El chamán y la bestia

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Summary

Un policía novato va en busca de respuestas por el caso de varios asesinatos hasta el momento si resolver, pero en el trayecto se encontrará con algo sobrenatural...

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1
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n/a
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16+

Chapter 1


La brisa golpeaba las hojas de los árboles que bordeaban la orilla del Nanay. La corriente oscura del río y el remolino jugaban con las hojas secas y las arrastraban hasta su desembocadura en el Amazonas. Una puma garza cazaba en la orilla, apoyada sobre un tronco musgoso y podrido de un árbol de capirona. Menudas gotas de lluvia se estrellaban en el agua. Algunas aves parecían aprovechar el clima lluvioso, exponiéndose desde las ramas secas de un árbol de ojé. Y sobre todo aquel mundo agreste, a trescientos metros de altura, gruesas capas de nubes grises amenazaban. El clima del día no se mostraba amigable con los hombres.

Antes de llegar a su destino, el zumbido de un motor fuera de borda intimidaba a los animales que merodeaban por la orilla mientras el bote de madera surcaba el río. Dos hombres navegaban contra la corriente. El que tenía el mando del motor en la popa mostraba una apariencia ruda, tenía ojos vivos y un rostro que denotaba experiencia. En cambio, el otro, que se notaba más joven, de porte muy delgado, pero de una estatura respetable, buscaba algo con un binocular desde la proa.

—¡Es ahí! —dijo el que llevaba el binocular—. Acércate por este lado.

El motorista giró el timón del motor y se acercó a la orilla.

—Parece que la lluvia no dará tregua, camarada —dijo el motorista, viendo las nubes grises que cubrían el cielo y sintiendo las menudas gotas de lluvia, luego de atracar.

—Descuide, maestro. Traje una capota y algo más —respondió el que sostenía el binocular, y saltó a la orilla.

—La comunidad está a media hora. ¡Vaya con Dios! —dijo el motorista. Y el bote surcó el río, hasta el caserío más próximo.

Cargando una mochila, el joven policía aseguró un arma en su cintura y guardó el binocular. A pocos metros, una pequeña y solitaria choza sobresalía entre la maleza.

—Es ahí —susurró.

—Solo será cuestión de entrar, tomar nota de las evidencias y luego salir. Nada difícil —dijo mientras avanzaba unos pasos.

Tenía como misión entrar a la choza y buscar pruebas. Todas las pruebas posibles… Al mediodía, los resquicios de las paredes de tablas y los huecos del techo de palma pudieron haberle dado mayor claridad al interior de la choza si la luz del sol no hubiese sido interrumpida por las gruesas capas de nubes grises. La lluvia parecía precipitarse en cualquier momento. Era abril, y todos sabemos que las lluvias caen con regularidad en este mes.

Tras caminar unos metros más allá de la orilla, llegó a la choza y se detuvo un momento frente a la puerta de entrada, escudriñando la forma en que se debía abrir, y al percatarse, desató el pasador que cerraba la puerta de aquella choza. La empujó cautelosamente, sin poder evitar el chirrido de las bisagras. Al abrirse, un aire frío le traspasó las entrañas, y se agitaba su respiración, sintiendo que el oxígeno le faltaba. Tras recordar que tenía un frasco de alcohol, sacó de uno de los bolsillos de su pantalón, se roció las manos y aspiró hasta recuperarse. Intuitivamente pensó que se trataba de un espíritu maligno… pero qué va, un agente de su altura no hace caso de asuntos tan ajenos a su propósito. Pues su investigación no incluía asuntos paranormales. Desafortunadamente, no podía evitar el mareo y las náuseas, y apoyándose en el marco de la puerta, esperó a aquietar el malestar.

Ya dentro de la choza, el agente distinguió, en medio de la penumbra, un camarote de madera deteriorado, con algunas de sus patas comenzando a pudrirse por la humedad del suelo; un mosquitero percudido, con algunas telas de araña impregnadas en el hilo. Puchos de tabaco puro, regados por todas partes, daban a entender que el que los fumaba padecía de una adicción compulsiva al tabaco puro, algo que les daba sentido a las hojas de tabaco colgadas al aire libre en un tendedero de ropa. Vio también una mesa hecha de madera, manchada por algo que se había derramado sobre ella; un mechero de vidrio donde se podía distinguir el poco kerosene que le quedaba, algunos platos sobre una repisa, y una tuchpa que no había sido usada en todo el día.

Mientras hacía apuntes y tomaba fotos a todo lo que podía servirle en la investigación, escuchó que alguien hacía ruido en el patio de la casucha. El sonido seco de algo pesado cayendo al piso y el retiñir de un sable le alertó aún más. Permaneció en silencio. Siguió con la mirada, a través de los resquicios de la pared, los pasos cansados de un extraño individuo rozando toscamente el suelo. Empuñando su arma de reglamento, apuntaba a cada movimiento… Entre el marco de la puerta, a tres metros, apareció un hombre bajito y corpulento, de mayor edad, con el cabello largo y canoso y la barba crecida cubriéndolo casi por completo la boca. Llevaba puesta una polaca de militar, de esas que dejaron de usar en el ejército, algo percudido y manchado, que le llegaba a cubrir casi hasta la rodilla. El pantalón que llevaba puesto no se notaba en su totalidad por las botas que también le llegaban hasta la rodilla. Tenía la apariencia de un mendigo, pero asumir que lo era estaba fuera de lugar. El hombre, cansado, lo miró con sorpresa, y luego tuvo lástima del nuevo intruso.

El agente imaginó lo peor al descubrirlo, recordando instantáneamente el historial de muertes macabras, aún por resolver, acontecidas en el mismo lugar donde sus talones marcaban sus huellas. Le sudaban las manos. Y por poco su FN Browning GP-35, de reglamento, se le resbalaba de la mano.

—¡No se mueva! —mandó el agente, tras vencer la parálisis que le provocó el miedo—. ¡Quédese donde está! ¡No dé un paso más o disparo!

—No me estoy moviendo, señor —respondió el hombre con voz grave—. Hago lo que usted dice.

En seguida, estiró las comisuras de los labios de manera sarcástica. Y un golpe que no vio llegar tumbó al joven agente.

El hombre había llegado de la chacra. El ruido seco que alertó al agente era un saco lleno de yucas que cargó por más de una hora. Al momento de tirar el saco con yucas, el sable que traía en la mano se le escapó y produjo el ruido que había alertado al joven agente.

Aquel día había madrugado, tras cumplirse los siete meses de espera para la cosecha. Y pensó que debía ir sin desayunar para no dilatar mucho el tiempo y regresar antes del mediodía, sin alertar el capricho que a veces tiene el clima.

Luego de atar al agente de pies y manos sobre la tarima que se corroía desde las patas, atizó los retazos de leña que dejó en la tuchpa. Prendió el fuego y lo avivó con astillas finas. Entre unos baldes de plástico había un baúl de madera de donde sacó un envoltorio de pescado seco y salado y lo puso a cocinar con unos cuantos trozos de yuca. Luego se sentó en un rincón de la casucha.

Un maquisapa lo observaba desde la biga del techo, rígido, calculador, con una seriedad y quietud bastante extraña; se notaba dispuesto a reaccionar ante la más mínima señal de peligro que su sentido salvaje podría alertar.

El hombre encendió la punta de un mapacho con un tizón al rojo vivo y echó el humo por todas partes, diciendo estas palabras: "Kaypi Kani, Kaypi Kani…". El humo llenó la choza. La niebla de nicotina comenzó a salir por todos los resquicios. La corriente del viento llevó la niebla hacia la espesura del bosque. Al dar con la niebla, los árboles temblaron y los primates se llenaron de temor y chillaron en todas direcciones; las aves volaron, despavoridas, a otra parte, y un tigre que merodeaba por esos lugares rugió airoso. El agua del Nanay comenzó a inquietarse, provocando olas que podían hundir una canoa. Y un sonido gangoso se oía en la profundidad del agua. En la choza, el maquisapa saltaba por todo el armazón del techo, de palo a palo, emitiendo gritos guturales. El hombre se había sumergido en un éxtasis delirante, diciendo las mismas palabras: "Kaypi Kani, Kaypi Kani…". Al disiparse el humo, el mono se calmó del éxtasis que le provocó la nicotina. Y todo lo que alrededor sucedía también se aquietó. El hombre, al recobrar la serenidad después del delirio chamánico, sacó agua de una tinaja y bebió como un perro sediento. El agua se escurrió por la comisura y le mojó el pecho. Estaba bañado en sudor. Luego, con la mirada desorbitada y mareado, buscaba algo en todas partes con los brazos extendidos.

—¡Roberto! —llamó el hombre.

El primate caminó por entre las vigas, gruñendo, como si algo o alguien le inquietara dentro de la casa. Enroscó su cola en uno de los palos del armazón del techo y se colgó para coger de la mano del hombre un plátano maduro.

—¡Buen chico! —dijo el hombre.

Pero no pudo evitar el pavor al verlo gruñir. El mono, tras otra acrobacia, se acomodó para comer.

—¿Ves a ese muchacho? —dijo el hombre, tratando de fingir los nervios que sentía frente al animal y dejando escapar una risa fingida.

El animal comía despreocupado.

—Pobre. No sabe en qué lío se ha metido, ¿verdad?... ¿No dirás nada?... Está bien. También quiero comer.

El hombre se sentó a la mesa. Desde ahí observó al agente. El muchacho estaba inconsciente, atado de pies y manos.

"Pobre chico", pensó. "Será otra víctima de la locura. Del destino maldito de los que vienen a la boca del demonio". Diciendo estas palabras, miró al mono que aún comía. Luego caminó hacia la tuchpa. El fuego vivo hervía el agua. Metió un tenedor en la olla para comprobar si los pescados y la yuca ya habían alcanzado su cocción. Luego se sirvió en un plato y se sentó a la mesa.

Recobrando la conciencia, el agente vio que el hombre comía enloquecido. Como si no hubiese comido varios días, se empapaba las manos con la comida y se llenaba la boca como un cerdo. El hombre, al darse cuenta de que el agente había recobrado la lucidez, preguntó si sentía hambre. El muchacho dijo que sí, que primero le diera agua y que luego le sirviera un plato lleno de comida. El hombre, diciendo sinrazones aún con la boca llena, le servía. Luego tomó un cuchillo y cortó la soga que ataba los pies del agente.

—Siéntate junto a la mesa —le dijo.

El joven policía, poniéndose en pie, caminó hacia la mesa, se sentó y comía como podía con las manos atadas.

—¿Por qué estoy amarrado?... ¿Quién eres?... —preguntaba el agente, rompiendo el breve silencio entre los dos.

El hombre no respondía.

—¿Eres el loco asesino, verdad?!... —preguntó el agente, alterándose.

—¡Ya cállate, imbécil! —gritó el hombre—. ¡No sabes absolutamente nada de lo que sucede! ¡Eres un estúpido novato, al igual que los demás!

El hombre se sintió atrapado en medio de un malentendido. En una confusión que en parte era su culpa y la otra parte de... de la bestia.

—¡Yo no maté a nadie! —dijo, manteniendo el enojo en su último intento de declarar su inocencia—. ¡Fue esa cosa!... ¡La cosa más abominable que la naturaleza ha concebido: la bestia!

—¿De qué bestia hablas?! —preguntó el agente.

—¡De Roberto! —respondió el hombre.

—¿Quién es Roberto? —preguntó el agente.

Entonces, el hombre alzó la mirada para ver al mono. Y en aquel instante, la casa comenzó a temblar. Temblaron todas las cosas que había adentro. El armazón de palo de la choza crujía y se movía de un lado a otro. El techo de hojas de irapay se sacudía con vehemencia como si fueran alas de pájaro. Una densa niebla con olor a tabaco emanaba del suelo y llenaba la choza. Minutos después, la figura monumental de una bestia cayó del armazón del techo. Medía casi dos metros y gruñía como un perro rabioso. Tras aquella repentina aparición, el hombre y el agente soltaron un grito extenso de horror. El agente no podía creerlo. Atado, era presa fácil para las fauces salvajes de aquella bestia del infierno que se acercó, violento, a él. Momentos después, los gritos de auxilio del agente se extinguieron en la penumbra de la agreste e impenetrable selva amazónica. Bajo las cargadas nubes grises a punto de precipitarse. Y la pequeña casa, situada a orillas del Nanay, dormía otra vez en la soledad de ese día, a unos kilómetros del lugar más próximo.


Fin.