Atrapada Con Su jefa

Summary

¿Cuál era el protocolo... cuando una estaba atrapada en medio de una tormenta de nieve con su jefa? Con dos hermanas a las que cuidar, Camila Cabello no podía arriesgar su puesto de trabajo como conductora en Industrias Jauregui. Olvidarse de la ridícula atracción que sentía por su jefa, Lauren Jauregui, era esencial, aunque resultaba evidente que la atracción era mutua. Ir con ella a una lujosa estación de esquí sería una tortura. Pero todo cambió cuando una tormenta de nieve las aisló de la realidad. De repente, dar rienda suelta a la pasión era inevitable, pero Camila nunca imaginó que Lauren le abriría su endurecido corazón o que lo que veía en ese corazón la haría soñar con algo más que un par de noches de pasión.

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18+

Capítulo 1

Camila estaba en la sala de llegadas del aeropuerto de Ciudad del

Cabo, con un vaso de café con hielo en una mano y un arrugado cartel de Industrias Jauregui en la otra.


Había tenido la intención de hacer otro, pero entre sus innumerables trabajos, llevar a sus hermanas al colegio,

supervisar los deberes, hacer la cena y estudiar para obtener su título

universitario, apenas tenía tiempo para nada más.


Suspirando, sopló para apartar un rizo de sus ojos. Se había sujetado el pelo en una trenza, pero empezaba a desmoronarse.


Necesitaba un corte de pelo, una limpieza de cutis, un masaje, dos millones de dólares...


Camila miró la pizarra electrónica y luego su móvil para comprobar la

hora. El vuelo de Londres había aterrizado quince minutos antes, de modo

que los pasajeros aparecerían en cualquier momento.


Había conocido a muchos empleados de Industrias Jauregui en los últimos años y se preguntaba a quién estaría esperando en esa ocasión. A veces le tocaba llevar en el coche a alguno muy charlatán, emocionado de estar en África, que la acribillaba a preguntas a las que ella respondía como podía.


Otras veces era alguien que se pasaba el viaje al hotel o a las oficinas de Industrias Jauregui pegado al móvil.


En esas ocasiones tenía que controlar el impulso de decir que dejasen el teléfono y mirasen por la ventanilla, que contemplasen la famosa

Montaña de la Mesa, a veces cubierta por las nubes, a veces no. Le gustaría recordarles que estaban en una de las ciudades más bonitas del mundo y que debían levantar la cabeza de la pantalla del móvil. Pero, por supuesto, mantenía la boca cerrada porque ese era su trabajo y lo necesitaba.


Camila tomó un sorbo de café, con la esperanza de que la cafeína hiciese efecto. La noche anterior se había quedado dormida en la mesa del

comedor a las dos de la mañana. Estudiar para obtener un título en

Psicología Forense era algo que solo podía hacer cuando Emily y Sofía se

habían dormido e invariablemente para entonces estaba exhausta. Iba aprobando todos los módulos, pero desearía tener tiempo para profundizar en cada tema.


«Estás haciendo lo que puedes, eso es lo único que debes pedirte a ti misma».


Aun así, sentía como si estuviera caminando por una cuerda floja sobre un cañón. En ese momento, la cuerda estaba tensa y firme y ella sabía dónde debía poner los pies, pero si el viento se levantaba o alguien más saltaba sobre la cuerda perdería el equilibrio y caería de cabeza al vacío.


No podía haber interrupciones o distracciones en su vida.


Los pasajeros del vuelo de Londres comenzaban a entrar en la sala de

llegadas y Camila tomó un sorbo de café, preguntándose si la rubia alta con los pantalones de lino blanco sería su cliente. O tal vez el chico con gafas y aspecto de empollón.


No, esos eran pasajeros de primera clase y la mayoría de sus clientes viajaban en clase ejecutiva o clase económica.


Un mujer vestida de negro, blanca y más alta que la mayoría, metro setenta o más, llamó su atención entonces.


Camila ladeó la cabeza,

admirando los anchos hombros y ese cuerpo de nadadora. Llevaba un jersey de cachemir con cuello de pico, las mangas subidas hasta la mitad de los bronceados antebrazos. El fino material parecía acariciar su ancho torso y sus fuertes bíceps. El elegante pantalón negro destacaba sus largas piernas y llevaba unas modernas zapatillas de deporte en blanco y negro. En las manos, una bolsa de viaje de aspecto caro y una elegante funda de ordenador.


Era tan sexy que le temblaron las rodillas. Estaba como un tren.


Camila no salía con nadie y no lo haría a corto o medio plazo. Aunque

tuviese tiempo para una aventura, que no lo tenía, la mayoría de las personas daban marcha atrás cuando descubrían que debía programar su

vida amorosa en torno a las necesidades y demandas de sus hermanas pequeñas.


Incluso si solo era una breve aventura, a las personas les gustaba ser lo primero en la lista de prioridades.


Su madre había tenido docenas de relaciones amorosas, todas breves,

y Camila era bastante cínica sobre el amor y sobre la capacidad de los seres humanos para comprometerse. La verdad, tener una persona en su vida sería

poco práctico.


Una aventura a corto plazo sería complicada, pero con alguien como

aquella adonis haría el esfuerzo de encajarla en su día a día. O en la noche.


Ella sacó un móvil del bolsillo trasero del pantalón y miró la pantalla con el ceño fruncido. Su pelo era negro, corto y espeso, bien cuidado. No podría decir de qué color eran sus ojos, pero tenía una nariz larga, femenina, la mandíbula definida  y unos pómulos altos y marcados.


No era exactamente guapa, pero irradiaba tal feminidad que podría parar el tráfico.


Camila vio cómo se pasaba una mano por el pelo en un gesto de

frustración antes de llevarse el móvil a la oreja. Parecía italiana, o tal vez griega o árabe. Su nacionalidad no importaba. Sería clasificada como una adonis de Londres a Camberra.


Y ella tenía que dejar de mirarla con la boca abierta. En serio, debería salir más si era así como la afectaba una extraña, por guapa que fuese.


«Cálmate, Cabello».


Desgraciadamente, apartar la mirada resultó más difícil de lo que había esperado. Estaba a punto de hacerlo, en serio, cuando ella giró la

cabeza y sus ojos se encontraron. A pesar de estar a cierta distancia, Camila sintió el calor de su mirada por todas partes.


Era fácil imaginar lo que estaba pensando: pelo largo, castaño y liso, un rostro redondo y cubierto de pecas, una nariz pequeña, unos labios gruesos y ojos marrones. Una chica baja y demasiado delgada, castaña, con unos vaqueros negros, botas de motorista y una vieja chaqueta vaquera sobre una camiseta blanca.


Ella no bajó la mirada y Camila tuvo que hacer un esfuerzo para respirar.


¿Por qué todos los colores y los sonidos del aeropuerto parecían

amplificados? Tal vez estaba sufriendo una apoplejía porque su corazón se había vuelto loco y le daba vueltas la cabeza.


O tal vez se trataba de pura atracción animal, un fenómeno que ella no había experimentado nunca, pero del que había oído hablar.


La adonis tomó la bolsa de viaje y empezó a caminar...


Y, madre mía, ¿se dirigía hacia ella?


¿Iba a entablar conversación con ella? ¿Qué? ¿Por qué?


Camila no tenía mucha práctica con las personas y no sabía flirtear.


Además, en ese momento no podía respirar y, a pesar de haber tomado un par de sorbos de su café con hielo, tenía la boca seca. ¿Qué iba a decirle?


¿Y cómo respondería ella?


Camila miró por encima de su hombro. Tal vez se dirigía hacia alguien que estaba detrás... pero no.


Definitivamente, la guapísima extraña se dirigía hacia ella.


Y, por alguna razón, se sentía ridículamente vulnerable. Como si aquella extraña la conociese, como si pudiese descubrir todos sus secretos.


Como si supiera que, bajo ese despreocupado y sereno exterior, estaba

llena de dudas, cuestionando todo lo que hacía.


Y, a veces, hasta quién era.


Pero la extraña se dirigía hacia ella y Camila no podía dejar de mirarla.


¿Por qué no podía apartar la mirada? ¿Qué le pasaba?


Sus ojos eran de color verde. Su colonia, una femenina combinación de vainilla y jazmín se mezclaba con el aroma de un jabón caro.


Se había duchado recientemente porque tenía el pelo húmedo, pero no se había molestado en secarse el cabello.


De cerca era aún más impresionante que a distancia.


«Tranquila. No digas ni hagas ninguna estupidez».


-Soy Lauren Jauregui...


Pero antes de que terminase la frase, un ruido en el bolsillo de sus

vaqueros hizo que Camila diese un respingo. El volumen estaba al máximo para poder oírlo desde todos los rincones de la casa y, sobresaltada, Camila apretó el vaso de plástico con tanta fuerza que la tapa saltó.


Y entonces observó, horrorizada, que un chorro de café frío volaba hacia ese hermoso rostro y después se deslizaba por el amplio pecho cubierto de cachemir.


«Oh, no. Oh, no, ayuda, socorro».


Lauren estaba acostumbrada a bajar de su avión privado y subir directamente al coche que la esperaba en el aeropuerto, una transición que había hecho quinientas veces.


Pero su llegada a Ciudad del Cabo no había sido así.


Y, de momento, todo era muy exasperante.


Si su ayudante habitual hubiera estado a cargo del viaje ya estaría en

un coche, a medio camino de la oficina.


Pero, debido a que Jack estaba de baja por paternidad, tenía que arreglárselas con un asistente virtual y, hasta

el momento, estaba demostrando ser un desastre.


Al final del día estaría lidiando con el ayudante virtual número tres o

cuatro, ni lo recordaba, y ella tenía demasiadas cosas que hacer como para soportar tanta ineficacia. Necesitaba a alguien que le facilitase la vida, no al contrario.


Y, de verdad, ¿tan difícil era encontrar un coche que lo llevase a la sede de Industrias Jauregui en Ciudad del Cabo?


Después de dar vueltas por el aeropuerto durante quince minutos, por fin un empleado de la oficina le había dicho que el conductor le esperaba en la sala de llegadas. Llevaba un cartel y, al parecer, era una mujer castaña que seguramente iría vestida de negro.


Lauren la encontró inmediatamente, con los ojos clavados en ella. Y, por alguna razón, al verla sus pulmones no parecían capaces de llenarse de oxígeno.


Era baja, casi un metro cincuenta y siete, con unas botas toscas y feas,

pero decir que tenía el pelo castaño sería como decir que el sol era amarillo.


Era una descripción carente de imaginación para un tono tan inusual.


Largo y liso, no era castaño, naranja o castaño rojizo sino una cacofonía de colores que le recordaba a los árboles del Parque Nacional Bukhansan en Corea del Sur. Y esas pecas...


Eran perfectas. Y no solo en la nariz o en las mejillas, no. Todo su

rostro estaba cubierto por una Vía Láctea de puntitos de color canela.


Era de infarto


Era delgada, pero con curvas, y tenía una boca ancha y sexy y unas

cejas perfectamente arqueadas sobre unos ojos brillantes.


¿Marrones?


No lo sabía bien. El inusual color de su pelo la hacía destacar entre la

multitud y eso no era fácil en un aeropuerto abarrotado.


Y, al parecer, aquella chica era su conductora.


Era la primera mujer que la atraía de ese modo en mucho tiempo.


Los últimos seis meses habían sido un ajetreo continuo y el sexo no estaba en su lista de prioridades, pero aquella chica era una empleada de Industrias Jauregui y ella no tonteaba en la oficina.


Después de guardar el móvil en el bolsillo del pantalón, se colgó al

hombro la bolsa de viaje y se dirigió hacia la castaña. Ella la miraba con expresión recelosa, pero el brillo de sus ojos le decía algo más. Lauren tenía edad y experiencia suficientes como para saber que esa inmediata e inconveniente atracción era recíproca, pero después de todo lo que había pasado en los últimos meses aquello no era lo que necesitaba.


Se dijo a sí misma que debía recuperar el control. Estaba cansada,

estresada, y esa reacción era exagerada. La castaña solo era otra mujer, nadie especial. Ella no tenía tiempo para aventuras. Tenía que dirigir un fondo de cobertura, vender una serie de empresas que había heredado a su

pesar y una vida que reanudar.


Se iría de Ciudad del Cabo en una semana, tal vez dos.


De modo que se acercó a la conductora, diciéndole a sus pulmones que se calmasen de una vez.


Pero la verdad era que la encontraba tan atractiva que parecía como si hubiera metido una mano en su pecho para

apretar su corazón.


Normalmente serena y firme, Lauren nunca se había dejado llevar por

una simple atracción física. Claro que aquella atracción era tremenda, pero solo tenía que calmarse y...


Estaba presentándose cuando fue interrumpido por lo que parecía el

sonido de una sirena. La castaña, sobresaltada, apretó el vaso que tenía en la mano y un chorro de café la golpeó en la cara y se deslizó por su jersey.


Lauren se quedó inmóvil, atónita y empapada, preguntándose qué había pasado. Y entonces vio que los ojos de la castaña se llenaban de lágrimas.


Ella podía soportar un vuelo largo, tener que buscar un coche que no aparecía en un aeropuerto lleno de gente o recibir un chorro de café en la cara, pero las lágrimas de una mujer...


No eso no. Las lágrimas de una mujer la enloquecían.


Cuando la sirena dejó de sonar, Camila cerró los ojos, rezando para que

aquello fuese una pesadilla, para no estar llorando delante de su jefa, la reciente propietaria de Industrias Jauregui, la mujer que pagaba su salario.


¿Qué demonios le pasaba? Ella no lloraba nunca. ¿Y por qué delante de ella precisamente?


Camila sacó del bolso un paquete de pañuelos, pero le temblaban tanto

las manos que no podía tirar de la lengüeta. Una mano grande y blanca le quitó el paquete y sacó un par de pañuelos con los que se secó las

lágrimas a toda prisa, agradeciendo no llevar una gota de maquillaje.


Le gustaría que se la tragase la tierra.


Cualquier cosa sería preferible a sentirse como una idiota.


La última vez que lloró espontáneamente fue cuando Sinuhe, su madre, le tiñó el pelo de rubio platino. Entonces tenía trece años, pero

ahora tenía más del doble y debería ser capaz de controlar sus emociones.


Y normalmente era capaz. Entonces, ¿por qué lloraba? No estaba

triste ni especialmente preocupada. Sí, estaba cansada, pero había

aprendido a funcionar con una mínima cantidad de horas de sueño.


¿Estaba estresada? Sí, seguramente. Era una mujer de veintiocho años que intentaba, con la ayuda de su hermana Natalie, criar a sus dos

hermanas pequeñas, estudiar, estirar sus ingresos y mantener unida a su heterogénea familia. Camila estaba estudiando Psicología y sabía que el estrés

siempre encontraba una forma de expresarse, a veces cuando la persona

menos se lo esperaba, y que a veces se liberaba entre lágrimas.


Y el agotamiento te hacía más propenso a estallidos emocionales. Sí, ella tendía a reprimir sus sentimientos porque no tenía tiempo para lidiar con ellos y se decía a sí misma que procesaría todo lo que sentía más tarde, cuando estuviese menos cansada, cuando estuviese sola.


Sin embargo, nunca tenía tiempo y rara vez estaba sola, de modo que tal vez todos esos sentimientos reprimidos se habían acumulado.


¿Pero por qué tenía que llorar delante de su jefa?


¿Era porque, de modo inconsciente, su atracción por ella la había hecho recordar que seguía siendo una mujer, capaz de sentirse excitada sexualmente y sabiendo que no podía hacer nada al respecto?


¿Saber que no podría aceptar una invitación para tomar una copa o

para cenar juntas la había hecho recordar todo lo que había sacrificado por sus hermanas, todo lo que no podría tener?


¿La había hecho recordar que no era una chica normal, que tenía más responsabilidades que la mayoría y que a veces se sentía atrapada y culpable por sentirse así?


Posiblemente.


Probablemente.


Pero ya descubriría más tarde las razones para sus lágrimas. Lo que

tenía que hacer en ese momento era calmarse, preferiblemente antes de que Lauren Jauregui la despidiese. Porque si lo hacía tendría una excusa decente para llorar y otra razón para estresarse.


Necesitaba desesperadamente ese trabajo, que la ayudaba a cumplir con sus deberes de madre sustituta.


Cuando levantó la mirada, ella estaba quitándose el jersey empapado y ese torso ancho y musculoso a través de ese sostén provocó una especie de aleteo en su útero y un inconveniente calor entre las piernas.


Ella estaba tirando de la camiseta negra que llevaba bajo el jersey y Camila no podía dejar de mirar sus bíceps. Luego se puso en cuclillas, abrió su bolsa de viaje y sacó otro jersey de color gris pálido que se puso a toda

prisa antes de incorporarse sin decir una palabra.


No podía haber tardado más de un minuto, pero a Camila le pareció como si hubiera estado mirando una película porno. Y le gustaría rebobinar.


Pero aquella mujer era su jefa y ella necesitaba el trabajo, de modo que en lugar de comérselo con los ojos debería disculparse e intentar actuar como la profesional que era.


Claro que, después de haberle tirado el café encima había muchas posibilidades de que tuviera que despedirse de su puesto de trabajo.


Camila se aclaró la garganta.


-Siento mucho haberle tirado el café y siento haber llorado. No sé qué me pasa.


Ella puso la mano sobre la suya, pero la apartó enseguida, como si le

hubiese mordido una cobra.


-¿Cómo te llamas?


Camila había olvidado decirle su nombre.


Genial, todo iba genial.


-Camila Cabello.


Ella tomó la bolsa de viaje y se la colgó al hombro.


-Me gustaría salir del aeropuerto de una vez.


¿Dónde está el coche?


Camila tuvo que pararse un momento para pensar.


-En la planta de abajo. No está lejos, pero si lo prefiere puede esperarme en la zona de recogida. Yo llevaré su bolsa de viaje.


-Tengo dos piernas, puedo andar.


Sí, tenía dos piernas estupendas, larguísimas, fuertes...


-Vamos -dijo ella entonces con tono brusco-. Quiero ir al hotel y luego a las oficinas de Industrias Jauregui.


¿Significaba eso que no estaba despedida? ¿O estaba esperando que lo llevase al hotel antes de darle la patada?


Camila siguió los anchos hombros sintiéndose totalmente desorientada.


Lauren Jauregui parecía una mujer indescifrable y no debía ser la primera

persona, ni la última, que se preguntaba cuáles eran los planes de la poderosa empresaria.