. Él se le quedó mirando con molestia, pero ella solo se rió y se encogió de hombros.
—Mi turno terminó hace diez minutos y es viernes.
Wonwoo se pasó la mano por el cabello y se hizo una mueca al sentirlo pegajoso. La sensación sudorosa en la piel había disminuido, pero no había forma de ocultar el cuello arrugado de su camisa o las manchas de sudor bajo los brazos.
—¿Tienes algún plan para este fin de semana? —preguntó Wonwoo.
—Saldré el sábado por la noche, bar y discoteca. ¿Quieres venir?
A Wonwoo se le retorció algo en el estómago. Forzó una sonrisa.
—Gracias por la invitación, pero estaré bien en casa.
—¿Por qué conformarte con estar bien si puedes divertirte?
—Tal vez la próxima —dijo Wonwoo con una sonrisa falsa que empezaba a temblarle en la cara, por lo que apartó la mirada.
Decidió no contarle a Hayoon que pasaría el fin de semana acurrucado en la cama, dándole vueltas al teléfono celular entre los dedos, demasiado nervioso para hacer esa temida llamada y todavía recuperándose de un corazón tan roto como el primer día que se le hizo pedazos hace tres semanas.
Eso era demasiado personal para compartirlo con una mujer a la que solo conocía desde hacía dos semanas.
—Ne... necesito el fin de semana para recuperarme de esos diez minutos con Mingyu. —Soltó un resoplido—. De verdad siento que me salieron más arrugas y puedo notar cómo me crecen las canas en la cabeza.
—Bueno, a este paso, probablemente estés muerto para cuando se cumplan los seis meses.
Ella se rió y se estiró para darle un apretón en el hombro.
Wonwoo le sonrió.
—Vaya, algo a lo que aspirar...
Hayoon alzó su vaso.
Wonwoo hizo lo mismo.
En lugar del choque de cristales, se escuchó el chirrido del unicel cuando sus bebidas se encontraron en el aire.
El estudio, la prisión y los reclusos (por muy mórbido y aterrador que resultara todo) eran lo único que le quedaba a Wonwoo, y necesitaba esa distracción para poder sobrevivir un día a la vez.








