Ella
De Locutorio a locura
Ayya siempre había estado en su propio mundo. Un mundo donde las trenzas eran casi un arte (o al menos eso le decía su madre), y los faxes nunca dejaban de sonar. Si alguna vez se hubiera sentado a preguntarse qué es el glamour, habría respondido con una sonrisa irónica mientras miraba su reflejo en el espejo del locutorio. Porque en su mundo, glamour era sinónimo de caos y trabajo duro.
A los 11 años, Ayya ya era la CEO no oficial de Locutorio Ayya, ese pequeño local que su padre había reformado para vivir y mantener el negocio. El locutorio no era un spa de lujo ni un paraíso de paz y tranquilidad. ¡Para nada! Era el lugar donde se mezclaban los gritos de los clientes, el sonido constante de los teléfonos y las pilas de papeles que Ayya, junto con sus hermanos, se encargaba de organizar. Ah, sí... porque en la casa al lado, el caos no se quedaba solo en el locutorio.
La casa era una gran mansión antigua, una especie de casa de campo que su padre había transformado en un zoo. Entre las peleas de los hermanos, las risas nerviosas de los primos y el bullicio incesante de la vida familiar, nunca había paz. Fode, el hermano mayor de su padre, era un hombre estricto y ultra religioso que no dudaba en repartir una paliza por cualquier cosa. Hadi, el siguiente, era un tipo peligroso con tendencias de bandido, siempre tramando algo incluso llego a llevar una pistola en casa que la cogio mi hermano mayor pensado que era de juguete y se la llevo para jugar con sus amigos nos salvemos porque no tenia balas y mi madre volviendo del trabajo lo vio se la quito y guerra entre los hermanos de nuevo. Dawda, el más joven, era el rebelde del grupo, con una mente increíblemente brillante pero con la actitud de un rockstar problemático.
A todo esto había que sumarle a Jompi, la hermana de su padre, que vivía con sus tres hijos: tres chicos que, aunque buenos, eran unos traviesos de campeonato. Esos tres chicos tenían las mismas responsabilidades que Ayya y sus hermanos, desde cocinar hasta limpiar, pero aún así siempre encontraban tiempo para meterse en problemas.
Entre las peleas, las bromas pesadas y la crítica constante de Jompi hacia su madre, que nunca movía un dedo pero se aseguraba de señalar cualquier error de Ayya, el caos nunca paraba. Mientras Ayya hacía malabares para llevar todo en orden, su madre se pasaba más de 16 horas al día trabajando como limpiadora en un castillo medieval, dejando a Ayya a cargo de la casa, los hermanos y el locutorio. Ah, y la cocina, porque claro, ningún hombre se encargaba de eso en su familia.
Las comidas típicas de West África, como benechin, okra y vinto, impregnaban la casa, mientras Ayya intentaba encontrar algo de paz en medio del caos. Las trenzas que su madre le hacía, el uniforme escolar vintage (elegido por su madre, por supuesto) y la responsabilidad que le caía encima a diario no eran exactamente lo que Ayya había soñado cuando pensaba en su vida. Pero en su cabeza, entre la locura de su entorno, algo se gestaba: una pequeña rebelde, llena de sueños, que empezaba a preguntarse si esto era todo lo que tenía para su vida.
Pero Ayya sabía algo: si algo tenía que cambiar, sería ella quien lo hiciera.
De Trenzas a Estrella de la Pista
A los 20 años, Ayya ya no era esa niña que pensaba que la vida era solo caos, faxes y trenzas rarisimas que le hacian la cabeza de cebolla. No. Había dejado atrás el locutorio y los años de lucha constante para asumir que, por fin, tenía el control de su vida. (spolier:no) ella criea que había aprendido a manejar su propio destino, y este nuevo capítulo estaba lleno de posibilidades.
La noche de Fin de Año llegó con todo su brillo. Las luces de la discoteca, la música danchall a todo volumen la discoteca lleno de negros disfrutando al maximo pensando “los negros europos tambien podemos” y la sensación de libertad absoluta que Ayya jamás había experimentado. Estaba lista para brillar.
Lo que no esperaba era que Abs, su novio, el boxeador con más músculos que sentido común, le iba a tirar un baldazo de agua fría en la cara.
“Mis padres no me permiten casarme contigo”, le dijo, con cara seria y sin inmutarse. Ayya lo miró como si le hubiera dicho que el cielo se había caído sobre ellos. “¿Qué?“, preguntó, sin creerse lo que acababa de escuchar. “Porque me han arreglado un matrimonio con mi prima”, añadió, como si estuviera hablando de algo tan trivial como el clima.
Ayya no sabía si reír, llorar o gritar. ¡¿Cómo podía ser posible?! Ella había luchado toda su vida contra un matrimonio forzado, había desafiado a su familia para poder ser dueña de su propio destino, y ahora él venía con una excusa que, en su cabeza, no cabía. ¿Su historia? Era demasiado familiar. Estaba atrapado en el mismo ciclo que ella había evitado.
La pista de baile, antes llena de luz y color, ahora parecía apagarse para ella. Abs, ese chico con cuerpo de campeón, ahora era un simple reflejo de todo lo que Ayya había pasado para no terminar como un objeto de intercambio en un matrimonio arreglado. El sonido de la música ya no la envolvía, solo la duda.
Pero entonces, como una chispa que prende en medio de la oscuridad, Ayya lo miró directamente a los ojos y dijo, con voz firme: “No vamos a dejar que esto termine así. Lucharemos por nuestro amor, Abs. Porque te quiero, y no voy a dejar que nada ni nadie nos separe, aunque vengan con historias de matrimonios y tradiciones familiares del pasado”.
Abs la miró sorprendido, pero Ayya ya había tomado su decisión. No estaba dispuesta a dejar que las expectativas de sus padres, o las de su novio, marcaran el rumbo de su vida. La noche podía estar llena de luces y promesas rotas, pero ella no iba a dejar que eso la definiera. Este era su momento. Y, si tenía que luchar por él, lo haría.
Ayya se dio la vuelta, y con el corazón palpitando de emoción y rabia, caminó hacia el centro de la pista, rodeada de sus amigas, con la cabeza bien alta. Porque, por primera vez, estaba decidiendo por ella misma. Sin más presiones, sin más reglas. Y si alguien iba a cambiar el rumbo de su vida, esa persona sería ella.
La vida de Ayya no iba a ser fácil, y sabía que esa noche en la discoteca solo había sido el comienzo de un viaje lleno de luchas, decisiones difíciles y amor en tiempos complicados. Pero lo que también sabía es que, cuando tienes el control de tu vida, no hay nada ni nadie que te impida pelear por lo que realmente quieres.
Porque Ayya estaba lista para romper con todo. Y tú, querido/a lector, ¿estás listo para seguirla?