El botón
Hace media hora que estoy aquí, en una sala teñida totalmente por el color negro, el ambientador con olor a sal me está matando y lo único que veo es un botón, blanco, no hay nada en él, solo está ahí en el piso, creo que es el piso.
No hay nada más visible, por lo menos. Es más, el botón parece ser una fuente de luz; extrañamente, no ilumina nada, solo muestra el botón. Supongo que es por el color de las paredes.
Decidido a no tocarlo, comencé a dar vueltas pegado a las paredes con la esperanza de que, si no veo algo, por lo menos sentirlo. Justo ahí, la tentación aumentó un poco al liberarse un olor diferente; era dulce y suave. Aquella fue la primera vez que sentí aquel olor entrando hacia mis pulmones.
Le di la vuelta a la sala. Ya cansado, me di cuenta de que era demasiado grande, el techo no era posible ni rozarlo con mi salto más alto. Resignado a morir, me recosté observando el botón, viéndolo como mi única escapatoria.
En mi cabeza solo pasaba el pensamiento de que pronto alguien vendrá a sacarme de aquí, que al cabo de unos quince minutos se convirtió en: “¿Debería aprovechar la oportunidad? Dicen que las mejores oportunidades son las más riesgosas.”
Eso, acompañado de la sofocación que sentía, pues no había ninguna fuente de oxígeno en esta habitación. Parece que el botón me leyó la mente, porque inmediatamente sentí una pequeña brisa proveniente de él.
Me acerqué, con cuidado de no tocarlo. Eso pensaba, no caía en cuenta de que el piso era demasiado liso y mis manos estaban resbalosas por el sudor. Caí de lleno contra él. No dolió, más bien se sintió como tocar algo muy acolchado. Tampoco pasó nada. Supongo que fallé la prueba, si es que hubo una.