𝐀𝐑𝐃𝐈𝐄𝐍𝐓𝐄 𝐃𝐄𝐒𝐄𝐎

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Complete
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3
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n/a
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18+

Capítulo 1 - Miedo

Kara siempre había sido un ser de sombras. Donde podía acechar sin ser vista, donde su poder fluía más libremente. Durante siglos, había cazado, asesinado y tomado lo que quería del mundo de los humanos. Pero su interés en ellos siempre había sido superficial, hasta que sus ojos cayeron sobre Lena Luthor.

Todo comenzó años atrás. Lena era apenas una figura pública en ascenso, conocida por su inteligencia y por llevar el legado de su apellido con una mezcla de elegancia y determinación. Kara, siempre vigilante desde los márgenes de la sociedad, la notó primero por accidente, pero pronto se dio cuenta de que algo en Lena la atraía de una forma que nunca pensó. No era solo su belleza, aunque eso ciertamente capturó la atención de Kara. Era algo más profundo, más primitivo: una fuerza en su interior que parecía desafiar la oscuridad misma. Lena irradiaba una luz que Kara, en su propia naturaleza demoníaca, no podía evitar desear.

Comenzó como una simple curiosidad. Kara la observaba desde la distancia, vigilando su vida cotidiana. Al principio, solo se asomaba a las reuniones en las que Lena participaba, se ocultaba en los lugares más oscuros durante sus caminatas nocturnas o aparecía sin ser vista en sus visitas a restaurantes. Kara no planeaba interferir en su vida, simplemente, disfrutaba de la presencia de Lena. La observaba con una fascinación que no comprendía del todo y a cada paso que Lena daba, Kara sentía que se sumergía más en esa extraña obsesión.

Pero con el tiempo, la curiosidad se convirtió en algo más oscuro. Los demonios no son criaturas que simplemente observen sin actuar. La naturaleza de Kara comenzó a dominarla y su deseo hacia Lena creció. No quería solo mirarla, quería reclamarla como suya. Y lo que más la enfurecía era la idea de que otros humanos se acercaran a Lena, la tocaran o intentaran lastimarla.

Fue entonces cuando Kara comenzó a tomar medidas más drásticas. El primero en desaparecer fue un hombre de negocios que había intentado manipular a Lena para obtener beneficios de L-Corp. Kara lo había visto acercarse a ella con una sonrisa afable y palabras suaves, pero sus pensamientos estaban llenos de avaricia. Después de una reunión en la que Lena lo había rechazado con firmeza, Kara lo siguió hasta su casa. La muerte fue rápida, eficiente. Kara disfrutó del breve destello de pánico en sus ojos cuando se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, pero no dejó que el sufrimiento durara mucho. Lo único que importaba era eliminar la amenaza.

A partir de ese momento, Kara empezó a limpiar el camino para Lena, eliminando cualquier obstáculo que pudiera interponerse en su vida. Aquellos que osaban traicionarla o causarle daño, de una manera u otra, desaparecían misteriosamente. Los accidentes comenzaron a acumularse. Socios comerciales que habían tratado de engañar a Lena sufrían caídas mortales o accidentes de tráfico inexplicables. Antiguos enemigos de la familia Luthor, que intentaban recuperar viejas deudas, desaparecían sin dejar rastro.

Cada vez que Kara terminaba con uno de estos seres despreciables, sentía una satisfacción retorcida. No era solo el placer de matar, algo que conocía muy bien, sino la sensación de que estaba protegiendo lo que era suyo.

Lena no tenía idea de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, pero Kara estaba siempre ahí, desde las sombras, asegurándose de que el mundo no la tocara ni un centímetro. Pero mientras Kara eliminaba enemigos, su deseo por Lena crecía de maneras que nunca había experimentado antes. No era solo una atracción física, aunque su cuerpo reaccionaba cada vez que la veía. Era más profundo, una necesidad de poseerla de una forma completa, tanto su cuerpo como su alma. Sin embargo, Kara sabía que no podía simplemente tomar lo que quería. Había algo en Lena que la hacía diferente de todas las demás presas que había cazado. Lena era fuerte, mentalmente indomable y Kara necesitaba un enfoque más sutil para doblegarla.

Mientras tanto, Lena empezaba a sentir la presión de la extraña paz que rodeaba su vida. Los problemas parecían desvanecerse demasiado rápido, los enemigos desaparecían sin explicación, y aunque se decía a sí misma que debía estar agradecida, no podía ignorar la sensación de que algo la acechaba.

Las luces en su casa parpadeaban de vez en cuando, y a veces, en la quietud de la noche, Lena sentía una presencia, como si alguien estuviera en la habitación con ella, observándola. Nunca había pruebas, pero el frío en su piel era suficiente para inquietarla.

A pesar de eso, Lena siguió con su vida, tratando de ignorar las señales que apuntaban a algo más allá de lo racional. Era una mujer de ciencia y no podía permitirse creer en supersticiones. Pero, cada noche, mientras cerraba los ojos, Kara estaba allí, observando desde la oscuridad, acercándose un poco más, planeando su siguiente movimiento.

La oportunidad de Kara llegó una noche particularmente tormentosa. Lena, agotada después de un día difícil en L-Corp, había decidido relajarse en su apartamento, mirando por la ventana cómo la lluvia azotaba la ciudad. El apartamento estaba en penumbra, solo iluminado por la luz tenue de las lámparas de la sala de estar. La tormenta era intensa, los truenos resonaban en la distancia y los relámpagos iluminaban brevemente la oscuridad que rodeaba el edificio.

Fue en uno de esos momentos, cuando un relámpago cruzó el cielo, que Lena vio algo. O más bien, alguien. De pie, al otro lado de la ventana, en la cornisa del edificio vecino, había una figura alta y delgada, casi imperceptible en la oscuridad. Lena frunció el ceño, pensando que tal vez su mente le estaba jugando una mala pasada. Pero ahí estaba, la silueta de una mujer, con ojos que parecían atravesar la distancia entre ellas. Sus ojos eran brillantes y rojos, algo que causó un poco de miedo en la pelinegra.

Kara, desde su posición, sonrió para sí misma. Sabía que Lena la había visto, aunque solo por un instante. Estaba jugando con su mente, preparándola para lo inevitable. Kara quería que Lena supiera que no estaba sola, que alguien la vigilaba constantemente. Quería que el miedo y la confusión comenzaran a perforar la racionalidad de Lena, empujándola lentamente hacia un estado de debilidad.

Lena dio un paso atrás y su corazón comenzó a acelerarse. Por más que intentara convencerse de que era una ilusión, no podía sacudirse la sensación de peligro. Algo estaba allí, algo la estaba observando.

Esa noche, Lena no pudo dormir. Se quedó despierta, cada vez más consciente de la opresiva sensación de ser vigilada. Aunque se esforzaba por mantenerse racional, su mente comenzaba a deslizarse hacia el miedo. No podía explicarlo, pero sentía que el aire a su alrededor se había vuelto más denso, como si algo invisible estuviera acercándose a ella. Intentó distraerse con trabajo, pero el rostro de la figura que había visto seguía volviendo a su mente. En especial esos ojos rojos.

Kara, satisfecha con la semilla de miedo que había plantado, continuó vigilándola. Sabía que el momento para acercarse físicamente a Lena aún no había llegado. Tenía que debilitarla primero, erosionar lentamente sus defensas hasta que no pudiera resistirse más. Su plan no era simple violencia, no con Lena. Kara quería que Lena la deseara, que llegara a un punto donde no solo aceptara la presencia de Kara, sino que la buscara.

La tormenta continuó durante toda la noche y cuando Lena finalmente se permitió cerrar los ojos, fue solo para entrar en un sueño inquieto y perturbador. En sus sueños, Kara estaba ahí, una sombra imponente que la envolvía, acercándose más y más, pero nunca tocándola. Lena se despertó sudando, con la imagen de esos ojos brillantes aún grabados en su mente.

Kara había logrado su primer paso: Lena sabía que no estaba sola. Sabía que algo la seguía, aunque aún no sabía lo que era. Y mientras Lena comenzaba a cuestionar su cordura, Kara se regocijaba, sabiendo que estaba más cerca de tener lo que tanto anhelaba.

Lena Luthor siempre había sido una mujer controladora de su entorno y de sí misma. Nada escapaba a su atención y cualquier anomalía que surgiera, fuera en su compañía o en su vida personal, la abordaba con precisión. Sin embargo, en las últimas semanas, algo había cambiado. La sensación de que alguien la seguía y la observaba. La incomodidad se había asentado en su pecho, pero por más que buscara una explicación para lo que sucedía, no la encontraba.

Estaba en su oficina. Su equipo se había retirado hace horas, dejando los pasillos de L-Corp sumidos en un silencio opresivo. La luz en su oficina parpadeaba ocasionalmente, algo que había comenzado a suceder más a menudo últimamente. La explicación técnica no le servía de consuelo. Cada vez que las luces se apagaban y el zumbido eléctrico desaparecía, Lena sentía un escalofrío recorriéndole la columna vertebral.

No estaba sola. Lo sabía. Era algo que se repetía una y otra vez cuando algo así sucedía.

Sin embargo, era incapaz de ver la presencia que se cernía sobre ella, vigilante y silenciosa, oculta en cada rincón oscuro de su vida. No tenía forma de saber que, por semanas, Kara Danvers la estuvo observando, moviéndose entre la oscuridad como un cazador invisible. Lo que Lena tampoco sabía era que Kara no solo estaba vigilando. También eliminaba, uno por uno, a todos aquellos que alguna vez habían intentado dañarla.

Kara no era humana. Era un demonio. Un ser antiguo y despiadado, nacido del odio y la furia, que había habitado este mundo desde hacía siglos. Y ahora, toda su atención se había fijado en Lena.

El sonido agudo de un rasguño sobre metal hizo que Lena alzara la cabeza de su escritorio. El pasillo fuera de su oficina estaba oscuro, más de lo normal. Las luces de emergencia apenas emitían un débil resplandor rojo, suficiente para iluminar sombras vagas y distorsionadas. Se levantó lentamente, su piel erizándose, mientras el aire se volvía cada vez más denso y pesado.

Por un momento, creyó ver una figura en la oscuridad. Igual a la que había visto desde la ventana de su apartamento. Lena parpadeó y la figura desapareció, pero el frío en la habitación permanecía. Se acercó a la puerta, empujándola con curiosidad y temor, y en el silencio absoluto, sintió la respiración contenida de algo que la acechaba.

—¿Hay alguien ahí? — su voz se escuchó temblorosa y el silencio fue su única respuesta. Pero ella sabía, en lo más profundo de su ser, que no estaba sola.

De repente, una risa baja, gutural, reverberó por el pasillo. Lena retrocedió, su corazón martilleando en su pecho. Se giró, buscando el origen y fue entonces cuando la vio: la figura distorsionada de una mujer alta, con el cabello cayendo en ondas desordenadas sobre sus hombros y sus ojos resplandecían con un brillo inhumano, rojos como la sangre recién derramada.

Avanzó lentamente hacia Lena, como un depredador, con pasos casi inaudibles en el suelo pulido.

—Tanto tiempo observándote. Tanto tiempo... esperando— murmuró Kara, cargada de una sensualidad oscura, Lena dio un paso atrás, su mente luchando por entender lo que estaba ocurriendo.


—¿Qué eres? — la pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Kara se detuvo a escasos metros de Lena, inclinando la cabeza con una sonrisa perezosa y peligrosa. Había algo casi encantador en la manera en que movía sus manos, ligeras, como si el mundo entero le perteneciera.

—Soy lo que tus pesadillas nunca te dejaron imaginar— susurró Kara. —Un demonio. Uno que ha estado observándote... protegiéndote... limpiando tu camino.

Lena sintió su corazón detenerse por un momento. La imagen de todos los problemas que habían desaparecido de su vida, de las personas que habían tratado de dañarla y que misteriosamente habían desaparecido, vinieron a su mente.

—¿Fuiste tú? ¿Fuiste tú quién...?

—Los eliminé. Uno por uno— respondió Kara con una indiferencia que estremeció a Lena. —Nadie se mete contigo. Nadie. No mientras yo esté cerca.

—¿Por qué? — preguntó Lena, su voz no dejaba de temblar.

Kara dio un paso más, acortando la distancia entre ambas, hasta que su aliento caliente acarició la piel de Lena. Sus dedos rozaron la mejilla de Lena, con un toque suave, pero con una promesa de peligro inminente.

—Porque te quiero para mí— dijo Kara, con sus ojos rojos ardiendo con un deseo inhumano.


—No hay lugar en este mundo para nadie más que tú y yo. Quiero que seas mía en todos los sentidos.

Lena intentó retroceder, pero su espalda chocó con una pared. Kara estaba demasiado cerca, su presencia oscura consumiéndola, su aroma embriagador llenando cada rincón de su mente.

—Esto... esto no es real— susurró Lena.

Kara rio, una risa que resonó como el eco de mil gritos en el abismo.

—Esto es más real de lo que crees. He estado esperando este momento desde que puse mis ojos en ti. Y ahora que estamos aquí... no voy a dejar que escapes.

Antes de que Lena pudiera reaccionar, las luces del pasillo parpadearon y se apagaron por completo. La oscuridad envolvió todo. Y en medio de esa negrura, lo último que Lena sintió fue el toque ardiente de los labios de Kara en su cuello, un contacto que ardía como el fuego del infierno.

Los días siguientes se convirtieron en un espiral de confusión y tensión para Lena. La sensación de ser observada nunca desaparecía del todo, aunque ella tratara de ignorarlo. Era algo en el aire, una presencia que no podía ver pero que siempre sentía que estaba acechándola. No quería admitir lo que había sucedido y se estaba volviendo paranoica. Revisaba dos veces las puertas antes de salir, aseguraba las ventanas y cuando se encontraba sola, apagaba las luces, esperando encontrar paz en la oscuridad.

Kara, mientras tanto, disfrutaba del espectáculo. Lena estaba comenzando a desgastarse. Su mente, normalmente afilada y controlada, empezaba a mostrar grietas. Pero aún no era suficiente. Kara necesitaba más, quería ver a Lena rendirse, no solo al miedo, sino también al deseo. Ese anhelo oscuro que sabía que existía en el fondo de su alma, el mismo que Kara había sentido desde el momento en que puso los ojos sobre ella.

Y Kara decidió intensificar el juego. En las semanas anteriores, solo había aparecido como una figura distante, apenas visible, jugando con los temores de Lena. Pero esa noche sería diferente. Lena estaba trabajando hasta tarde en su oficina en casa, inmersa en sus investigaciones sobre nuevos proyectos de L-Corp. La habitación estaba iluminada por la luz suave de una lámpara de escritorio y el sonido del tecleo en el teclado llenaba el silencio.

De repente, Lena sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Fue tan rápido y violento que sus manos se detuvieron sobre el teclado. Miró alrededor, pero no vio nada fuera de lo normal. La ventana estaba cerrada y las cortinas bloqueaban cualquier vista del exterior. Aun así, la sensación de ser observada era más fuerte que nunca.

Kara estaba ahí, escondida, su figura apenas distinguible en el rincón más oscuro de la habitación. Observaba a Lena con ojos brillantes, sin hacer ningún sonido, como un depredador que acecha a su presa antes de atacar. Sabía que Lena podía sentirla, aunque no la había visto aun y eso la llenaba de un retorcido placer.

Lena se levantó de su escritorio, sintiendo que la opresión en su pecho se hacía más fuerte. Caminó hacia la ventana, tirando de las cortinas para asegurarse de que no había nada afuera. El reflejo de su rostro pálido le devolvió la mirada desde el cristal. Pero, en un parpadeo, algo se movió detrás de ella.

Y luego un susurro.

Lena se dio la vuelta bruscamente, con el corazón latiendo con fuerza. La habitación estaba vacía, pero el aire era denso, como si estuviera cargado de electricidad. Tragó saliva ya que su garganta estaba seca por la creciente ansiedad.

—Estoy sola— murmuró para sí misma, tratando de convencerse de que estaba imaginando cosas. Pero en lo más profundo de su ser, sabía que había algo más.

Kara decidió mostrarse. La temperatura en la habitación bajó repentinamente y Lena sintió el frío penetrar su piel, como si algo sobrenatural estuviera cerca. De repente, las luces parpadearon, apagándose y encendiéndose varias veces. Lena se quedó quieta, con los ojos fijos en las sombras que bailaban en las paredes.

Entonces, una figura se materializó lentamente frente a ella. No era clara, como si estuviera hecha de humo y oscuridad, pero los contornos eran inconfundibles. Era la misma mujer alta, con ojos brillantes que relucían en la penumbra, observándola con una intensidad casi depredadora.

El pánico se apoderó de Lena. Su instinto fue retroceder, pero sus pies parecían pegados al suelo. Quería gritar, pero su voz no salía. La figura, que no era otra que Kara en su forma más demoníaca, se acercó un poco más, sus pasos silenciosos, pero cargados de amenaza.

—¿Quién eres? — Lena logró articular con un hilo de voz.

Kara no respondió. En lugar de eso, se quedó quieta, dejando que el miedo de Lena creciera. La tensión entre ellas era insoportable, como una cuerda estirada a punto de romperse. Lena sintió que su corazón latía tan rápido que podría explotar en cualquier momento. Pero lo más perturbador no era el miedo que sentía, sino la extraña mezcla de atracción que empezaba a brotar dentro de ella.

Kara lo percibió de inmediato. El deseo, oscuro y reprimido, estaba allí, escondido bajo el pánico. Sabía que Lena estaba luchando consigo misma, tratando de negar lo que realmente estaba sintiendo. Y eso era exactamente lo que Kara había planeado desde el principio. Lentamente, dio un paso más cerca, su forma oscura parecía flotar sobre el suelo.

—No temas, Lena— dijo Kara en un susurro bajo, cargado de promesas y peligros.

Lena tembló al escuchar su nombre salir de los labios de esa criatura. No sabía cómo, pero en el fondo reconocía esa voz. Había estado escuchándola en sus sueños, en las sombras de su mente. El tono profundo, casi seductor, despertaba algo en ella que no podía controlar.

—¿Qué quieres de mí? — preguntó la pelinegra, dando otro paso atrás, pero sin poder apartar la vista de los ojos brillantes que la tenían atrapada.

Kara sonrió, una sonrisa oscura y peligrosa. No respondió de inmediato, disfrutando del juego, saboreando la debilidad de Lena. Quería que Lena lo supiera, que entendiera lo que se avecinaba, pero no tan rápido. Aún había tiempo para aumentar la tensión, para saborear cada momento antes de tomar lo que realmente deseaba.

—Solo a ti, solo te quiero a ti— respondió Kara, con una franqueza devastadora.

Lena sintió un nudo en el estómago. No entendía por qué, pero esas palabras, tan simples y directas, la sacudieron hasta lo más profundo. Parte de ella quería gritar, correr, escapar de esa criatura que claramente no pertenecía a este mundo. Pero otra parte, una que apenas reconocía, estaba inmovilizada por la fuerza de la atracción.

Kara se acercó un poco más, hasta que estuvo a solo unos centímetros de Lena. El aire entre ellas estaba cargado de una energía oscura que las envolvía a las dos. Lena podía sentir el frío de la oscuridad que emanaba de Kara, pero al mismo tiempo, su piel ardía, como si estuviera al borde de un precipicio emocional y físico.

—Tú eres mía, Lena— murmuró Kara, acercando sus labios a la oreja de Lena.

El cuerpo de Lena reaccionó antes de que su mente pudiera detenerlo. Un estremecimiento recorrió su espalda y su respiración se hizo pesada. Quería resistirse, pero las palabras de Kara parecían atravesar sus defensas como cuchillos afilados. Por más que lo intentara, no podía negar la atracción oscura que la dominaba.

La figura oscura se desvaneció lentamente en el aire, dejando a Lena sola en la habitación, con la respiración entrecortada y el corazón latiendo con fuerza. La energía que había llenado la habitación se disipó, pero las palabras de Kara siguieron reproduciéndose en su mente como un eco imparable.

Tú eres mía.

Lena se dejó caer en la silla, agotada. Sabía que algo había cambiado dentro de ella. No podía huir de lo que estaba ocurriendo, y, aunque una parte de ella lo deseaba, otra parte comenzaba a aceptar su destino. Sabía que ese demonio no había terminado con ella. Que solo era el principio.