Chapter 1
—Va a borrar mis memorias de ti y tus memorias de mí, ¿entiendes?
La voz es clara, fuerte e impotente.
Quackity la escucha muy bien, es como si le estuvieran hablando al oído, pero no puede ver nada. No hay nada a su alrededor, y eso solo lo confunde más, pues es incapaz de entender lo que está escuchando.
¿Borrar memorias? ¿Las memorias de quién y por qué? ¿Eso siquiera era posible? Ha visto infinidad de cosas, pero hasta este momento no ha escuchado que la ciencia sea capaz de borrar las memorias de alguien.
Debe ser solo un sueño, uno producido por aquella película que vio antes de quedarse dormido.
—No se me va a olvidar ni madres, eh.
Reconoce su propia voz y es eso lo que lo pone en alerta. Sabe que es un sueño, pero ¿qué posibilidades hay de escuchar su propia voz en sueños? Nunca, jamás en la vida, ha tenido sueños donde se vea a sí mismo, pero ahora escucha su propia voz, y suena derrotado.
Hay molestia, rencor y, sobre todo, impotencia. Las dos voces están inundadas en impotencia, como si quisieran gritar hasta no poder más, pero les fuera imposible. No suena a una discusión, pero él sabe que lo es. Una discusión donde no dudaría ni un segundo en irse a los golpes tratando de liberar toda la rabia que siente, pero no puede.
No puede porque es un sueño y no sabe qué está sucediendo.
Las voces se mezclan con una tercera, una voz profunda y rasposa que alega hacer esto por una buena causa, por salvar a alguien y a ellos mismos. Pero no entiende mucho; hay nombres involucrados, pero solo reconoce el suyo, y los otros suenan como interferencia.
Un fuerte y estridente sonido opaca la conversación, y luego nada. No hay más voces peleando por algo desconocido. Solo hay silencio, pero no paz. Es un silencio intenso e irónicamente ensordecedor que lo pone en alerta.
De repente, todo a su alrededor está mojado, incluido él, y comienza a hundirse. Es como aquella vez en que se lanzó al agua desde un sitio alto y le costó volver a subir porque se hundía cada vez más. Justo ahora se siente como si algo lo encadenara al fondo de un manto acuífero, impidiéndole salir o siquiera moverse.
El oxígeno comienza a faltarle y no sabe qué hacer. Empieza a moverse desesperado en busca de llegar a la superficie por un poco de aire, pero es imposible. Entre más se mueve, más se hunde, y finalmente se rinde, recordando que solo es su cabeza jugándole una mala pasada. Abre la boca buscando aire de forma desesperada porque sigue teniendo aquella sensación de asfixia.
Justo cuando siente que sus pulmones están a punto de estallar, algo comienza a sacudir su cuerpo. Puede escuchar una suave vocecita llamándolo, y el sueño comienza a abandonarlo hasta que no queda nada. No hay rastros de aquellas sensaciones desconocidas o sueños extraños. En realidad, pensar en lo que acaba de suceder se siente lejano, como si hubiera ocurrido hace mucho.
Se queda recostado en la cama con los ojos cerrados, tratando de volver a dormir, pero la sacudida no se detiene. De hecho, incrementa hasta volverse violenta. Gruñe y abre los ojos solo para encontrarse con una niña castaña inclinada sobre él, moviendo su cuerpo de forma casi desesperada.
—¡Papá! —grita la niña con el ceño fruncido en su rostro.
—¿Tilín? —pregunta Quackity, confundido—. ¿Por qué no estás en la escuela?
Tilín lo mira como si fuera estúpido y niega con la cabeza, soltando un suspiro profundo. A veces actúa como si no fuera una niña.
—Es sábado, papá —dice con obviedad.
—¿Y qué haces despierta, entonces? —gruñe Quackity, tomando su manta, dándose la vuelta sobre la cama y cubriéndose, dispuesto a volver a dormir.
—¡Tengo hambre! —chilla Tilín, subiéndose al bulto que es su padre.
—¡Ay, mija, ahí agarra el celular y pide algo por Didi o no sé!
—¡Papá!
Ser padre soltero era duro, pero alguien debía encargarse de Tilín.
Después de desayunar cereal con leche viendo televisión, ambos salen de su casa para dirigirse al supermercado. Sin embargo, deben pasar antes por el cajero. Wilbur le ha mandado la cuota semanal para la pensión de Tilín. No es mucho, pero es suficiente para que Quackity no se mate con trabajos de tiempo completo y pueda cuidar de su hija.
Su historia es algo compleja. Cuando Wilbur se marchó de Isla Quesadilla, ellos seguían juntos como pareja, pero fue cuestión de tiempo para que su relación se limitara únicamente a ser padres de Tilín. Pese a estar lejos, él jamás ha dejado de preocuparse por su hija y prioriza su bienestar. Por ello, ambos han tenido el acuerdo mutuo de que Wilbur mandará el dinero suficiente para que Quackity solo trabaje medio tiempo y, de ese modo, cuide de Tilín.
Quackity sabe muy bien que es gracias a Wilbur que logran vivir tan cómodamente, sin contratiempos, sin apuros y sin tener que estirar el único billete de $100 que tenga en la cartera. Por eso tiene la decencia de no hablar (tan) mal de él frente a su hija.
Cuando llegan al supermercado, la sonrisa de Tilín desaparece, y se apresura a sujetar a su padre por una de las piernas, evitando que se adentre al lugar. Comienza a actuar de forma extraña, pero para Quackity aquello es normal, así que no le presta mucha atención.
A medida que avanzan, Quackity reconoce a Mariana y Slime juntos. No puede escuchar su conversación por la distancia a la que se encuentra, pero se da cuenta de que deben estar peleando a juzgar por los ademanes exagerados que hacen con las manos. Se aproxima a ellos con una sonrisa, y su dinámica se detiene para saludarlo de vuelta.
—No te vi esta mañana en la entrada de la escuela —dice Mariana como saludo. La sonrisa en su rostro confunde a Quackity.
—Es sábado —responde él, con la misma obviedad que Tilín usó esa mañana.
—Quackity, es miércoles —le responde Slime frunciendo el ceño.
Tilín sale corriendo después de aquello, y Quackity maldice.
—No pude dormir bien esta noche, y cuando Tilín me despertó, dijo que era sábado —explica con un suspiro de resignación. Comienza a considerar la idea de comprar un calendario.
—No te preocupes, en la tarde te puedo mandar las actividades de Juanaflippa para que no se atrase —ofrece Mariana.
—Creo que deberías ir a buscarla —interviene Slime—. Podría irse lejos. Si nosotros la vemos, te avisamos.
—No te preocupes, seguramente está en el otro pasillo escondiéndose. Pero gracias de cualquier modo —le dice a Slime, asintiendo a sus palabras—. Los veo más tarde, supongo.
Se marcha, y apenas se da la vuelta, reconoce que la discusión continúa. Suspira, pensando en lo mucho que le alegra no ser el psicólogo de Juanaflippa.
Comienza a buscar a su hija por los diferentes pasillos del supermercado, pero no es capaz de verla por ningún lado. Esa mocosa sabe esconderse bien, así que esto le tomará un rato. No se asusta, o al menos se convence a sí mismo de que no tiene razón para hacerlo. Es un pueblo pequeño, y de verdad está seguro de que pronto estará a su lado nuevamente.
Sin embargo, ha recorrido la mitad de los pasillos, y Tilín no aparece por ningún lado. Comienza a asustarse. Sus manos tiemblan debido al miedo de perderla, y empieza a tropezar con sus propios pies. Corre hacia una mujer, y sin importarle parecer un loco, se aferra a ella.
—¡Señora! —le habla con rapidez. Su voz sale temblorosa y parece que está gritando—. ¿Ha visto a mi hija? Está usando una... una falda blanca con una cosa negra que cubre sus piernas, y lleva también una sudadera roja con franjas blancas —comienza a describir la ropa que Tilín lleva, pues considera que es el rasgo más obvio y fácil para reconocerla. Luego baja una de sus manos a una altura mayor de sus rodillas, mueve la mano repetidas veces y continúa hablando—. Mide como este tamaño, su cabello es castaño y... ¡y usa un moño! Sí, sí, lleva el cabello atado en una coleta con un moño rojo. ¡Un gran moño rojo!
—¿Quackity? —pregunta la mujer, con un gesto de preocupación, sosteniendo sus brazos—. ¿Perdiste a Tilín?
—¿Jaiden? —la reconoce él, pero luego asiente repetidas veces con la cabeza—. Estaba conmigo, pero me mintió. Me dijo que era sábado para que no la llevara a la escuela, y como Mariana y Slime estaban aquí, ella se fue corriendo para que no la regañe. ¡Y ahora no la encuentro, Jaiden, no encuentro a Tilín!
La chica lo mira con lástima.
—De acuerdo, tú ve a buscar a algún guardia mientras yo busco a Tilín, ¿te parece? ¿Alguien más sabe que no está contigo?
—¡Mariana y Slime! —recuerda y siente un peso menos sobre él—. Dijeron que si la veían me llamarían.
Jaiden asiente una vez más y empuja a Quackity para darle seguridad. Él corre, sintiéndose un poco más tranquilo de que alguien más le ayude a buscar a su hija. En serio creyó que estaría cerca. Nunca pensó que Tilín podría irse tan lejos. Tiene miedo.
Cuando llega a la zona de las cajas, reconoce a Tilín parada junto a un hombre al que ni siquiera le presta atención. Jadea, dejando que las lágrimas, que ni siquiera sabía que estaba reteniendo, corran libremente por su rostro. Apresura su paso y se tira de rodillas cuando llega frente a su hija, envolviéndola entre sus brazos.
—¡Estaba tan asustado, Tilín! —exclama, sintiendo cómo la preocupación es reemplazada por alivio. Se separa de la niña y la sujeta firmemente por las mejillas—. Jamás vuelvas a hacer eso, ¿me escuchas? Jamás te vuelvas a ir así.
—¡Pero me ibas a regañar! —argumenta ella, haciendo un puchero pronunciado debido a su rostro apretado.
El hombre junto a Tilín se aclara la garganta con un ruido que llama la atención de Quackity, quien sube la mirada sin responderle nada más a su hija.
—Gracias —le dice poniéndose de pie—. No puedo decir nada más que eso; estaba tan asustado y preocupado.
—Tú debes ser el padre de Tilín —responde el otro con una sonrisa floja—. Soy Luzu.
Luzu.
Ese nombre se le hace conocido. Mira al hombre frente a él fijamente, estudia su rostro sin siquiera detenerse a disimular, y su cabeza comienza a doler cuando reconoce que... ¡No lo conoce! Nunca antes ha visto a este tipo, pero ese nombre se siente bien en sus labios. Tampoco es un nombre común, así que no tiene sentido pensar que lo ha escuchado antes.Ese nombre se le hacía extrañamente familiar, como un eco lejano que no lograba ubicar. Estudió el rostro del hombre frente a él con detenimiento, pero no encontró nada en su memoria que coincidiera con su apariencia.
Ignorando todo ese extraño sentimiento que hay en su interior, asiente y extiende una mano para presentarse formalmente. Asume que debe hacer eso porque se da cuenta de que parece un mocoso junto a él.
—Soy Quackity —se presenta forzando una sonrisa—. Lamento mucho las molestias. Ella desapareció en un segundo.
—Tú también sientes como si ya nos conociéramos, ¿cierto? —preguntó Luzu, ignorando por completo su explicación, era como si esa duda lo hubiera estado persiguiendo.
Quackity vaciló. Podía sentir cómo su corazón latía con fuerza, pero decidió no dejarse llevar por esa sensación. Forzó una sonrisa y fingió ignorancia.
—No sé de qué hablas —dijo con un tono neutro, mientras tomaba la mano de Tilín con firmeza—. Pero si me disculpas, debo hacer mis compras. El padre de Tilín nos espera en casa.
Los ojos de la niña se iluminaron al escuchar esas palabras. De inmediato, comenzó a dar pequeños brincos de emoción y luego salió corriendo, arrastrando a su padre con ella.
Luzu los observó alejarse, su sonrisa desvaneciéndose lentamente. Algo en su interior le decía que Quackity estaba mintiendo. Tilín ya le había contado que vivían solos, que no había otra figura paterna esperando en casa.
Mientras tanto, Quackity trató de mantener la calma. Tilín seguía brincoteando, completamente ajena a la tensión que él sentía. Pero no podía dejar de pensar en la forma en que Luzu lo había mirado, en cómo su presencia había despertado algo en él que no lograba comprender.
Finalmente, llegaron a la sección de frutas y verduras, donde Tilín comenzó a llenar la bolsa con plátanos mientras canturreaba algo sin sentido. Quackity intentó enfocarse en lo que tenía frente a él, pero las palabras de Luzu seguían resonando en su cabeza.
—Papá, ¿por qué te quedaste callado? —preguntó Tilín de repente, mirándolo con curiosidad.
—Nada, Tilín —respondió, tratando de sonreír con naturalidad—. Solo estaba pensando en lo que vamos a cenar hoy.
—¡Pasta! —exclamó la niña con entusiasmo.
Quackity soltó una pequeña risa y asintió.
—Pasta será.
A pesar de sus esfuerzos por distraerse, el nombre de Luzu seguía ahí, como un murmullo constante en el fondo de su mente.
Algo le decía que su vida, tal como la conocía, estaba a punto de cambiar.