Cuentos de brujas fracadadas

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Summary

Las brujas, en su increíble afán por diseminar la maldad a su paso, no siempre son conscientes de que fuerzas como la constancia, la virtud y el amor pueden contrarrestar cualquier conjuro. Estas poderosas supermodernas, que entienden de tecnología, intentan ejercer su poder desde nuevos códigos, siempre buscando las mil formas de anular el amor, la seguridad y la confianza de un niño. ¿Será posible que cumplan su objetivo? En coautoría con la escritora Mariam Carcasés Díaz. Ilustraciones: Ledis Sanregré Pelegrín (Ledisán).

Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
13+

Amparo Mondeja

No quiero decir, naturalmente, ni por un segundo, que tu profesora sea realmente una bruja. Lo único que digo es que podría serlo.

ROALD DAHL

Las brujas

Cuando Amparo Mondeja quería alejar a la maestra Lidia, pinchaba con alfileres a la muñeca que vestía colores alegres y recitaba una maldición. Entonces Lidia podía ausentarse por fuertes jaquecas, fiebres, o dolores musculares. Eso fue lo que sucedió la semana pasada, cuando estuvo de certificado médico por un mal paso que le afectó un tobillo. En cuanto la directora se acercó a la seño Amparo para que se hiciera cargo del aula y de los niños, esta puso su mejor cara de hipócrita, lamentó la hinchazón en la pierna de la otra y se propuso hacer de las suyas.

Su plan no podía ser más sencillo. Sin la protección de la maestra, mantendría a los chiquillos idiotizados, apoyándose en videojuegos donde prevalecía una dulce sobredosis de maldad. Y qué decir de los héroes, adversarios, compinches y pandilleros, que aparecían allí, tan mal educados, violentos y vulgares, como el peor de los personajes negativos. A la bruja Amparo Mondeja nada le daba más placer, encanto, delicia o goce, que un chico semianalfabeto y sin imaginación. ¡Salamandras…! En eso quería convertirlos como prueba de su grandeza.

La fórmula del videojuego había demostrado ser súper efectiva. Una prima suya, experta en preparar pociones y polvos mágicos, cayó en desgracia a causa de esa manía, adquirida después de vieja, de pasarse el día pegada al mando frente al televisor. Comenzó a incumplir sus compromisos y, debido a ello, a interferir en los planes de sus colegas. Lo peor fue que arrastró con ella a su escoba, a su cuervo y a sus gatos, que antes la auxiliaban a la hora de recolectar los ingredientes. Pero, al parecer, no le importaban los reproches y demandas del gremio. Al recordar el ejemplo de su prima, que junto con su reputación perdió una clientela envidiable, Amparo Mondeja pensó que tenía el éxito garantizado.

Había escogido los fondos de pantallas para embaucarlos mejor. Reflejos de luces azules; trozo de noche con punta de Luna y salpicado de estrellas; jardín cuajado de rosas y nomeolvides; mesa con cake y tartaletas... También, entre juego y juego, una frase embobecedora rebotaba de un lado a otro de la PC: Teclado y ratón, ¡qué vacilón…!

Las cosas quizás le hubieran salido bien de no ser por Adriana. Los videojuegos de Amparo Mondeja la aburrían tanto que su bostezo acababa con la visión agradable de aquellos niños boquiabiertos, algunos con hilillos de baba, mientras operaban los mandos. Enseguida la bruja dejaba su mesa y llegaba hasta ella:

—¿Qué le pasa a mi niña? —le preguntaba tratando de aflojar el rostro y fingiendo voz maternal —. ¿No le gusta lo que hace…?

—¡Ay, no…! ¡Es un martirio…! —respondía Adriana y cuatro letras, sin paisaje de fondo, se deslizaban sigilosamente en su computadora:

                              ODIO                       

                  ODIO                                    

                                       ODIO                                                                                                 —Pues trata de concentrarte. ¡Ves, los demás están de lo más entretenidos…! —la bruja hacía un esfuerzo para no desdibujarse.

El colmo fue cuando Adriana se quedó dormida. Amparo Mondeja perdió el control. La llamó irresponsable, falta de respeto y, como castigo, la mantuvo de pie al lado del asiento mientras duró la sección. La niña se asustó mucho, no sabía por qué la seño se había indignado tanto. ¡Porque no hay nada más parecido a un duende que una niña rebelde...!, mascullaba la bruja entre dientes y su odio se multiplicaba por dos. Para entonces, Amparo Mondeja ya había jurado hacerle la vida imposible.

Una tarde, Adriana le pidió permiso para ir al baño.

—¡Ay, por favor, no seas tan abusiva! ¿Acaso no sabes que está por sonar el timbre? ¡Si continúas con las in-dis-ci-pli-nas prometo que mandaré a buscar a tus padres...! —respondió Amparo Mondeja, con antipatía, e imaginó que la pequeña se haría pis en el uniforme.

Pero no. Si antes Adriana lloró al lado del asiento cuando la seño le  impuso el castigo, esta vez las puntas de las orejas se le pusieron verdes como las de esos duendes que odiaba la bruja. Salió disparada del aula y entró a un baño que había en el pasillo. Luego armó tal revuelo en la dirección de la escuela que la impostora fue denunciada, cuestionada, desenmascarada y expulsada… Y se interrumpió el hechizo que convertiría a veinte niños en adefesios. Y Adriana se sintió feliz con el regreso de la maestra Lidia. ¡Claro, después de romper el engendro de muñeca que Amparo Mondeja dejó abandonada! Y a nadie le importó que la bruja planeara su venganza bien lejos de allí.


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