Separadas Por El Pasado

Summary

El reencuentro con su antigua amiga iba a cambiar su vida para siempre. La multimillonaria Lauren estaba decidida a demoler el mayor fantasma de su pasado: el orfanato griego donde se había criado. Era un cruel recordatorio de todo lo que había perdido, empezando por su dulce amiga de la infancia, Camila. Pero entonces, Camila apareció para impedirle que lo demoliera. Cuando Lauren le ofreció venderle el orfanato a cambio de que se casara con ella, ella la rechazó. Aún estaba dolida por lo sucedido tras su último encuentro amoroso, y casarse con Lauren era más de lo que podía soportar; pero los viejos secretos empezaron a salir a la luz, y Camila no tuvo más opción que confiar en ella.

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Capítulo 1

Camila —gruñó la voz al otro lado del teléfono, logrando que se sintiera culpable—. ¿Por qué demonios has vuelto a Calista?


Era la misma pregunta que se había estado haciendo a sí misma

durante las veinticuatro horas anteriores. Pero ahora la formulaba su padre y, aunque ella tampoco sabía si había hecho bien al volver a la isla griega donde se había criado, su brusco tono de voz le molestó.


¿Por qué no podía confiar en ella, como confiaba en sus dos otros hijos? La respuesta era evidente: porque Gian y Ariadna eran carne de su carne.


—Por un asunto pendiente, papá —respondió Camila—. No me llevará mucho tiempo. Te lo prometo.


—¿Qué asunto pendiente? ¿De qué estás hablando?


Camila activó el manos libres, dejó el móvil en el escalón de la entrada del antiguo orfanato y se alisó su encrespado cabello castaño. Había

olvidado lo intenso y despiadado que podía ser el calor de la isla.


Como Calista era demasiado pequeña para tener aeropuerto, había

alquilado un deportivo la noche anterior y lo había embarcado en el

transbordador; pero quitó la capota del vehículo cuando llegó a su destino, y el viento la despeinó tanto durante el trayecto al hotel que convirtió su liso pelo en una maraña.


—No es nada importante —mintió—. Te lo contaré cuando vuelva a casa.


—Prefiero que me lo cuentes ahora.


El tono de su padre se volvió más afectuoso, y despertó la ansiedad

de la niña pequeña que aún llevaba dentro.


—Camila, estás hablando conmigo. Sé que no has vuelto a Calista desde… —Alejandro dejó la frase sin terminar—. Por favor, dime la verdad.


Deja que sea yo quien juzgue si es importante o no lo es.


Camila gimió para sus adentros. Adoraba a Alejandro Cabello, el multimillonario caballero de la orden del imperio británico que la había rescatado, llevado a su familia y convertido en lo que era. Pero no le gustaba que interfiriera en su vida. Estaba a punto de cumplir treinta años, y la trataba como si siguiera siendo una niña.


—Lo siento, papá. Estoy… estoy perdiendo la conexión. No te oigo

bien —dijo, aferrándose a la primera excusa que se le ocurrió—. Te llamo luego, ¿vale? Te quiero.


—Pero…


Camila cortó la comunicación, se levantó del escalón y se quitó el

polvo del vestido blanco que se había puesto ese día.


A su padre no le habría gustado que lo dejara con la palabra en la

boca. Y Camila se sintió culpable, porque no lo quería decepcionar.


Pero Alejandro siempre intentaba protegerla de los golpes de la vida y, aunque ella sabía que sus intenciones eran buenas, no se lo podía permitir. No ese día, porque habría conseguido que se sintiera insegura, y necesitaba estar fuerte.


Tenía una dura negociación por delante.


Si es que estaban dispuestos a negociar.


Alzó la vista y contempló el edificio, escuchando el canto de las chicharras.


El tejado al que se encaramaba de niña para tomar el sol había

perdido unas cuantas tejas; pero las fragantes y alegres flores de las

buganvillas que habían conquistado el lugar lograron que las desconchadas y blancas paredes no le parecieran tan tristes como en sus tiempos.


En la puerta principal, de color azul, había un anuncio de aspecto

oficial. Camila se acercó y leyó el texto, escrito en griego. Era el aviso de

demolición.


Los ojos se le llenaron de lágrimas al instante, y estuvo a punto de

romper el silencio con una furiosa descarga de improperios. Pero se refrenó y, tras un sollozo ahogado, dijo en voz alta:


—¿Cómo se atreve? No se lo permitiré.


Estaba en el Orfanato de Calista, la institución adonde la habían llevado de niña. Entonces, estaba tan asustada y se sentía tan avergonzada que caminaba cabizbaja por miedo a que alguien viera las cicatrices de su rostro. Pero, poco a poco, el orfanato se convirtió en su hogar y, como ya

tenía dieciséis años cuando la adoptaron, conquistó un espacio imborrable en su corazón.


Allí se había sentido libre. Se había sumergido en sus lecturas de

novelas y poesía, se había arañado las rodillas jugando al escondite y había

encontrado a la mejor amiga de su vida: una dura y joven golfilla de cabello negro y actitud beligerante, siempre dispuesta a pelear.


Camila llevó la mano al pomo, y descubrió que la puerta estaba abierta, pero no le extrañó. El orfanato estaba en pleno campo, a bastantes

kilómetros del puerto principal de la isla, y nadie habría ido tan lejos para robar en un edificio vacío.


Camila deambuló por las familiares estancias, donde ya no quedaba

nada. Sus zapatos de tacón alto resonaban en las desgastadas losetas del suelo, y casi podía oír las risas de las adolescentes que habían vivido allí.


De hecho, no se habría llevado ninguna sorpresa si hubiera visto a Clarissa o Dafne cuando se asomó al hueco de la escalera.


¿Cómo era posible que fueran a derribar el orfanato? Solo necesitaba una reforma, nada más.


Desde luego, su padre habría dicho que reformar el edificio sería malgastar el dinero, y no le habría faltado razón.


Pero el dinero no era

siempre lo primero. El corazón también importaba.


Desgraciadamente, la decisión no estaba en sus manos, y ese era el

problema de la negociación que tenía por delante, lo que la había impulsado a ponerse ese vestido blanco y unos zapatos poco adecuados para caminar por aquel terreno.


Camila se había enterado por casualidad de que iban a derribar el orfanato, y ella misma se había quedado asombrada con el rechazo que le causó. Sin embargo, no estaba furiosa por el destino del destartalado edificio, sino porque lo tenía asociado a su madre y, si lo derribaban, sería

como perderla otra vez.


Acababa de entrar en el salón donde hacían deporte de niñas cuando oyó un ruido que la detuvo en seco. Suponía que la persona con la que había quedado llegaría en coche; pero, al parecer, llegaba en helicóptero.


Camila subió a toda prisa por la escalera, consciente de lo que

significaba ese sonido. Lauren no había enviado a uno de sus subalternos.


Sorprendentemente, había decidido ir en persona.


Al llegar al primer piso, se acercó a las sucias ventanas y miró el

exterior. El helicóptero descendía majestuosamente, provocando ráfagas de

viento que azotaban árboles y arbustos y levantaban nubes de polvo.


Camila intentó ver a la mujer que viajaba en su interior, pero los cristales ahumados se lo impidieron, y no lo tuvo ante sus ojos hasta que se bajó del aparato.


Y entonces, el corazón se le encogió.


No esperaba verla. Había supuesto que enviaría a algún subordinado,

en la creencia quizá de que ella estaría en compañía de alguno de sus ayudantes. Pero Camila había optado por ir sola; en parte, por ocultar su pasado y, en parte, porque le agradaba la idea de caminar por el antiguo

orfanato y revivir los aromas de su infancia sin sentirse observada.


Habían pasado cinco años desde su último y desastroso encuentro,

cuando coincidieron en un acto benéfico que se celebraba en París. Era la primera vez que se veían desde la adolescencia, y ella saludó a su mejor

amiga con tímido entusiasmo y el corazón en un puño.


Por supuesto, había seguido su meteórico ascenso en el mundo de los negocios, pero no se había atrevido a retomar su relación porque sabía que se había sentido traicionada cuando a ella la adoptaron y ella siguió en el orfanato. Nunca había contestado a sus cartas, y no esperaba que la recibiera con los brazos abiertos.


Pero, cuando ella le dio un abrazo, Camila olvidó todos sus temores.


La velada parisina era una oportunidad perfecta para renovar su amistad y ponerse al día, así que se fueron a cenar juntas después del acto y, a continuación, se dirigieron al hotel donde ella se alojaba. Y, cuando quiso darse cuenta del error que había cometido, el daño estaba hecho.


Ya no era la jovencita inexperta de Calista.


Ahora era una mujer.


La misma mujer que caminaba en ese momento hacia el orfanato, a grandes zancadas. La mujer de camisa blanca, vaqueros negros y chaqueta perfecta que alzó la vista de repente, como si se hubiera dado cuenta de que la estaba mirando desde la ventana.


—Lauren… —susurró ella.


Camila se quedó sin aliento y, justo entonces, se acordó del médico

que le había informado de la muerte de su madre en el hospital y se volvió a sentir tan sola como abandonada.


La mirada de Lauren la dejó momentáneamente cegada, como si hubiera estado mirando el sol. De hecho, estaba tan desorientada que dio

varios pasos hacia atrás, sin saber qué hacer.


Luego, se dio la vuelta y salió corriendo.


Lauren se desabrochó la chaqueta en cuanto bajó del helicóptero y notó el familiar bochorno de Calista. Para ella, el orfanato había sido una especie de cárcel, y no le prestó particular atención hasta que distinguió un rostro ovalado en una de las ventanas de la primera planta.


Camila ya estaba allí.


Un fantasma en un edificio condenado.


A tanta distancia, no podía estar segura de que fuera ella, pero la

reconoció cuando movió su castaña cabeza y su cabello se agitó como el

maíz maduro en un campo azotado por el viento.


Todo en ella se encogió al recordar su pelo extendido sobre la

almohada y sus ojos brillantes, risueños…


«Maldita sea».


Lauren apretó los dientes, se puso unas gafas de sol y siguió adelante, borrando las emociones de su rostro.


Luego, respiró hondo y se resistió a lo que sentía. Ya no era una niña dolida por la crueldad de su padre, sino una mujer.


¿Por qué demonios habría tomado la estúpida decisión de cruzar medio mundo para asistir a esa reunión? Su secretaria estaba en lo cierto al

afirmar que era peligroso y una colosal pérdida de tiempo.


—Deje que Theodore se encargue de ella —le había dicho—. Es de Calista, e hizo un buen trabajo con la venta del orfanato.


Ninguno de sus otros empleados se habría atrevido a llevarle la

contraria, pero Ava era una mujer de cincuenta y tantos años, una lengua

ácida, estaba casada y tenía hijos, uno de ellos casi de su edad. Y siendo ella uno de los multimillonarios más jóvenes de Nueva York, apreciaba su experiencia, su franqueza y, hasta ocasionalmente, sus instintos maternales.


—No, iré en persona —replicó ella, mientras firmaba unos

documentos—. Encárgate de que preparen el avión, y dile a Elias que tenga listo el plan de vuelo. Ah, y que me esté esperando un helicóptero en el aeropuerto, para ir a Calista.


—Pero señora…


—Ya he tomado la decisión —la interrumpió, jugueteando con los

gemelos de su camisa—.


Necesito que preparen Villa Rosa.


—¿Piensa quedarse mucho?


—Tal vez.


A decir verdad, Lauren no tenía ni idea de lo que iba a hacer.


Sencillamente, era una oportunidad perfecta para hablar con Camila

Cabello cara a cara y decirle lo que le tenía que decir. Era demasiado importante para decirlo por teléfono o correo electrónico, y ya había

esperado demasiado.


Además, no sabía cómo iba a reaccionar y, como era una amiga de la infancia, prefería hacerlo en privado y con gentileza.


Sin embargo, eso no significaba que no estuviera de acuerdo con el análisis de Ava.


Teniendo en cuenta su pasado, era un escenario infestado de peligros.


Pero la idea de verla en persona había echado raíces en su mente, y no se iba a echar atrás.


—No estoy segura de que sea práctico, señora. Este mes va a estar muy ocupado —alegó ella, comprobando el calendario.


—Pues cancela mis compromisos —le ordenó—. También necesitaré un coche, algo apropiado para mí. Y llama a los establos y pídeles que lleven unos cuantos caballos a la casa.


Ava la miró con asombro, y ella añadió, con una sonrisa:


—Oh, vamos. ¿No decías que necesitaba unas vacaciones?


—Ya, pero estaba pensando en un fin de semana en los Hamptons, no en una estancia indefinida en una minúscula isla griega. He visto fotografías de su casa, y sé que está encaramada en un acantilado en mitad de ninguna parte… por no mencionar que no parece muy cómoda, salvo

para un monje tibetano, quizá. ¿Tiene al menos agua caliente?


Lauren volvió a sonreír.


—Es curioso que digas eso, porque fue un monasterio en el pasado.


Pero la reformé hace tres años, y tiene piscina, gimnasio y, por supuesto, todas las comodidades modernas. No tendré que bajar al arroyo en busca de agua.


Ava se estremeció, y ella soltó una carcajada.


—Relájate. Volaré a Calista, hablaré con… la señorita Cabello y volveré tras haber disfrutado de unas cuantas semanas de sol, mar y buceo.


—¿Y qué pasa con la reunión mensual de la junta?


—Estoy segura de que se las arreglarán sin mí por una vez.


Lauren se levantó y se quedó mirando Manhattan desde la ventana.


Llevaba diez años en la ciudad, y seguía enamorada de su paisaje de rascacielos de acero y cristal. Hasta se alegraba de atisbar el río Hudson de vez en cuando, porque le recordaba que Manhattan también era una isla, aunque no se pareciera nada a Calista.


—Tengo una idea. ¿Por qué no ocupas mi puesto en las reuniones

importantes? Al fin y al cabo, sabes lo que opino en casi todos los temas.


Ava pareció sentirse halagada, pero preguntó:


—¿Y el acuerdo nuevo?


No puede negar que se ha empantanado.


Convendría que estuviera en la mesa de negociación.


Lauren apretó los dientes. Estaban en mitad de unas delicadas negociaciones con una empresa de Estados Unidos que pertenecía a una familia ultraconservadora. Y todo se había complicado cuando uno de sus

principales accionistas se quejó de sus aventuras románticas, que definió

como decadentes y escandalosas.


—Diles que estoy buscando una solución.


Lauren alcanzó la chaqueta entonces, se la puso y salió del despacho, con su mente ya en el soleado paisaje de su juventud, por donde Camila y ella corrían sin preocupaciones.


Y ahora estaba allí, bajo el sol de Calista, contemplando el orfanato donde se había criado, el sitio que lo había llevado a ser lo que era; aunque solo después del brutal asesinato de sus padres y de sus ímprobos esfuerzos

por salir de la pobreza.


No era extraño que lo odiara. Lo odiaba tanto que había soñado mil

veces con la posibilidad de derruirlo, o de dejarlo abandonado y permitir

que los rosales y los arbustos lo conquistaran y convirtieran en algo

parecido a un castillo encantado de un cuento de hadas.


Y entonces, el destino intervino.


El director del orfanato se puso en contacto con ella inesperadamente

para pedirle una donación y reformar el edificio, y Lauren vio la

oportunidad de comprar el orfanato, derribar sus crueles muros y dar a los niños un lugar nuevo donde vivir, un principio nuevo para los huérfanos y para sí misma.


Luego, Camila se enteró de lo que planeaba y se opuso. Pero era demasiado tarde. Habían firmado un acuerdo. Los niños ya estaban en otro lugar, y solo faltaban unas semanas para la demolición.


Sin embargo, Lauren se quedó intrigada con su carta, en parte suplicante y en parte, amenazadora. Camila había mantenido un silencio más que elocuente durante los cinco años anteriores, en demostración de que no la había perdonado por lo de París; pero, de repente, se ponía en

contacto con ella por el asunto del orfanato. Una ocasión ideal para que ellahiciera lo que tendría que haber hecho mucho antes.


Como Camila vivía en Londres y ella estaba en Nueva York, la propuesta de encontrarse en el orfanato le pareció un compromiso razonable.


A fin de cuentas, era territorio neutral.


Pero se empezaba a arrepentir de haber tomado esa decisión.


La intensidad de su reacción al verla en la ventana era una prueba evidente de que ni había superado lo suyo ni lo superaría nunca. ¿Cómo lo iba a superar, tras la asombrosa noche de París? Pero sabía cómo tratar a Camila Cabello.


Solo tenía que reprimir su deseo y concentrarse

completamente en los negocios.


Lauren entró en el familiar vestíbulo del orfanato, que encontró vacío.


Se quitó las gafas, se las guardó en el bolsillo superior de la chaqueta y dijo, con toda la seguridad que tanto le había costado adquirir:


—¿Camila? Te he visto en la ventana. Sé que estás aquí. ¿Dónde te has escondido?


Camila no contestó, y ella se sintió tan frustrada que se dirigió

directamente a las escaleras y subió los escalones de dos en dos.


No quería estar más tiempo del necesario en aquel edificio. Cuanto antes saliera de ella,

mejor.


Los recuerdos asaltaron su mente por el camino.


Se acordó de los

chicos mayores que le insultaban, le pegaban y le tiraban piedras. Ella

siempre devolvía los golpes, aunque no pudiera con ellos.


Segundos después, oyó un ruido procedente del cuarto donde se solían guardar las escobas, las fregonas y los cubos.


Estaba debajo de la escalera, y era tan pequeño que apenas cabían un par de personas.


Lauren respiró hondo y dudó antes de abrir la puerta. Cuando era

niña, su padre lo encerraba para castigarla, y ahora odiaba tanto los espacios cerrados que hasta odiaba los ascensores. Pero, a pesar de ello, sacó fuerzas de flaqueza y se asomó al oscuro espacio, donde vio dos cosas: la escoba que Camila había tirado al entrar y las puntas de dos elegantes zapatos.


—Venga, sal de ahí —dijo en griego, retomando su idioma natal—.


Este no es sitio para ti.


Camila se solía esconder allí cuando eran niños, como bien sabía Lauren.


Entonces, el cuarto no tenía puerta, sino una simple cortina, y ella

se apretaba contra la pared en cuclillas mientras los empleados del orfanato intentaban localizarla. ¿Cuántas veces había tenido que ir a buscarla? Eran dos inadaptadas: la chica de las cicatrices en la cara y la chica de pasado delictivo.


Eran inseparables, amigas de verdad.


Hasta que París transformó su amistad en otra cosa.


—Márchate, Laur.


—Parakalo… —le rogó ella en su idioma.


—No.


—No seas cobardica. Me pediste que viniera, y aquí estoy —dijo

Lauren, forzándose a entrar a pesar de su claustrofobia—. Deja de

esconderte en la oscuridad, obsesionada con lo dura que ha sido tu vida. Te aseguro que la mía ha sido bastante peor que la tuya.


—¿Cómo? —dijo ella, enrabietada.


Camila, que estaba acurrucada en la esquina, se levantó. Tenía el pelo revuelto, y llevaba un vestido blanco completamente inadecuado para un lugar tan rústico como Calista. Lauren la había visto después de su operación de cirugía estética, cuando se encontraron en París; pero, a pesar de ello, se volvió a sorprender al ver su rostro sin ninguna cicatriz.


Su cirujano había hecho un buen trabajo.


—¿Cómo te atreves a decir eso? —bramó ella—. Deberías saber mejor que nadie que…


Camila guardó silencio repentinamente.


Sus miradas se acababan de encontrar.