Capítulo 1
CAPITULO 1: PERSECUCIÓN
Ellas corrían todas con temor hacía el bosque, el frío se sentía de lleno en el cuerpo y ese aire gélido les raspaba la garganta en cada resoplo de cansancio, el viento en la cara no les permitía correr con más velocidad y el cansancio las hizo detenerse sin más. Mirando hacia atrás veían como el pueblo carpático estaba desatado por la ira y violencia que el sacerdote les había inculcado contra ellas.
El Sacerdote Stefan estaba seguro que estas jóvenes no tenían las mejores intenciones mediante sus pócimas de hierbas naturales, gran casualidad era que los niños que intentaron curar iban todos cayendo de uno en uno. Los pequeños comenzaban con una simple fiebre, acompañada de pequeñas erupciones cutáneas leves que iban agravándose cada vez más, seguidas de grandes dolores de cabeza, fatiga y un intenso agotamiento. Las madres envueltas en incertidumbre y temor no tuvieron reparo en acudir a ellas, ya habían intentado los mejores cuidados, los caldos y baños con agua no conseguían calmar las fiebres y mejorar a los niños.
“¡Voy a acudir a ellas, no me importa lo más mínimo si me juzgáis! Se ve que son sabias, tienen conocimiento y estás jóvenes son muchachas buenas. Exclamó Irina.
Irina llevaba tiempo desesperada, pues su pequeña era la que peor estaba de todo el pueblo, las erupciones se habían agravado tanto que se llenaron de pus y ella no daba más de sí misma para luchar contra la enfermedad. El padre de la pequeña falleció cuando Irina tenía 6 meses de embarazo de su querida hija, que solo ella sabe el amor que le guarda al ser lo único que a ella le queda. Llena de esperanza Irina se fue a contactarlas acompañada de dos familias más que no estaban dispuestas a esperar a que sus hijos llegaran al mismo punto al que la hija de Irina llegó. Eran 5 hermanas, de larga melena negra y oscura como la misma oscuridad de la noche, piel blanca fría, al igual que la mirada de cada una de ellas. Vinieron al pueblo con la abuela de ellas hará unos 3 años, la señora ya era mayor y enfermó, pero sabiendo que no le quedaría mucho, les aseguró a las jóvenes que a pesar de la ida de ella, el pueblo era seguro ya que ella creció allí y guardaba buenos recuerdos, les pidió que se quedaran allí y siguieran con los remedios y prácticas que habían aprendido para poder ayudar a los demás al igual que tantos años hizo la señora. Se refugiaban en una pequeña casa en donde la señora creció y ya no quedaba alma viva, pero eso sí la casa se conservó al igual que el primer día. Silvana, Petra, Alina, María y Morgana eran hijas de una humilde pareja que se ganaba la vida vendiendo hortalizas que ellos mismos cultivaban. La vida no los trataba de la mejor manera y alimentar la boca de 5 hijas para ellos llegó a ser un suplicio, la madre de ellas nunca estuvo unida a la abuela, el misticismo que la señora guardaba la hacía pensar que estaba loca.
En una noche cálida de verano la pareja no tuvo reparo en huir solos en busca de una mejor vida en donde no tuviesen que esmerarse para conseguir un pan y alimentar ocho bocas, trabajar día y noche sin parar entre la pobreza que les rodeaba. Pero la abuela no las dejó solas en ninguna adversidad. Iban a recolectar frutos del bosque más cercano, ayudaban a los aldeanos en las tareas a cambio de comida, avanzando en edad comenzaron a aprender prácticas que la abuela les mostraba de sus libros. Eran con el fin de brindar ayuda a quién lo necesite mediante las riquezas que dejaba la naturaleza, hierbas como la Menta, salvia, romero, aceites naturales, piedras, madera y ciertos cristales que podían llegar a ser grandes protectores personales.
Pero nada mejor que orientar a las nietas hacía este mundo místico que desde el sitio en donde la señora entró en todas estas prácticas místicas y un tanto extrañas “Măgura” una aldea al sur de Transilvania, donde el tiempo parecía no moverse, olía a pinos y tierra húmeda la gran parte del año, una aldea con una casa pequeña orientada cerca del bosque. Esa casa fue en donde ella se crió y tenía tantos libros y recuerdos que sabía que si volvía probablemente siguiese todo allí. Las seis jóvenes tras andar unos días muy cansadas consiguieron llegar a la morada, estaban rodeadas por los montes Carpáticos, y la diminuta casa se conservó muy bien por suerte de ellas. Siguieron saliendo a por comida y creando pócimas y aceites como remedios naturales hacía el dolor y las enfermedades mientras que se acostumbraron al pueblo que les rodeaba, allí las caras eran siempre las mismas, los días eran tranquilos y largos, el tiempo era bien aprovechado y los aldeanos siempre tenían labores para todo el día. Esa tarde nublada que las hermanas salieron a recorrer la zona todos querían saber ¿Cuál era la historia de estas 5 jóvenes que allí se instalaron?.
El pueblo hablaba sobre la extraña señora, los ancianos la recordaban como una joven que se pasaba el día sola en el bosque recolectando piedras, ramas, y todo tipo de “hierbajos” ¿Acaso no estaba cuerda?. La señora se mudó de pueblo en cuanto su hija se quedó embarazada de la tercera nieta, tantas eran las quejas de cansancio que recibía por carta, al punto de dejar la señora la casa para irse a echarle una mano a su hija.
La abuela de las muchachas siempre fue una señora de buen corazón y difícil de descifrar, Elena quiso enseñarle a su hija los poderes de los elementos naturales y todos los conjuros que ella había aprendido de sus antepasadas, el bosque para ella era un hogar al que siempre sentía ansias de volver y la atraía como un imán. La hija en cambio en cuanto pudo se fue de ahí, siempre las etiquetaban como locas, por todas las veces que se le veía a la madre recitando ciertas palabras extrañas mientras que quemaba algunas hierbas en un cazo.
Si bien es cierto que su hija no compartía su misma afición y sensibilidad hacía este mundo espiritual, Elena se encargó de que sus nietas conectaran con el bosque y los elementos naturales que este les brindaba, desde que ellas tuvieron uso de razón. Las chicas sabían que no podían compartir sus conocimientos, ideas, ni mucho menos contar lo que hacían a nadie ajeno a ellas, al igual que bien sabían que la magia puede ser con fines buenos o con fines muy oscuros
En uno de los recorridos en busca de conseguir algunos botes de cristal para hacer jarabes para dolores de cabeza y estómago, Morgana y Petra se pararon con algunas mujeres del pueblo a conversar.
-¿Y cuánto tiempo pensáis quedaros? Aquí nos conocemos todos, y coincidimos en que vuestra llegada es extraña.
-Tal vez sean días, tal vez sean años. No tenemos un fin ni labor concreto, solo venimos a la casa de nuestra abuela, ella era de aquí. Exclamó Petra.
Petra siempre hablaba por todas, era más rápida dando buenas respuestas que las sacase de un apuro. En cambio Morgana a duras penas articulaba alguna palabra de vez en cuando.
-Esperamos que esta llegada no suponga problemas para ninguno de los aldeanos y vuestras intenciones sean buenas. No nos gustaría que nadie ajeno se instalase en nuestro pueblo, para nosotros la seguridad y la confianza es primordial, sabemos que tu abuela no era una muchacha muy cuerda, recitaba palabras extrañas, iba siempre sola y su mirada era fija y curiosa.
Petra soltó una sonrisa genuina y negó con la cabeza para dejar claro que venían con buenos fines. Por otro lado Morgana hizo contacto visual directo con las mujeres y su cara carecía de alguna expresión que se pueda interpretar, dejando la situación un tanto tensa.
La señora Elena sabía que a raíz de esa llegada y la nueva vida que les esperaba en Măgura, se marcaba un fin y un principio de historia para las mujeres de la familia. Măgura siempre tuvo algo especial, la abuela sentía una energía diferente, cada rama de cada pino le transmitía algo, el agua del río la atraía para ir siempre a recorrer el bosque, cada objeto o ser lo sentía conectado a ella, y conforme se iban todas acercando compartían la misma sensación. ¿Será por las sensaciones familiares que le trasmite el bosque a la señora Elena por lo que quería volver?, en gran parte ella sabía que era por eso. Por otro lado era el momento de que sus nietas se den cuenta del poder que tienen en sus manos, el don que el bosque les dio y de una a otra pasaría durante unas cuantas décadas.
El sacerdote Stefan del pueblo de Măgura tenía muchas sospechas sobre la señora Elena, la recordaba desde joven y ellos dos eran cercanos en edad. El piensa que ella no es creyente, y que si cree en algo no es especialmente en Dios, ella nunca había ido a la iglesia, ni cuando era joven ni los cuatro Domingos que llevaba en el pueblo. Curioso le parecía que las jóvenes tenían también la mínima iniciativa, y ya no solo de frecuentar la iglesia. El individuo pensaba, ¿Acaso no van a intentar nunca integrarse? ¿Nunca se van a relacionar con más jóvenes o señoras?. Ellas nunca asistían a ninguna de las posadas que se hacían los sábados en el pueblo, no iban apenas ni a comprar a la tienda, cuando iban compraban para tener varios días, y tampoco algún joven había estrechado lazos con ninguna de ellas. El Sacerdote en sus ratos libres iba a pasear hacia los alrededores de su morada con la excusa de averiguar que las mantenía tan ocupadas. La mayoría de las veces se les veía ir andando hacía el bosque todas juntas.
En Măgura no estaban muy acostumbrados a caras desconocidas, algunos aldeanos las veían indefensas, otros más jóvenes sentían curiosidad por las nuevas muchachas instaladas en el pueblo. Misteriosas, y con una belleza diferente. Tal vez por la piel blanca como la luna, el pelo negro como la noche y esa peculiar mirada que las caracteriza. Algunas chicas también querían conocerlas, pensaban que estando alojadas solo ellas con la abuela seguro necesitaban ayuda para algunas tareas de la casa, venía el invierno y se les veía muy poco preparadas. En Măgura el invierno era tan gélido que requería cierta preparación y la suficiente comida como para no salir gran tiempo a buscar alimento, la leña se iba amontonando hasta reunir grandes montañas que calienten las moradas de las familias, los hombres hacían matanzas y preparaban embutidos junto a sus mujeres para saciarse y calentarse con un buen vino. ¿Pero ellas? ¿Qué pensaban hacer con Septiembre a la vuelta de la esquina?.
En uno de los paseos del Sacerdote asegurándose que las nuevas integrantes del pueblo no eran un peligro, al fondo del jardín se le veía a Silvana cogiendo agua del pozo que tenían, su pelo largo llegaba hasta la cadera y mientras bebía agua susurraba alguna que otra palabra, su comportamiento era extraño, la brisa del viento movía su pelo al unísono de los árboles y la hierba. Silvana comenzó a mirar hacia los lados para asegurarse de que nadie la estuviera mirando, el sacerdote Stefan con un nudo en la garganta y el corazón a punto de salir de su pecho no movía ninguna parte de su cuerpo para no ser descubierto, pensaba en como Silvana parecía tener un sexto sentido desarrollado y de alguna forma u otra percatarse que él está ahí, eso lo hacía ponerse más nervioso todavía pero la curiosidad le impedía retirarse todavía de la situación. Tras unos segundos después de que siguió observando y no haber visto a nadie procedió a seguir con sus intenciones. De un saco de tela que había al lado del pozo saco un conejo sin vida. ¿Acaso lo había cazado para comérselo? Pensó el Sacerdote. Acto seguido del bolsillo de su falda cogió una navaja y con un corte en frío le arrebató una pata izquierda, procediendo a deshacerse del resto mientras que lo arrojaba de las orejas hacía el bosque. La pata que le cortó se la guardó en el bolsillo y se empezó a retirar en dirección hacia el Sacerdote. Los nervios se sentían a flor de piel, el corazón palpitaba de manera descontrolada, de una vuelta el Sacerdote se quiso largar de ahí corriendo, pero no llegó más lejos de la puerta que daba salida a la casa. Su pánico aumentó cuando se le cruzó en el camino la Abuela de las muchachas.
-Muy buenas Sacerdote Stefan, ¿Le parece interesante lo que acaba de ver? me gustaría saber si espiar a los demás entra en sus funciones.
-Muy buenas Señora Elena, simplemente vine a informarle que este domingo habrá una misa muy importante y pensé que no podíais faltar.
-Siento comunicarle que ese día estamos muy atareadas. Imposible.
-¡Vaya! Es una lástima lo que me comenta, en ese caso la celebraré el siguiente, así podéis asistir.
-No es necesario Sacerdote, no será posible me temo que ningún domingo.
-¿Tiene usted algún problema en relación a la iglesia? Espero que sea consciente de que no soy ningún bobo y me percato de que su presencia nunca se ha hecho ver en ninguna iglesia desde que a usted la conozco, hoy en día y como están los tiempos solo la fe en Dios nos puede ayudar y mantenernos a salvo de las adversidades, sin fe Señora Elena me temo que por mi parte no le hayo lugar aquí entre nosotros.
-Ah, perdone usted, no sabía que la fe se demuestra solo con la asistencia a la Iglesia. Le agradecería que no sea tan entrometido y deje de suponer cosas, por otro lado decirle que el jardín de mi casa no es el teatro del pueblo en donde usted se pueda mantener ocupado.
Sin añadir nada más la señora se retiró hacía la casa dejando bien claro su postura. El Sacerdote indignado por la arrogancia y poco respeto que se le mostró se largó inmediatamente del lugar. No podía creer los aires de superioridad y el descaro de la señora en las palabras que había escuchado cuando el guardaba un puesto respetable y no cualquiera tenía derecho a hablarle de aquella manera.