Chapter 0
“If you can't live, run away.”
El cielo no era más que un lienzo desgarrado, atravesado por hendiduras irregulares que resplandecían en colores humanamente imposibles. Tonos púrpuras y dorados fluían como sangre antigua en la extensión de este, vibrando con un pulso casi vivo que no hacía más que retumbar en él, en sus sentidos y en su corazón.
O debería decir ¿dos corazones? aún si esto no es lo importante, aún si esto no es lo que le atormentaba. Aún si eso no era lo que le impedía respirar de forma correcta y, a consecuencia del ambiente caótico, su respiración irregular le impedía estar tranquilo.
Las estrellas, si aún podían llamarse así, parecían simples ojos rotos, destellos moribundos atrapados en la vasta tela del cosmos, sedientos de algo o alguien; y tal vez Jimin sabía quién era ese alguien. La ciudad, bajo aquella bóveda abandonada y destrozada, se erguía como un cadáver de acero y concreto, sofocada por un silencio que pesaba más que cualquier ruido, estaba casi en la nada y eso, le pesaba más que todo.
En la periferia, donde las sombras parecían más densas, un reloj olvidado en lo alto de una torre dejó caer sus campanadas al vacío. Una tras otra, doce veces, a pesar de que ningún reloj debía funcionar allí. El sonido retumbó como un juicio, reverberando a través de callejones estrechos y edificios con ventanas ciegas.
Las marcas estaban por todas partes, garabatos que parecían grabados a fuego vivo en las paredes, en los suelos, incluso en la carne de quienes se atrevían a mirar demasiado tiempo. Símbolos que cambiaban si los contemplabas bajo la luz equivocada.
Bajo la protección equivocada, si mirabas y decías que “el juicio era ese, había llegado la hora” te equivocas, no era ningún juicio. Era un maldito genocidio.
El aire estaba cargado con un aroma acre que le impedía respirar sin sentir la bilis aproximarse: era hierro oxidado, como sangre seca, mezclado con algo más dulce, más perturbador, como flores en descomposición terminal. Las luces de las farolas chisporroteaban, lanzando destellos erráticos antes de apagarse por completo, como si algo las absorbiera desde dentro. Como si un maldito agujero negro absorbiera toda la luz de aquella ciudad, y nadie podía hacer nada para detenerlo.
En medio de aquel caos detenido, caminaba Jimin. Su figura delgada parecía apenas un espectro sin rumbo entre las ruinas, pero la tensión en sus hombros delataba una guerra interna que ningún otro podría ver, una espiritual. Su piel brillaba bajo la tenue luz artificial, como si estuviera hecha de porcelana fracturada, cada grieta reflejando los fragmentos de un pasado que le era imposible escapar.
El brazalete que llevaba en la muñeca —el cual era negro y sencillo a primera vista— escondía un secreto que solo él conocía y debía conocer por el resto de su vida. Era el único vestigio de la vida que había llevado antes de aquella noche fatídica, cuando un ángel había bajado del cielo desgarrado y pronunciado su condena con la voz más dulce que jamás había oído. Ahora, podía sentir ese vínculo celestial como un hilo invisible alrededor de su cuello, tirando de él hacia un destino que no deseaba comprender.
Que no deseaba realizar y, mucho menos, vivir en carne propia.
Una ráfaga de viento helado atravesó la calle sin esperar. No era natural, no podía serlo. Traía consigo un murmullo, un cántico en un idioma que ya no existía, pero despertaba algo en su sangre, algo primitivo y aterrador. Estaba aterrado.
—No puedes correr, Jimin. La noche te reclamará, como siempre lo ha hecho.
La voz no provenía de ninguna dirección en particular; era más como un eco atrapado en su mente sin tregua a salir, un peso en su pecho que apretaba cada vez que respiraba. Cerró los ojos por un instante, intentando ignorarla, pero cuando lo hizo, vio algo peor: la visión.
Un cielo teñido de carmesí. Alas gigantescas, negras como un abismo, extendiéndose hasta el horizonte y en el centro, unos ojos que lo perforaban, ojos que lo conocían incluso más de lo que él se conocía a sí mismo.
Abrió los ojos, jadeando, y se aferró a la pared más cercana. Su respiración era entrecortada, pero el frío tacto de la piedra le recordaba que aún estaba en la ciudad, aún podía moverse, aún estaba vivo y lo sabía, esa visión no era solo un sueño. Era una advertencia. Las visiones nunca mentían, y él, lo sabía mejor que nadie.
Cuando el horizonte comenzó a teñirse con el resplandor de un amanecer que no traía luz, sino solo ese inquietante brillo rojo, Jimin supo que había llegado el momento. El sello en su muñeca ardió como si algo del otro lado lo estuviera reclamando, y el mundo a su alrededor se tornó más oscuro, más pequeño. La caza estaba por comenzar, y esta vez, no había lugar donde esconderse.