El conde negro
Aquella mañana, el marqués se despertó más temprano de lo habitual. Eran las cuatro de la madrugada y, con las brisas de oriente, comenzaban a llegar los primeros trinos de las mirlas desde los campos de la plantación, ubicada en la pequeña comuna de Guinaudée, en Saint-Domingue. Alexandre Antoine Davy de la Pailleterie llevaba días meditando cómo reunir dinero para retornar a Francia, pues había comprendido que estaba irremediablemente arruinado. Lo había perdido todo, incluso aquellas tierras sembradas de tabaco y caña de azúcar que había heredado de su padre. Sabía que, en cualquier momento, llegarían sus acreedores a reclamarlas. El único patrimonio que le quedaba eran unos cuantos esclavos viejos, quienes aliviaban las noches con sus cantos de baladas en créole, sus partidas de dominó y su resignada espera a ser rematados al mejor postor en la plaza de mercado de Jérémie. La noche anterior, el francés había tomado la decisión de jugarse su última carta: vendería a los esclavos y, con ese dinero, obtendría lo suficiente para embarcarse en el primer bergantín que lo llevara de regreso al viejo mundo.
Escuchó los pasos descalzos de su esclava predilecta entrando en la habitación. Era una mujer esbelta, de raza angoleña, a quien había comprado de un mercader portugués cuando los negocios de la plantación aún prosperaban. No se había detenido a regatear; todo lo contrario, aceptó sin pestañear el precio que le pidió el lusitano. Sin embargo, justo en ese momento apareció otro hacendado dispuesto a ofrecer más por la hermosa esclava. Alexandre Antoine, decidido a quedarse con ella, terminó ganando la puja. Cerrado el trato, la ayudó a cargar sus escasas pertenencias y, tomándola por la cintura, la colocó como un trofeo detrás de su cabalgadura. Ella iba sentada con la elegancia de una dama. Partieron al paso, ante las miradas perplejas de los aldeanos. Al llegar a la plantación, la esclava le murmuró al oído su eterno agradecimiento y, con un tono sensual que le provocó escalofríos, le confió su nombre completo: Marie Cesette Dumas.
Mientras se abotonaba la camisa frente al espejo, suspiró al recordar aquel día y los años de placidez que siguieron en la plantación después de ese encuentro. Cesette pasaba las noches con su amo, pero solo cuando este la llamaba a su lado. El resto del tiempo lo dedicaba a las cocinas, al labrado de los campos o al trabajo en las pocilgas. Aquella noche, Alexandre Antoine le pidió que lo dejara solo. La esclava le había dado cuatro hijos: tres niñas y un varón, el primogénito, a quien llamó Thomas Alexandre. Los cuatro mulatos crecieron en la casa principal, atendidos por su madre esclava y por una corte de sirvientes, pródigos en prestar los cuidados que, en las Antillas del siglo XVIII, se reservaban a los vástagos de la nobleza francesa.
El marqués llegó a la plaza del mercado seguido por una carreta tirada por bueyes, en la que viajaban sus últimos nueve esclavos. Iba decidido a negociarlos con el mismo mercader que le había vendido a Marie Cesette. Ella, en cambio, viajaba adelante, acompañada de sus cuatro hijos, en un coche tirado por un par de corceles. Al gobierno de este, orgulloso de su prole, iba el propio Alexandre Antoine. Era una mañana tórrida de agosto. Aunque no llegaba un soplo de viento, del puerto ascendían los humores de los pesqueros, como ráfagas de descomposición. El marqués sudaba copiosamente. Desde que salieron de la plantación, lo asaltaba el temor de que sus cuentas, quizás, fueran demasiado optimistas. Supersticioso como era, se había rehusado a bajar al puerto para averiguar los costos de su viaje a Francia. Ahora, a punto de vender lo último que le quedaba, lo invadía la duda de si obtendría lo suficiente para regresar a las tierras de sus ancestros: allá en Pailleterie, donde, muy seguramente, lo daban por desaparecido. Confiaba en recuperar sus títulos y, al menos, una parte de la fortuna que, tras tres décadas de quiméricas empresas, había visto desvanecerse en Saint-Domingue.
El pequeño Thomas Alexandre estaba sentado al lado de su madre. Sus tres hermanas, en la banca del frente, lo observaban mientras él se entretenía enroscando, entre los dedos, los rizos negros que le caían rebeldes sobre la frente. Su padre se había detenido a conversar con el lusitano. El niño los seguía con la mirada mientras ambos se acercaban a la carreta, evaluando la “mercancía humana”: el grupo de esclavos que, en silencio y resignados, atendían la señal para descender. Para ellos, se avecinaba un futuro aciago y oscuro. Pronto estarían bajo el yugo de otro amo. Agobiados por la incertidumbre y el desasosiego, algunos incluso comenzaron a añorar la vida de miseria y privaciones que el destino les había deparado en la plantación del marqués. Porque, a pesar de todo, y gracias también a los buenos oficios de Marie Cesette, se habían salvado de las vejaciones corporales y de las humillaciones violentas, muchas veces mortales, que eran frecuentes entre sus pares en aquella colonia francesa.
El lusitano, que respondía al nombre de Joao Cesar, llevaba una pizarra y, con una piedra de coral, anotaba los nombres, la edad, la altura y el peso aproximado de cada esclavo. Iban bajando uno a uno para la inspección corporal, minuciosa y eficiente, que el mercader realizaba con la pericia de quien evalúa bestias. El marqués atendía en silencio, lanzando miradas furtivas a las cuentas del portugués. Cuando este terminó, volvió la mirada hacia el coche donde Marie Cesette y sus cuatro hijos sollozaban inconsolables, pues asistían, incrédulos, al lúgubre negocio que adelantaba su padre.
—Monsieur Alexandre, por esta carga de negros, puedo ofrecerle una suma excepcional: mil cuatrocientas libras. Por tratarse de usted, un viejo cliente. Entenderá que una oferta mejor es imposible. Si gusta, investigue aquí en Jérémie, con otros mercaderes, por si acaso obtiene un mejor precio.
El marqués palideció al escuchar la propuesta del lusitano. Con la esperanza de que ofreciera una suma mayor, le sugirió que se quedara también con la carreta y los bueyes. El mercader respondió con un silencio elocuente. Fue entonces cuando dirigió la mirada hacia el coche, señalando, con un gesto solapado de los labios, al grupo de niños mulatos que seguían presenciando la escena entre sollozos. El marqués, indignado —al comprender que el mercader estaba dispuesto a subir considerablemente la oferta si añadía a los cuatro niños y, por qué no, incluso a la madre esclava—, profirió una blasfemia en dirección al portugués. Acto seguido, levantó el látigo y ordenó a todos los esclavos que regresaran a sus puestos. Sin decir más, volvió al frente del coche y, azuzando a los corceles, retornaron todos sobre sus pasos hasta la plantación.
No se conocen las discusiones que Marie Cesette y el marqués pudieron tener aquella tarde, cuando, tras dos horas de camino, regresaron con sus hijos y los esclavos. Lo cierto es que un silencio lúgubre y expectante se apoderó desde entonces, como la sombra de un atardecer sin cielo, de todos los campos de caña, invadiendo también los rincones de la casa principal. A las tres de la mañana, Marie Cesette se despertó de un sobresalto. En sus sueños le pareció escuchar el relinchar de un caballo, y, en efecto, a los pocos instantes oyó el rumor de unos cascos que se alejaban al galope en dirección al mar. Entró en la habitación del marqués. Los tendidos de la cama estaban intactos, apenas un poco arrugada la colcha de lino blanca. Alexandre Antoine había pasado la noche meditando, sin cambiarse, tendido sobre la cama, luchando contra una decisión que le partía el corazón pero que ya había tomado. En sus oídos retumbaba la cifra que el lusitano había pronunciado pocos segundos antes de que regresara indignado a la plantación: cinco mil libras. Casi cuatro veces lo que había ofrecido por los nueve esclavos.
Marie Cesette se echó de bruces sobre el tendido, llorando desconsolada, temiendo lo peor para ella y sus hijos. Las horas transcurrieron con una lentitud asfixiante, hasta que el reloj del salón marcó las seis. Desde lejos, vio acercarse una caravana con dos carretas, precedida por tres hombres a caballo que avanzaban al paso. Entre ellos reconoció al marqués, que iba al frente, con la cabeza encajada entre las solapas del chaquetín. Un poco más atrás, distraído y mirando hacia el horizonte, venía el lusitano, flanqueado por un negro cimarrón que montaba a pelo una yegua palomina. Al llegar frente a la casa principal, los esclavos comenzaron a salir de sus barracas y, sin esperar órdenes, se colocaron cabizbajos contra las paredes de caña brava, sosteniendo los sombreros de paja entre las manos.
El marqués se apeó del caballo con lentitud, como si sobre sus hombros hubieran caído veinte años más de vida. Entró a la casa principal y, sin mirar a los ojos a Marie Cesette, subió a grandes pasos la escalera que llevaba a las habitaciones donde dormían sus hijas y el pequeño Thomas Alexandre. Tres esclavos lo seguían; bajo sus instrucciones, tomaron en brazos a las niñas, que seguían profundamente dormidas. El marqués, mientras tanto, entró en la alcoba del varón. Cual no sería su sorpresa al verlo ya de pie. El pequeño mulato se había vestido con su traje de los domingos y parecía enfrentar, con una gravedad inusitada, el momento infame de aquel despido. Clavó los ojos en los de su padre y, sin pronunciar palabra, salió de prisa en busca de los esclavos que cargaban a sus hermanas somnolientas. Thomas Alexandre se acomodó junto al portugués, y desde el pescante del carruaje registró, desconsolado, la última imagen de sus padres. Bajo el umbral de la casona de madera de la plantación, separados por la congoja y las lágrimas, vio a su madre postrada de rodillas, implorando misericordia, mientras su padre, impotente y subyugado, con la mente puesta al otro lado del océano, se disponía a alejarse para siempre de la isla que lo había traicionado.
Pocos meses después, con el dinero obtenido de la venta de sus hijos y tras una travesía atlántica que lo llevó desde Saint-Domingue hasta el puerto de La Rochelle, Alexandre Antoine llegó a las puertas de la catedral de Tours. Allí lo esperaba una reunión con el obispo, su pariente más cercano. Con la ayuda del clérigo, quiso la fortuna que recuperara sus títulos y, al cabo de un tiempo, tras vender el castillo familiar en Pailleterie, regresó a Saint-Domingue con la intención de comprar al mismo mercader la libertad de sus hijos.
Porque el lusitano y el marqués, en la angustiosa negociación de aquella madrugada en la plaza de Jérémie, habían acordado que un día se encontrarían para revertir el negocio.
—Le doy mi palabra de que estarán en buenas manos. Vuelva lo más pronto que pueda. En cuanto a la madre, procuraré que siempre esté con sus hijos.
Con esas palabras y la promesa de volver a verse, se despidieron.
En una mañana ventilada por los alisios, cuando Alexandre Antoine desembarcó en Puerto Príncipe procedente de Francia, el mercader portugués lo recibió con una noticia devastadora: pocos meses después de su partida, Marie Cesette había fallecido de disentería. Su cuerpo yacía en un pequeño camposanto a las afueras de la comuna de Guinaudée. Los niños, mientras tanto, habían crecido bajo el cuidado del mercader, quien nunca tuvo el coraje de venderlos. Así, retornaron todos a Francia con el marqués decidido a recuperar el amor que por tanto tiempo había negado a sus hijos y a obtener su perdón por la infamia de aquel abandono.
Al joven Thomas Alexandre le fue reservada la mejor educación que correspondía a los nobles de la época. Ingresó a la academia de armas de Nicolas Texier de la Boëssière, donde, al poco tiempo, fue seleccionado entre los acólitos del caballero de Saint-Georges, un mulato célebre en los círculos parisinos por su maestría con el violín y su prodigioso dominio de la esgrima. No pasó mucho tiempo antes de que el hijo de la esclava Marie se convirtiera en un joven fuerte y apuesto, hábil con las armas.
Mas, como la suerte es una dama errática, un día el joven mulato tuvo un fuerte altercado con su padre, quien, sin pensarlo dos veces, lo desheredó y le prohibió usar sus títulos. Thomas Alexandre se enroló entonces, con el apellido de su madre, como soldado raso en el regimiento de la corona. Sus hazañas fueron tales que llegaron hasta los oídos de Napoleón, quien decidió nombrarlo al frente de un regimiento de treinta y cinco mil hombres para liderar la campaña de Italia. Allí, en el sur de la bota, luego de que Bonaparte le diera la espalda por sus convicciones republicanas, el joven general cayó prisionero durante dos años en Tarento.
Enfermo y lisiado por las adversidades y las batallas, Thomas Alexandre, con una pensión de apenas cuatro mil francos, regresó a buscar la paz en un pequeño pueblo de la Picardía, llamado Villers-Cotterêts. Allí, tiempo atrás, había conocido a su esposa, Marie-Louise-Élisabeth Labouret, la hija de un posadero. Con tan solo cuarenta y tres años, el Conde Negro, como lo apodaban con infinito respeto los austriacos, habría de despedirse de este mundo. Dejó el apellido de su madre, Dumas, como herencia al prodigio de un hijo, a quien también llamó Alexandre. Con su pluma, mucho tiempo después, el nieto de la esclava Marie Cesette habría de reivindicar el legado de su padre mulato. No obstante, la memoria de los arbitrios sufridos por aquellos niños mulatos, a manos del melancólico plantador de Saint-Domingue, habría que descifrarlos entre las páginas de sus obras maestras.
Hoy, en esta fría mañana de enero, mientras termino estas líneas, decido salir a recorrer las calles de París. Desde lejos, escucho los aullidos de las sirenas de las ambulancias, y desde mi ventana observo almas sin rostro, cubiertas con mascarillas, descendiendo por los Campos Elíseos. Decido rendir mis respetos al lugar donde alguna vez estuvo erguida la estatua del Conde Negro, levantada por la voluntad y gracia de Anatole France, hasta que los colaboracionistas nazis la derribaron, para siempre, en vísperas de la entrada de Hitler a París.
Respirando profundamente el halo frío del invierno, llego a la Place du Général Catroux y observo el monumento de unas cadenas rotas que, décadas después, llegó a ocupar el sitio de la estatua del Conde Negro. Entonces exclamo, lleno de emoción: ¡por supuesto, aquí estuvo la estatua de Thomas Alexandre! Porque, de repente, me llegan desde Puerto Príncipe los humores del mar Caribe, y desde el umbral de una casona de madera, en una vereda de Jérémie, en el noreste de Haití, me parece escuchar el llanto desconsolado, pero resuelto, de un jovencito mulato despojado de su libertad. Me retiro de la plaza con la certeza de que, por algún sortilegio sobrenatural, Thomas Alexandre fue el primero en reconocerse, gracias a la pluma de su hijo, en la figura de su alter ego: Edmond Dantès, Conde de Montecristo.