Prólogo
Año séptimo previo al manifiesto del querubín
Era una época en la que existían multitud de ciudades y pueblos de distinto tamaño, una península aún velada en secretos, sus rincones más remotos inexplorados debido a las continuas reyertas entre poblaciones. Entre todas, dos ciudades destacaban por encima el resto: una florecía en riqueza y alianzas, cimentada en una economía robusta y abundantes recursos. La otra, imponía su voluntad sobre extensas tierras gracias a la sombra de su poderío militar. La vida de los comunes, por aquellos días (y si alguna vez lo hizo), no valía gran cosa.
Las circunstancias de mi nacimiento fueron un tanto… peculiares.
La vasta plaza central de Khalendia, una colosal e imponente metrópolis, bullía de actividad. Rodeada de majestuosos edificios cuadrados de gran envergadura, cuyas fachadas ostentaban orgullosamente estandartes nacionales, la plaza era un hervidero de ciudadanos. El sol del mediodía chocaba en las paredes de piedra mientras innumerables personas vitoreaban y gritaban con manos alzadas y voces estridentes, en dirección a la imponente estructura central de madera por encima de sus cabezas.
Sobre la plataforma de ejecución tallada en piedra, seis figuras —cuatro mujeres y dos hombres— presentaban un aspecto huraño y golpeado. Atados firmemente a postes y rodeados de paja seca, aguardaban su final a manos de miembros de las autoridades civiles pues, a pesar de ser quienes lo ordenaban, ni la Iglesia ni la nobleza se manchaban las manos directamente. Bajo sus pies, una trampilla abierta con hierba húmeda y material acolchado con la intención de recoger sus restos una vez la quema hubiera finalizado.
El diácono finalizó su sermón, condenando la supuesta brujería que los había llevado hasta allí tras varios meses en las mazmorras. Hizo un gesto a los guardias desde la tarima y estos, con antorchas en mano, procedieron a encender la paja alrededor y bajo los pies de los condenados. A medida que las llamas crecían, los prisioneros clamaban y maldecían a sus captores, salvo una mujer de cabello rojizo, piel pecosa y blanca como la nieve, quien, con la mirada fija en su verdugo, imploró postergar su ejecución hasta dar a luz a la inocente criatura en su vientre. El verdugo, visiblemente perturbado al ver el vientre hinchado debido a los largos meses de embarazo, reculó brevemente, pero las exigencias del diácono y los gritos del pueblo le recordaron que esa no era una opción. Lleno de culpa, apartó la mirada y prendió la paja, alejándose rápidamente. Por fortuna para él, los alaridos de la multitud eclipsaban los ruegos a sus espaldas. Asustada, tensa y horrorizada, la mujer comenzó a sentir las contracciones de un nacimiento prematuro a medida que el fuego la rodeaba inexorablemente.
Al declinar la tarde, horas después de la ejecución, los restos carbonizados dejaron de humear en la plaza, que ahora albergaba únicamente algunos curiosos rezagados, el diácono, los verdugos y los encargados de limpiar y restaurar el lugar. Fue entonces, justo cuando comenzaban a marcharse, que un tenue llanto rompió el silencio. Surgiendo desde los restos aún tibios, el sonido llevó al diácono y los verdugos a inspeccionar. En medio de las cenizas, sobre una de las cestas dispuesta para recogerlas descubrieron, para su asombro, a un recién nacido. Un bebé cubierto por el polvo gris que fue su madre, yacía allí con el cordón umbilical quemado aún adherido a él.
Mi vida dio inicio a través de la muerte