Prefacio
28 de Noviembre
10:24 PM
El Padre William esperaba la visita de alguien. sabia que era un poco descabellado, pero presentía que aquella noche de noviembre llegaría una visita bastante inesperada a las puertas de la iglesia. La noche era lluviosa, el silbido del viento rugía afuera del resinto, próximamente habría una tormenta, pero por el momento todo seguía en calma.
El Padre William se arrodilló en uno de los sillones que había en el lugar, para luego dirigir su mirada hacia la figura de Jesucristo anhelando que escuchará sus plegarias, las yemas de sus dedos sostuvieron el escapulario con delicadeza como si se fuera a romper con solo un suspiro que diera.
Antes de que pudiera cerrar sus ojos un sonido llamo su atención, unos ligeros toques a la puerta fue lo que lo hizo levantarse para dirigirse hacia esta misma.
Los toques se volvieron cada vez más insistentes, creando asi una sensacion amarga en la boca del padre. al llegar a la gran puerta de madera un chirrido se escuchó gracias al movimiento un poco brusco de esta misma, la brisa helada se colo de inmediato en el espacio, la insistente lluvia era cada vez más fuerte, pero lo que más llamó su atención fue la presencia de un joven.
Su pálido rostro estaba salpicado de sangre, al igual que su traje, el cual consistía de un pantalón de color gris con una camisa blanca, su atuendo empapado de aquella llovizna, sus manos bañadas completamente de un rojo carmesí.
El joven, sin decir ninguna palabra, entro a la iglesia, sin dirigirle la mirada al Padre, quien no lo juzgo, cerrando la puerta de inmediato luego de que aquel muchacho pasara por su lado. Sabía que haberse quedado tan tarde, había sido un error y minutos más tardes iba a ser el más grande.
Cuando se volteó pudo ver cómo aquel joven desconocido estaba sentado en la última fila, la más alejada de la figura de Jesucristo.
El Padre William dejo al joven unos minutos para ir a la bóveda por algunas cobijas, tal vez esa noche no sabría el porqué de su visita, pero al menos habría podido ayudar a una persona quién lo necesitaba. Cuando regreso se encontró con el muchacho en la misma posición con la mirada perdida junto con una expresión apagada.
—Mira, te traje unas cuantas cobijas— Soltó una pequeña risa mientras que se las entregaba, el joven no se inmutó y el Padre al no obtener respuesta se las puso en las piernas para que fuera agarrando un poco de calor
El joven no respndio. el Padre confundido observaba al muchacho quien parecía roto, como si hubieran cortado sus hilos, los cuales lo sostenían, no tenía expresión en su rostro, pero sus ojos expresaban más que las palabras. Pasaron varios minutos hasta que por fin un murmullo se escuchó en el lugar.
—No sabía que podía odiar tanto algo que amo, Padre— Dijo en un susurro.
—¿Cómo así, hijo mío?— Pregunto el Padre William.
—La ópera, es algo que amo con mi vida...
—Quisiera que este sufrimiento se acabará —El joven recogió sus pies para poder abrazarlos—Aunque hice un juramento, no podría librarme tan fácil del castigo que tengo.
—¿Cuál fue ese juramento?
—Hasta que mis cuerdas vocales se desgasten, hasta que mi garganta sangre demostraré que soy el mejor sopranista de toda Corea.
—Eso es un poco exagerado, no creo que te tengas que desgastarte tanto física como mentalmente para conseguir aquello— El padre le dio una pequeña sonrisa haciendo que sus ojos se cerraran y dejaran ver las arrugas de estas.
—Suena triste, pero es lo que me toca hacer, así es el mundo de la ópera. Si no das todo, no sirve de nada.
—¿Por qué, hijo mío?, No opino que aquello sea saludable para ti— Dijo delicadamente esperando a que el muchacho no se asustara.
—La ópera, aunque no lo crea, es un lugar oscuro. Soy una marioneta en medio de los titiriteros.
—Considero que lo mejor sería que dejaras aquel mundo, no es bueno estar en un lugar donde te hagan daño— Dijo con voz firme.
El joven lo vio a los ojos manteniendo el contacto antes de que se parará de su asiento para poder caer de rodillas al suelo, al lado del Padre, quien lo miraba con curiosidad.
—Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Perdona mi deuda, pero no perdones la de mi deudor, he caído en la tentación, pero líbrame del mal.
Un escalofrío pasó por la columna vertebral del Padre quien sintió el ambiente pesado en aquel sitio, aquella paz que había en la iglesia se había acabado de esfumar.
—¡Detente!— El padre se paró de su sitio para arrodillarse al frente del joven, quien con lágrimas en sus ojos seguía recitando más fuerte, mientras que apretaba sus puños con rabia.
—Con su sangre en mis manos me arrepiento, pero mis actos ya fueron cometidos, no me dejes caer en el infierno. La sangre corre al igual que el reloj, así como su tiempo se agotó y llego su final, has conmigo lo mismo.
El joven soltó un suspiro pesado antes de caer al suelo inconsciente, el Padre asustado atrajo el cuerpo pesado a su regazo, comenzó a llorar con un nudo en la garganta, jamás en su vida había pasado por una situación similar.
Sus manos temblaban de miedo, un sonido de vibración hizo eco en el lugar, haciendo que el padre diera un brinco en su lugar. El hombre buscó desesperadamente aquello que, hacia aquel ruido, hasta que encontró en el bolsillo trasero del traje de aquel joven un teléfono el cual tenía una llamada entrante.
Sin dudarlo mucho contesto, se llevó el teléfono al oído derecho antes de contestar con voz temblorosa.
—¿Hola?— El padre logro escuchar una respiración agitada al otro lado de la línea.
—Jungkook, ¿Estás bien?, ¿Dónde estás?— Pregunto una voz masculina, la cual tenía un tono de preocupación.
—Disculpe, habla el Padre William.
—¿Qué?, Perdone pero... ¿Por qué tiene el teléfono de mi amigo?— El padre logro escuchar pasos apresurados por parte de aquel hombre quien había llamado.
—Él... El vino a la iglesia y acaba de desmayarse, por favor venga por él, llamé una ambulancia urgentemente— El padre con las mangas de su camisa limpio, el rostro del joven quien estaba inconsciente entre sus piernas, logro ver una pequeña cicatriz en su cuello la cual parecía llevar cierto tiempo en su piel.
—Por favor, dígame que no es la iglesia del Rosal...
—Sí, si hijo, es esa misma—Contesto de inmediato el Padre.
—Voy para allá, no se preocupe, llegaré con una ambulancia— El padre logro escuchar de aquel joven acompañado unos gritos, los cuales se oyeron a través del teléfono— Tardaré unos diez minutos, espéreme.
—Gracias, hijo.
—Tengo que preguntar, ¿Por qué mi amigo está con usted?
—Lamento decirte, hijo mío, que lo que ocurre en la iglesia, se queda en la iglesia— Dijo el Padre en un murmullo.
—No creo que eso le vaya a decir a los paramédicos— El padre evito responder a aquello, su curiosidad le gano y finalmente pregunto.
—¿Cuál es tu nombre?— El padre pregunto antes de colgar, aunque quería preguntar sobre el desconocido al chico quien estaba en sus piernas.
—Seokjin, Kim Seokjin.