Prólogo
Hay días que no comienzan cuando suena el despertador, sino mucho antes. Días que nacen del peso que te arrastras desde la cama, de ese suspiro que nadie escucha y de las ganas que finges tener. Durante mucho tiempo, viví así: en pausa, cumpliendo rutinas, sonriendo en automático, cargando con cosas que ni siquiera eran mías. Mi madre, mi hermano, el instituto o el trabajo… todo encajaba en ese calendario invisible donde yo no era más que un hueco entre tareas.
Antes de él, solo había ruido. El tipo de ruido que no se ve, pero lo llena todo. Un día normal, una rutina sin alma, un silencio incómodo en casa y canciones que ya no tocaba. No estaba esperando a nadie, ni siquiera a mí misma.
Y entonces, llegó.
No con promesas, sino con una tristeza que reconocí como mía. Con el silencio. Con esa forma de mirar que hace que el resto del mundo se vuelva ruido de fondo. Sabía perfectamente quién era, y aun así, me sorprendió lo que provocó en mí. Algo dentro de mí supo, sin entender por qué, que ya nada volvería a ser igual.
Esta no es una historia perfecta. No empieza con un flechazo ni termina con una boda. Es una historia real. Imperfecta. Con dudas, con miedo, con deseo, con todo lo que no se dice pero se siente. Una historia de dos almas heridas que, por un momento, se atrevieron a tocarse sin guantes.
Y sí. A veces, eso basta para cambiarlo todo.