16 de marzo 2 (Un tratado de solsticio) - Linda Crist

Summary

Después de asentarse en la aldea amazona, Xena y Gabrielle se encuentran dispuestas a aprovechar la nueva oportunidad de vivir que Eli les proporcionó al traerlas de la muerte. Sin embargo, los problemas no descansan nunca, y la Nación Amazona deberá hacer frente a la muerte de Julio César y a la aparición de su heredero usando tanto la diplomacia de su reina como la espada de la Princesa Guerrera

Genre
Romance
Author
WNLesb
Status
Complete
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1


Este es el tipo de amigo que eres

Sin hacerme darme cuenta

La historia de mi alma angustiada

Te deslizas en mi casa por la noche

Y mientras estoy durmiendo

Silenciosamente te llevas

Todo mi sufrimiento y sórdido pasado

En tus hermosas manos

—De “Beautiful Hands,” The Subject Tonight is Love - 60 Wild and Sweet Poems of Hafiz,


La reina Amazona estaba sentada en una mesa en la sala de estar de su cabaña, escribiendo en su diario mientras se deleitaba con los restos de una comida tardía. Una cálida brisa veraniega se colaba por la ventana abierta, agitando el pergamino en el que garabateaba. Con descuido levantó su taza vacía de té y la colocó en la esquina de la página para sujetarla. Hizo una pausa y alzó la vista, con la mirada perdida, sus cejas fruncidas por la concentración mientras intentaba encontrar el adjetivo adecuado para describir el azul de los ojos de su compañera. Sus fosas nasales temblaron ligeramente cuando inhaló la placentera esencia de la hierba calentada por el sol y el aroma de la tierra húmeda que la brisa traía consigo.

La guerrera terminó de lijar y cogió un trapo, dándole a la suave madera que tenía enfrente una buena mano de barniz. La sustancia resbaladiza caló el trapo, mojando sus dedos. Dio una última pasada a la madera y después, con cuidado, deslizó la palma de la mano por su superficie y murmuró para sí misma, satisfecha al no encontrar ninguna astilla que pudiera clavarse en la piel clara de su compañera. Sonrió y se levantó, limpiándose las manos con el bajo de su túnica.

Xena estaba preocupada por la bardo. Se habían acostumbrado a una especie de rutina en la aldea amazona, y las mañanas de la bardo estaban repletas de reuniones del consejo, mediación en disputas y estudio de las leyes amazonas durante sus ratos libres. Las tardes se dedicaban al papeleo, a las páginas de su diario y a escribir sus historias en pergaminos. Xena pasaba las mañanas trabajando con Argo, Estrella y los demás caballos de la aldea. Por las tardes, entrenaba y daba clases de rastreo. De mutuo acuerdo, Gabrielle y la guerrera reservaban las noches, después de la cena, para pasar un rato a solas, hablando, mirando las estrellas, o simplemente estando juntas en la cabaña de la reina.

Eran las noches de la bardo lo que preocupaban a Xena. Gabrielle no dormía bien y, a veces, parecía que tenía pesadillas. Cada vez con más frecuencia, la guerrera se despertaba para encontrar a su compañera sentada en una silla, mirando por la ventana al cielo nocturno con una expresión a veces triste, a veces pensativa; en su rostro. Había intentado hablar de ello con Gabrielle, pero la bardo solo sonreía con tristeza y decía que no sabía cuál era el problema exactamente, pero que tan pronto como lo averiguase, Xena sería la primera persona con quién lo hablaría.

Xena quería que su amante fuera feliz, y esperaba pacientemente hasta que la bardo se mostrase comunicativa respecto a lo que la preocupaba. Mientras tanto, Xena intentaba satisfacerse a sí misma, asegurándose de proporcionarle a su compañera todas las comodidades. Recolectaba bayas a menudo, que sabía que a la bardo le encantaban, y dejaba caer pistas en el comedor para que Daria conociese las comidas favoritas de su amante. La guerrera se aseguraba de que el aceite de baño de lavanda de Gabrielle siempre estuviera a mano, y a menudo se deslizaba tras su compañera, masajeando espontáneamente su cuello y hombros. El amor de la bardo por escribir en el patio había sido la inspiración para el proyecto que Xena acababa de terminar.

—Gabrielle, tu sorpresa está lista. Ven afuera—dijo Xena en voz alta

desde el exterior. Había estado trabajando toda la mañana y parte de la tarde en el proyecto secreto, y no había dejado que su compañera saliese al patio hasta haber terminado. Los sonidos del martillo y la sierra se habían colado por la ventana durante varias marcas de vela, y la curiosidad de la bardo había llegado a niveles impensables. Gabrielle sonrió y posó la pluma para salir rápidamente al exterior.

—¿Qué te parece?

Un banco bajo, de estilo otomano, estaba colocado cerca de la valla, con un grueso cojín sobre él. Era lo suficientemente ancho para dos personas, y largo como para que la guerrera estirase sus largas piernas. Xena estaba reclinada en el medio, con sus manos detrás de la cabeza y recostada contra el respaldo, con una gran sonrisa en su rostro. Palmeó el banco, a su lado.

—Oh, Xena. Es perfecto—. La bardo avanzó hacia el banco y se sentó en el cojín, cerca de su amante. —Sabes cuánto me gusta este pequeño patio. Ahora puedo sentarme aquí y escribir cómodamente. Gracias.

—Pensé que te gustaría.

—Me encanta. Y me encantas tú—. Gabrielle se acurrucó contra su compañera y envolvió con un brazo perezoso el abdomen de la guerrera. —Eh. ¿De dónde has sacado las plumas para esto? ¿Has vuelto a asaltar la reserva de la cabaña ceremonial?—la bardo botó un poco sobre el asiento acolchado.

—Nah. Madre guardó la mayoría de las plumas de las gallinas y los gansos del año pasado. No necesitaba ningún colchón nuevo para la posada, así que le pedí que me las diese. Me las envió con la última caravana de comerciantes que venían de Anfípolis. Además, me mandó un rollo de tela tratada con ese aceite para hacer que el cojín fuese impermeable. Así podemos dejarlo fuera y la lluvia no lo estropeará. Pony ha estado escondiendo el saco de plumas y la tela en su cabaña. Nos saltamos un par de sesiones de entrenamiento mientras hacía el cojín.

—Es muy bonito—. La bardo deslizó una mano sobre la tela de intenso color cobrizo, percibiendo los pequeños y familiares puntos de costura que eran característicos del trabajo manual de la guerrera. —Qué bien que mamá y tú pensáis en todo—la bardo miró a su compañera y palmeó el torneado estómago. —Por cierto, hablando de Anfípolis, ¿Aaron va a venir a la reunión para firmar el tratado de paz? Aún no he tenido noticias de él.

—No.

—¿No?—chilló la bardo. —Aaron es el alguacil. Si él no viene, entonces ¿quién?

—Em…nadie.

Una mirada de indignación cruzó la pálida cara de la bardo. —¡Nadie! Xena, hemos trabajado muy duro en este tratado. ¿Por qué Anfípolis no quiere participar y por qué no me dijeron que querían retirarse?

Desde su primer día como reina amazona en activo, Gabrielle y su comité habían trabajado muy duro en los detalles de lo que, esperaban, fuera un tratado de paz satisfactorio entre la nación amazona, Anfípolis, Potedaia y el Imperio Romano. Cuando el tratado llegó a oídos de la cercana aldea centaura, Tildes, el líder de los centauros, hizo una visita a la aldea amazona para preguntar si podían unirse. Los mensajeros viajaron sin cesar, y después de unas cuantas modificaciones al primer borrador del tratado, todas las partes estuvieron de acuerdo en admitir a los centauros en las negociaciones.

Las semanas pasaron y el solsticio de verano estaba a pocos días de distancia, la fecha en la que las partes se reunirían y firmarían el tratado. Ahora, todo lo que tenían que hacer era esperar a que todos los representantes llegasen a la aldea amazona, el lugar establecido para la firma.

—Yo no he dicho que Anfípolis no fuese a participar—los ojos azules de Xena brillaron con una chispa de malicia.

—Bueno, ¿y cómo se supone que van a participar si no envían a nadie para que represente sus intereses y firme el tratado? —se inquietó Gabrielle. —Bruto, Potedaia e incluso los centauros ya se han puesto en contacto conmigo. Sin representación, Anfípolis solo conseguirá las sobras de este acuerdo. Hay demasiadas voluntades en juego como para no tomar en serio a todas ellas—la bardo dejó escapar un largo suspiro de frustración.

—No te preocupes, Gabrielle. Aaron me envió un mensaje. Lo recibí esta mañana temprano, por una paloma mensajera. Él…em…quiere que yo represente a Anfípolis.

—Oh—la bardo se acurrucó contra Xena. A la guerrera no se le escapó la mirada de preocupación del rostro de su joven amante.

—¿Te parece bien?—los ojos de la guerrera se estrecharon y su voz se suavizó. —Quiero decir…no hay ninguna ley que diga que la consorte de la reina de las amazonas no puede representar a otras entidades- ¿verdad?

La bardo se mordió el labio, pensativa. —Creo que no. Soy la primera reina que toma una consorte de fuera de la nación. Además, no estamos unidas ni nada de eso. No es como si fuese oficial.

—Es verdad—. Una idea se le ocurrió a Xena y miró a la bardo, agradecida porque Gabrielle no le estuviese mirando a la cara en ese momento. Hummm. Oficial. Me pregunto… ¿Querría? Tengo que pensar en ello un poco más. Sonrió y apartó esos pensamientos de su mente, deslizando perezosamente sus dedos por el ralo cabello rubio de su compañera.

—Supongo que si empieza a haber problemas porque estés aquí, solo tengo que empezar a emitir edictos y ponerme desagradable con ellos—Gabrielle sonrió y le hizo cosquillas a la guerrera en la tripa, juguetonamente.

Xena rio y agarró la mano ofensora. —Ooh. Es que eres una persona mala y desagradable, bardo mía. Lo cierto es que das miedo.

—Puedo serlo, si es necesario—la bardo contestó a su alta amante con un gruñido en broma.

—Captado—. La guerrera continuó riendo entre dientes para sí misma.

No tenía valor para decirle a su compañera que, incluso furiosa, Xena no podía verla de otra forma que no fuese absolutamente adorable. — Entonces… ¿quién viene desde Potedaia?

Gabrielle mordisqueó su pulgar y alzó la vista, dubitativa. —Er…mi

padre.

Dos cejas oscuras se dispararon. —¿Tu padre? ¿Por qué?

—Parece ser que fue elegido alguacil el año pasado. Nadie se molestó en decírmelo. No es que me haga especial ilusión, pero no hay nada que pueda hacer al respecto. Es el emisario oficial enviado para firmar el acuerdo.

—Oh, chico…—la guerrera puso los ojos azules en blando y miró al cielo.

—Que Zeus me ayude.

—Sí. No le he visto desde que Esperanza y yo caímos al pozo de lava y tú me encontraste vagando a las afueras de Potedaia—. La bardo sintió estremecerse el cuerpo contra el que estaba reclinada y alzó la vista, para encontrar a Xena con una mirada lejana en sus ojos. —Eh. Xena, ¿estás bien? —Gabrielle acarició el cincelado perfil con sus dedos.

—Um…sí. Aquella…fue una época bastante mala para mí. Acababan de pasar tantas cosas entre nosotras y entonces pensé que te había perdido. Y cuando Alti me mostró aquella visión…la primera vez que tuve la visión de la crucifixión…y supe que estabas viva, estaba tan feliz que pensé que explotaría antes de llegar a Grecia. Y entonces descubrí que Esperanza estaba utilizando tu cuerpo y que, después de todo, sí estabas muerta, que Alti había usado la visión para engañarme. Algo murió dentro de mí, la parte de mí que eras tú, se marchitó. Estaba preparada para rendirme, Gabrielle, y me centré en proteger a tu familia de Esperanza. No quería pensar en lo que haría cuando me hubiese encargado de Esperanza. La idea de volver al camino, sola otra vez, me rompió el corazón. Yo…lo siento. Intentabas hablarme de tu padre y yo no dejo de balbucear.

Gabrielle recogió una lágrima de la esquina del ojo de la guerrera y besó la punta del dedo antes de presionarla sobre los labios de Xena— Está bien. También fue una época muy mala para mí. Después de enviarte mensajes a todas partes y no recibir noticias tuyas, pensé que te había perdido. Me imaginé que habías salido corriendo, quizá a Chin o a Britania, o más lejos aún. Cuando nos encontramos en el bosque a las afueras de Potedaia, Xena, ese fue uno de los momentos más felices de mi vida. Fue un regalo. Me sentí como si mi vida volviese a mí. Me dolió tanto cuando mi padre no compartió mi felicidad. Estaba bastante preocupado cuando le dije que iba a seguir contigo, especialmente cuando le dije que pensaba que podríamos ir a la India. Siguió rogándome que me quedara y me dijo que tenía miedo de que, si seguía contigo, acabaría muerta.

—Me temo que tenía razón, amor—suspiró Xena. ¿Habría hecho mejor quedándose en Potedaia? No habría sido crucificada. Probablemente debería haberla dejado allí. Maldición.

Gabrielle sintió el humor sombrío de su compañera y se irguió en el asiento, girándose para poder encarar a la guerrera. —Xena, ¿qué

pasa?

—Solo estoy pensando.

—¿En qué?

—En cosas.

—¿Podrías ser un poco más específica, oh, princesa guerrera de pocas palabras, o es que este último monólogo ha cubierto tu cuota de palabras hasta la próxima luna?

La guerrera sonrió brevemente antes de que la mirada triste volviese a aparecer. —No es importante.

—Xena. Es evidente que algo te preocupa. Así que es importante para mí. Habla conmigo. ¿Por favor?

La guerrera bajó la mirada a su regazo, alisando la tela de túnica. — Gabrielle, sabiendo lo que sabes ahora, ¿desearías haberte quedado en Potedaia entonces? No habrías tenido que pasar por nuestra muerte. Podrías haber evitado todo ese dolor, y esas estúpidas y perturbadoras visiones mías de la crucifixión. No habrías tenido que lidiar con mis celos de Najara. Probablemente, hubiera sido mejor para ti, a la larga.

Gabrielle tragó, dubitativa. —¿Desearías que me hubiese quedado en Potedaia?

Unos ojos tristes y azules parpadearon un par de veces. —No. Me alegro de que te quedases conmigo. Cada día que estamos juntas me convierto un poco más en la persona que quiero ser. Y…y creo que la mayor parte de eso viene de mi reflejo en tus ojos. Todo lo bueno en mi vida, cualquiera cosa buena que venga a mi vida, es por ti. Eres tú la mejor parte de ella. Sé que es egoísta, pero es así como me siento.

Gabrielle cogió la mano de la guerrera, que seguía jugueteando con su túnica. Entrelazó sus dedos y miró a Xena de cerca. —Xena, yo me siento igual, y no es egoísta. O si lo es, yo también soy egoísta. ¿Te das cuenta de que si me hubiese quedado en Potedaia, probablemente tú tampoco hubieras sido crucificada?

—¿Cómo lo sabes?

—Porque, Xena, ¡la única razón por la que fuiste a la fortaleza romana fue para rescatarme a mí, boba!—la bardo apretó afectuosamente la mano de su amante.

Una mirada de repentina sorpresa cruzó el rostro de la guerrera. — Yo…nunca lo había visto así.

—Bueno, yo sí. Muchas veces. No creas que eres tú la única que carga con algo de culpa post-crucifixión, Xena.

—Gabrielle. No deberías sentir culpa por eso. No es tu culpa. Si alguien la tiene, es mía. Yo…

La mano de la bardo se alzó, cubriendo la boca de Xena. —No lo digas, Xena. No es culpa de nadie. Es, simplemente, algo realmente terrible que nos pasó y que ahora ya ha terminado, ¿de acuerdo? No podemos seguir castigándonos con “y si”. Podemos volvernos locas si pensamos así. Además, si me hubiera quedado en Potedaia, nunca habríamos ido a la India ni descubierto que somos almas gemelas eternas. Y si no hubiéramos muerto, quizás nos hubiera llevado más tiempo descubrir que estábamos enamoradas. Incluso aunque hubieses intentado dejarme en Potedaia, Xena, al final te habría echado tanto de menos que me habría marchado otra vez para encontrarte.

Xena sonrió y presionó los labios contra los nudillos de la bardo. — Probablemente no antes de que yo te hubiese echado de menos tanto a ti, mi amor, que habría vuelto corriendo a Potedaia para buscarte, incluso aunque tuviera que pegarle a tu padre en la cabeza para conseguirlo. Pero estabas preocupada por verle. ¿Es por la crucifixión o por nuestra relación?

—Un poco por las dos. ¿Te acuerdas cuando les mandé un mensaje desde Anfípolis, para decirles que estaba bien?

—Sí.

—Bueno, recibí una pequeña respuesta de Lila. Dijo que habían oído rumores de que había muerto, y que estaba tan contenta porque estuviese viva. Es la única que me contestó. Mis padres nunca respondieron. Xena, a veces siento que no se preocupan por mí en absoluto, a menos que juegue según sus reglas. Como el año pasado, cuando te metiste en aquel problema para hacer una fiesta por mi cumpleaños en la posada de tu madre, en Anfípolis, y vinieron la mayoría de nuestros amigos. Lo entendí cuando Hércules y Iolaus mandaron mensajes desde Irlanda, y Salmoneus estaba fuera, comerciando en la Galia, pero mis padres… no es que no viniesen, es que ni siquiera mandaron un mensaje. Me dolió mucho.

—Lo sé—la guerrera atrajo a su compañera contra su costado.

—Y la forma en que te tratan. También me duele, porque te quiero tanto, y quiero que ellos te vean de la forma en que te veo yo. ¿Cuán peor va a ser que descubran que somos más que amigas?

—Gabrielle, lo que te dije hace unas lunas, lo mantengo. Si quieres mantener nuestra relación en secreto ante tu familia, a mí me parece bien. No quiero que estés preocupada o incómoda mientras tu padre esté aquí. Ya va a ser lo suficientemente estresante para ti estar solamente dirigiendo las negociaciones, sin necesidad de añadir más presión.

—Xena, ¿cómo vamos a ocultarlo? No es solo que estemos viviendo juntas en una cabaña que solo tiene una cama, es que todas las amazonas de esta aldea saben que estamos juntas. Incluso Bruto sabe que estamos juntas. ¿Te acuerdas cuando nos encontró bajo ese sauce cuando veníamos hacia aquí?

—Ups. Me había olvidado de eso. Supongo que verme envolviéndote con mi cuerpo y besándote en el cuello no va a colar como un gesto afectuoso entre amigas, ¿verdad?

—Nop. Xena. No quiero esconder nuestra relación. Lo he pensado. Soy una mujer adulta. Soy la reina de las amazonas, por el amor de Artemisa. Si mi padre no puede asumirlo, es su problema. A pesar de todo lo que has hecho por ellos y por mí la última vez que lo vimos, sigue siendo grosero contigo. Creo que vio algo entre nosotras incluso entonces, antes de que tú y yo fuésemos capaces de admitir que éramos más que amigas. Quizás no se sorprenda tanto de que hayamos acabado juntas. Además, estoy orgullosa de estar contigo. De que me vean contigo. ¿Te acuerdas de lo que dijiste después de que Ares te engañase, haciéndote pensar que era tu padre? Quiero decir, ¿cuando no sabíamos que él era realmente tu padre?

—Sí. Hay familias en las que nacemos y hay familias que elegimos. Nuestra amistad nos une más que cualquier sangre—Xena besó el pelo claro que tenía bajo su mentón.

—Es más verdad ahora que nunca, Xena. Eres mi familia. No tengo que preocuparme de perder a mi familia porque está aquí mismo, viviendo conmigo. Xena, tú eres toda la familia que podría necesitar.

—Me alegra que lo veas así, amor, porque yo me siento igual. Gabrielle, ¿cuánto tiempo llevamos juntas?

—Un poco más de cuatro veranos, Xena, ya lo sabes.

—No. Quiero decir, juntas, juntas.

—Oh—la bardo se sonrojó—Vamos a ver. Idus de Marzo. Estamos casi en el solsticio de verano, así que llevamos juntas casi una estación. ¿Por qué?

—Solo me lo preguntaba. Probablemente es demasiado pronto para pedírselo. Quizás en otra estación o dos. Aun así. Sé cómo me siento. Y eso no va a cambiar. Creo que ella siente lo mismo. —¿Gabrielle?

—¿Qué, amor?

—¿Alguna vez has estado en una ceremonia de unión amazona?

—Sí. Una vez, mientras me quedaba en la aldea mientras tú te ocupabas de unos asuntos con Autólicus. ¿A qué Hades viene esto ahora? Reflexionó la bardo internamente. A menos que…recordó las palabras de Artemisa sobre su futuro con Xena, y tragó saliva. —¿Por qué lo preguntas?

—Simple curiosidad. ¿Cómo son?

—Bueno, a ver…Normalmente, las oficia la reina, pero esta la ofició Ephiny. Acababa de ser proclamada reina, así que dejé que ella se encargara, porque sabía lo que tenía que hacer y yo no tenía ni idea. Me senté en la plataforma con ellas, así que tuve una buena vista. Sé que algunos de los miembros del consejo se reunieron con la pareja antes de la ceremonia y que se encargaron de un montón del papeleo en la cabaña de Ephiny. No estoy segura para qué era. No he leído los requerimientos legales para una unión.

—¿Qué hicieron en la ceremonia?

—Hubo tambores y una danza. Después, la pareja caminó por un pasillo entre todas las amazonas y se arrodillaron en la plataforma frente a Ephiny. Cada una escogió a un amigo para estar a su lado, como testigo, creo. Ephiny dijo algunas cosas y después la pareja se miraba y pronunciaban sus votos. Creo que los tenían escritos de su propia mano. Después se cortaban entre ellos con una pequeña daga y unían sus muñecas, mezclando sus sangres. Entonces Eph los proclamaba unidos y se besaban. Y después, por supuesto, había una gran fiesta—los ojos de la bardo chispearon mientras miraba a su alta compañera. Xena rio entre dientes.

—Una fiesta. ¿Por qué no me sorprende? ¿Te gustó la ceremonia?

—Sí, fue muy emotiva. Las palabras que se dijeron fueron muy dulces.

—¿Ambas tienen que ser amazonas para unirse?

—Sí. Pero ha habido casos de amazonas que quisieron unirse con alguien que no era una amazona. Ephiny me lo contó. Tienen que hacer una ceremonia donde el forastero se convierte en un miembro de la nación, al mismo tiempo que la ceremonia de unión. Solo es una introducción a la ceremonia de unión.

—Oh. ¿Qué tiene que hacer el forastero para convertirse en un miembro de la nación?

—Bueno, primero tiene que ser aprobado por el consejo. Después tiene que ser discutido en profundidad por los ancianos. Después tiene que pasar una prueba. Y luego la ceremonia de introducción.

—¿Qué tipo de prueba?

—Normalmente implica un reto de entrenamiento. El consejo escogerá un arma y la persona que quiera unirse a la nación tiene que, por lo menos, aguantar un asalto con Eponin. No tienen que ganar, solo dar un buen espectáculo.

—¿Por qué Eponin?

—Porque es la mejor amazona con cualquier arma que tengamos en la aldea—sonrió la bardo, leyendo los pensamientos de su amante. En el caso de Xena, simplemente tendrán que saltarse la prueba de habilidad. Ya ha pateado el trasero de Pony con cualquier arma, en varias ocasiones. —Oh. Hay otra costumbre, para después de la ceremonia de unión.

—¿Cuál es?

—Las amazonas tienen una pequeña cabaña en las montañas. La usan las parejas que acaban de unirse. Permanecen solas en la cabaña durante una semana, acostumbrándose a ser una pareja y conociéndose mejor, y tomándose un pequeño descanso antes de asentarse en la aldea y volver a la vida normal.

—¿Y qué pasa si ya viven juntas y ya están acostumbradas a ser una pareja? ¿Siguen teniendo que estar fuera una semana?

—Claro, tonta. La mayoría de las parejas unidas en la aldea ya viven juntas cuando se unen. Todo el mundo sabe la verdadera razón por la que se van a la cabaña después de las uniones: un montón de sexo sin interrupciones.

—Me lo imaginaba. Me gusta esa tradición—Xena dibujó una sonrisa

fiera en su cara y besó a su amante, mordisqueando suavemente los labios de la bardo.

Después de un largo momento, en el que Gabrielle se derritió al contacto con su compañera, se apartó y abrió los ojos. —Pensé que te gustaría. Xena, ¿por qué este interés en las ceremonias amazonas?

—Oh...um…bueno…He visto algunas ceremonias amazonas, hasta he participado en algunas, como el reto por la máscara de la reina, la aceptación de la máscara, la ceremonia funeraria, la ceremonia para la batalla, y la ceremonia para cruzar a la tierra de los muertos, y esa que hicieron cuando nos mudamos aquí para darme la residencia. Solo me estaba preguntando por las ceremonias que aún no he visto.

Sí. Eso es. Sigue diciéndotelo, Xena. La guerrera se burló de sí misma, y se dio la impresión de sonar un poco tímida, acercando más a la bardo contra su cuerpo. —¿Hay algún pergamino disponible para alguien que quiera saber más sobre todo el tema legal que conlleva la ceremonia?

—Claro. En la sala del consejo, detrás del comedor.

—¿Tienes que ser miembro del consejo para leerlos?

—No. Cualquiera que viva en la aldea tiene acceso a ellos.

—Hmmmm. Gabrielle, tengo que ocuparme de Argo. La tengo descuidada últimamente, y le prometí un paseo esta tarde después de haber terminado el banco. ¿Te importa nos encontramos para cenar en el comedor?

—No. De hecho, tengo que volver a terminar algo de papeleo de última hora.

Xena y la bardo se levantaron del banco y volvieron a su cabaña. La guerrera se cambió la túnica de lino sin mangas que llevaba por su cueros y armadura. Se sentó y ató sus botas mientras Gabrielle la ayudaba a ajustar la armadura y los brazales. La guerrera se levantó y cogió sus armas, deslizando cuidadosamente su espada y poniendo el chakram en la cadera, para después avanzar hasta la puerta principal.

La bardo observó hasta que su compañera desapareció en los establos comunitarios, al otro lado de la plaza central de la aldea, y después volvió al pergamino que tenía sobre la mesa.

La bardo trabajó regularmente durante dos marcas de vela más, reescribiendo algunos párrafos del borrador del tratado para mejorar su fluidez y añadiendo unos cuantos detalles para aclarar algunos puntos confusos. Mientras estudiaba el documento, tomaba sorbos de una taza alta de sidra fría de manzana y, de vez en cuando, se llevaba a la boca algunas nueces frescas. Xena había encontrado un nogal en uno de sus viajes en busca de provisiones y había sorprendido a su compañera con un zurrón lleno de sabrosas nueces de temporada.

Un golpe en la puerta interrumpió los pensamientos de la bardo y alzó la vista. —Adelante—dijo en voz alta.

La puerta se abrió y Kallerine asomó la cabeza, recorriendo la habitación con la vista antes de entrar. —Reina Gabrielle, los vigilantes exteriores acaba de informar. Bruto y su guardia han alcanzado los límites de nuestro territorio. Una escolta completa de amazonas ha sido enviada para recibirlos, y los esperan en algún momento de la tarde de mañana.

—Genial. ¿Está todo arreglado con los centauros para alojar a los soldados durante el concilio?—las amazonas no permitían a los hombres permanecer en la aldea durante la noche, y como los centauros eran todos hombres, las amazonas solían hospedar a las visitas femeninas de los centauros mientras que los centauros les devolvían el favor, alojando a sus visitantes masculinos.

—Sí. Es lo primero que he hecho esta mañana. Tildes está retirando todos los topes para asegurarse de que Bruto esté cómodo. De hecho, creo que han construido una cabaña nueva, especial para Bruto y su grupo, junto con una bañera privada y literas individuales para cada soldado. Y, si no estoy equivocada, creo que he olido un cerdo asándose mientras estuve allí.

—Perfecto. Quiero encontrarme con Bruto mañana después de su llegada, y luego me gustaría que fueses con la escolta amazona a acompañarlos a la aldea centaura. Quiero que tú, personalmente, te asegures de si Tildes planea entretener a los romanos mañana por la noche. Si lo hace, entonces será un detalle menos del que tendré que preocuparme. Me dejará libre para concentrarme en asentar a mi padre.

—¿Tu padre?—Kallerine le dirigió una mirada confusa.

Gabrielle, interiormente, hizo un gesto de dolor. —Sí. Es el alguacil de Potedaia.

—Oh. Mi reina. ¿Necesitas que lo coloque a él también con los centauros?

—Um…no, Kallerine, creo que planea acampar cerca de la puerta de la aldea. Los centauros no son exactamente su tipo, me temo. No estoy segura de que haya visto un centauro alguna vez.

—Vaya. ¿Nunca? Bueno, no puedo esperar a conocerlo—sonrió Kallerine.

Oh, caray. Mi padre y las amazonas. No había considerado eso. Bueno. Centauros y amazonas. Después del concilio seguro que tendrá algunas historias para compartir con sus colegas en la taberna de Potedaia. — Estoy segura de que él también está deseando conocer a las amazonas. Gracias, Kallerine. Mantenme informada de cualquier novedad.

—Por supuesto, mi reina—la joven amazona sonrió y, en silencio, dejó a la bardo terminando las modificaciones del tratado.

Xena decidió tomar el camino que la llevaría directamente al norte del territorio de las amazonas. Había estado empleando su tiempo libre en familiarizarse gradualmente con todo el territorio colindante, y el camino del norte era el único que no había explorado todavía. Dejó a Argo caminar a su ritmo, disfrutando del patrón que el sol dibujaba al colarse entre los árboles, emitiendo sombras moteadas sobre el camino, frente a ella.

Era una tarde cálida, solo tolerable por la brisa fresca que hacía bailar las hojas. De vez en cuando, la guerrera se estiraba para apartarse su largo cabellos, dejando que el viento enfriase el sudor que corría lentamente por su cuello. Finalmente, se rindió y sacó una tira de cuero de su cinturón, usándola para atarse el pelo en una coleta.

Después de un rato, percibió la agria y mineral esencia del agua, justo antes de escuchar el rugido de un manantial corriendo entre las rocas. Azuzó a la yegua, dirigiéndola fuera del camino y a través del follaje, hacia el sonido. Como las ramas crecían demasiado bajas para agacharse cómodamente, desmontó y guio al palomino, usando su espada para cortar la densa vegetación. De repente, la luz creció y llegaron a un estanque claro y cristalino, alimentado por una catarata que caía sobre una gran piedra de la que afloraba un extremo, y alimentaba un riachuelo.

—Eh, chica. ¿Qué te parece? ¿Bonito, no?—las flores de verano crecían en abundancia a la orilla del arroyo, y pequeños insectos acuáticos se deslizaban por su superficie. Un destello de plata fue captado por los ojos de la guerrera, mientras un pez saltaba del agua, reflejando con sus escamas el sol de la tarde. Xena desperdició un momento pensando en los días en los que el pescado habría acabado como cena para ella y la bardo. —Oh, bueno, aún puedo disfrutar de un buen chapuzón, ¿no? Ven, vamos a quitarte esa silla y dejarte correr un rato, ¿de acuerdo?

La guerrera desató la pesada silla de cuero y las recias correas de las bridas, y las dejó en el suelo, cerca de una roca, junto con las alforjas. — Ya estás—palmeó a la yegua en las ancas —Diviértete—. Rio entre dientes mientras el caballo de guerra paseaba sin prisa hacia un claro de hierba y se agachaba sobre sus patas delanteras antes de rodar sobre su lomo, retorciéndose de aquí allá para quitarse la sensación de confinamiento de la silla. Con un resoplido, Argo se levantó y pateó un par de veces con un casco antes de bajar la cabeza para pastar, usando sus dientes romos para cortar grandes manojos de hierba verde oscura que alimentaba la humedad del arroyo.

Xena empatizó con su equino amigo, deshaciéndose con alegría de sus propios cueros y armadura. Se quitó las botas y, cuidadosamente, dejó la vaina y el chakram bajo la armadura, ocultándolos del sol. Avanzó hasta la roca y estudió la superficie durante un momento, antes de agarrarse a un asidero y trepar hasta la cima, deteniéndose justo al lado de la parte más alta de la cascada. Con un alegre grito, se lanzó por el aire, deslizándose limpiamente a través de la superficie de agua clara. Nadó unos cuantos metros bajo el agua antes de emerger, apartándose el pelo húmedo de la cara.

El agua estaba fresca pero no fría, y la guerrera tomó nota mental para traer aquí a su compañera, pronto. A Gabrielle le encantaba nadar, pero odiaba mucho el agua fría. Xena hizo unos cuantos largos, de aquí allá, en el arroyo antes de volver a la cascada. Era grande y bonita, pero sin apenas resaca. La guerrera tomó aliento profundamente y se sumergió, nadando por debajo y saliendo detrás de la cascada. Se detuvo, caminando en el agua y parpadeó.

Detrás de la cascada había una pequeña cueva, con paredes de cristal que reflejaban pequeños arcoíris, al atravesar los rayos del sol el agua de la cascada. Nadó hasta un saliente formado por la fuerza del agua y se impulsó fuera con sus poderosos brazos. Se quedó de pie en el suelo cubierto de guijarros de la cueva y echó un vistazo, contemplando simplemente las bonitas formas. No era una cueva grande, pero estaba bien escondida, y decidió que sería un lugar genial para acampar de vez en cuando, si lo necesitaban. Quizás puedo convencer a Gabrielle para quedarse aquí conmigo alguna noche.

Sonrió. No debería ser muy difícil. Xena sabía que la bardo quedaría

embelesada por la belleza de la luz al jugar con el cristal. Exploró un poco más y descubrió que a un lado de la cueva había una entrada y un estrecho saliente. Si presionaba la espalda contra la pared podría salir de la cueva sin tener que volver al agua. Perfecto. Podríamos traer nuestras provisiones sin tener que preocuparnos de que se mojen. Xena caminó hasta una roca larga y plana, calentada por el sol, y se tumbó sobre ella, estirando su cuerpo totalmente y disfrutando la sensación del sol sobre su piel mojada. Se permitió soñar despierta un rato hasta que se dio cuenta de que sus pensamientos volvían cada vez más a su conversación con la bardo sobre las ceremonias de unión amazonas. Me encantaría unirme a ella, aunque los dioses saben que no he hecho nada para merecerla. Me pregunto qué alboroto causaría nuestra unión entre las amazonas. Me pregunto si ellas me dejarán ser parte de ellas. Recordó las diferentes reacciones que despertó su llegada a la aldea amazona, e hizo un gesto de dolor. Supongo que no se le puede gustar a todo el mundo.

Reflexionó sobre las uniones y las amazonas en general y, finalmente, rodó de la roca y se puso la ropa. Silbó para llamar a Argo y sonrió mientras la yegua apareció de entre los árboles y trotaba hasta la roca donde estaba la guerrera. Volvió a ensillar a su amiga y trepó a la silla, situando sus pies en los estribos y apretando con suavidad los costados del caballo, dirigiéndola a casa. Antes de preocuparme demasiado por las consecuencias de unirme con Gabrielle, quizá debería aprender algo sobre los requisitos. Xena asintió levemente, aclarando su perspectiva, y volviendo alegremente a la aldea amazona.

Gabrielle sintió cómo su estómago gruñía y miró por la ventana,

sorprendida al ver el sol tan bajo en el cielo. Se acercó a la ventana y olió la esencia del pan recién horneado que se colaba por la ventana del comedor. Su estómago estalló en otro sonoro gruñido y rio. —Está bien, está bien—palmeó su exigente tripa —es hora de darte de comer—. Enrolló el pergamino y tapó el tintero, dejando la pluma en su estuche de cuero para pergaminos.

El calor del día provocaba que sus mechones se aplastasen contra la frente, y fue a la habitación del baño para echarse agua en la cara y cambiarse la túnica por otra limpia, abrochando los botones de hueso labrado que mantenían unidos los dos trozos de lino teñido que formaban el traje. Se abrochó un cinturón de cuero marrón alrededor de la cintura y se calzó sus sandalias marrones. La bardo echó un vistazo al espejo y se pasó los dedos por su corto pelo rubio, peinándoselo. Estaba sorprendida porque Xena no hubiera vuelto aún, y se acercó primero hasta el establo para dar de comer a Estrella y dejar también algo para Argo.

Cuando entró por la puerta del establo fue recibida por los relinchos de Estrella y Argo. —Argo. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Dónde está tu madre? ¿Te la has dejado por el camino?

La bardo se acercó al palomino y pudo ver que había sido almohazada recientemente, y que su bolsa estaba llena de avena. Gabrielle frunció el ceño y se acercó a la casilla de Estrella. —Hola, chica. ¿Cómo estás? Siento no haberte sacado durante este tiempo. Quizás después de todo esto del tratado pueda convencer a Xena para salir al camino durante unos cuantos días. ¿Te gustaría?

Como respuesta, el caballo pinto hocicó el estómago de la bardo y mordisqueó el cinturón alrededor de sus caderas. —Está bien. Ya lo pillo. Intentaré no dejarte sola durante tanto tiempo. Veo que Xena también te ha dejado avena a ti. Y…—Gabrielle deslizó sus dedos suavemente sobre el lomo gris moteado. —Parece que también te ha cepillado, incluso ha deshecho los nudos de tu cola. Tendré que darle las gracias por eso. Si es que la encuentro.

Gabrielle dejó el establo y siguió a su nariz hasta el comedor. Localizó a Chilapa, la regente, quién también iba hacia el comedor, y varió su rumbo para encontrarse con la amazona de piel oscura. —Hola, Chilapa. ¿Cómo estás?

—Genial. Especialmente desde que disolviste el comité para el tratado. Finalmente he tenido la oportunidad de poner mi cabaña en orden, hacer algo de limpieza y remendar algunos de mis cueros. Incluso he podido ir al campo de prácticas y entrenar algo con Pony esta mañana. Me ha sentado realmente bien.

—Créeme, sé cómo te sientes. He estado tan ocupada con lo del tratado que, si no fuera porque Xena me ayuda, odio pensar en cómo estaría nuestra cabaña ahora mismo. He decidido que, como el tratado está prácticamente terminado, todas podríais disfrutar de un pequeño descanso hasta el concilio. No es necesario darle más vueltas al documento. Estoy segura de que cuando Bruto, Tildes, mi padre y Xena acaben con él, tendremos que cambiarlo de todas maneras.

—¿Xena?—la regente se detuvo y miró a su reina durante un largo momento—¿Qué tiene que ver Xena con el tratado?

—Oh. Hoy no te había visto todavía. Recibió noticias de Anfípolis esta mañana. Quieren que les represente en el concilio.

—Oh. Bien. Supongo. ¿Te parece bien?

—Sí. Quiero decir, ya sé que es mi campeona y todo eso, pero cree que puede representar a Anfípolis justamente. Además, estoy segura de que no me hará daño tener una amiga ahí dentro, ahora que puedo.

—¿Y tu padre?

—No estoy segura de que vaya a ser muy amistoso—la bardo tiró ausente del cuello de su túnica, estirándolo. —No le gusta mucho Xena, y quizá se suba por las paredes cuando vea cómo están las cosas entre nosotras.

—Siento oír eso, Gabrielle. Me gusta Xena, y sé que Ephiny la tenía por una muy querida amiga.

—Gracias, Chilapa—Gabrielle puso una mano en el hombro de la regente y lo apretó—Hablando de Xena, ¿la has visto?

—Dioses—Chilapa señaló la puerta de la aldea—La vi hace como dos marcas de vela, cuando llegó cabalgando a Argo. Pasó por el campo de prácticas cuando Pony y yo estábamos allí, pero no la he visto desde entonces.

—¿Dos marcas de vela?—una bardo confusa abrió la puerta del comedor y la regente y ella cruzaron el umbral.

Gabrielle se detuvo un instante, escaneando la multitud, y encontró a Kallerine. Cruzó la habitación hasta la joven cazadora y se sentó a su lado—Kallerine, ¿has visto a Xena?

—Um. Creo que está en la sala del consejo; la última vez que miré, por lo menos. Llegó y me preguntó si podía ayudarla a encontrar unos pergaminos. Hasta donde yo sé, sigue ahí.

—¿Pergaminos?—la bardo arqueó una ceja rubia, obviamente esperando más información.

—Bueno…—Kallerine arrancó una esquina de una rebanada de grueso pan moreno y la untó con abundante mantequilla aderezada con miel—…dijo que quería leer sobre las costumbres amazonas. Chico, tuvimos que excavar mucho para encontrar los pergaminos que quería. Sí que hay polvo en esos estantes superiores de ahí. Creo que me pasé una marca de vela entera estornudando.

—Gracias, Kallerine—la bardo se levantó y colocó su silla antes de cruzar el salón hasta la sala del consejo, para abrir silenciosamente la puerta.

Asomó la cabeza y vio a la guerrera sentada, dándole la espalda, con algunos pergaminos desperdigados en una mesa, desparramados mientras tomaba notas en un trozo de pergamino. Xena estaba tan absorta en lo que estaba haciendo que no escuchó a la bardo. Gabrielle cerró la puerta en silencio y volvió al comedor para cenar.

Un poco más tarde, la guerrera salió de la sala del consejo y localizó a su compañera sentada. Caminó sin prisa hasta ella y Gabrielle sonrió mientras Xena se sentaba a su lado, y dejaba un trozo de pergamino cuidadosamente doblado sobre la mesa.

—¿Has tenido un buen paseo con Argo?

—Uh. Sí. Un buen paseo, largo. Sí. Lo he disfrutado mucho—la guerrera aceptó un plato de comida de una sirvienta y comenzó a atacar una pieza de venado con fruición.

—¿Qué es eso?—la bardo señaló el pergamino.

—Nada. Algunas notas.

—¿Para el concilio?

—No. Bueno. Algo así.

—¿Has descubierto lo que buscabas en esos pergaminos?

Xena tosió, evitando por poco ahogarse con una judía, y tomó varios tragos de una copa de agua antes de aclararse la garganta— Um…Hades… ¿Cómo sabe lo que estaba haciendo? Sí. De hecho, estaba leyendo sobre las costumbres amazonas. Um…sí…costumbres sobre los tratados de paz.

—Oh—Gabrielle no pudo evitar sonreír. Muy bien, Artemisa. Dijiste que tenía que darle su tiempo. Te olvidaste de decirme que iba a empezar a pensar en ello tan pronto. La bardo comenzó a atacar el contenido de su plato, sintiendo un vértigo de felicidad recorrer su interior.

—¿Por qué estás tan contenta?—la guerrera miró con afecto a su joven amante, complacida con la sonrisa estampada en la cara de la bardo.

—Estás aquí. ¿Es que necesito otra razón?—Gabrielle estiró una mano y deslizó el dorso de su mano por la mejilla de Xena.

La guerrera capturó la mano de la bardo y besó el interior de la palma de su compañera—No. Me alegro de inspirarte así. Es solo que pareces muy, muy contenta.

—Bueno, tú también.

—¿Yo?—Xena fue repentinamente consciente de que ella también tenía una enorme sonrisa en la cara—Supongo que solo me alegro de estar aquí contigo, bardo mía—. La guerrera cogió con descuido en pergamino enrollado y lo guardó en uno de los espacios de su cinturón.

Ambas limpiaron sus platos y compartieron un trozo de tarta de manzana de postre, intercambiando bocados. Gabrielle tomó el pastel y partió un trozo hojaldrado, llevándolo hacia la guerrera. Xena tomó la ofrenda en su boca, mordisqueando juguetonamente los dedos de la bardo, chupándolos suavemente antes de liberarlos, observando cómo su un profundo tono rojo subía desde el cuello de Gabrielle hasta su rostro.

—Espera—la bardo se inclinó más cerca— tienes migas en la boca—. Se inclinó más cerca aún y sacó la punta de la lengua, limpiando efectivamente las migas y dejando que sus labios merodeasen durante un largo momento, disfrutando el sabor dulce y especiado de las manzanas asadas en la boca de la guerrera.

—Qué bueno es ser reina—Chilapa pasó por allí, pinchando con el dedo rápidamente las costillas de Gabrielle antes de escaparse de donde la guerrera y la bardo estaban sentadas.

—¡Uy!—la bardo saltó en el sitio y miró a su alrededor, encontrando varias miradas de envidiosas y atentas amazonas. Caviló por un momento y después se encogió de hombros, inclinando su cabeza para recibir otro beso, acercando más a Xena en el proceso. Una guerrera muy sorprendida rio entre dientes y obedeció, alzando una ceja en cuestión sobre el hombro de Gabrielle a su audiencia, las cuales se encontraron repentinamente interesadas en la comida de sus platos.

—¿Gabrielle?—la guerrera rompió el beso—Cuando el concilio acabe, ¿qué te parecería salir durante unos días, solo tú, yo, Argo y Estrella?

La cara de la bardo se iluminó—Vaya. Me has leído la mente. Iba a sugerirte exactamente lo mismo. Pregúntale a Estrella si no me crees.

—Pregúntale a Estrella, ¿eh? Muy bien. Lo haré la próxima vez que la vea—Xena rio y bajó la vista, hasta el plato vacío entre ellas. —¿Quieres otro trozo, o estás lista para volver a nuestra cabaña?

Gabrielle frotó su repleto estómago—Por mucho que me guste la cocina de Daria, creo que estoy llena. Vámonos a casa. Hay algunos problemas en el borrador del tratado a los que me gustaría que les echases un vistazo, si no te importa.

—Claro—la guerrera se levantó y le ofreció una mano a su compañera, envolviendo suavemente la cintura de la bardo y guiándola a la salida del comedor.

El sol ya se había puesto completamente y las primeras estrellas empezaban a parpadear en el cielo nocturno. Los grillos cantaban en los árboles, y se podía escuchar a los sapos croar en el arroyo que corría cerca de las afueras de la aldea. Eponin seguía de guardia en la puerta principal, con sus dedos incansables jugueteando con sus armas y armadura. Al otro lado de la puerta, Rebina también permanecía de pie, ambas esperando a ser relevadas por la guardia nocturna. La reina Gabrielle misma había señalado personalmente a las dos amazonas para recibir a Bruto al día siguiente, y se había asegurado de que sus turnos de vigilancia eran cubiertos, de forma que podrían gozar de una buena noche de sueño antes de la llegada de los romanos.

Amarice había rogado para que le permitiesen recibir también a los romanos, pero la reina había denegado la petición. Había mucha mala sangre aún entre la alta pelirroja y Bruto, y Gabrielle había decidido que se haría un flaco favor al concilio del tratado de paz si empezaban con un encuentro entre los dos. De hecho, la bardo había dado órdenes a Amarice para que no se dejase ver mucho, preferiblemente nada, para evitar cualquier incomodidad. La joven amazona se había recluido obedientemente en su choza, pero no sin antes asegurarse de que la reina viese el mohín en su rostro.

Amarice había pasado la mayor parte de la tarde reflexionando sola, sin molestarse siquiera en encender una luz cuando el sol se puso. Se saltó la cena, prefiriendo la soledad de su cabaña a la cháchara de sus hermanas amazonas, al menos por el momento. Un suave golpe en la puerta de su cabaña distrajo momentáneamente a la amazona de su mal humor.

Abrió la puerta y vio a Kallerine allí parada—Hola. Unos ojos marrones le devolvieron la mirada—Hola. ¿Puedo pasar?

—Uh. Claro—Amarice señaló una silla—Siéntate. Espera, déjame encender una vela—la alta amazona maniobró con el pedernal, haciendo tres intentos antes de que la vela volviese a la vida, enviando un cálido brillo por la pequeña habitación.

La cazadora se sentó y echó un vistazo alrededor. Nunca había estado antes en la choza de Amarice. Amarice tenía dieciocho veranos, y el privilegio de vivir en su propia cabaña. Kallerine seguía viviendo en el gran dormitorio donde vivían las amazonas adolescentes, durmiendo en grandes literas espartanas. —Es bonita.

—Está bien—Amarice alzó sus cejas mientras ojeaba su alrededor. No había mucho más en la pequeña habitación que una cama, una pequeña mesa, un par de sillas y una cómoda donde guardar la ropa y otros objetos personales. Una pequeña jofaina y un jarro estaban encima de la cómoda. La pelirroja no se había molestado en colgar nada en las paredes. La manta que cubría su colchón de paja era un conjunto de lana marrón, apenas suficientemente larga para cubrirla por la noche.

—Te…te he echado de menos en la cena. Toma, te he traído algo de pan y queso—Kallerine dejó el pequeño fardo sobre la mesa.

—Eh…gracias. Sí. Es que no estaba de humor para estar con gente— largas pestañas pelirrojas parpadearon sobre unos ojos avellana.

—Siento que no te hayan dejado ir con la guardia a recibir a Bruto. Sé que querías—la cazadora palmeó torpemente a su amiga en la rodilla.

—Sí. Bueno. Gabrielle tiene razón, si no fuera por ella, Bruto me habría matado la última vez que lo vi. Aunque yo intenté matarle primero.

—¿Lo hiciste?—los ojos marrones se agrandaron.

—Fue una estupidez, lo sé.

—¿Qué hiciste?

—Me escondí en un árbol y le disparé una flecha.

—¿Y fallaste?—Kallerine parecía confusa. Había visto a Amarice en el campo de práctica y normalmente acertaba en el centro de cada

blanco.

—No. Le habría atravesado la garganta. Si Xena no hubiese atrapado la flecha.

—Oh. Guau. He oído que puede hacerlo, pero nunca lo he visto. Es impresionante.

—Por supuesto, Gabrielle me metió en el calabozo y me hizo sentir como una idiota.

—Lo recuerdo. Hicieron que los niños nos quedásemos en el dormitorio durante todo el asunto de los romanos, pero escuché que te habían metido en el calabozo. Tenía tantas ganas de ayudar en la lucha. No me dejaron. Dijeron que era demasiado joven.

—¿Tú? Eres mejor guerrera que muchas de las amazonas más mayores en esta aldea. Tienes unas habilidades únicas, cazadora—Amarice sonrió.

—Igual que tú—Kallerine se inclinó hacia delante, de nuevo poniendo una mano en la rodilla de la alta amazona, permitiéndose dejarla allí un momento más. Miró a los ojos avellana durante un largo momento.

Amarice sintió un pequeño escalofrío en su centro y puso su propia mano encima de la más pequeña que estaba sobre su rodilla, inclinándose y capturando los labios de la cazadora en un corto pero dulce beso.

—Mmmm. Eso ha estado bien, ¿no crees?—Amarice escrutó el rostro de Kallerine, esperanzada.

Los ojos de la cazadora estaban cerrados. Parpadearon lentamente antes de abrirse y tragó saliva, después sonrió—Sí. Muy bien.

—Sigue la corriente—Amarice tenía la mirada centrada en algún lugar más allá.

—¿Eh?

—Oh, solo algo que dijo Xena. ¿Recuerdas la ceremonia en la que la reina Gabrielle se convirtió en la gobernante de la nación?—Amarice miró tímidamente a la cazadora.

—¿Cómo olvidarlo?—Kallerine sonrió a su amiga—¿Sabes? Fue mi primer beso. Hasta ahora, no estaba segura de si tú lo habías disfrutado tanto como yo.

—Oh, sí. Definitivamente, lo disfruté—sonrió Amarice—Es solo que no estaba segura de qué hacer. Así que, a la mañana siguiente, hablé con Xena de ti. De nosotras.

—¿Lo hiciste? Oh, dioses…

—No te preocupes. Confío en ella.

—Bueno, ¿y qué te dijo?

—Le dije que nos habíamos besado después de bailar en la ceremonia. Le dije que me gustó—la pelirroja miró hacia abajo con timidez—Xena dijo que te besase otra vez y que, si nos seguía gustando, que siguiese la corriente.

—¿Y qué quiso decir con eso?

—Creo que se refería a que nos divirtiésemos, que nos fuéramos conociendo, y a ver qué pasaba.

—Oh. Creo que puedo hacerlo. ¿Pero por qué te ha llevado tanto

tiempo hacerlo después de hablar con Xena?

—Supongo que estaba reuniendo el valor—Amarice volvió a inclinarse hacia delante y se besaron durante un rato un poco más largo, mordisqueando suavemente los labios de la otra. Un sonoro golpe en la puerta hizo que ambas pegasen un bote, mientras se separaban rápidamente.

—Kallerine, ¿estás ahí?—la voz de Loisha se coló, amortiguada, por la puerta.

—Sí.

—Menos mal que te encuentro. La reina Gabrielle quiere verte ahora mismo.

—De acuerdo. Ahora voy—la cazadora se levantó y acarició el espeso pelo rojo—Siento que tengas que estar aquí metida mañana.

—Está bien. Gracias por venir. ¿Vendrás mañana? Por favor.

—Por supuesto. Si no me llaman para alguna misión larga.

—Genial—Amarice se levantó y abrazó brevemente a la cazadora.

La cazadora sonrió y dejó la cabaña.

Kallerine dudó al llamar a la puerta de los aposentos de la reina—Reina Gabrielle, soy yo.

—Pasa, Kallerine—la voz de la bardo sonó amortiguada a través de la

puerta. La cazadora giró el picaporte y abrió la puerta, pasando al interior. La reina estaba sentada a la mesa con Xena, ambas bebiendo té y con varios pergaminos extendidos frente a ellas. Kallerine detectó la esencia tenue de la menta en el aire, mezclada con el olor del pergamino nuevo y la tinta—¿Querías verme?

—Sí—Gabrielle sonrió—Tengo un trabajo para ti. Un trabajo permanente.

—Está bien. Lo que quieras, mi reina—Guau. La emoción estaba escrita en el rostro de Kallerine.

—Kallerine, como reina, sabes que Xena es mi campeona y mi mano derecha, y por supuesto, Chilapa es mi regente.

—Sí—la cazadora se mordió nerviosamente el labio superior.

—Sin embargo—continuó la bardo—necesito un tercer asistente. Alguien que haga de mensajero, de orejas y ojos y, si lo necesito, de guardaespaldas personal siempre que Xena no esté. O si Xena y yo estamos ocupadas y tenemos en nuestras mentes algo más que nuestra seguridad personal—. Gabrielle sintió la mano de la guerrera descansar sobre su pierna bajo la mesa, e intentó ignorar los insinuantes movimientos que Xena estaba haciendo con las puntas de sus dedos sobre la sensible piel de la bardo. Estiró una mano bajo la mesa y apretó la mano de la guerrera, deteniendo su actividad, y sonriendo al detectar el tenue puchero en sus labios por el rabillo del ojo.

—En fin. Xena y yo estamos impresionadas con tus habilidades y contigo en general, y creemos que serías una buena candidata para el puesto, si lo quieres. Ya has sido mi mensajero. Me gustaría hacerlo oficial y aumentar tus responsabilidades. Me gustaría que tuvieras los ojos y los oídos abiertos durante tus actividades cotidianas, y que me cuentes cualquier cosa que creas que necesito saber. También me gustaría contar contigo para entregar y recibir mensajes y desempeñar otro tipo de recados. Las labores de guardia consistirían en guardias de noche siempre que Xena, por alguna razón, no estuviese aquí conmigo. ¿Te gustaría hacer el trabajo?

—Oh. Sí, sería un honor servirte, mi reina—Los ojos marrones de Kallerine relucían, reflejando tenues destellos de oro de la vela que había sobre la mesa.

—Genial. Tu primer encargo es estar en la puerta principal mañana, y tan pronto como llegue Bruto, házmelo saber.

—Sí, mi reina. ¿Es todo por ahora?

—Sí. Ve a descansar. Mañana va a ser un día repleto.

La cazadora hizo una leve reverencia y se dirigió a la puerta de la cabaña, prácticamente saltando hacia los dormitorios con una sonrisa enorme en su rostro.

Tan pronto como se marchó, Gabrielle se giró y palmeó a Xena en la pierna—Eres mala.

—¿Qué?—los ojos azules de la guerrera se ensancharon, fingiendo inocencia.

—Ya sabes qué, oh, princesa guerrera de las caricias disuasorias…Tú…Umpgg…—la bardo fue silenciada por un concienzudo beso de la guerrera.

—Simplemente, estaba pensando en una de las posibles actividades que podrían hacernos olvidar nuestra seguridad personal, y cómo nos íbamos a divertir si hubiera un guardia apostado en la puerta y no tuviese que tener la mitad de mis sentidos en lo que está pasando afuera cuando preferiría centrarme de pleno en lo que está pasando dentro—Xena sonrió, inclinando su cabeza para otro beso.

—¡Xena!—la voz de Gabrielle contenía una nota de indignación—No voy a tener a Kallerine sentada fuera para que nosotras podamos…ompgh…—otro beso muy sensual la silenció de nuevo.

—Por favor—otro beso—¿Solo a veces?—otro más—Por mí—Otro—¿Por favor?—otro largo beso, acompañado por un par de manos errantes de guerrera.

Una bardo muy aturdida se apartó y trató de centrarse, mientras su corazón disminuía su ritmo hasta uno normal. Sonrió a los chispeantes ojos azules y puso una mano sobre la cincelada cara de su amante— Oh, está bien. Quizás en ocasiones especiales. Porque eres tú.

—Te quiero—Xena dejó un último besito en la frente de Gabrielle— Ahora. Hay una cláusula más que creo que necesita algo más de trabajo, sobre los derechos de comercio de Anfípolis con Potedaia. Lo último que necesitamos es que nuestras aldeas natales se maten entre ellas por una palabra mal puesta en un trozo de papel—la guerrera señaló un párrafo a la mitad de uno de los pergaminos.

—Oh, ya veo. Eso podría ser confuso—las cejas de la bardo se fruncieron—A ver. Vamos a reescribirlo, para que así no se mezclen las vacas y las ovejas de cada rebaño—cogió una pluma y la mojó en tinta, e hizo unas cuantas marcas en el documento, mientras el leve rasgueo era el único sonido de la habitación. —Ya está, ¿qué te parece?

La guerrera miró por encima de su hombro—Sí. Eso está mejor. Me alegro de que tú estés haciendo la mayor parte de esto. Yo he escrito un montón de tratados en mis días. La mayoría de los cuales acabé rompiendo. Quizás si hubiera tenido una Gabrielle en mi ejército podría haberlos escrito mejor, y así no habría tenido la necesidad de romperlos después. Quizás un montón de gente no habría tenido que morir—Xena miró a su regazo.

—Eh—la bardo alzó una mano y levantó el mentón de la guerrera, leyendo la pena en los pálidos ojos azules—Xena. Ya no eres esa persona. No lo eres desde hace mucho. La Xena que yo conozco nunca mataría a nadie por un par de cerdos y ovejas mal colocados.

—Bueno. La vieja lo hubiera hecho. Solo por diversión—los hombros de la guerrera cayeron.

—Xena, amor. Eso fue entonces. Esto es ahora. Cree en ti. Yo lo hago.

—Me gustaría poder ver las cosas como tú las ves—la guerrera dejó su cabeza sobre el hombro de Gabrielle.

—Yo también—la bardo acarició distraída la oscura cabeza—porque veo bondad y honor e inteligencia y justicia y solidaridad y valentía y altruismo y…

—Vale, vale. Ya lo capto—Xena inclinó su cabeza y besó la suave mejilla de su amante—Gracias. Espero estar a la altura de todo eso.

—Lo estás. Cada día. Lo que te hace aún más especial es que eres todas esas cosas sin ni siquiera intentar pensar en ello. Tú no lo ves pero yo sí.

—¿Qué haría yo sin ti, bardo mía?

—Oh. A estas alturas, probablemente habrías encontrado alguna otra aldeana pesada y de ojos como platos para que te siguiera a todas partes, metiéndose en problemas, para que así pudieses salvarla constantemente.

—No—los ojos azules centellearon—Tú eres la única. Tú me has salvado a mí. De mí misma. Creo que, sin ti, nunca hubiera encontrado mi camino. Tú fuiste la que quisiste ir a la India. Sin aquello, nunca habría aprendido que el camino del guerrero, cuando se sigue por una buena causa, es una forma aceptable de vivir. Solo lamento de que tú hayas tenido que pasar por tanto para llegar a donde estamos ahora.

—Xena—Gabrielle acunó el rostro de la guerrera entre sus manos—¿No lo ves? Tú eres mi camino. He tenido que pasar por todo lo que hemos pasado para descubrirlo. Lo que es increíble es que tú me lo hayas permitido. Siempre me dejas resolver las cosas a mi manera. Y aguantas mis locuras y mis sueños. Yo soy quien debería darte las gracias.

—Bueno—Xena puso sus manos sobre las de la bardo—supongo que ambas somos afortunadas por tenernos.

—Sí, lo somos. Te quiero—Gabrielle se sintió atraída en un cálido abrazo, que nunca quisiera abandonar. Dejó la pluma sobre la mesa mientras el abrazo se convertía, lentamente, en otro largo beso mientras Xena intentaba con todas sus fuerzas expresar a la bardo lo que su corazón estaba sintiendo. La guerrera comenzó a mordisquear la mandíbula de la bardo y su cuello, apartando el cuello de la túnica de la bardo para tener mejor acceso.

Gabrielle sintió un cálido escalofrío atravesar su centro—Xena, ¿hemos acabado con el tratado por esta noche?

El pecho de la guerrera se movía pesadamente mientras tomaba aire irregularmente, intentando hablar—Gabrielle, al Hades con el tratado—. La bardo rio mientras se sentía levantar entre unos fuertes brazos. La guerrera la llevó hasta su habitación y dejó suavemente a su amante sobre la cama. Xena se quitó rápidamente su propia ropa y después se estiró al lado de la bardo, desabrochando cuidadosamente el resto de los botones de la túnica de su amante.

—Supongo que tendremos que poner a Kallerine de guardia esta noche, ¿eh?—la bardo comenzó a trazar dibujos sobre la piel de la guerrera con las puntas de sus dedos, sintiendo los músculos bien definidos bajo la superficie.

—Bueno…—la guerrera ronroneó mientras acariciaba con sus manos la suave curva de los pechos de su compañera—con Bruto de camino, creo que la aldea está bastante bien vigilada esta noche, ¿no crees?— dejó que sus labios siguieran a sus manos.

Gabrielle contuvo el aliento bruscamente—Sí—consiguió decir entre dientes, antes de enredar sus dedos en el largo pelo moreno mientras sentía cómo Xena comenzaba a besar su camino descendente sobre su torso hasta su ombligo. Y sintió cómo su cuerpo comenzaba a irse, rindiéndose a las hormigueantes sensaciones que la guerrera le provocaba, al alcanzar zonas más sensibles. Y mucho más tarde se sintió acunada en un amoroso abrazo, mientras Xena la sujetaba tiernamente, susurrándole naderías al oído mientras una larga e intensa ola de placer atravesaba su cuerpo.

La guerrera atrajo a Gabrielle hacia sí, envolviendo un brazo alrededor de su joven amante y acariciando suavemente el corto pelo rubio con la otra mano, mientras sentía cómo la respiración de Gabrielle se regularizaba y su pulso disminuía su ritmo—Eh. Te tengo—Xena besó la frente de la bardo. —Gabrielle, te quiero.

—Yo también te quiero, Xena—la bardo rodó sobre su estómago y sonrió, mientras Xena se colocaba en su posición habitual, con su mejilla descansando entre los omóplatos de Gabrielle y con un largo brazo echado protectoramente sobre la espalda de la bardo y sobre el brazo sobre el colchón.

—¿Xena?

—¿Hmmm?—la guerrera se estaba hundiendo en una placentera ola de sueño, inhalando suavemente la placentera esencia de la piel de su amante.

—Me alegro de que vayas a estar en el concilio.

—¿Sí?

—Sí. Bruto me pone nerviosa. Me sentiré mucho mejor contigo allí.

—Gabrielle, aunque no fuese a representar a Anfípolis, estaría justo en la puerta durante las negociaciones. Después de lo que Bruto nos ha hecho pasar, de ninguna manera dejaría que estuvieses allí con el sin estar yo cerca. Solo por si acaso.

—Xena. ¿Te he dicho ya que te quiero?

—Sí. Pero puedes decirlo toda las veces que quieras, mi amor. Está bien saber que alguien lo hace.

—Bueno, yo lo hago—la bardo suspiró y se dejó llevar por el sueño,

cubierta por una gran manta morena y cálida.