Las Sombras del Colibrí

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Summary

"Las sombras del Colibrí" es una novela que retrata la Bogotá de los años 80 a través de los ojos de Ramón Forero, un fotógrafo y ornitólogo atrapado entre los ecos de su pasado y los dilemas de su presente. La historia inicia con Ramón observando la ciudad desde su apartamento, mientras lidia con la pérdida de su tío Paco, su ruptura con Teresa y los secretos que encierran los objetos heredados. En paralelo, se desarrolla la tensa relación con su madre, quien lucha contra el peso del abandono de su esposo y la partida de su hijo mayor, Santiago, a la guerrilla. La narrativa profundiza en las memorias familiares, el contraste entre las tradiciones costeñas y andinas, y las marcadas desigualdades de Bogotá. Entre sus expediciones fotográficas y su vida bohemia, Ramón se enfrenta a una petición desgarradora: salvar a su hermano del peligro inminente. Esta obra es un viaje nostálgico por la memoria, el paisaje colombiano y los dilemas de identidad y pertenencia.

Status
Complete
Chapters
21
Rating
n/a
Age Rating
18+

El Gaditano

Nubes grises, cargadas todavía de lluvias, le habían abierto el paso a una tarde de sol y de agradables brisas decembrinas que soplaban desde los cerros, trayendo consigo los aromas tibios de los llanos orientales. Desde mi ventana, llevaba tiempo escrutando a las multitudes en las aceras, esperando un colectivo que los llevara fuera del centro. Había un corrillo de mujeres envueltas en capotes deslucidos, protegiendo sus bolsos contra el pecho y, a poca distancia, tres ancianos con la vista apagada empuñaban los paraguas a modo de bastón, enfundados como cuervos en gabardinas ajadas por el tiempo.

Uno en particular me llamó la atención, pues llevaba un sombrero fedora desprovisto de cinta, calado hasta las orejas por si acaso el aguacero, que había dejado de ser amenaza, cambiara de opinión. La mayoría, sin embargo, eran jóvenes. Los de la esquina debían ser albañiles a juzgar por las manchas de barniz en los zapatos, la mirada de cansancio clavada al piso y las cabezas mojadas todavía por el agua que sacaban de las canecas para cumplir con el lavatorio ritual que clausuraba su jornada laboral. Muy cerca, vislumbré a otros que debían ser reclutas de paso, pues, aunque iban de civil, los delataba el corte de pelo, la piel salpicada de ronchas y el aturdimiento que acomete a quienes regresan de la selva al barullo de la ciudad.

Más allá, al mover la cámara, descubrí una sinfonía de melenas que, entre empellones y risotadas, se alejaba en una nube de cigarrillo hacia la plaza de toros. Eran universitarios arropados en ruanas percudidas al punto justo, inmersos en una batalla de mochilas tan ruidosa que alertó al policía que llevaba tiempo coqueteando con una vendedora de flores en la esquina. Toda aquella humanidad flotaba sin rumbo, intentando adivinar dónde se detendrían los autobuses que tardaban en aparecer, pues en aquellos tiempos las paradas en Bogotá eran una quimera. En la capital, la avidez de los empresarios y la indolencia de las autoridades habían dejado al capricho de los conductores la decisión de cómo y dónde descargar a su mercancía. Ellos, encadenados al manubrio hasta que sucumbían al sueño, dominaban a la perfección el arte de explotar al máximo la capacidad de sus chatarras. La llamaban la “guerra del centavo” —era el año 1985—, y de todas las batallas que se libraban por entonces en Colombia, la que presenciaba en aquella tarde de noviembre era la que menos me preocupaba.

Estuve otro tiempo observando los movimientos de la calle y, de repente, al volver la mirada hacia la penumbra del cuarto oscuro, descubrí con asombro las manecillas del reloj marcando las cinco de la tarde. Me sorprendió que las horas hubieran pasado tan rápido. Había estado absorto en la soledad del laboratorio, bregando por encontrar la perfección de los grises, el equilibrio de los contrastes, el tono de las fotografías que había tomado aquella madrugada en el páramo de Chingaza, pero nunca imaginé que ese esfuerzo me tomaría la jornada entera.

Regresé al cuarto oscuro y me detuve a observar, sin entusiasmo, las fotos húmedas colgadas de la cuerda, indeciso entre volver a imprimirlas o regresar al pasatiempo de escudriñar a los transeúntes. Finalmente, opté por los espejismos de la calle y me sumergí en su observación sin saber bien lo qué buscaba. De pronto, enfoqué un colectivo abarrotado de pasajeros que se alejaba entre estornudos de hollín, con dos jóvenes colgados de la barra y medio cuerpo al aire, despidiéndose con muecas y aspavientos de los compañeros que se quedaron en la acera. Capturé la secuencia hasta agotar el rollo, y resignado a la evidencia de que más nada me deparaban aquellas calles, decidí que el trabajo serio quedaría para el día siguiente.

Caminé con parsimonia, sorteando las multitudes, hasta llegar a mi apartamento en las Torres del Parque. Durante el corto trayecto, no pude despegarme del recuerdo de mi amigo Lisandro Márquez —¿por qué no lo llamé para que me acompañara en mi expedición al Chingaza?— y de mi tío Paco, a quien tanto amaba y que era el dueño del piso que jamás llegaría a considerar mío.

Paco Palacios, el hermano menor de mi madre, había fallecido dos años atrás, debido a su adicción al licor y las drogas, según la trillada versión que circulaba en mi familia. Tenía apenas cuarenta años cuando nos dejó, y, como era su único heredero, de la noche a la mañana me convertí en dueño de un piso atiborrado de discos y libros, cuadros y pinturas, objetos personales entre los cuales vagaba con una mezcla de cariño y temerosa adulación. Siempre me preguntaba cuántos secretos podrían ocultar aquellas paredes, encaramadas en el piso doce de las torres que firmaban el horizonte de los cerros bogotanos, abrazando la plaza de Santamaría como un abanico de ladrillos rojos.

Abrí la puerta y, por un momento, tuve la sensación de verlo, cerveza en mano, disfrutando de la vista que desde el balcón se tenía de la arena de toros. Detrás de los cristales, creí entrever su mirada socarrona y lánguida, el cabello rebelde del poeta sin destino, el porte del académico frustrado que, apenas se aproximaba la temporada taurina, abandonaba por el del matador jubilado. Mi tío había llegado a ocupar el vacío dejado por mi padre, y, como cada rincón de aquel apartamento respiraba su presencia, era consciente de que, con su inesperada partida, todo aquel lugar, lejos de pertenecerme, había quedado huérfano de su único dueño. En ocasiones, me asaltaba la duda de si Paco había cometido el acto —que alguna vez le escuché definir sublime— de quitarse la vida, pues me consolaba pensar que había escogido su muerte y no que se había ido de este mundo por el exceso de quererlo, especialmente cuando solía repetir : “mijo, la única fiesta que termina con la muerte es la corrida”. Cuando cerré la puerta, la silueta que creí ver suspendida en la terraza, observando el ruedo de la Santamaría, se había esfumado, llevándose consigo los secretos de su dueño.

Arrastré los pies hasta el dormitorio, pasando por el corredor atiborrado de libros, carpetas de papeles y chucherías: el legado de mi tío que, después de dos años, seguía intacto, aunque de vez en cuando se interrumpía con intrusiones de colores y texturas que reconocía de lejos, pues eran los pocos objetos de mi propiedad que me había atrevido a colocar. Quería descansar, dejar atrás aquella tarde de desazones antes de que Josefina llegara a barrer el suelo, desempolvar los anaqueles y regañarme por haber dejado los ceniceros llenos de colillas y los filtros del café sin vaciar en el lavaplatos.

El espejo con trazas de pintalabios, un presente de Teresa, llevaba tiempo en la misma posición, sin nada que lo incomodara, esperando un destino más seguro que la esquina del escritorio, estorbado apenas por los reflejos de una lámpara veneciana. Todo estaba en su lugar. No lo admitía, pero desde su partida y desde el fallecimiento de Paco, me acechaba el temor de que, al cambiar las cosas de sitio, el pasado que todo ese mundo representaba jamás volvería a ser mi presente. Intenté por un instante desafiar aquella superstición y probé a mover la lámpara de medio palmo. Pero de inmediato la devolví a su lugar con una sonrisa nerviosa, preocupado de que ese acto desencadenara otra racha de desgracias.

Vivía en ese limbo desde hacía tiempo, asediado por los recuerdos de aquellas dos personas que había querido y que se habían alejado de mi vida. Me acerqué al espejo del baño. Observé el reflejo de mis ojos claros, el pelo rubio con mechones rojizos y escasos como madejas que intentaban cubrirme las orejas. Luego inspeccioné la calvicie que avanzaba por las sienes, la mueca de mis labios gruesos con la barba del tercer día y las ojeras pobladas como anillos de ceniza. Me coloqué de perfil: la nariz recta, pronunciada y aguileña como la de mi madre, era la única pieza de ese rostro que apreciaba. En pocas semanas cumpliría treinta y cinco años, murmuré en voz alta, y me detuve a meditar sobre los desafíos que me esperaban al llegar a esa edad, lo difícil que sería superarlos sin Teresa. Ahora me parecía que mi rostro asumía la forma de un garabato de madera, seco y precozmente envejecido, más inseguro que de costumbre.

Me dejé caer de bruces, abracé las almohadas y comencé a buscar el recuerdo de mi exnovia: el bálsamo de su cabello ensortijado en rizos negros, el resplandor de sus ojos verdes que se tornaban azulados cuando llegaba la noche, su risa nerviosa, los altibajos de humor y hasta el recuento de sus sueños inverosímiles. Al igual que Paco, Teresa se había ido dejándome sin el atisbo de una explicación y, ahora, al cabo de pocas semanas, comenzaba a sentir hasta en el cuerpo el trastorno que me procuraba su ausencia.

Cuando desperté, la tarde se había disipado entre rayos de plomo y nubes de color mandarina. Creí, por un momento, que había dormido un día entero. Me levanté de la cama; me dolía la espalda y en la cabeza me daban vueltas las imágenes de un colectivo ladeado por el peso de los pasajeros, serpenteando a toda velocidad, y en el trasfondo, la imagen de un venado que, con ojos estáticos como bulbos de cristal, me miraba inquisitivo y receloso al amparo de una ceiba devorada de musgos. ¿Quizás esa era la única foto del Chingaza que valía la pena rescatar? ¿En cuál rollo había quedado?

Pensé de nuevo en mi amigo Lisandro y lo imaginé entre las hojarascas del Chingaza, clasificando hongos. Luego, en Josefina, quien no debía tardar. Desde que Teresa saliera de mi vida, ella se había percatado de mi condición y, además de sus labores matutinas, había decidido regresar por las noches con el pretexto de pasarle una segunda revista al apartamento. Josefina intentaba sacarme de mis embelesos y me suplicaba que llamara a alguno de mis amigos o que me animara a salir de viaje. Pero ante sus plegarias casi maternales, yo respondía siempre con el silencio de mis contemplaciones y, sin musitar palabra, me encerraba a mirar los atardeceres salpicados de achiote que, en los días soleados, se disipaban contra el horizonte del altiplano o me dejaba extasiar por los relámpagos que, otras veces, descuartizaban de violeta los cielos cargados de lluvias.

De cualquier modo, los caprichos del clima bogotano siempre eran el preámbulo de las desazones que llegaban a asaltarme cuando calaba la noche. Para entonces, no había otro consuelo que los solos de una trompeta de jazz, el cigarrillo consumiéndose entre los dedos, y una copa de vino que dejaba a medio vaciar. Josefina descifraba con preocupación mis suspiros, las miradas perdidas y mi silencio hermético, pero guardaba la esperanza de que pronto volvería al humor que me conocía desde niño. Finalmente, abandonaba su causa y se alejaba resignada a la cocina a preparar las verduras y los plátanos coliceros para la sopa que me dejaba siempre sobre los fogones.

Me rehusaba a comprender los motivos de mi ruptura con Teresa. Porque tras varios meses de altercados, habíamos comenzado a dejar atrás las recriminaciones y el lastre de mutismos envueltos en rencor que suelen acompañarlos. Llegué a pensar que solo esperaba un pretexto para perdonarme —por cuál afrenta, todavía no lo sabía— y que pronto llegarían las señales de ternura, los besos alocados por el remordimiento, el amor sin frenos que nos devolvía al camino de la reconciliación, el mismo que habíamos recorrido en otras ocasiones. Pero aquel frío lunes de septiembre todo fue distinto, porque cuando llegaba a su fin una mañana de silencios agobiantes, de repente comenzó a empacar sus cosas. Luego, entre sollozos, la observé acercarse a la puerta y cerrarla con un movimiento lento, como deshaciéndose —al compás del chirrido de las bisagras— del sentimiento de culpa que la embargaba. Tres meses después, ese golpe de la madera todavía me retumbaba en las sienes, envolviéndome como una manta helada y abrazándome con la única certeza que tenía: la del abandono.

Estaba sumido en los recuerdos de Teresa y de Paco cuando me percaté de que era el último viernes del mes. Mi madre estaría esperándome para el rito de la merienda, que se repetía con el mismo menú de tamales y chocolate desde que regresé de Italia, cinco años atrás, en 1980. Para entonces, Santiago, mi hermano mayor, se había internado definitivamente en la selva. Las pocas noticias que conocíamos sobre sus correrías subversivas eran vagas reconstrucciones de una prensa que banalizaba la guerra y la pintaba como el guion de una película que sucedía en otro país. Yo tenía que recurrir a la ayuda de periodistas amigos con la esperanza de recolectar alguna información que pudiera llevarle a mi madre. Ella, por su parte, hacía lo mismo con algunos conocidos de muestra familia que tenían contactos en el gobierno. Así pues, inevitablemente, cuando nos veíamos para la merienda del mes, terminábamos enfrascados en las mismas conversaciones sobre Santiago, cargadas de conjeturas y retazos de crónicas, pero más que nada, de silencios sin respuesta.

Así continuaron esas reuniones durante años, hasta que la tela de noticias y certezas que intentaba recomponer a beneficio de mi madre comenzó a deshacerse. Mamá Alicia había dejado de hacer preguntas y de retener en su memoria las pocas respuestas que le podía proporcionar. A partir de entonces, las noches transcurrieron entre los suspiros que ella pronunciaba y el extravío de su mirada, entre frases entrecortadas y destellos de lucidez que irrumpían sin anunciarse. Con frecuencia, ella me llamaba con el nombre de mi hermano, y yo nunca la corregía, pues en sus vigilias confusas, en el remolino de sus recuerdos, en su demencia senil que avanzaba impertérrita, mamá había multiplicado por dos al único hijo que veía.

En los primeros tiempos, me presentaba puntual a las cinco de la tarde, pero a medida que se sumaban una infinidad de manjares, fuimos aplazando nuestra acostumbrada cita hasta las ocho de la noche, de modo que el frugal aperitivo se convirtió en una cena de nunca acabar.

Miré el reloj: eran las seis y media. Me coloqué una gabardina y me enrollé la bufanda que Teresa me había tejido para mi último cumpleaños. Ese día era uno de aquellos en que lo olvidaba todo, pues al cerrar la puerta y llamar al ascensor, me di cuenta de que había prometido a mis amigos Guti y Pacho acompañarlos al restaurante de nuestro amigo, el español Fermín Casares, para organizar el aniversario de nuestro grado de colegio. En dos semanas se cumpliría el decimoquinto, y tras varias discusiones, finalmente decidimos festejarlo en la fonda del amigo andaluz, situada al norte de la Plaza de Santamaría, en una callejuela dominada por la silueta de un toro de Osborne que campeaba desde los tejados, con un aviso luminoso colgado de las pezuñas que rezaba, sin mayores pretensiones, “El Gaditano”.

Me hubiera apetecido compartir con mis compañeros un adobo de pescado y una copa de jerez, pero la cita con mi madre era impostergable. Sin embargo, como contaba con tiempo, decidí desviarme hasta el restaurante solo para dejarles una nota de excusas por mi repentino cambio de planes.

Salí del apartamento cuesta abajo por la plaza de toros, decidido a olvidarme del abandono de Teresa, al menos por aquella noche. Doblé hacia el norte por la carrera sexta y, por un costado del Museo Nacional, descendí para tomar la séptima. Caminé diez cuadras hasta que apareció la figura imponente del Hotel Hilton. Al pie del mastodonte de ladrillo rojo, por una callejuela flanqueada por casuchas de cal y canto, se abrían los vericuetos del barrio La Perseverancia, un mundo horizontal —el del cuchillo y la barriada revoltosa— que se extendía hacia los cerros, formando un dédalo de callejas empinadas que contrastaba con el otro, el vertical de las finanzas, que se proyectaba hacia el occidente con sus torres de cristal, displicentes y anodinas.

Caminaba de prisa, intentando escapar de la galaxia de ejecutivos de paño gris y secretarias encopetadas que emergían en tropel, decididos a fugarse antes del anochecer, evitando cualquier contacto con el vecindario malandrín que comenzaba a hervir bajo sus pies. Entre esos hemisferios contrapuestos, en un retazo de calle que era tierra de nadie, el único valiente que se había atrevido a clavar el estandarte de un negocio había sido el chef andaluz.

Fermín, además de ser un gran cocinero, se había convertido en un amigo entrañable. Su Gaditano pronto se volvió el sitio predilecto para los remates de corrida, aunque, para la ocasión que se avecinaba, yo era de la opinión que era el menos apropiado. Especialmente cuando el propósito de todos era repetir el experimento, perfeccionado con tanto esmero en años anteriores, de “botar la casa por la ventana”. Para semejante bacanal, insistía con mis amigos: ¿no sería mejor una bolera del centro o una cantina de la Macarena? Sin embargo, la discusión pronto naufragó, pues al cabo de muchas propuestas terminó por imponerse la sentencia guasona de Armando Estrada, auténtico dandy que se resistía a la jubilación y al que todos queríamos por ser el mejor de los amigos.

—¡Pero, muchachos, si es que a Fermín lo conocemos todos… nadie lo discute! ¡El Gaditano nos necesita para darle lustro! Con el cuento de las peñas taurinas, ¡allá casi nunca van mujeres! Es hora de que le animemos la tienda con una buena farra.

Llegué una hora antes de la cita, todavía pensando en las ocurrencias de Armando Estrada y en el misterio —que años más tarde dejaría de serlo— de sus romances tumultuosos, que duraban lo que unos meses porque “ninguna mujer me ama con el ardor que merezco”. Sentado en la barra, degustando un vermut con hielo, distinguí a Ismael, el brazo derecho de Fermín: un moreno de Santa Marta, risueño y despreocupado, fornido como un mandinga, que cargaba cuatro charolas de loza como si fueran de cartón. Años atrás, Ismael había trabajado en las islas Canarias lavando platos y regresó a Colombia sin un duro en el bolsillo, con un revuelto de acentos y una novia de Cabo Verde, con quien hablaba un portuñol que solo ellos descifraban. Esta peculiaridad los había convertido en el blanco predilecto de las bromas en El Gaditano.

A esa hora, Fermín debía estar cumpliendo con el rito de la siesta, ya que madrugaba a la plaza de La Perseverancia y luego atravesaba la ciudad hasta el matadero de la Aduanilla de Paiba, en Puente Aranda, en una furgoneta Chevrolet de los años cuarenta, para hacerse a los mejores cortes de res. Cuando eran las diez, regresaba con costales cargados de víveres y, a partir de entonces, se encerraba en la cocina hasta despachar al último comensal. Por último, reaparecía a las seis de la tarde, rozagante y reposado, dispuesto a comandar desde la barra el acto final de su jornada. Una vez allí, se limitaba a controlar el servicio con la vista y, con una mano que parecía tener ojos, contaba las raciones que el samario sacaba del jamonero, hasta que llegaba la hora de apagar el aviso. Los últimos en salir, puestos de patitas en la calle por el propio andaluz, éramos siempre nosotros, una cofradía que se había mimetizado en el ambiente cincuentón de aquella tasca: nostálgicos de la madre patria, ganaderos endeudados, actrices de teatro, académicos de la Universidad Distrital y reporteros trasnochados que se presentaban, cuando estaba por cerrar el establecimiento, reclamando un vino caliente y una tabla de embutidos.

Adictos a las polémicas fáciles, enamoradizos y soñadores, conversadores compulsivos, padecíamos todos de un machismo sosegado que reconocíamos a regañadientes, “muy de ustedes los bogotanos”, como repetía la mexicana María Elvira, la única mujer que nos soportaba y que, gracias a la veneración de Pacho Huertas, se había instalado en el centro de nuestro grupo desde los tiempos de la universidad. El círculo del Gaditano lo integrábamos un músico, un veterinario, el fotógrafo que era yo y ella, la arquitecta de Puebla, cuya presencia opacaba la de cualquier otra mujer. Nadie pudo rivalizar con la mexicanita, ni siquiera Teresa, porque, cuando ya nos tenía encantados con sus cuentos imposibles, desapareció como una estrella fugaz, dejándonos a todos atónitos y desilusionados.

Alex Gutiérrez tocaba la trompeta y, aunque tenía pinta de irlandés, era en realidad la quintaesencia del boyacense púdico e introvertido. Alto y espigado, blanco como un cirio - salvo por los cachetes de color manzana – Guti soñaba con irse a Nueva York a tocar en los legendarios clubes del Village, pero seguía cultivando uchuvas con su padre en una finquita de Guasca. Era hijo único y, desde que su madre falleció al darlo a luz, había hecho compañía con el viejo toda su vida, motivo por el cual era incapaz de abandonarlo.

Pacho Huertas, por su parte, era veterinario y quería casarse con María Elvira, pero su pasión por las letras siempre desbarataba sus planes. Ella vivía prendida de sus cigarrillos Piel Roja, tenía una voz ronca que se confundía con la de su novio, y una inteligencia desbordante que brincaba de argumento en argumento con la misma soltura con que interpretaba su infinito repertorio de boleros. Pacho solía depositar todos los viernes un cuento en la sede de El Tiempo, con la esperanza de verlo publicado en la separata literaria de los domingos, y en las contadas ocasiones en que eso ocurría, su entusiasmo era tal que lo dejaba todo y, sin escuchar razones, se encerraba a escribir hasta que le desconectaban la luz y el agua por falta de pago.

María Elvira era la única que lograba sacarlo de su ensimismamiento, pues, cuando Pachito empezaba a delirar y a compararse con Balzac, ella lo montaba en un jeep destartalado y lo llevaba a recorrer la sabana de finca en finca, “a pullar vacas y a nacer terneros”, hasta que lo sacaba de sus penurias financieras y lo devolvía a la realidad.

Por último, estaba yo, Ramón Forero, fotógrafo y ornitólogo por afición. Cuando no estaba de viaje, era el más asiduo a las charlas nocturnas y a las exploraciones en busca de bailaderos de mala muerte. Más por lealtad a mi tío Paco que por convicción, me había obsesionado con la corrida: presumía saberlo todo sobre los ruedos, pero detestaba las fincas ganaderas y me causaban horror los potreros que se abrían paso entre los árboles. “Ni pienses que vas a comprender lo uno sin apreciar lo otro”, me reprocharía siempre Paco, y aunque admitía mis contradicciones —para un ambientalista, ser aficionado a la lidia era el colmo— amaba la coreografía de la muerte y la sublimación de aquellos sufrimientos, pero, sobre todo, los remates que se sucedían al pie de mi apartamento. Mis amigos habían optado por no hacerme tantas preguntas.

Fermín se había convertido en el padrino de nuestro grupo y, hasta la muerte de Paco, fue su brazo derecho al mando de aquella nave de grumetes, dispensando consejos, resolviendo apuros, zanjando riñas o acompañando a casa al que saliera más ebrio. Había en el andaluz una orgullosa y noble dedicación hacia las faenas de la buena mesa, aquellas que se llevan en la sangre, y aunque solía arremeter sin compasión contra los hábitos alimentarios de los bogotanos, sabía compartir sus conocimientos con un candor que nunca lo abandonaba. El blanco preferido de sus reprimendas era el dulce de brevas con arequipe: esos “higos rancios” cocinados en almíbar eran una blasfemia, y el dulce de leche, una tontería de niños. Sin duda, se trataba de las mismas dotes que alimentaban su abnegado antifranquismo, y que le hacían merecedor del aprecio incondicional del círculo de “burguesitos bogotanos y liberales trasnochados”, como nos apodaba. En aquel entonces pendíamos todos de sus labios, escuchando hasta el amanecer sus crónicas de la guerra civil española.

Nunca le faltaba el refrán picante o el piropo para halagar a Ester, la manizaleña que lo había seducido con el nuevo mundo, y a quien recordaba con tono jocoso que, por su amor, se había desprendido de un terruño que miraba al mar, asolado de olivos y genistas. Desde una esquina, donde permanecía atendiendo las cuentas del negocio, con su trenza de pelo azabache y los ojos saltando como pepas negras, Ester le devolvía una sonrisa de odalisca árabe enraizada de india Quimbaya. Era todo lo que necesitaba Fermín para aplacar sus ardores patrióticos y mitigar las penas del desarraigo de su amada Andalucía, de la que había tenido que huir siendo aún estudiante, tras una dura detención en una cárcel de Málaga, pocos días después del asesinato de Carrero Blanco. Llevaba doce años en Colombia, y su “paisita”, como la llamaba con cariño, lo tenía enganchado a los Andes como las pezuñas del toro Osborne lo estaban a los tejados de su fonda.

Ismael me recibió con gran efusión.

—Hola, mi estimado fotógrafo… ¿qué te trae por aquí?

Le comenté que estábamos organizando una fiesta a puerta cerrada, para celebrar el aniversario de bachilleres, y que yo tenía la tarea de escoger el menú, la carta de vinos, en fin, de supervisar cada detalle. Pero antes de que me agradeciera por la elección del Gaditano, me pareció prudente moderar su entusiasmo, advirtiéndole de los riesgos que corría el establecimiento y la tranquilidad del vecindario.

—Mira Ismael, estas fiestas empiezan siempre de forma civilizada, pero agárrate porque terminan en parrandas alucinantes. Vas a ver que el baile se sube a las mesas y hay gente que de la borrachera sale gateando. Además, te lo aseguro, así Fermín apague el aviso, nadie sale de aquí antes del amanecer. La última celebración fue hace cinco años, y en esa ocasión la policía nos llevó a rematarla en una comisaría.

—Tranquilo, Ramón, acuérdate de que con vosotro ya hemo hecho bastante ecuela —le respondió el samario comiéndose todas las eses.

—Bueno, ¡pero es que esta vez somos ochenta! —le repliqué.

Ismael se rió de gusto, levantando los hombros enormes como dos muslos.

—Todo saldrá bien… no te afanes.

Extendí el brazo, pero alcancé apenas a darle una palmada en el pecho porque el resto del samario me quedaba lejos. Ismael contuvo una de sus carcajadas y, por toda respuesta, levantó el vermut.

—¡Salud! —le repliqué.

—Pues bien, estamos pensando hacer la fiesta este jueves en quince. ¿Qué te parece?

—Dame un minuto, miro las reservas, quizás haya que cancelar un par, pero igual no hay problema —replicó, alejándose hacia una cómoda en busca del registro. Mientras pasaba las hojas, le conté de mi cita.

—Ismael, mira, he quedado de verme aquí con Pacho y Guti, pero no puedo esperarlos. Tengo cita donde mi madre. ¿Sabes? La merienda del mes, la de siempre, y no puedo aplazarla.

Como no había reservaciones para esa fecha, pasamos a darle un vistazo a los platos de la carta, y acordamos que nos veríamos pronto para definir los pormenores de la fiesta. Sin pensar en el desafío del chocolate que me esperaba en Teusaquillo, me apuré una segunda copa de amontillado. Tomé una servilleta y me dispuse a escribir unas líneas para mis amigos.

—Hazme un favor, explícales que los quiero mucho, pero no tanto como para quedarle mal a mi vieja —dije, doblando el papel. Me levanté de la barra y me despedí del samario con un abrazo que me dejó sin aliento.

Ya en la calle, di un último vistazo al aviso recién encendido del toro de Osborne. En la esquina, unos muchachos jugaban a la cuarta lanzando monedas contra una tapia embadurnada de grafitis. Uno en especial llamó mi atención, pues contenía la sentencia más amarga que alguien pudiera escribir sobre Colombia, tanto que durante años quedó inmaculada hasta que las lluvias la borraron. En un trabalenguas de dos versos, el anónimo poeta había escrito: “Tanta tinta tonta… tanta gente extinta”. Al pasar, los chicos me miraron de reojo: los había interrumpido mientras zanjaban una disputa, midiendo distancias entre las monedas, dando manotazos sobre el pavimento.

Apenas llegué al cruce, apareció la silueta escalonada del Hilton partiendo el horizonte con un sablazo de ladrillos escarlata. Emboqué la calle, y cuando estaba por llegar a la séptima, me superó a toda velocidad un reciclador que descendía en su carro de balineras, escoltado por un perro negro que, desde la cima de los cartones, con la lengua afuera y el cuerpo en tensión, vigilaba con ansiedad las maniobras de su amo.

Esa tarde de noviembre que llegaba a su fin, después de las copas de jerez, y mientras caminaba apresurado para cumplir la cita con mi madre, me pareció estar reviviendo las sensaciones de incógnita y despecho, el mismo rechazo por Bogotá que había sentido años atrás cuando decidí interrumpir mis estudios de Ingeniería en la Universidad Nacional y empaqué maletas para irme a Italia a perfeccionar mis conocimientos de fotografía.

Italia me había subyugado el alma. Pero al cabo de dos años de recorrerla en una vieja Moto Guzzi con la mochila al hombro, agotando en cada rincón cientos de rollos fotográficos, y todo el vino que prodigaban sus tierras, empecé a sentir que el verde de mi país retornaba contundente a abrirse paso entre mis ilusiones. Paco, después de haberme estimulado para que estudiara en Italia, ahora me esperaba para colmar en mil conversaciones aquellos años de distancia, recortados apenas por el cruce mensual de algunas cartas y por las contadas llamadas que lograba hacer desde una cabina con el truco de la monedita colgada de un cordel.

Fueron dos años de correrías que se vieron interrumpidos también por los reclamos de mi madre, que por intermedio de Paco, me imploraba que regresara a su lado. Aunque el tiempo que pasaría en el altiplano de Bogotá resultó breve, pues a los pocos meses , agobiado por el caos de la ciudad empaqué el morral y tomé la ruta de oriente. Así pues, durante otros años me extravié recorriendo la Orinoquía, desde los ríos de la Guainía hasta las selvas del Tuparro, remontando el Guaviare y descendiendo por el Isana hasta el río Negro.

En Bogotá, antes de partir hacia la Orinoquía, con el retrogusto de los vinos Chianti todavía en el paladar, entre los libros de la biblioteca Luis Ángel Arango, había descubierto las fotografías del migrante Paul Beer, y fue tal mi fascinación por su obra que me propuse seguir los rastros de sus expediciones por el Vaupés, reconstruyendo los testimonios de su paso por las tierras de los Sikuanis, cuando en los años treinta el alemán llegó a Colombia huyendo de la tragedia que comenzaba a fraguarse en su patria.

Apenas llegaba a un pueblo, buscaba un teléfono y me comunicaba con Bogotá; llamaba a mi madre y después a la tienda de fotografía Clauss para encargar rollos de 35 milímetros, ácidos y papeles, que me hacían llegar a Inírida. En la capital del Guainía hice amistad con un venezolano que trabajaba para las petroleras del vecino país sacando fotos de las maquinarias, y que enviaba informes solicitando repuestos, registrando daños y accidentes. Nos habíamos conocido en un embarcadero de latón sobre el río Meta y, al poco tiempo, estábamos compartiendo cervezas en el billar del pueblo, donde conversamos hasta el amanecer sobre Paul Beer y otros pioneros extranjeros que se habían internado en las selvas colombianas y de Venezuela a principios de siglo.

Al día siguiente, estaba revelando los rollos fotográficos acumulados en más de un año de viajes, en el laboratorio rudimental que el gentil venezolano, Alirio Cifuentes, puso a mi disposición y que había improvisado en la trastienda de su despacho: un cobertizo de zinc repleto de guacales que emanaban olores de grasa y nafta.

Así fueron pasando los meses, imprevisibles y parsimoniosos como los cauces de los ríos, hasta cuando mi madre dejó de responder a mis cartas. Una noche logré comunicarme con ella, pero su voz me llegó trémula y extraviada. Entonces decidí que debía regresar a Bogotá. Fue una segunda repatriación, motivada por las mismas circunstancias que provocaron mi regreso desde Italia. Sin embargo, esta vez no era mi tío Paco quien imploraba mi vuelta, sino mi propia conciencia y el temor de que mi madre se despidiera de este mundo sin que yo lo hiciera de ella.

Al cabo de unas semanas, el último domingo de junio de 1983, toqué a la puerta de mi casa en Teusaquillo. Estaba como un montuno, con la barba y una melena tan desquiciada que Alicia no me reconoció hasta que bajé de mi alcoba afeitado. Tan desubicado estuve por el tráfico de la ciudad y por la ausencia de pájaros en aquellas madrugadas frías, que mi único pasatiempo, durante semanas, fueron los cientos de diapositivas acumuladas en las cajas de unos habanos falsos que me regalaba un indígena Sikuani, con quien pasaba las tardes jugando dominó y bebiendo masato de yuca, cada vez que retornaba de sus comercios por las aguas del Inírida y del Guaviare.

Creía que esa época de mi vida —con las emociones que me acompañaron durante toda la catarsis del Orinoco— se había cerrado para siempre, y que las selvas nunca volverían a seducirme con sus danzas irreales, con su teatro de actores vegetales y animales. Un lugar donde la sensatez de lo humano se evapora —porque sencillamente no existe— en la soledad de las noches y la exuberancia de los días. Me había prometido que nunca volvería a desafiar, en esas tierras recónditas, los tiempos sin rumbo, circulares y eternos, que agobian el alma, esa noria de sensaciones que carcome la conciencia hasta los límites de la cordura.

Me pasé la mano por el cabello, reprimiendo el instinto de acomodarme la melena que hacía tiempo me había abandonado. Apenas atravesé la Avenida Caracas, mientras rodeaba el parque Armenia, me pareció escuchar el murmullo de las aguas del Inírida. Me detuve, cerré los ojos, y por un instante vislumbré el rostro de Jiwi, el amigo Sikuani que se hacía llamar con el nombre de su tribu. Fue un instante fugaz, porque al doblar la esquina, las imágenes de la maloca donde pasábamos el tiempo masticando ambil y apostando a los dados con semillas de ojos de buey se esfumaron en una nebulosa de memorias.

Allí, al final de una calle cerrada, iluminada por los últimos rayos del sol poniente, me esperaba la casa de mis padres, con sus dos aguas y el entramado de mampostería blanca y madera verde, los arcos de punto y la torre maciza de la chimenea irrumpiendo por encima de las buhardillas. Faltaba solo la neblina inglesa, porque, como gran parte del barrio, todo parecía el capricho de un arquitecto inglés trasplantado desde Bristol a las alturas de un altiplano andino.

Me acerqué a la puerta cargado de recuerdos y presagios. Toqué el aldabón y del otro lado intuí la sonrisa cierta y luminosa de Ersinia. El día se estaba despidiendo y la noche llegaba cargada de incertezas. Ahora me esperaban las memorias de mi madre rociadas de nebulosas, las sonrisas suspendidas… el laberinto de sus intuiciones.