Capitulo-1 ¿Venganza? Parte 1
En algún lugar de Hokkaido, Japón, el bosque estallaba en vida. Los árboles altos y verdes brillaban bajo la luz dorada del atardecer, y el canto de las aves llenaba el aire con una falsa sensación de calma. Falsa, porque aquel rincón estaba lejos de ser pacífico.
El sonido de ramas rompiéndose y risas burlonas rasgó la serenidad como un trueno. Un joven de apenas 16 años corría con una velocidad endiablada, esquivando troncos y raíces con la precisión de un felino. Su cabello alborotado y su mirada chispeante irradiaban adrenalina y rebeldía.
—¡Atrápenlo ya, idiotas! —rugió uno de los hombres que lo perseguía, un tipo fornido con tatuajes visibles en el cuello y un tono de voz que destilaba frustración.
Los dos perseguidores jadeaban mientras intentaban mantener el paso, pero el joven era demasiado rápido, demasiado ágil. En lugar de temer, el chico se reía. Se reía como si la muerte fuera un chiste y el peligro, un juego que él siempre ganaba.
—¡Vamos, más rápido, abuelos! ¿Eso es todo lo que tienen? —gritó sin dejar de correr, volteando la cabeza para lanzarles una sonrisa burlona que podría haber encendido más de un volcán.
Los hombres maldecían por lo bajo, sacando cuchillos de sus cinturones. Pero había algo más observando. Desde las sombras del bosque, ojos amarillos y brillantes seguían cada movimiento de la persecución. Yokais. Esas criaturas de leyenda no solo estaban presentes; parecían divertirse con el espectáculo.
El joven seguía corriendo, como si la palabra "miedo" no existiera en su diccionario. Entonces, apareció frente a él la línea del acantilado. Un paso más y estaría en el aire, con nada más que una caída mortal esperándolo abajo.
Pero en lugar de detenerse, sonrió aún más. Giró su cuerpo en el último segundo, enfrentándose a sus perseguidores, que llegaban justo al borde del acantilado.
—¿Qué? ¿Se cansaron tan rápido? —dijo, con una mezcla de desafío y burla en su voz.
Los matones frenaron en seco, sudando y respirando con dificultad. Uno de ellos levantó el cuchillo, apuntándolo al chico.
—Estás acorralado, mocoso. Aquí termina el juego.
—¿Juego? —repitió el joven, arqueando una ceja y fingiendo pensar—. Bueno, si lo dices así...
Y sin esperar respuesta, se dejó caer al vacío.
Mientras caía, giró en el aire, extendiendo un brazo hacia ellos con un gesto que no necesitaba traducción: el dedo del medio.
—¡Nos vemos en el infierno! —gritó, riendo como si el abismo fuera su hogar.
Los hombres se asomaron al borde del acantilado, esperando verlo estrellarse contra las rocas. Pero lo que vieron los dejó sin palabras.
El joven giró en el aire y desplegó unas membranas ocultas bajo su ropa, que se tensaron con el viento, convirtiéndolo en una criatura planeadora. Como un dragón o un lagarto, desapareció entre las copas de los árboles, deslizándose con gracia hacia la libertad.
Desde las sombras, los yokais rieron, sus voces resonando como ecos inquietantes en el bosque.
Amoru aterrizó con precisión, sus zapatos levantando un leve polvo al tocar el suelo. El amanecer comenzaba a pintar el cielo con tonos naranjas y dorados. De pie entre los árboles, observó cómo la luz se filtraba entre las ramas, iluminando el bosque en fragmentos. Una sonrisa burlona apareció en su rostro, esa sonrisa de alguien que sabe que siempre está un paso adelante.
"Esto ha sido divertido", pensó mientras avanzaba con calma, como si la persecución de antes hubiera sido solo un calentamiento.
La noche cayó, y con ella el bosque cambió. Las sombras se hicieron más profundas, los sonidos más inquietantes. Los dos yakuzas no estaban solos. Habían regresado con su jefe, un hombre con cicatrices en el rostro que hablaba con una autoridad que helaba la sangre.
—¡Encuéntrenlo! —ordenó el jefe, su voz resonando entre los árboles como un trueno contenido.
Los tres hombres seguían las huellas de Amoru, avanzando con linternas que apenas cortaban la densa oscuridad del bosque.
—¿Qué clase de lugar es este? —murmuró uno de los yakuzas, mirando nervioso hacia los árboles, donde parecía que las sombras se movían solas.
De repente, un silbido agudo atravesó el aire. Los hombres se detuvieron en seco, los tres girando la cabeza en dirección al sonido.
—¿Qué fue eso? —susurró el otro yakuza, tratando de mantener la calma.
—¿Un fantasma? —aventuró el primero, mirando alrededor con ojos desorbitados.
—¿Hachishakusama? —preguntó el segundo, con un tono que mezclaba temor y resignación.
—No digas estupideces —gruñó el jefe, aunque su voz tenía un deje de duda.
—¡Pero podría ser! —respondió el primero, cada vez más tembloroso—. ¡Ella diría "Po", no haría un silbido, pero podría ser otra cosa!
—¿El teke-teke, tal vez? —añadió el segundo, su voz quebrándose ligeramente—. Aunque no estamos cerca de una vía de tren...
El jefe perdió la paciencia.
—¡Basta con las tonterías! —espetó, girando para enfrentarlos con una mirada que podría haber perforado metal—. ¡Es solo un maldito silbido! ¡Sigamos buscando a ese mocoso antes de que se nos escape otra vez!
Los dos yakuzas asintieron con temor, pero el aire del bosque se sentía cada vez más pesado. En algún lugar entre los árboles, el silbido resonó de nuevo, largo y provocador.
Y desde las sombras, unos ojos brillaban, observándolos.