Escritorio
Era un invierno frío, nadie podría atreverse a cruzar el sendero hasta el pequeño y espeluznante castillo de piedra. Fuera había una gran ventisca, la cual cubrió los lonjevos pinos de nieve y arropó las calles con un grueso manto blanco que hundía tus pies hasta las rodillas.
Sin embargo, el frío nunca fue un problema para él; hacía mil años que se había convertido en un compañero inseparable, así como también lo habían hecho la humedad y la noche.
Solo, pasaba los días sentado en un sillón de terciopelo rojo deshilachado, leyendo los mismos libros una y otra vez. O también, se sentaba a escribir largas horas en su viejo escritorio; justamente como esa misma noche.
Sentado en una silla, con un cojín azul bajo sus posaderas. Su mano palida como la luna, acabada en uñas negras, sostenía una pluma de cuervo, con la que escribía con una tinta extraña; era de color rojo oscuro, casi negro, como si fuera vino. Aquella tinta y los papeles de pergamino eran el único motivo por el que salía de vez en cuando y, además, compraba grandes cantidades para solo tener que salir una vez cada tres meses.
Seguramente, la curiosidad os hará preguntar "¿qué escribía?". Escribía poemas. Poemas que las muchachas del pueblo adoraban pues eran poemas tan hermosos que deseaban que alguien les dedicase unos versos, así como deseaban conocer la identidad del autor. Eran libros de edición propia, enviados a las librerías y bibliotecas del reino por un mensajero encapuchado. Esto resultaba más misterioso y encantador para las jovenes. Además, esto hacía que solo existiera una edición por libro y, como consecuencia, solo existían unos pocos ejemplares.
Todos ellos estaban firmados bajo las iniciales de un nombre y apellido: V.S.
Mientras que para él era un entretenido pasatiempo para que las horas y días de su eterna vida fueran más amenas, para el reino entero era un misterio sin resolver. No se había mudado; escribía siempre encerrado en el mismo castillo, sentado en el mismo desgastado escritorio, con la misma tinta y el mismo modus operandi de entrega en cada rincón del reino. Y, aún, nadie sabía quién era. Hubo muchos rumores, leyendas y confabulaciones, pero la más sonada era que se trataba de una larga generación de poetas de extraordinario talento, pues aquellos libros se escribían desde hacía más de cinco siglos. Tanto tiempo había pasado que la gente empezó a quitarle importancia al asunto y únicamente deleitarse con cada libro.
El poema favorito de todas, era una hermosa dedicatoria a una mujer comparada con la luna y el agua de los ríos. Este se llamaba, "Mi dulce noche".
Ojos de noche,
Sonrisa de luna.
Ojos de noche,
Su sonrisa me acuna.
La media luna me recuerda su boca
El río a su corazón lleno de fuerza.
Bailando entre las aguas se vuelve loca.
A su solitario dios reza,
A altas horas bajo las estrellas.
El mundo se apaga si ni está ella,
Se congela como el río en invierno.
El cielo llora de tristeza
Y el temporal en mi corazón es eterno.
Nunca me faltéis mi dulce dondella
De ojos resplandecientes como estrellas.
Nunca te desbanezcas de mi lado
O dejarás Un triste corazón desesperado.
Ojos de noche,
Sonrisa de luna.
Ojos de noche,
Su sonrisa me acuna.
Bajo llave guardo mi corazón
Para ti, bajo el río.
Tu has sido mi bendición y maldición.
Tu has sido mi calor y mi frío.
Mi doncella de la media luna,
Mi bailarina del río.
Tu sonrisa, como un niño me acuna,
Y tu voz guía mi sino.
Tu eres mi dulce noche,
Noche que he perdido.
Aunque ruego "¡No me abandones!"
Ya solo reina el frío.
Solo me queda dedicarte estos versos,
Mi dulce y adorada noche.
Solo me queda el recuerdo de tus besos
Y extrañarte sin reproche.
Todo el mundo inventaba posibles historias y motivos para aquel poema, pero sólo uno conocía el significado. Alguien que se atormentaba, ahogado por los recuerdos, en su triste y solitario escritorio, bajo una media luna e iluminado por una única y tenue luz de un candelabro casi consumido.
Pero en algún momento, todo esto habría de cambiar, no?