Trabajó
Rafa
El invierno en Boston no me agradaba, podía sentir el frío incluso dentro del bar en el que me encontraba, lo cual me ponía de mal humor. A esto se sumaba que, hasta ahora, no había tenido una noche productiva respecto al trabajo; no había encontrado ni un solo hombre que aparentara tener dinero. La situación me agotaba.
—María, ¿ya tienes a alguien en la mira?
—Sí, mira a ese que acaba de entrar. Te podría ir bien con él, es de tu tipo.
María era mi amiga desde los 15 años. Habíamos comenzado a vivir y trabajar juntos desde esa edad para sobrellevar la vida sin tanta soledad y su personalidad seguía siendo la misma: tranquila, atractiva y encantadora. La facilidad con la que conquistaba a los hombres hizo que nuestro trabajo sea menos cansado. Era todo lo contrario a mí. Ya quisiera yo gozar de esa personalidad para hacer el trabajo más simple, aunque fuera solo en ese momento para acercarme al hombre que me había mencionado, pero sabía que ese tipo de personalidad no encajaría conmigo.
Sí, ese hombre era atractivo y en definitiva mi tipo: fuerte, alto, tatuado y, aún más importante, con dinero. Se notaba por la manera en la que iba vestido y el reloj caro que llevaba en su muñeca. Pero me encontraba cansado como para intentar mostrar interés en ese desconocido. Me fastidiaba la idea de acercarme, aún así no tenía de otra. Debía fingir.
—¿Qué dices, te parece bien?—dijo María cuando dejó de ver al hombre para voltearse hacia a mi. Aunque no importa si te parece bien, debes ir quieras o no. Recuerda que ya no tenemos suficiente dinero para esta semana y yo ya he hecho mi parte.
—Lo sé, iré —dejé mi asiento y con confianza fui directo a su mesa.
Agarré una bebida que el mesero del bar estaba ofreciendo y, justo cuando estuve al lado de su mesa, con cautela y pretendiendo estar distraído, dejé caer mi bebida en su pantalón.
—Lo siento, señor, lo siento - dije con timidez fingida-. No quería causarle esto, permítame limpiarlo.
Con la intención de acercarme más a él, saqué el pañuelo que tenía guardado en el bolsillo del pantalón e intenté limpiar lo que causé. Solo que no me lo permitió, de hecho, me estaba viendo de manera despectiva, con ese tipo de mirada que odio y estoy seguro de que una micro expresión de molestia se reflejó en mi rostro, pero logré ocultarla bien.
—No me toques y lárgate de aquí, me limpiaré yo -espetó con coraje.
—No, señor. No puedo irme, solo vea lo que le causé —señalé su pantalón-. Por favor, déjeme limpiarlo.
—¿No fui claro con lo que dije? Es la última vez que te lo repito, lárgate o estarás en problemas.
Vaya mierda, fingir estaba siendo más pesado de lo normal con este sujeto. Lo complicaba aún más con su asquerosa forma de ser.
—No, señor, no pue-
No permitió que terminara mi frase. En su lugar, se paró del asiento y vertió la botella de vino entera sobre mi cabeza. Sentía como las personas del bar me miraban fijamente, algunas se burlaban y otras estaban sorprendidas. La ira que empezó a crecer en mi interior dio paso a sacar mi verdadera personalidad frente al hombre que se había atrevido a hacerme esto.
—¿Esto te hace sentir mejor? Ya estamos a mano, puedes irte- expresó con burla.
Dejándome llevar por el coraje del momento, quité la botella de su mano para terminar reventándola contra su frente. Estoy seguro que no vio venir ese movimiento, en su mente tenía la imagen de un chico sumiso y tímido. No podía estar más equivocado.
—Eso sí que me hace sentir mejor, imbécil- pasé por su lado dispuesto a irme.
Él no permitió que me fuera, con la frente rota y el evidente coraje que tenía se lanzó hacia mi intentado golpearme, como puede me defendí y no permití que ningún golpe fuera hacia mi cara.
María había llegado al lugar de la pelea y estaba gritando, una forma de comportamiento no muy común en ella. Decía que me alejara y no empezara a golpearlo porque llamarían a la policía. Era demasiado tarde para decirme eso, lo admito, nunca había sido alguien que aguantara la humillación.
Esa era la razón por la que me dejé llevar sabiendo que eso me traería problemas con María y, si no salía rápido del bar, también con la policía.
—¡Mierda, Rafa! ¡Por favor, para ya!- gritó María con coraje.
La gente tuvo que intervenir y mi amiga me sacó de ahí. Al ver que el hombre se notaba muy vulnerable y golpeado, los encargados del bar llamaron a la policía y ya venían en camino. Nuestro trabajo se trataba de robar, no nos favorecía que la policía interviniera ni supiera de nosotros.
Cuando ya estuvimos afuera, empezamos a correr. Cansados, paramos en una esquina y ahí empezó lo que yo veía venir desde que golpeé a ese hombre.
—¿Qué carajos te pasa? ¡Debes controlarte, por Dios!
—¿Esperabas que me dejara humillar de esa manera?
—¿Siquiera viste lo que hizo?- reproché indignado.
—Eso no habría pasado si pensaras antes de actuar.
—Ni siquiera tratas de entenderme ¡Ese hombre me llevó al límite!
—Nada justifica lo que hiciste, sabes que no nos permitimos ese tipo de comportamientos y aún así te dejaste llevar —dijo seria-. Incluso te pusiste en peligro, ¿qué hubiera pasado si ese hombre te dejaba inconsciente?
—Pero no lo hizo, yo no iba a dejar que me tratara de esa forma.
—Tu terquedad me tiene harta -habló cansada-. No tengo idea de donde vas a sacar tu parte del dinero para la semana, pero yo me voy.
—Bien, entonces me iré a otro lado sin ti- respondí enojado.
—Has lo que quieras, después de todo es lo que siempre haces.