Donde acecha el silencio

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Summary

Cuando la noche se cierne y las calles se vacían, las verdades ocultas y los miedos más profundos emergen. En esta colección de relatos, diversos protagonistas enfrentan el peso de lo desconocido y los secretos que habitan en las sombras. ¿Qué sucede cuando el silencio grita más fuerte que las palabras?

Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Ecos de una fuga



El vaho salía en pequeñas nubecillas de sus labios. Clara observaba cómo aquel aire se disipaba entre las sombras del bosque, desvaneciéndose en la fría oscuridad. ¿Había hecho lo correcto al escapar? La duda la atormentaba mientras se adentraba más y más entre los árboles. Quizá huir hacia un bosque no había sido la idea más sensata, pero tampoco podía seguir confinada. Tenía una familia esperándola en algún lugar: hijos, padres, un esposo... ¿verdad?


Sus rodillas estaban cubiertas de sangre seca, el pantalón desgarrado al saltar la verja, y sus manos llenas de tierra temblaban de agotamiento. Estaba exhausta, pero quedarse allí no era una opción. "¡Levántate, corre!" La voz en su cabeza gritaba, incansable, instándola a seguir adelante, pero su cuerpo, débil y magullado, no respondía.


Las noches sin dormir habían dejado su rostro marcado con sombras violetas. Había escapado cuando "eso" cometió el error de dejar la puerta abierta. Aquel hombre de blanco, con su sonrisa impostada, la subestimaba tanto que jamás pensó que ella tuviera el valor de liberarse. Las muñecas de Clara aún mostraban las huellas de las ataduras: cardenales amarillos y verdes que se extendían como recordatorios de su cautiverio.


Desde su llegada, su mente era un caos. Recordaba las garras curvadas que la acechaban desde el pórtico, el susurro de "todo estará bien", y las risas burlonas que la mantenían despierta. Pero sabía que no era real. ¿O sí? Todo era parte del juego mental de ellos, como las pastillas blancas y azules que la mantenían en un mundo gris, monótono, sin color ni salida.


El bosque la envolvía con su frío penetrante y el crujir de las hojas bajo sus pies descalzos. A lo lejos divisó una hilera de piedras grises cubiertas de musgo, como lápidas olvidadas. Quería descansar, tan solo un instante, cerrar los ojos y dejar que el sueño la reclamara. Pero el hambre era más fuerte.


Encontró un árbol cercano con frutas maduras colgando de sus ramas. Con manos temblorosas, arrancó una. El néctar dulce se escurrió entre sus dedos, dejando manchas pegajosas en la camisa blanca que llevaba. Una placa metálica colgaba del bolsillo: "Artemia Goos". Se estremeció al leer el nombre. No era ella. Ella era Clara. Pero todos insistían en llamarla así.


Engulló la fruta con desesperación, el jugo derramándose por su barbilla mientras sus dedos temblaban. Cuando terminó, se relamió y respiró profundamente. Por un instante, se sintió libre. La brisa acariciaba su cabello azabache, y la hierba húmeda se enredaba en sus pies descalzos. Pero la libertad duró poco.


Un pinchazo ardiente interrumpió su calma. Miró su mano izquierda y vio un dardo rojo con punta dorada incrustado en el dorso. Lo arrancó con esfuerzo. La herida comenzó a sangrar un líquido espeso y oscuro que desprendía un olor acre y metálico. ¿Veneno?


Su mirada se alzó hacia las torres blancas que se perfilaban a lo lejos. Sabía de dónde había venido ese dardo. El pitido en sus oídos regresó, y la desesperación la obligó a gritar:

—¡Hijos de puta, no me atraparán!


Intentó correr, pero su visión se volvió borrosa, y sus piernas, entumecidas, comenzaron a fallarle. Tropezó, cayendo de rodillas sobre el suelo frío.


—¿A dónde creías que ibas? —La voz era tranquila, casi amable.


El enfermero se acercó con pasos firmes y la levantó en brazos con una facilidad humillante. Vestía el uniforme blanco de siempre, sus sandalias rechinaban con cada movimiento. Clara intentó golpearlo, pero sus manos carecían de fuerza.


—¡No soy Artemia! —gritó con la poca energía que le quedaba—. ¡Tienen a la gemela equivocada!


El hombre no respondió. Su rostro no mostraba más que indiferencia. Para ellos, era solo otro número en la lista, otra paciente que necesitaba "ayuda".


Mientras se acercaban a las torres blancas, Clara dejó de luchar. ¿De qué servía? Nadie le creería. Para ellos, siempre sería Artemia Goos. Pero en su mente, el grito seguía resonando: "Soy Clara. Soy Clara. Soy Clara."