Capítulo 1

Una sala silenciosa. Nada más que una maldita sala silenciosa.
Estoy con dos perezosos mimados. Dos perezosos que solo esperan la hora de comer, pero que no contribuyen en absolutamente nada.
(Fiuu, fiuu♪).
La flauta metálica colgante que sirve como adorno es la única que hace acto de presencia, pero me molesta tanto que Shiroi sea la responsable de su retintín.
—Oye, Chris-
—NO, Shiroi—la interrumpí—, no vamos al arcade.
Ella asintió en silencio, cabizbaja.
Muevo la vista al techo, irritada.
Las prímulas florecidas colorean este cuarto verdoso, repleto de enredaderas y macetas colgantes, dispersas alocadamente.
Ese dolor de cabeza vuelve... ¡Seguramente la culpa es de este desorden! O tal vez de este cuarto de conserje al que llamamos oficina.
Knock, knock.
Una imagen alargada con cola de caballo se vislumbró en el cristal traslúcido, que empezaba a contagiarse de verde como el resto del cubo.
Abrí la puerta, emocionada, a pesar de que momentos antes parecía un animal rabioso. La dicha disipó mi enojo antes de que fuera consciente de ello.
—¡Ruth! —grité a la mujer que miraba atentamente su hoja.
—¡¡Christine!! ~ —respondió mi amiga animadamente, dándome un abrazo.
Sus ojos asiáticos me observaron dulcemente como si fuera su hermana. Solo me llevaba un año; por eso se iba a la universidad.
Venía vestida con unos jeans y un chaleco de mezclilla, resaltando su apariencia madura.
—¿¡Qué se siente ser presidenta de un club!? ¡Todos sabemos que no hay nadie más apta como dictadora! —bromeó dándome un codazo y guillándome un ojo.
—Bu-Bueh-Pues...—me tropecé con mi lengua, lamentándome internamente —Se siente bien—contesté, cándida, apretando mis puños temerariamente.
Ella agarró mi hombro, comprensiva.
—Escucha, mi reina—me llamó inspiradamente—, TÚ te vas a encargar de convertir a las chicas nuevas—Señaló a Shiroi y Emme, que igual estaban escuchando, atentas—... ¡En las GUERRERAS más grandes del Olimpo, ¿ESCUCHASTE?!
Asentí, iluminada.
—¡Esa es la actitud, leona! —Sin aviso, me dio una nalgada.
—¡¡AUch-!!
—¡Ok! Habiendo resuelto eso... —Ruth me pasó los papeles que estaba sosteniendo y cambió su expresión a una más seria—La asamblea académica dictaminó que el club será disuelto si no reclutamos más miembros.
—¡¿QUÉ?! —protesté, corroborando violentamente el contenido del impreso.
—Síp—mi amiga se quejó sobando su cuello—. De verdad lo lamento, Chris. Todas las chicas lo lamentan igual.
Me encontré con un sentimiento indignado, pero, sobre todo, afligido; Frida, Ruth, Audre... Ya no pasaría tiempo con ellas de nuevo.
Ellas me habían hecho quién soy.
¿Cómo lo lograría sin ellas?
—Hey—Ruth me dio un abrazo fuerte—¡Lo harás genial, que no se te olvide! —Ella derramó pequeñas lágrimas de despedida.
Y creo que yo también quería hacerlo.
—¡Ja! ~ —solté una risotada engreída— ¡Sabes que lo haré genial!
Me devolvió la sonrisa.
—¡Claro que sí! No entiendo por qué el director tiene tanto empeño con nuestro club, ¡Pero ese calvo no logrará destruirnos! —Chocó las palmas conmigo. Me estaba dando su voto de confianza, ¡Lo sé!
—Solo una cosa...—mencionó brevemente antes de retirarse.
“¡Nada de hombres ni personas raras, ¿OK?!”
[PIT, PIT, PIT]
[¡Primer día de clases!], mi alarma me despertó súbitamente.
(¡¡!!)
Revisé ansiosa la hora. Mi cabello estaba hecho un desastre y las lagañas adornaban mi rostro.
<<¡¡6 AM!!>>
Me levanté como Dios manda. Puse a andar mis pies hasta llegar al baño; mi camerino personal.
"Ignoramos nuestra verdadera estatura, hasta que nos ponemos de pie”.
Le sonreí al espejo.
Un ejercicio de quince minutos, un desayuno balanceado y un vaso de agua sería la mejor manera de empezar el día.
Si no fuera porque...
—¡Siri, quita tu trasero de la pantalla! —le reclamé a mi hermana.
—¡¿Cuál es el problema?!—respondió ofendida mientras hacía zumba—¡Yo también tengo que reforzar estos deliciosos muslos~, ¿sabías?
—¡Ahg!—refunfuñé, resignada—¡Siempre tomas la tele cuando es mi turno!
—Soporta, enana—contestó burlonamente.
Exhalé con odio acumulado, pero lo dejé pasar.
Caminé en dirección a mi cuarto con el propósito de cambiarme, mas una chica de trece años, adornada y en silla de ruedas, bloqueó mi camino.
—Buenos días, hermana—Embozó una sonrisa delicada—. Aquí está tu desayuno—Me ofreció un plato grande.
—Gracias, Cookie—le agradecí.
Asintió dulcemente... Muy dulcemente.
Emprendí un recorrido apresurado hacia mi asiento, tenía una mala espina.
—Por cierto—Detuvo mi paso—, sabes que me encargo de algunos deberes, ¿verdad? Pero he notado que Alguien no limpia su cuarto y me deja su tarea a Mí.
Una gota de sudor bajó por mi nuca.
Pinté mi párpado superior derecho con el color que representaba la continua lucha que escondía de todos; el color morado.
Pinté mi párpado inferior izquierdo con el color que representaba mi aparente autonomía; el color amarillo.
Guardé mi delineador con sumo cuidado y sujeté mi mochila con determinación, lista para partir.
—Ten cuidado, hermana—se despidió Cookie.
—Ja... —Solté una risa desconfiada— Sabes que lo haré genial.
Ella me sonrió.
Tenía que hacerlo genial.
Agarré mi bicicleta y pedaleé.
Un oleaje de colores nostálgicos atacó mi memoria. Aceites esenciales, chocolate batido, pintura fresca... Y, en seguida, otra ola, pero de colores brillantes, neutros y opacos, encestó en mi retina, como si cada casa y vecindario fueran un eco de voces rogando por ser escuchadas, por ser diferentes.
“¡Feliz primer día de clases, querida! “, me saludó animadamente una vecina.
Me deleité con la personalidad de cada familia hasta rebasar mi barrio, y llegar a otra zona.
Y el contraste entre ambos sitios no se hizo esperar.
Una vez entré, un aire de depresión hizo temblar mi piel. El nuevo lugar consistía de varios departamentos en fila, hechos de ladrillo con un tinte gris. Es como si fuera un pueblo fantasma, un pueblo muerto de tristeza.
Un nudo incómodo subió a mi garganta. Inconscientemente pedaleé más rápido.
Después de avanzar un rato, al fondo pude observar el camino del monorriel, y el final de esta vecindad tan lúgubre.
Estaba tan inquieta por llegar, que no puse atención en el cruce.
“¡¡AUUCH-!!“.
Me estampé con alguien sin darme cuenta, mi bicicleta se elevó sobre la víctima después del impacto. Yo caí sobre mi trasero, sintiendo un punzón fuerte en mi parte baja. Las ruedas de mi vehículo terminaron en mi pierna, dolorosamente.
Pero a la otra persona le fue peor, pues había sido arremetida directamente contra el suelo, siendo arroja un metro lejos de mí.
Sintiendo un fino dolor en mi extremidad, me atreví a preguntar el estado del desconocido.
—¡C-Chk! ¿¡Estás bien!?
El individuo de suéter gris hizo un inmenso esfuerzo por levantarse.
Ni siquiera respondió.
Con las piernas temblando, encontró fuerzas para erguirse y conectar nuestras miradas.
Era un chico de mi edad. Probablemente de mi misma escuela.
Con un semblante que no pude describir, el chico huyó despavorido a la estación del tren.
—¡O-Oye! —Intenté reponerme.
—¡¡Espera!! ¡PERDÓNAME!
Pero el encapuchado ya no estaba.