Nunca más
El sonido estridente de una canción se escuchaba hasta el lugar donde me oculté. Lejos del escenario; lejos de los gritos emocionados de la gente; lejos de cualquier cosa que me recordara cuánto fallé. Pero por más que me escondiera, nada cambiaría el hecho de que, gracias a mi distracción, una vida inocente se perdió. Y esa verdad me perseguiría sin importar donde estuviera.
Tres días antes, Rafael y yo habíamos llegado a Querétaro con el objetivo de investigar a una red de narcomenudistas. El Summer’n Colors, un festival de rock alternativo, era el marco perfecto para que esos delincuentes aprovecharan el flujo de gente para colocar su mercancía. Yo hubiera seguido con el plan de no haber sido por Soairse. Llegó a mí como el conejo de Alicia: inesperada, seductora y con la promesa de una vida distinta. Sin darme cuenta, caí en su madriguera.
Llevaba tanto tiempo luchando contra mis demonios que había olvidado cómo sentir. La presencia de Soairse me llenó con esperanza y libertad, emociones que se esfumaron al ver el cuerpo inerte de una chica tendido en un charco de sangre…, su sangre.
Quedó atrapada en medio de una riña entre dos dealers que se peleaban los clientes, pasaron de los insultos a los golpes y, al final… con sus escuadras en la mano, se sintieron valientes, llenos de poder. Una bala perdida le dio en el pecho. Rafael llegó muy tarde y yo, en lugar de poner atención, hacía barcos de papel.
Si Soairse no hubiera aparecido con la promesa de un futuro diferente, un futuro en el que quise creer, aquella inocente chica estaría disfrutando del último espectáculo y yo no lamentaría mi fracaso junto a un contenedor de basura.
Encendí un cigarro, llevaba años sin fumar, pero en aquel momento necesitaba una calada de nicotina, llenarme el cuerpo con algo que no fuera ira y frustración. Poco me duró el gusto cuando la tormenta se desató. ¡Pinche lluvia, ni siquiera me dejó envenenar los pulmones!
«Nunca más», me dije. Comprendí que Mauricio Durán, el iluso y soñador, había dejado de existir mucho tiempo atrás cuando la traición de quien se decía su amigo lo marcó. En su lugar quedó Quetzalcóatl, un agente al servicio de Océlotl. Me prometí nunca olvidar el motivo por el que acepté unirme a ellos: ser un conducto de la justicia, pura y fría, pues cada delincuente que se cruzara en mi camino recibiría el castigo que el culpable de mi caída no pudo tener.








