Tu último vuelo. [Meanie\Minwon]

Summary

Una historia corta en la que Kim Mingyu arriesga su vida en defensa de su país; donde Jeon Wonwoo convive con una paternidad exigente debido a los horarios de trabajo de su esposo. Se dice que el miedo nace del desconocimiento, sin embargo, ambos protagonistas temen a la posibilidad siempre presente de una muerte prematura. meanie/minwon

Genre
Romance
Author
woo_ppy
Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Nuestro adiós.

Finjamos que celebramos las fiestas. En lugar de pavo cenaríamos sonrisas cómplices. Por luces tendríamos el brillo único del amor reflejado en nuestros ojos. Susurraríamos canciones acompañadas por el compás de nuestros corazones idiotizados por las flechas griegas. Desecharíamos todo lo que no nos concierna.

Vivamos, para y por el otro solo por hoy. Solo por un día. Nuestra última despedida, nuestra última nota. Ahora que se nos acaba el tiempo, no pensemos en lo que no supimos aprovechar y memoricemos cada parte del otro, dejemos marcas en las estrellas porque hoy, definitivamente hoy, estamos juntos.

Como última prueba de nuestro amor escribamos deseos no cumplidos en nuestras piles, como pluma usaremos los besos que nunca supimos valorar; caminemos sobre las nubes, con la única necesidad de las caricias conocedoras y confesemos a gritos los susurros que guardan nuestras almas.


Al casarse con un piloto de combate sabía que viviría con miedo el resto de su vida. Miedo a que su esposo no regresara al final del día.

Siempre que se despedían cada mañana y lo veía partir en el transporte olivo, sus sentidos se agudizaban y su corazón latía tan rápido como el avión que pilotaba Mingyu, aunque este siempre insistiera en que descartara todos sus miedos. Con el paso del tiempo tuvo que aceptar su realidad y si bien el miedo feroz ocultó sus garras, permanecía escondido en las sombras, sin dudar en mostrar sus filosos colmillos a cada tanto.


Más tarde, la fiera volvió a atacar, cuando dio a luz a una preciosa niña, que poseía los mismos ojos cafés de su esposo, así como el lunar en la pequeña nariz de botón. Ahora no solo temía por su esposo, por él, sino que a ello se le agregaba el miedo constante de que su dulce bebé creciera sin uno de sus padres, que llorara ante la tumba de uno de ellos. Aquello le rompía en corazón.


Ese pensamiento permaneció constante en su día a día, a pesar de que su esposo lo clasificara como "infundado".


Una tarde como cualquier otra, Jiyu jugaba en el salón mientras él preparaba la cena. Su bebé de cinco años prefería permanecer dentro de casa, cerca de la puerta de entrada, a la espera del tintineo del llavero de su padre, dispuesta a salir corriendo en su recibimiento.


—¡Papá está en casa! —chilló la niña con su característica cadencia del infante que aún no domina totalmente su idioma natal y tras la infantil voz no se hizo tardar la risa masculina de su esposo, estableciendo un contraste sonoro único.


No escatimó en bajar la llama de la estufa y seguir la tierna voz de su hija hacia el salón. Desafortunadamente, interrumpió el muy detallado informe diario de los hechos acaecidos en la rutina de la infante; lo que su padre incentivaba con preguntas por aquí y por allá.


—Hola, cariño. —dijo cuando estuvo a pocos pasos de Mingyu. Abrazó la alta figura de su esposo con un brazo mientras el otro se aseguraba de cubrir los ojos de la niña al mismo tiempo que se inclinaba para besar los labios del piloto. —La cena está casi lista ¿no tomarás un baño? Debes morir de cansancio, yo me ocuparé de que la pequeña pulga te deje respirar. —pronunció como si ignorara la presencia de Jiyu a sus pies, quien no tardó en protestar, sacando risas conocedoras de ambos padres.


—Estuviste cuidando de ella todo el día, estoy seguro de que gastaste mucha más energía. Hacer que se quede quieta es casi tan difícil como memorizar los manuales de navegación en una noche. —dicho esto, el alto moreno depositó otro beso sobre sus labios y despeinó los cabellos castaños de su hija— No tardo. —prometió y Wonwoo sabía que no incumpliría.


Minutos más tardes, ya había servido la comida, su niña se encontraba asegurada en su silla infantil y su esposo, vestido con un muy cómodo conjunto, intentaba, bajo todos los medios posibles, esconder su evidente cansancio de los ojos enamorados de la pequeña Kim.


La cena fue amena, Wonwoo distraía con bromas a la niña, que se empeñaba hacer jugar a su otra figura paterna después del postre. Mingyu, en tanto, devoraba los nutritivos alimentos a los que su esposo había dedicado gran parte de su tarde. Pero, a pesar de los métodos distractorios de Wonwoo, debieron unirse a varios juegos cuyo objetivo era agotar la energía sobrante de la infante.

Claro, el trabajo duro trajo beneficios, puesto que una hora y media más tarde, Jiyu había sido encargada a Mingyu, quien, como cada día, tenía la tarea de preparar para la cama a su hija y hacerla caer en los brazos de Morfeo con besos y caricias que denotaban la compenetración entre padre e hija. Incluso si pasaban pocas horas juntos a causa del exigente trabajo de Mingyu, él se aseguraba de demostrarle todo su amor en ese pequeño intervalo de tiempo, sin importar cuán cansado se encontrara o cuánta frustración encerrara en su interior.


Esa noche, como muchas otras noches en sus años de matrimonio, ellos pudieron encontrarse en la habitación matrimonial, después de haber cumplido con sus respectivas tareas habituales. Wonwoo se aseguró de masajear los hombros tensos de su esposo con parsimonia, dedicándole el tiempo necesario a cada fragmento de piel y de besar nuevamente esos labios naturalmente rojizos.


En cambio, la calma no duró mucho puesto que semanas después Mingyu llegaría con la noticia que Wonwoo tanto temió y desgarraría su alma.

—El país vecino está haciendo presiones sobre las decisiones políticas que ha tomado nuestro gobierno y amenazan con reaccionar a nuestros ejercicios militares. —dijo una noche en la cama, mientras se abrazaban. Wonwoo lo conocía, podía escuchar el temor en la voz acompañada por una tranquilidad elaborada— Nos movilizarán cuanto antes... —hubo una pesada pausa, en la que los dos pares de ojos se enfocaron el uno al otro— Dijeron que nos despidiéramos de nuestros seres queridos. No sabemos hasta dónde podría llegar el otro gobierno y debemos estar preparados. También dijeron que no les creáramos falsas esperanzas a nuestras familias con respecto a nuestro regreso porque, en realidad, no existe tal fecha. —los brazos del piloto se aferraron a la cintura de su amado. Ninguno se permitió llorar, aunque sus ojos amenazaran con desbordarse.


Mingyu partiría en tres días. Setenta y dos horas, era lo que le restaba para poder despedirse, quizás sería su último adiós porque sabía, de primera mano, la posición riesgosa de su esposo en las fuerzas militares, así como el porcentaje de muertes de pilotos durante las guerras, lo había aprendido de memoria en los inicios de su relación. En cambio, nada fue más difícil que darle la noticia a su bebé, su pequeño brote de rosa.

El recuerdo de los lagrimones espesos de una JiYu sentada en el regazo de su padre, aferrada al pecho que durante sus cortos cinco años le brindó calor y protección. No sabría decir quién de los tres perdió más piezas de su corazón ese día.


—JiJi, amor, —la voz de Mingyu, cargada de la combinación más desgarradora de amor y dolor, hizo que su hija levantara su pequeño rostro del amplio pecho y mirara hacia la expresión compungida de su padre— si a papá le sucediera algo debes prometer que cuidarás a papá Wonnie y que serás buena niña. Eso si es que a papá le sucediera algo. Yo puedo prometerme que pelearé por ti, por todos los niños que también necesitan la paz para vivir seguros y por regresar a casa, en una sola pieza, con muchísimas ganas de besar esas mejillas de ardilla. —pronunció mientras limpiaba los rastros de llanto del rostro de su hija— No porque deba irme dejaré de amarlos, porque precisamente debo partir porque los amo, más que nada en este mundo.


Después de eso Jiyu no quiso separarse de su padre, asustada siempre que este se salía de su campo de visión, pero Wonwoo no podría culparla, no cuando él, que era varias décadas mayor, poseía los mismos miedos. Por tanto, en esas últimas noches, los tres durmieron juntos, abrazados. Fueron horas difíciles, a veces esperaban que la niña se durmiera para poder dejar besos con sabor a lágrimas en sus labios, para poder hablar en susurros o simplemente para mirarse sin pronunciar palabra alguna.


Ver a Mingyu partir en la mañana del cuarto día fue aún más difícil, porque con él se iba una parte de su alma. JiYu continuaría durmiendo en la cama matrimonial, olfateando la almohada de su padre ausente, llorando su ausencia, buscando consuelo en Wonwoo. A él le hubiese gustado hacer lo mismo, mas debía permanecer fuerte por su retoño.


Las tensiones políticas durante las siguientes semanas fueron en aumento y el regreso de su esposo se hacía ada vez más quimérico. En la entrada del primer mes fue disparada la primera bala en el campo de batalla, sabía que su Mingyu se encontraría ahí, en la primera línea de combate. Después de eso, cada mañana en la que veía las noticias temía escuchar el código del avión de su esposo en voz del locutor.


Fueron seis largos meses de batalla ininterrumpida, en los que ninguna de las partes daba su brazo a torcer. Muchos fueron los caídos en ambos bandos y las consecuencias en todos los ámbitos fueron terribles.


En esos meses solo pudo recibir tres cartas de Mingyu, en las que profesaba su confianza en la victoria, su añoranza hacia la pequeña familia que había formado, su dolor que solo podría entender quien se enfrentara a los horrores de la guerra por sí mismo.


Solo pudo respirar tranquilo cuando el conflicto hubo terminado y su esposo no figuraba en el pie de alguna foto de listón negro.

Solo pudo tener un descanso la mañana en la que un camión de trasporte militar aparcó frente a su casa y de él emergió la alta figura de su amado.


Mingyu tenía la pesadumbre de la muerte sembrada en sus ojos café; el cansancio hundiendo sus mejillas, antes rellenas. Sin embargo, aquí estaba, frente a él y en una sola pieza, como prometió.


Wonwoo lloró, pero ese día fue distinto al llanto derramado durante los pasados meses. Hoy pudo aferrarse al consuelo de tener dos fuertes brazos rodeándolo, dos labios susurrando palabras de amor. JiYu también lloró en los brazos de su padre, un llanto de regocijo en esta ocasión. Los tres necesitaron del tiempo para que sus heridas más profundas sanaran, esas que dejan cicatriz para ser recordadas. Poco a poco su Mingyu volvió a sonreír de verdad, sus pesadillas se dispersaron; nunca recuperaría lo que la guerra se llevó, no lo dudaba, pero contaba con el respeto ganado al sacrificar su vida por las mayorías. Él era uno de esos tantos héroes de la nación.


Después de lo ocurrido Kim Mingyu no volvió a subir a un avión de combate. Se jubiló de la vida militar con el mayor de los honores y dedicó el resto de sus días a su familia, por lo que Wonwoo vivió un poco más tranquilo. Ambos vieron crecer a su retoño, seguros de que esta no sería la última de sus noches y que no habría más despedidas apresuradas, sino que vivirían cómodamente, disfrutando del cariño y procurándose compañía mutua, sin importar lo que el destino les deparara.