El error de Sofía
La luz del sol se filtraba entre las largas e inmensas cortinas de color beige, intentando entrar con todo su esplendor por la gran ventana de estilo moderno con barrotes de un tono negro. Comenzaba a iluminar mi rostro con finos rayos que, aunque delgados, llegaban con gran fulgor. Fue una molestia para mi cuerpo exhausto. Creyendo que era uno más de esos sueños locos que uno tiene cuando a veces se obsesiona con la riqueza material. Me removí en la gran cama, sorprendentemente suave una sensación claramente inusual. Murmuré sonidos ilegibles, disfrutando de la gustosa sensación, que solo podía ser atribuida al estar a un pie del mundo de los sueños.
Al voltear y enfocar mi mirada, a pesar de mi poca vista, lo vi: un hombre alto, musculoso, de piel trigueña, cabello casi lacio, con una mandíbula afilada y unos preciosos ojos azules, tan profundos como el mismo abismo. Era un hombre que parecía esculpido por un gran artista fascinado con las cosas bellas del mundo. Parecía que me miró, una mirada tan inquisidora, como si con solo mirarme podría adentrarse en lo más profundo de mi alma, desnudándome de forma silenciosa, descubriendo aquellos secretos que jamás habían sido contados, como si fuera una luciérnaga me sentía atraída, a una luz, desconocida, pero brillante. Sin embargo, él solo se limitó a seguir tomando de su botella de agua. Observé cómo el líquido descendía por su garganta. No dije nada, completamente atónita. Llevaba solo una toalla en su cadera, cubriendo lo necesario. Fingí dormir y me volteé perezosamente, en mi pequeño intento de actuación. Intenté ignorarlo en un acto de apartar mi mente de él, tratando de recordar qué había pasado anoche, pero su imponente presencia me arrastraba, impidiéndome pensar con claridad
“¿Quién es ese hombre que acabo de ver semidesnudo?“, pensé, con los ojos bien abiertos y una expresión de desconcierto. Pero fue imposible ignorarlo. Al instante lo sentí: un brazo musculoso y fuerte rodeó mi cintura. Estaba desnudo y se acurrucaba, pegando todo su cuerpo a mí.
—Buenos días, nena —dijo una voz profunda, áspera y varonil, con gran satisfacción. Se acerco al lóbulo de mi oreja, estremeciéndome con su cálido aliento y una sonrisa maliciosa que llegué sentir por su tacto—. ¿Dormiste bien o daddy te cansó mucho ayer? Apuesto a que ahorita me estás sintiendo, ¿no es cierto? —añadió mientras se apegaba más a mí, como si tratara de amoldarse a mi cuerpo.
Acurrucándose detrás de mí, apoyando su cabeza en la mía, y con una voz grave y profunda dijo: —¿Qué pasa, cariño? Ahora eres toda una gatita asustadiza. — Con ese aire que ya tomaba una forma más clara, seguridad, arrogancia y, sobre todo, dominancia, con un pequeño toque de burla—. Pues eso no parecía ser así cuando…
Acercándose a mi oído, y con su cálida pero grave y segura voz, completó la frase que me dejó aún más sonrojada, el calor de su aliento pegado a mí más el sonido de su acompasada respiración, envió una descarga eléctrica por todo mi cuerpo que me sacudió levemente, con gran perspicacia él lo percibió, creando un movimiento más íntimo, sentí su lengua raspando mi cuello mientras susurraba: —De ahora en adelante tendrás que tener cuidado con esa linda boquita tuya…
Por un momento, sus palabras no tuvieron sentido para mí, hasta que sentí cómo su brazo bajaba lentamente. Sus dedos callosos y cálidos comenzaron a jugar un juego lento y sensual. En menos de un segundo, el calor agolpó mi rostro; sin poder evitarlo su tacto me estremeció. —No queremos que mi bebé se enganche con el tipo equivocado, ¿verdad? —dijo con una pequeña risa, tan profunda como el mismísimo mar.
Con eso, se levantó de la cama. Luego de aproximadamente 10 minutos de una batalla interna entre la curiosidad y el temor a lo desconocido, me atreví a voltear y verlo. Vestía un traje formal impecable. Era de esos hombres que atraen todas las miradas a donde van. Me sentí incapaz de apartar la mirada sintiéndome pequeña ante el aura que emanaba su presencia. Su atuendo irradiaba autoridad, poder y dominancia: un abrigo de corte clásico caía con elegancia sobre sus hombros, casi llegando a sus rodillas. Debajo, se podía distinguir un traje de tres piezas en tonos oscuros en la parte superior. Un chaleco que se presumía sutilmente, una camisa blanca pulcramente planchada y una corbata perfectamente anudada completaban el conjunto, con un pantalón de vestir. Su cabello, ligeramente desordenado, de un tono negro azabache, era peinado por unas grandes manos. Un reloj de alta gama brillaba junto a un anillo de oro macizo, y en sus pies llevaba unos zapatos derby negros, bien lustrados.
Su mirada se fijó nuevamente en mí. Sosteniendo mi barbilla con una mano, dijo: —Daddy tiene cosas que hacer hoy, pero te va a dejar un lindo regalo: un lindo y sexy vestido para su bebé junto a algunos accesorios, joyas con diamantes y esas cosas… —con una mirada breve a su reloj, se irguió y añadió—. Nos vemos en el club Zion a medianoche.
Por su tono de voz y mirada penetrante, era claro que no me estaba haciendo una simple sugerencia, era una orden clara, una llena de oscuras promesas. Una parte de mi quería rebelarse, pero otra, más profunda y oscura, me decía que obedeciera. Con esas palabras se dio la vuelta y salió por la gran puerta de madera. Apenas lo hizo, la tensión, intimidación y nerviosismo que sentía se desvanecieron, para dejar un vacío opresor.
En un claro intento vano por estabilizarme, tanto física como mentalmente. Busqué mis lentes en la mesita de noche, necesitando algo de control. No los encontré, así que seguí buscando en el suelo. Ahí estaban, en medio de las prendas de aquel hombre: su camisa. La fragancia de su perfume era inconfundible. A pesar de mi débil sentido del olfato, el aroma era imposible de ignorar, el aroma era tan intenso que me invadió de golpe.
Al tomarla entre mis manos, noté cómo la fragancia imponía respeto. Era cálida, con notas de sándalo, cedro con un leve toque de vetiver, que recordaba a los bosques húmedos después de una tormenta. Una fragancia que no pedía atención, la exigía, envolviéndome dejándome una huella difícil de borrar. Al sostenerla, imágenes borrosas empezaron a aparecer en cascada en mi mente. Cerré los ojos buscando un poco de tranquilidad interna, pero todo lo que veía era su rostro, su mirada penetrante, con su voz en mi oído, era como si hubiera dejado un pedazo de él aquí, una marca difícil de borrar. Era claro: una noche de pasión. Pero la verdadera pregunta, la que martillaba mi cabeza como el zumbido de una abeja era: ¿cómo diablos terminé aquí?