Prologo
La guerra santa estaba en su punto álgido, el aire impregnado con el hedor de la sangre derramada y el estruendo de los combates entre razas. En medio de todo aquel caos, un destino improbable estaba a punto de entrelazarse en las sombras de un bosque antiguo, donde la paz parecía tan lejana como el último suspiro de aquellos que habían caído en batalla.
En una parte de ese bosque, donde los árboles susurraban secretos olvidados, una figura solitaria y herida se encontraba recostada contra un tronco. Zeldris, el segundo hijo del Rey Demonio, había caído en combate, su cuerpo gravemente lastimado por los ataques de los caballeros sagrados. Sus ojos, fríos como el hielo, permanecían abiertos, pero el dolor de sus heridas le impedía moverse. No era un demonio que soliera rendirse, pero la intensidad de sus lesiones lo había debilitado más de lo que esperaba.
En ese preciso momento, una sombra descendió del cielo, moviéndose con gracia y rapidez. Era Lilith, la Carmesí Segadora, una diosa que pertenecía a un clan ancestral que muchos temían. Hermosa, como una figura sacada de un sueño roto, su cabello corto y lila caía sobre sus hombros, mientras sus ojos rosados—casi rojos—destellaban con una mezcla de curiosidad y cautela. Su piel blanca contrastaba con la oscuridad del bosque, su presencia casi etérea, pero llena de fuerza.
Zeldris, al verla, reaccionó con rapidez, su mano buscando la empuñadura de su espada. Su marca demoníaca brilló con intensidad, dispuesto a defenderse de cualquier amenaza.
—¡No te acerques! —rugió, su voz rasposa por el dolor y la rabia acumulada.
Lilith, sin embargo, no se detuvo. En su lugar, avanzó lentamente, sus ojos observando con atención al demonio herido. Cuando vio la gravedad de sus heridas, un leve suspiro escapó de sus labios.
—Espera, demonio —dijo ella con suavidad, su voz como un susurro en el viento—. No vengo a luchar.
Zeldris intentó levantarse, pero el dolor lo detuvo, y su cuerpo colapsó de nuevo al suelo, sangrando más. Lilith se acercó, sin miedo, y antes de que pudiera hacer un movimiento, se arrodilló junto a él, extendiendo su mano con cuidado hacia su costado herido.
—Deja que te ayude, demonio. Si me atacas, solo empeorarás las cosas —dijo ella con firmeza, aunque su tono era suave, como si su instinto de sanadora hubiera tomado el control.
Zeldris, enfurecido por el dolor y la incomodidad de su situación, luchó contra su orgullo. Sin embargo, algo en la mirada de Lilith, algo en la calma de sus movimientos, lo hizo dudar. En lugar de rechazarla, permitió que ella tocara su herida.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó Zeldris, su voz quebrada por el agotamiento, mirando a Lilith con una mezcla de desconfianza y algo más, algo que no podía identificar.
Lilith sonrió suavemente, sus ojos reflejando un brillo casi melancólico. Sin embargo, no respondió de inmediato. En lugar de hablar, algo más comenzó a suceder. Con un gesto tranquilo y decidido, levantó su mano y sus dedos se movieron en una sutil danza de luz. La energía que emanaba de ella era pura y poderosa, casi mística.
Al instante, Zeldris sintió cómo el dolor en su cuerpo comenzaba a disiparse. Sus heridas se cerraban, sus músculos se relajaban y la fatiga se desvanecía. Con un leve suspiro de alivio, se dejó caer de nuevo contra el árbol, ahora completamente sanado, pero en silencio.
Lilith terminó su sanación y se sentó junto a él, sus ojos observando el cielo estrellado mientras el ambiente se volvía más tranquilo, casi en un extraño contraste con el caos de la guerra que se libraba en otras partes del mundo. El demonio, aún atónito por la rapidez con la que había sanado, no pudo evitar mirarla de reojo.
Ambos permanecieron en silencio durante unos minutos, solo escuchando el crujir de las hojas y el suave viento que pasaba entre los árboles. La tensión entre ellos era palpable, como si ambos estuvieran sopesando la situación, intentando entender el porqué de este encuentro.
Fue Zeldris quien rompió el silencio. Su voz, aunque grave y llena de desconfianza, tenía un matiz diferente ahora, una curiosidad que no había tenido antes.
—Eres... Lilith, la Cegadora Carmesí, ¿verdad? —dijo en un susurro, sus ojos fijos en ella, como si recién estuviera reconociendo la magnitud de lo que sucedía.
Lilith no respondió de inmediato. En lugar de eso, giró ligeramente su rostro hacia él, sus ojos brillando con una mezcla de tristeza y una fortaleza inquebrantable. Finalmente, asintió con la cabeza.
—Y tú eres Zeldris, ¿no? El segundo hijo del Rey Demonio —respondió Lilith con una leve sonrisa, su tono tranquilo, casi como si hablar con un demonio de su linaje no fuera nada fuera de lo común.
Zeldris, aún recostado contra el árbol, la observó fijamente, su mirada fría y calculadora. Aunque había dejado de sangrar y sus heridas se habían cerrado, no podía dejar de preguntarse por qué ella, una diosa, le había ofrecido su ayuda en lugar de atacarlo, como era esperado entre sus razas.
—Si me conoces... ¿por qué me ayudaste? —preguntó, su voz llena de desconfianza y algo de incomodidad.
La situación era extraña. Un demonio y una diosa, enemigos naturales, sentados juntos, compartiendo el mismo aire, sin que ninguno de los dos actuara según lo esperado.
Lilith no mostró signos de incomodidad. En lugar de eso, su mirada se suavizó un poco y, sin apartar los ojos de él, respondió con una calma serena.
—No lo sé... —Lilith desvió su mirada, pensativa—. Simplemente fue por instinto, supongo.
—¿Instinto? —Zeldris levantó una ceja, claramente intrigado.
—Sí... verte herido. —Volteó a mirarlo con una pequeña sonrisa, casi como si fuera una respuesta natural—. No podía dejarte aquí.
Zeldris frunció el ceño, su mirada aún dura, como si no pudiera comprender lo que estaba sucediendo. Sin embargo, las palabras de Lilith empezaban a calar hondo en él, aunque no lo reconociera.
—Dices eso, pero matas a los míos —respondió, la ira comenzando a brotar de nuevo, como un eco de la guerra que había sido su vida.
Lilith también se puso seria, su rostro endureciéndose mientras apretaba los puños sobre su vestido celeste. Había algo en ella, una fuerza contenida, que le impedía retroceder ante las palabras del demonio.
—Lo sé, pero tú también atacas a los míos —respondió Lilith, su mirada fija en Zeldris. Aunque su tono era firme, no mostraba signos de incomodidad. En lugar de eso, su mirada se suavizó ligeramente y, sin apartar los ojos de él, continuó—: Pero eso no significa que no vea la diferencia entre lo que somos y lo que los demás esperan de nosotros.
Zeldris la observó en silencio, sus ojos fríos y calculadores, pero había algo en la serenidad de Lilith que lo desconcertaba. Ella, la Carmesí Segadora, la diosa que había matado a tantos de los suyos, estaba ahora hablándole con una calma inquebrantable, como si el odio que debería existir entre ellos no fuera tan sencillo.
—No todo en la vida es blanco o negro, Zeldris —dijo Lilith, su voz suave pero decidida—. A veces, somos víctimas de lo que nos han impuesto. De lo que esperan que seamos. Pero eso no significa que no tengamos el poder de cambiar.
Zeldris frunció el ceño ante sus palabras. No estaba acostumbrado a escuchar tales cosas de alguien como ella, y mucho menos de una diosa. En su mente, todo estaba claro: los demonios luchaban contra las diosas, y las diosas luchaban contra los demonios. No había lugar para dudas ni compasión.
Zeldris permaneció en silencio, observando a Lilith mientras sus palabras se asentaban en su mente. La idea de que podía haber algo más allá de la guerra y la venganza era algo que no podía entender del todo, pero la mirada de Lilith le transmitía una sensación de paz que nunca había conocido en el campo de batalla.
Los ojos de Lilith brillaban con una intensidad que deslumbraba incluso al demonio más endurecido. Zeldris, por un momento, se quedó completamente hipnotizado por la suavidad y el resplandor en su mirada. Aquella luz que emanaba de sus ojos parecía deshacer la frialdad que siempre lo rodeaba, y por un instante, el caos de la guerra, el odio entre sus razas, todo se desvaneció.
Pero justo cuando Zeldris estaba a punto de dejarse llevar por esa sensación extraña y embriagadora, un ruido distante quebró la tranquilidad del momento. Un crujido de ramas, seguido de unos pasos, alertó a ambos.
Lilith se separó lentamente de él, su mirada volviendo a ser firme y decidida.
—Escúchame, Zeldris —dijo con voz baja pero urgente—. No puedo quedarme mucho más tiempo. Hay alguien más cerca, y no quiero que te encuentres en más peligro.
Zeldris la miró confundido, pero antes de que pudiera protestar, Lilith le lanzó una última sonrisa fugaz, casi traviesa, antes de girarse hacia la dirección del sonido.
—Voy a distraerlos —murmuró con determinación—.Mantente a salvo.
Antes de que Zeldris pudiera responder, Lilith se desvaneció en un parpadeo, moviéndose con agilidad por el bosque como si fuera parte de la misma naturaleza. Su figura desapareció en las sombras, dejándolo solo, con el corazón palpitante y la mente desbordada por una mezcla de confusión y un deseo que no podía comprender.
Solo, bajo el silencio del bosque, Zeldris se quedó allí, su mano aún ligeramente extendida, como si esperando que ella regresara. Pero el eco de sus palabras y la sensación de su cercanía seguían latiendo en su pecho, dejando una sensación cálida y extraña que no podía deshacerse, por más que lo intentara.








