El chúcaro

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Summary

Un gaucho chúcaro recibe en su casa a una mujer infeliz, y con ella, descubrirá el amor.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Se hablaba de un gaucho chúcaro en ese pueblo. Tan chúcaro que nadie le sabía el nombre. Las señoras mayores no dejaban de decir lo frío que era para ser tan joven, pero no escatimaban en detallar su amabilidad y su respeto hacia las mujeres.


Se rumoreaba que el chúcaro había tenido mujer pero que quizás la perdió y por eso era tan atento a las señoras y señoritas. Los hombres rumoreaban que era un joven al que le gustaban los hombres. La realidad era que el chúcaro no encajaba ni en este rumor ni en el otro.


–Buen día, chúcaro –Le saludó doña Carmen, que siempre venía repartiendo pan, queso y leche.


En realidad lo hacía su marido Julio, pero él estaba enfermo de gripe y sus hijos estudiaban en la capital, así que nadie podía ayudar a la señora a hacer los encargos y trámites que su marido, tan arduamente siempre hacía pero nunca se quejaba.


–¿Cómo le va a usted? –El chúcaro no le brindó ni sonrisa de saludo o carisma, pero se acercó a recibir su pedido–Ya le pagaré esta semana de cuaresma que viene.


–No te preocupes, hijo. Yo espero, sé que sos un joven hecho y derecho –La señora pasó su mano en puño sobre su frente sudorosa.


–Le ofrezco un vaso con agua, señora Carmen –El chúcaro le dijo, y la invitó a pasar a su casa.


Carmen lo siguió sin oposición, era de las pocas señoras del pueblo que no le tenía algo de miedo al chúcaro.


–Te agradezco, hijo mío. Contame, ¿Cuál es tu nombre en realidad? –La señora, siempre chismosa, preguntó apenas entró a la casa del muchacho, quien sin intenciones de alargar la situación dejó la puerta abierta, casi cómo indirecta, cómo si no le molestara que Doña Carmen quisiera irse así sin más.


–No tengo nombre, doña Carmen –Le respondió él con simpleza, y sirvió agua desde su lacena para luego dárselo a la señora.


–¿Cómo no vas a tener?


–No tengo y no tengo. Señora.


El chúcaro sentenció sin más, y Carmen entendió.


–Disculpa si te molesté, hijo.


El chúcaro negó, mirándola–No me molesta, doña.


Al cabo de un ratito, después de tomar el agua, doña Carmen ya no sabía qué decir o hacer. No había quien pudiera mantener conversación con el chúcaro. No era cómo los otros jóvenes veinteañeros de pueblo, de hecho, su cara estaba tan marcada por la amargura que se sugería que debía tener al menos 10 años más de los que tenía.


Cuando doña Carmen se fue después de agradecer. El chúcaro siguió en lo suyo. Fumó tranquilamente de su pipa afuera mientras veía y escuchaba al rebaño de sus ovejas y corderos. Su caballo Montenegro pastaba bajo la sombra de un gran sauce llorón, y la tarde se hizo noche cuando el chúcaro, hambriento, decidió agarrar una gallina para hacerse de comer. Y mientras desplumaba al animal después de cortada la cabeza, dentro de la choza, una mujer de repente apareció en la puerta, asustando por un segundo al chúcaro, que con puñal en mano, la miró.


Era una chica joven, tal vez de 20 años cómo él, tal vez menos o tal vez un poco más. Traía un vestido blanco largo, cómo de pijama, sucio en las puntas más cercanas al suelo de tierra, y sucio de sangre en su zona íntima.


Era una colorada, de ojos azules, lloraba ríos de pena mientras se mordía el labio. Lejos de verse aliviada, cuando el Chúcaro se giró completamente a ella, al ver el cuchillo, se desmayó en la puerta.


Él se acercó con prisa, dejando el cuchillo en su cinturón de cuero, la quiso reanimar pero no hubo caso. La levantó en brazos y la llevó a su habitación, donde la dejó en la cama.


–Señorita…señorita –Llamaba en voz alta, pegándole suavemente a su mejilla. Pero no despertaba.

Muerta no estaba, porque respiraba. Así que la cargó, con mano suave, cómo podia, la llevó al cuarto y ahi la dejó tirada a que se despierte cuando Dios mande. Siguió desplumando la gallina en la mesa, peló unas papas después, y metió todo al fuego de una olla.


–¡Buenas noches a usted!–Una voz masculina apareció en su puerta.


El chúcaro miró de reojo, y levantó el mentón altivo.–¿Qué quiere, Don Jiménez?


Jiménez era el vecino del chúcaro, no tan vecino porque vivía bastante lejos, pero cada tanto se aparecía. El chúcaro sólo atendía cuando, en ocasiones desgraciadas cómo esas, tenía la puerta abierta por el calor.


–Se me ha escapado la borrega, verá usted–Él se metió a la casa–¿Será que la vió pasar?


–No tengo la más remota idea –Contesta.


–Seguí su rastro de sangre hasta allá –El viejo señaló a la distancia. Al camino.


–¿Por qué venía sangrando la borrega?


El viejo lo miró severo. Al chúcaro le daba asco.


–Hay cosas que es mejor no preguntar. Pero si la ve usted, me la lleva, a lo mejor se resiste, pero es porque mí pobre borreguita está mal del seso. Pero la puede amarrar, usar la fuerza, no molesta, sólo la quiero de vuelta.


El chúcaro asintió en silencio–La llevaré si la veo.


El viejo agradeció y se fue en silencio. Al rato, el chúcaro fue al cuarto, dónde la chica ya no estaba.


–Señorita…–Llamó. Y se adentró despacio, la ventana de su habitación estaba cerrada por fuera, así que no podía haber escapado, y no la escuchó abrir la puerta del baño, y definitivamente no salió de la casa porque no la vio en la sala ni la cocina.


Miró por debajo de la cama, encontrando a la chica, tapándose la cara con las manos.

–Salga de ahí –Le dijo firme y serio–O la saco por la fuerza.

La chica lloraba, negando, rogando que no lo hiciera. Pero él metió la mano y de un tirón fuerte la sacó, ella gritó por ayuda, pero él le tapó la boca.


Era tan delgada que no tenía fuerza.


–¡Cállese, mujer! –Le gritó él, y ella cesó de gritar, pero siguió llorando.


–¡Por favor, no me entregué a don Jiménez! Él me ha violado, y si yo vuelvo, seguirá violandome –Ella rogaba.


–Dije que la entregaría si yo la veía–Dijo él, levantándola de un tirón–Y no la he visto. Así que váyase de mí casa, no vuelva si no quiere con Jiménez, pero no se quede acá.


La chica lo miró, sin entender.

–¿No me entregará usted?


–No. A mí los problemas ajenos no me interesan, así que váyase.


El chúcaro abrió su placard se madera vieja, y sacó un poncho blanco.

–Se lo puede llevar–Le dijo, estrechandole la prenda.


El chúcaro se posicionó a espaldas de la colorada, y desde los hombros la empujó hacia afuera del cuarto, y después fuera de la choza.

–¿Y a dónde me voy?–Ella preguntó, mirando la noche desolada y oscura.


La llanura aguardaba con su manto sombrío a que ella vaya y se pierda.


–No lo sé. Por allá, al pueblo…–Él decía, yendose a un costado de la casa con linterna de kerosene. La chica lo siguió instintivamente, no queriendo estar sola en la oscuridad. El chúcaro caminó hasta su corral, dónde tenía tres caballos. Dos machos y una hembra separados apenas por unos tablones.


–Le daré un garañón, y usted verá donde termina –Le decía, dejando la luz sobre la estaca y abriendo el corral para sacar un caballo.


–Yo no sé montar a caballo…


El Chúcaro soltó una risa casi amarga mientras le extendía las riendas del animal.

–Le puede mentir a cien hombres, pero no a mí.


Ella lo miró, con sus azules profundamente tristes–¿Me dejará irme sola?


–Solita vino. Solita se va.


Una vez ella tomó las riendas del caballo y se puso el poncho, el Chúcaro le dio también la luz para que vaya. Y se fue dentro de su choza.


Por suerte el fuego estaba bajo, no se le estaba quemando la comida.


Escuchó las espuelas del caballo galopar despacio hacia la nada y se olvidó por completo del asunto. Pero a los quince minutos, mientras se servía comida, el galope regresó.


La chica bajó del caballo y se metió a la casa.

–¿No me quiere dar trabajo?


El chúcaro suspiró, y se acercó a la puerta para cerrarla. ¿Por qué seguía dejándola abierta?, ¿Por qué la gente se metía sin invitación?

–No.


Pero ella se metió rápido, pasándole por debajo del brazo.

–Por favor, puedo hacer cualquier cosa de la casa…sé cocinar, lavar la ropa, limpiar.


–Yo también sé hacer todo eso –Dijo él, sin perder la paciencia. Todavía.–No necesito una mujer.


–Todos los hombres necesitan una mujer.


El chúcaro la miró fijo hacia el pecho, dónde el poncho seguía cubriéndola, aunque ahora más sucio, cómo con tierra y algo más. A pocos kilómetros él tenía una huerta, quizás quiso quitarle remolacha o papas.

Al levantar la mirada, ella seguía mirándolo.


–Puedo servirle cómo usted quiera, pero por favor, déjeme quedarme.

Ella se acercó despacio, quitándose el poncho y revelando todavía su sucio vestido. Una vez lo tuvo a su diestra, ella quiso llevar su mano pálida libre al pecho del gaucho.

El chúcaro le detuvo las manos antes de que haga cualquier cosa.

–Se puede quedar. Pero no me toque –Pidió.


Ella se sintió aliviada. Y le sonrió.–Me llamo Rosita.

–Domingo.

–¿Cómo el día?

–Sí. Cómo el día.