Capítulo Uno
Todo comenzó una tarde cuando pa, con rostro muy preocupado, entró a mi cuarto. Yo coloreaba en un cuaderno con dibujos y canciones que me habían regalado el día de mi cumpleaños.
—Pucho..., Puchito..., hijo mío...
Quité los ojos del cuaderno y al verlo recién llegado le di un beso:
—¡Mi papacito...!
Lucía, la gata de la casa, también se puso muy contenta. Ronroneó alrededor de los pies de pa y después se le trepó en los muslos. Él me trajo un paquete de sorbetos con crema de chocolate, que comencé a saborear enseguida, y, acomodado en el borde de la cama, me dijo muy serio:
—Pucho, algo raro pasa con tu mamá —el tono de su voz sonó a misterio. ¿No te ha hecho ningún comentario?
Ahí estaba ma, trajinando en la cocina corno todas las tardes a esa hora. Podía imaginarIa desde mi cuarto con su bata de casa, detrás del Sazón Completo, o el puré de tomate, donde inventaba un sofrito al pollo que ya olía bien y quedaría magnífico.
—No he notado nada extraño —le dije.
—¡Qué sí...! Yo sé de lo que te hablo. Ahora protesta por todo. Ni siquiera un Buenas tardes me dio cuando llegué. Solo un No dejes la mochila encima de la mesa. ¿¡Ves!?
Pa, alto corno una antena de TV, con su gordo cogote y la cabeza pelada al rape, me pareció muy nervioso. Había perdido su aire de hombre duro especializado en seguridad y protección: un SEPSA.
—Las cosas que ha hecho Flora toda la vida ahora le molestan murmuró. Tenemos que descubrir lo que está pasando.
Últimamente ellos discutían por cualquier cosa. Anteayer, ma le dijo que estaba aburrida de lo mismo, que si lava, que si plancha, que si cocina... Pa se plantó en treinta y una y le respondió que era una desconsideración de su parte, porque él se reventaba mucho, incluso hacía guardia madrugadas enteras, para que ella le saliera con eso. Ma no lo contradijo, bajó la espumadera, fue para la cocina y continuó con un escándalo inusual de cacerolas.
Lucía maulló porque también quiso probar el sorbeto. Puse uno en su boca y lo lamió mansamente.
—¿Y qué vamos a hacer? —le pregunté.
Pa me miró y, tras un suspiro, extrajo de su mochila una libreta de lo más bonita que compró en el hotel donde trabajaba.
—Esto es para que anotes, sobre todo los fines de semana y en las tardes. Pero fíjate, Pucho, escribe muy bien a dónde va y de dónde viene y, si es posible, a qué hora sale y cuándo regresa; quiénes la visitan, de qué conversan y así, cualquier cosa que te parezca sospechosa. Algo tendremos que sacar de todo esto. ¿Lo harás? —me dijo y, sin esperar respuesta, precisó—: Para evitar complicaciones debes cuidar que la información no caiga en sus manos.
Lucía se mantuvo todo el tiempo con las orejas paradas para escuchar lo que él me indicó en tono confidencial. Yo, como iba al sexto grado, comprendí que desde ese momento me convertiría en la sombra de ma. Al principio, el asunto no me hizo mucha gracia; pero solo por tal de verlos sonreír otra vez, y porque pa recuperara su imagen de Power Ranger en acción, pensé que valía la pena intentarlo.
—Lo haré —dije.