Un hermoso sueño, ¿una triste realidad?

Un nuevo día.
Un nuevo día agotador, a pesar de estar empezando, a pesar de ser domingo a las siete de la mañan
Iba Harry tarareando una canción que sonaba en sus pequeños audífonos, caminando hacia el metro, a paso rápido. Necesitaba llegar a su trabajo antes de las ocho, y le esperaba un viaje de casi media hora en tren y luego quince minutos más en bus.
Era una jornada fría, estaban en pleno invierno, y su largo abrigo se hacía insuficiente para protegerlo. Llevaba por lo mismo, un gorro gris que le tapaba hasta las orejas y una suave bufanda. Tenía las manos en los bolsillos, mientras de sus hombros colgaba su mochila negra.
Sin embargo, estaba de buen humor; era lo natural en él, a pesar del cansancio o del sueño. Le gustaba el recorrido que debía hacer cada sábado y domingo para llegar a la preciosa galería de arte donde trabajaba de recepcionista y atender a los visitantes. También le gustaba limpiar la entrada, llena de diminutas esculturas o arreglar las facturas o correspondencia. Llevaba en ese lugar ocho meses y estaba enamorado de todo lo que había en esa galería, también de las demás personas que trabajaban ahí. Agradecía que le dieran la oportunidad, aun sin tener experiencia ni poder estar en la semana, ya que estudiaba una pedagogía en ciencias y tenía mucho que investigar y planificar.
Había poca gente a esa hora, era normal en un día que era para descansar y Harry caminaba más feliz. No le gustaba el tumulto típico de las horas punta, llenas de congestión y personas molestas, apretadas y sudorosas a pesar del frío y gracias a la calefacción, a veces excesiva dentro de los vagones.
Bajó las escaleras con cuidado, porque era propenso a tener cualquier tipo de accidente. Era un poco torpe, pero también genuino, con una gran imaginación que hacía volar cada vez que podía y que muchas veces fue la causa de su poca concentración.
Apenas llegó al andén se lamentó porque el tren se había ido, y le tocaría esperar el próximo, aunque solo serían cerca de cinco minutos, ya que debido a la hora y al ser domingo, había una menor frecuencia en los viajes.
El vagón al que se subió, iba prácticamente vacío. Tomó asiento y se acomodó, dejando su mochila en el piso, después de sacar uno de sus cuadernos con apuntes. Comenzó a leer tranquilamente, mientras la música no dejaba se sonar en sus oídos. Llevaba menos de un minuto concentrado, cuando un adorable aroma a perfume llegó a su nariz, haciendo que cerrara los ojos y quisiera buscar al dueño de tan rico olor.
Levantó la mirada y se quedó sin palabras. En el asiento frente a él, el chico más jodidamente lindo que vio alguna vez. Tenía unos ojos impresionantes, ¿azules, tal vez? Pero más bella aún, era su sonrisa. Harry estaba impresionado, casi sin poder cerrar la boca, hasta que se dio cuenta de que estaba comportándose como un sicópata. Desvió la mirada e intentó volver a concentrarse en sus apuntes, pero le resultó imposible, su mente ya había empezado a trabajar. Por sobre su cuaderno miraba de reojo al bonito chico y su imaginación se hizo presente.
Se puso de pie en la estación correspondiente y bajó del vagón. Salió de la estación y mientras caminaba hacia el paradero de buses, una mano en su hombro lo sobresaltó. Al girarse rápidamente, se dio cuenta de que era el chico del metro.
—Hola, disculpa que te moleste, pero soy nuevo en la ciudad y voy a una galería que me dijeron, queda un poco lejos. ¿Quizás la conoces?
—¿Tienes el nombre o la dirección?
—Claro, se llama “Regarder Le Voyage”, queda hacia el sur.
—Qué linda pronunciación... La conozco perfectamente, trabajo ahí y voy hacia allá. ¿Vamos juntos?
—Vamos, —contestó siempre sonriendo.
—¿Y qué te trae por aquí?
—Soy artista. Hago esculturas y también pinto, vengo a conocer la galería para quizás poder exponer en ella.
—¿En serio? ¿No eres muy joven para exponer?
—No soy tan joven, tengo 30 y llevo en esto desde que tengo 15. Luego estudié y he tomado clases de especialización, tengo mucha experiencia y muchas piezas.
—Eso es increíble, —dijo Harry dándole el paso en el auto bus. —Serán como quince minutos de viaje, acomódate.
—Gracias, ¿también eres artista?
—No, solo trabajo en la galería de recepcionista, un poco de aseo, orden, ya sabes... Lo mío es la ciencia, la biología. Estoy terminando una pedagogía, ya tenía una licenciatura y me decidí por ser profesor, es algo que me gusta mucho.
—Ya veo, —habló el desconocido, sonriendo una vez más, sin dejar de mirar a Harry embelesado. —¿Siempre hace tanto frío? Estoy congelado.
—El clima de Londres es muy extraño, pero sí. Sobre todo en invierno, pero andas muy desabrigado también. Toma, —dijo sacándose la bufanda y colocándosela al extraño con cuidado alrededor de su cuello.
—No es necesario... pero gracias, se siente muy bien.
El resto del camino pasó sin ningún tipo de interrupción, hablaron sin cesar y se contaron muchas cosas. La confianza apareció desde el primer momento y no desapareció.
Harry supo que su acompañante se llamaba Louis, porque su mamá era fanática de Louis Vuitton y sus accesorios, que era hijo único, que nació en Folkestone, en Kent, y luego su familia se mudó a Manchester donde había vivido los últimos veinte años. Decidió darse un nuevo aire después de terminar con una relación de pareja de tres meses, al sentir que tenían intereses distintos.
Harry le contó de sus dos hermanas, de la relación tan bonita que tenía con sus padres, de sus clases, de sus compañeros y su trabajo.
El viaje se les hizo muy corto, y antes de lo que quisieran ya estaban caminando hacia la galería. Una vez en la entrada, Harry abrió el gran portón de madera y lo hizo pasar. Lo dejó sentado en la recepción mientras le preparaba un café y comenzaba con sus tareas diarias, como encender las luces y revisar el correo.
Una vez que llegaron las personas encargadas, se despidió momentáneamente de su nuevo amigo y se dedicó a trabajar como siempre, aunque muy ilusionado y sin dejar de sonreír.
Una hora después el, ya no tan desconocido, salía muy feliz de su reunión. Antes de irse, le entregó un papel a Harry con su número de teléfono y una hermosa sonrisa coqueta, más un guiño del ojo izquierdo.
Harry solo esperaba el horario de almuerzo para mandarle un mensaje y quizás poder concretar una cita, o por lo menos una salida al cine. Había caído completamente por ese ser de ojos color cielo y no tenía problema con aceptarlo. No era primera vez que le pasaba, tenía enamoramientos siempre y muy mal ojo para sus conquistas, pero no se daba por vencido. Y algo le decía en su interior, que esta vez, era diferente.
Cinco días después, estaba esperando a su hermoso nuevo amigo para ir al cine. Se habían mandado mil mensajes cada día, y solo por cosa de horarios no habían podido reunirse antes. Lo pasaron increíble viendo la película, y después también cuando fueron por una hamburguesa y la despedida fue cálida en brazos del otro.
Al día siguiente, el artista sorprendió a Harry a la salida de su trabajo, solo para acompañarlo hasta su departamento, y asegurarse que de que llegara bien a su destino.
Y así, cada día había un gesto, un detalle, hasta el gran día en que Harry estaba esperando a su ahora amigo en un bonito restaurant. Estaba en una mesa muy bien puesta, el lugar era todo romántico, con suave música y aromas deliciosos. Con cinco minutos de retraso se habían logrado reunir, y después de comer pasta increíble y tomar un vino maravilloso, Harry vio a su acompañante arrodillarse y pedirle ser novios con una delicada rosa blanca.
No podía más de la felicidad. Es lo que había esperado desde el primer momento en que lo conoció y pensó que ver su sueño hecho realidad era lo mejor que podía pasarle, hasta que sintió su boca siendo profanada por esos labios delgados pero tan abrasadores y dominantes que parecían querer grabarse en los suyos. Sentir las manos posesivas en su cintura hicieron que sus rodillas temblaran, y sentir el calor del cuerpo ajeno le dio una sensación nueva y reveladora. La ternura entró por cada uno de sus poros, haciendo que tuviera ganas de pasar horas y horas unido a Louis, mirándolo, besándolo, escuchándolo hablar, tocando sus manos.
Un par de meses después, cuando su relación era sólida y por lejos, la más bonita del mundo, Harry se tituló, y encontró un trabajo en una escuela de pocos alumnos, donde daba clases a los más pequeños, a quienes intentaba inculcar el amor por la ciencia y si no resultaba, entonces intentaba por el lado del arte.
Su novio era tierno en exceso, un excelente amigo, preocupado y detallista, el mejor escuchando y dando consejos. Era alguien que hacía su día a día más bonito, incluso cuando estaba agotado o tenía un mala jornada, refugiarse en los brazos de su novio era la calma que necesitaba para que todo se reiniciara.
En su aniversario de tres meses tuvieron su primera vez. Los dos tenían experiencia, pero entregarse en ese momento se sintió más especial, como nunca antes. Los nervios se palpaban, pero lograron calmarse en la piel del otro y dar ese paso tan importante. Louis era también un artista en la cama, dibujó y trazó líneas, creó arte y llenó de colores la vida de los dos.
Pronto pasó un año, y ya completamente enamorados y entregados, Harry le pidió matrimonio a su novio, quien aceptó emocionado y más feliz que nunca. Fue una boda sencilla, rodeada de amigos y familia que amaban, bailaron muy apretados y brindaron sin parar hasta el amanecer. De luna de miel fueron a muchas de las ciudades cercanas a Londres y que no conocían, pero que les daban la oportunidad de recorrer en poco tiempo y con poco presupuesto.
Se fueron a vivir juntos a un bonito departamento de dos habitaciones, muy sencillo, cerca de un gran parque, a donde les gustaba ir a caminar sobre todo en las tardes de domingo para recargarse de energía antes de empezar con su semana de trabajo.
Eran los mejores tíos para sus sobrinos, no quisieron adoptar, no lo necesitaban. Eran muy felices solos los dos, con sus tiempos y rutinas, dedicándose todo el tiempo posible. A cambio participaban en todas las reuniones familiares, cumpleaños, bautizos y matrimonios. Estaban presentes, eran grandes amigos de quienes los rodeaban, siempre divertidos, ocurrentes y alegres.
Fueron de vacaciones a Roma y a París, también a Madrid y Berlín a lo largo de los años. Estaban a punto de brindar en su aniversario número treinta, rodeados de sus familias y amigos, cuando por el altavoz se escuchó la voz de una señorita anunciando la llegada del metro a la estación final del trayecto, donde todos debían descender.
Harry sintió cómo se le apretaba el pecho, nunca había creado una historia con tantos detalles en su cabeza, y el vacío se coló por su piel, se llenaron de lágrimas sus ojos, estaba realmente muy afectado. Guardó torpemente sus apuntes, también sus audífonos, y tomó su mochila. Se puso de pie, y caminó hacia la puerta del vagón, sin mirar a ningún lugar. Necesitaba un poco de viento frío y fresco que se llevara tantas imágenes increíbles que lo habían hecho sentir como en casa.
Suspiró pesadamente, intentando borrar todo lo que había pasado en su mente. Subió las escaleras para salir de la estación y mientras caminaba hacia el paradero de buses, una mano en su hombro lo sobresaltó. Al girarse rápidamente, se dio cuenta de que era el chico del metro.
—Hola, no quise asustarte. Llegué hace poco a Londres, y estoy un poco perdido, busco este lugar, —dijo mostrando una imagen desde su teléfono.
—Es una galería de arte, trabajo ahí, —contestó Harry, completamente sorprendido.
—¿Me puedes decir cómo llegar? Tengo una cita a las ocho, y no quisiera llegar tarde.
—Vamos juntos, yo te llevo. Soy Harry, —se presentó, tendiendo su mano.
—Gracias Harry, me llamo Louis, —respondió temblando por el frío, pero sonriendo más que coquetamente.
—Cuéntame, ¿qué te trae por aquí?
—Soy artista...
