Prólogo: De Vuelta A Ti
La doctora miraba fijamente el fondo de su vaso donde el hermoso rostro de una mujer se dibujaba sobre el líquido ámbar. Aquel rostro que llevaba exactamente doce años atormentándola. Persiguiéndola como un alma errante que busca sin fin el descanso eterno.
Una mano le acarició suavemente el brazo obligándola a separar la vista de su bebida.
Miró con una ceja alzada a la rubia que trataba de llamar su atención. La chica era sin duda hermosa y el tipo ideal de su yo de hace doce años. Esa versión de sí misma que tanto había llegado a odiar por acabar con lo más lindo que le había ocurrido.
- ¿Estás sola? –Preguntó la rubia acomodándose en el asiento a su lado.
La doctora Helena decidió ignorarla dando un trago a su bebida. El líquido caliente corriendo por su garganta y nublando sus pensamientos era lo único que podía sacar la pena de su corazón roto.
-Si no te intereso solo tenías que decirlo. –Dijo la chica furiosa.
“Nadie te pidió que me prestaras atención” –Pensó sin ni siquiera molestarse en responderle a la rubia que se marchó furiosa.
Chicas como aquellas las veía a diario. Venían prácticamente ofreciéndose en bandeja de plata y luego se marchaban furiosas cuando la doctora las ignoraba.
Siempre se sentaba en una esquina oscura y casi oculta del bar cerca de su departamento. Solo buscaba embriagarse en silencio para que sus recuerdos dejaran de perseguirla, pero siempre aparecía alguna chica buscando llamar su atención desesperadamente.
Tampoco podía culparlas. La doctora Helena Clark era alta y hermosa. Casi parecía modelo de portada de revista de moda con su cabello largo tan negro como la noche y sus profundos ojos azules.
Ella era perfecta. Hermosa y talentosa. Una de las neurocirujanas mejor pagadas con numerosas investigaciones presentadas a pesar de tan solo tener 35 años.
El único defecto de esta hermosa doctora era su corazón roto que le había impedido mostrar interés por alguien en los últimos doce años.
-Un shot de tequila.
-No necesito niñera…
- ¿Es que acaso tienes ganas de despertarte durmiendo en la calle?
Le sacó la lengua infantilmente a Gia, su mejor amiga, que la miraba con preocupación. Detestaba esa mirada lastimera en los ojos café de su amiga.
-Vi a esa rubia marcharse echa una furia. –Comentó tomando el shot que el bartender le sirvió. –¿No piensas volverte a dar la oportunidad de tener al menos una noche de sexo con alguien?
-No. –Contestó con evidente mal humor para que su amiga se percatara de que no tenía ganas de tocar el tema.
-Hace doce años estarías revolcándote con la primera que se te pasara por delante mientras tus novias te hacían en el hospital.
-Nunca me acosté con nadie más que no fuera Drei. Ni siquiera con mi verdadera novia. –Se defendió tomando de golpe su trago. –Sírveme otro.
-Puede, pero si te acostaste con Drei mientras ignorabas a Mika por no saber cómo terminarle sin herirle. Jugaste con ambas, las engañaste y les rompiste el corazón.
-Bastante tengo con mi consciencia Gia. –Apretó con fuerza el bazo en sus manos. –Perdí al amor de mi vida por cobarde.
- “A continuación les tenemos en exclusiva la entrevista con la familia Richter, dueños de Richt Construction…”
Levantó la cabeza de golpe al escuchar mencionar el apellido Richter. En la televisión del bar se mostraba una entrevista a los dueños de Richt Construction. En eso momentos el jefe de familia hablaba sobre el crecimiento de la empresa mientras sus dos hijos varones intervenían de vez en cuando. La mayor de sus hijas sonreía a la cámara como si estuviera ahí solo para eso. Todos tan parecidos con los mismos cabellos dorados y ojos verdes, símbolo de que pertenecían a la rica y poderosa familia Richter.
-Ahora quisiéramos saber cómo se siente al ser nominada al Pritzker por su obra señora Drei…
Una lágrima silenciosa se escurrió por su mejilla al ver en la pantalla a la mujer que tanto amaba. Su corazón se estrujó de añoranza ante aquel rostro angelical que no había cambiado nada desde el último día vio ese cabello rubio y esos ojos esmeraldas. Seguía pareciendo una niña. Una sonrisita se le escapó al recordar lo furiosa que se ponía cuando tenía 20 y las personas pensaban que su cara de niña no tenía más de 15.
No entendía nada de los términos arquitectónicos de los que Drei hablaba en pantalla, y aun así miraba embelesada el televisor en la pared deseando poder abrazarla al menos una vez más. Si la última vez que la abrazó hubiera sabido que era la última, jamás la habría soltado pues llevaba doce años añorando su perfume con olor a fresas.
-Esto no es sano Lena. –Dijo Gia tocándole el brazo para que reaccionara. –Tienes que olvidarla. Debes aceptar que Drei ya no está y rehacer tu vida.
-Si alguna vez te hubieras enamorado de verdad sabrías que es imposible olvidar cuando todo te recuerda a ella.
-No hables de lo que no sabes. –Gruñó Gia con furia, sin embargo, en seguida soltó un suspiro calmándose pues su amiga era el ser más ingenuo y tonto en la faz de la tierra. –Solo intento que veas que no volverá porque le rompiste el corazón. Jugaste con las personas y ahora te ahogas en la culpa sin intentar mejorar y seguir adelante. Dime algo Helena. ¿Si te dieran la oportunidad de arreglar todos tus errores seguirías siendo tan cobarde?
-Si un milagro así ocurriera le diría a Drei que la amo. No tendría miedo de terminar a Mika para no lastimarla…
Las pantallas de los móviles de ambas se iluminaron al mismo tiempo con un mensaje del hospital donde la neurocirujana y la cirujana cardiotorácica trabajaban.
La entrevista a la familia Richter fue interrumpida por una noticia de última hora.
“Un accidente masivo en el centro de la ciudad ha dejado un gran número de heridos y muertos. Se espera que los equipos de salvamento…
Ambas mujeres tomaron con rapidez sus chaquetas y dejaron unos cuantos billetes sobre la barra antes de salir corriendo del bar.
Helena y Gia entraron corriendo y aun acomodándose el uniforme azul claro al área de urgencias del hospital.
Aquel sitio estaba más abarrotado que de costumbre. Los paramédicos entraban unos seguidos de otros empujando camillas y gritando las condiciones de los pacientes a los pocos médicos de guardia que había en urgencias.
La mayoría de los médicos ya se habían ido a sus casas. Solo quedaban unos pocos médicos de guardia juntos con un puñado de residentes con sus internos. Los que acababan de salir de guardia como Helena y Gia ya habían sido llamados, pero por ser medianoche tardarían un rato en llegar. Las cosas se pondrían difíciles por un buen rato.
- ¡Doctora Clark! –Su atención se dirigió a Andrea, la residente de tercer año con el cabello teñido color chicle, que la llamaba desde una camilla cercana. - ¡La necesitamos por aquí!
-Adiós a mi tranquila noche de borrachera. –Suspiró con derrota.
Gia la tomó del brazo. La miró con una ceja alzada.
- ¿Estás pasada de copas? –Preguntó en un susurro. –Hace un rato no te veías nada bien.
-El trabajo hará que deje de pensar en ella. –Le dio una débil sonrisa. –Te aseguro que estoy bien. Unas cuantas copas no pueden conmigo.
Se acercó a la camilla donde una paciente se debatía entre la vida y la muerte. Tenía la cabeza envuelta en vendas ensangrentadas y la cara llena de profundas laceraciones haciendo su rostro prácticamente irreconocible. Si conseguía salir de esa quedaría con el rostro desfigurado.
El resto de su cuerpo a excepción de su mano derecha apenas tenían rasguños.
-Mujer joven sobre los 30 años. –Dijo uno de los nuevos internos cuyo nombre no se había molestado en recordar. –Presenta laceraciones profundas en el rostro que han dañado el lóbulo ocular izquierdo. Además de golpes en la cabeza y la columna.
- ¿Qué conclusiones podemos sacar a partir de esto? –Preguntó sin ganas. Detestaba tener que enseñar a esos críos.
-Sus lesiones pueden haberle provocado un traumatismo craneal y hemorragia. –Contestó una pequeña interna.
-Bien. –Se dirigió a la residente. –Llévenla a hacer una tomografía y en cuanto tengan los resultados me los entregan. También has que alguien de ortopedia le revise esa mano.
-Entendido doctora.
Para ser un accidente de tránsito tan grande no había tantos pacientes graves de neurocirugía. Solo tuvo una que otra consulta, pero hasta el momento solo necesitaba operar a la chica de antes.
- ¡Voy camino al quirófano! –Le gritó Gia corriendo detrás de la camilla. –¡Parece que llueven pacientes!
- ¡Te veo más tarde! –Contestó. - ¡También voy camino al quirófano!
Fue hasta la máquina de café en el área de descanso de los médicos. Solo aquella milagrosa bebida color marrón odcuro podría mantener sus párpados abiertos.
- ¡Doctora! –La pequeña interna de antes entró como un vendaval. –Ya están los resultados de la paciente. La esperan en el tomógrafo.
Dejó a un lado su bebida para seguir a la interna hasta la sala de tomografía repleta de internos ansiosos por ser escogidos para asistir a la doctora en la cirugía.
-Mire esto doctora. –Andrea señalaba la visible lesión en el cerebro de la paciente. –Tiene un hematoma epidural que está presionando una arteria.
-La lesión en la columna está presionando la médula. –Dijo el interno que le dio el parte de la paciente. - ¿También va a operar la columna?
Lo fulminó con sus fríos ojos azules haciendo que todos en la sala tragaran saliva.
- ¿Alguien le puede responder su pregunta?
-Aún no sabemos si hay coágulos en la columna. Hasta el momento solo es inflación que debe bajar por si solo para saber qué daños hay.
-Ahí tiene su respuesta. –Señaló a la interna. –¿Cuál es tu nombre?
-Jane Williams.
-Muy bien, Williams me asistirás en quirófano. –Señaló a la residente. –Prepárate para repararle la cara.
La doctora entró al quirófano cuando el anestesista comenzaba a sedar a la paciente. Las enfermeras se acercaron rápidamente a colocarle los guantes.
Todo estaba listo para la complicada operación. Primero quitaría el hematoma y luego dejaría a la residente encargarse de quitarle el ojo dañado que ya no tenía salvación.
-Sierra…
Las horas pasaban y la doctora no lograba controlar el derrame pues otras áreas del cerebro comenzaron a sangrar ininterrumpidamente. Apenas lograba detener el sangramiento en un área otra comenzaba a sangrar impidiéndole llegar al coagulo que estaba presionando la arteria.
-Doctora, la paciente está entrando en parada. –Dijo Andrea cuando aquellas máquinas infernales comenzaron a sonar taladrándole el cerebro. –Tiene que detener el sangrado o morirá.
- ¡Eso intento!
- ¡Doctora!
Tiró los instrumentos sobre una bandeja.
-Denle la vuelta. –Ordenó. –Williams, comienza la reanimación.
La joven interna comenzó a presionar el pecho de la paciente.
- ¡Carga a 300! –Ordenó mientras tomaba las palas. - ¡Despejen!
La descarga eléctrica sacudió el cuerpo de la paciente.
-Sigue sin reaccionar. –Dijo un enfermero.
- ¡Carguen a 300 otra vez!
La reanimación continuó por otros 15 minutos en los que la doctora trató de reanimar a la paciente, pero todos en aquella sala sabían que estaba muerta. Ni siquiera habían podido detener el sangrado en su cerebro y mucho menos llegar al hematoma que en un principio era el problema.
-Asistolia doctora. –Dijo Andrea mientras la cirujana dejaba a un lado las palas. –No hay nada que hacer.
Asintió con su corazón estrujado por el dolor. Podía contar con una mano los pacientes que habían muerto en su mesa de operaciones. Por eso era la mejor. No soportaba el dolor de saber que alguien murió por no haberse esforzado lo suficiente, pero a veces ni el mayor esfuerzo lograba mantener con vida a un paciente.
-Hora de la muerte: 6:38 AM.
Inmediatamente salió de la sala de operaciones siendo seguida por la residente con cabello de fantasía.
- ¿La han identificado? –Preguntó arrancándose de un tirón la mascarilla y los guantes ensangrentados.
Andrea revisó su celular y asintió tristemente.
-Uno de mis internos la identificó y llamó a los familiares. Están afuera.
La doctora y la residente se despojaron de la ropa quirúrgica hasta solo quedar en sus monos.
La sala de espera estaba abarrotada de familiares esperando noticias. Por lo que parecía era la primera en terminar una cirugía y no venía con buenas noticias.
La cabeza de todos los familiares se giró inmediatamente hacia ellas al verlas salir del área de cirugía.
- ¡Familiares de Drei Richten!
La doctora se giró con sorpresa al escuchar al residente decir ese nombre. Las lágrimas escurrieron por sus ojos mientras su cerebro comenzaba a procesar la información.
Si Andrea llamaba a la familia Richten solo podía significar que la mujer que acababa de morir en su mesa de operaciones era… el amor de su vida.
Sentía el mundo moverse a su alrededor, pero ella se sentía perdida. Envuelta en un dolor tan grande que no podía ni siquiera procesarlo.
Una joven rubia se acercó enseguida con una niña rubia tomada de la mano. Ambas seguidas por un hombre alto y pelirrojo que no paraba de hablar por teléfono ni para saber qué noticias traían las doctoras.
-Soy su hermana. –Contestó la chica cuya voz trajo a la realidad a la doctora.
Se quedó mirando atentamente el rostro de la joven que no había visto desde que esta era una niña. Aunque todos los miembros de la familia Richten con sus cabellos rubios y sus ojos verdes eran casi imposibles de reconocer unos de otros, a aquella chica la recordaba perfectamente pues compartía la misma madre que el amor de su vida. Tenía delante a Hana Richten.
La joven se veía confusa pues también parecía haberla reconocido, aunque la última vez que se vieron Hana tenía solo diez años.
- ¿Eres Helena? –Preguntó Hana haciendo que la niña también sintiera curiosidad por la doctora. –¿Me recuerdas? Soy Hana, tu excuñada.
- ¿Mamá tenía novia? –Preguntó la niña que pronto estaría en la adolescencia.
La doctora tuvo otra punzada de dolor intensa que la hizo llevarse una mano al pecho al enterarse que su difunto amor había seguido adelante mientras ella seguía ahogándose en los recuerdos.
-Eso no tiene importancia Hella. –Comentó el hombre separándose por primera vez del teléfono. –Solo necesito saber cuándo mi esposa podrá salir de aquí. Tiene muchos asuntos pendientes que atender.
- ¡Cierra el pico Dyonis! –Gritó Hana. –Mi hermana no estaría aquí si no fuera por la estúpida pelea que tuvieron.
Los gritos y peleas siguieron en aumento entre Hana y Dyonis. La doctora cada vez los sentía más lejos. El dolor en su pecho solo aumentaba cada vez más hasta que un quejido salió de su boca llamando la atención de la residente.
- ¡Qué alguien traiga una camilla! –Chilló la residente, pero la doctora ya no la escuchaba. –¡Aguante doctora!
Pero la doctora solo vio como todo se volvía oscuro mientras las lágrimas salían a borbotones de sus ojos y el dolor en su pecho aumentaba.
Abrió los ojos exaltada y confundida. Tenía la cara bañada en lágrimas y el dolor en el pecho se había transformado en una molestia persistente e incómoda.
-Cariño. ¿Te encuentras bien?
Aquella voz la sobresaltó pues llevaba doce años sin escucharla.
Con miedo examinó el rostro de la mujer pelirroja de ojos avellana que se encontraba a su lado en la cama. Mika no había envejecido ni un solo día desde aquel fatídico momento en que todo se fue a la mierda.
-Lena me estás preocupando. –Dijo Mika tratando de acercarse inútilmente pues Lena se alejó hasta quedar en el borde la cama.
- ¿C-como es posible que estés aquí? –Respondió débilmente sintiendo la garganta rasposa. –Gia me contó que te casaste y te fuiste a vivir al extranjero.
Mika la miró con preocupación y tocó su frente.
-No tienes fiebre. –Dijo la estudiante de medicina. –¿Tienes dolor de cabeza o fue solo un mal sueño? Nunca me casaría con nadie que no seas tú mi amada novia.
- ¡No soy tu novia! –Gritó levantándose de la cama asustada
Aquel cuarto tampoco podía ser real. La decoración minimalista y todas aquellas plantas que Mika tanto adoraba. Lo habían decorado juntas. Era el cuarto del apartamento donde vivieron juntas cuando eran estudiantes de medicina doce años antes.
- ¡Terminamos hace doce años cuando te engañé!
Mika se levantó furiosa. La cara de ambas estaba tan cerca que podía sentir el aliento de la chica.
- ¿¡Me estás engañando con alguien!? –Gritó furiosa. –No basta con hacerme el hazmerreír de la facultad porque coqueteas con toda la que se te pasa por delante. Ahora te haces la amnésica para eludir que me hiciste una cornuda…
El teléfono en la mesita de noche se encendió con un mensaje. Aquel teléfono era suyo, pero era el que usaba cuando estaba en la escuela de medicina.
- ¡Helena no te hagas la sorda!
Lo tomó en las manos ignorando los gritos que Mika le propiciaba mientras se dirigía a ver quién tocaba la puerta de su apartamento.
“Huye del apartamento. Drei se enteró de todo y va camino a ahí”
Era un mensaje de Gia diciéndole que Drei iba a buscarla, pero Drei acababa de morir en su mesa de operaciones.
No era para nada gracioso lo que estaban haciendo Gia y Mika.
Fue entonces que reparó en la fecha del teléfono: 16 de enero del 2012. La fecha estaba mal pues tenía doce años de atraso. Tenía que estar mal. No había otra explicación.
-A quién buscas. –Escuchó la voz irritada de Mika proveniente de la sala.
- ¡ESTOY BUSCANDO A HELENA, MI NOVIA!
Reconoció enseguida aquella voz que creyó no volver a escuchar. Corrió hacia la sala para encontrarse con un milagro. Pues la mujer que acababa de morir en sus manos estaba de pie en el umbral de la puerta mirándola con sus ojos verdes heridos y cristalinos por las lágrimas.