Capítulo 1
“¡Quién me diese alas como de paloma!
Volaría yo, y descansaría.
He aquí, yo huiría lejos,
Me gustaría ir al desierto.
Me apresuraría a mi lugar de refugio
Del viento tempestuoso, de la tempestad”.
- Salmos 55: 6-8, la Biblia, Nueva Versión Estándar Americana,
Aquella fue, reflexionó, una de esas veces en las que deseó haberse quedado callada. Bueno, dije que lo haríamos lo mejor posible, ¿verdad? Se apartó con una mano diestra un mechón empapado de los ojos y agarró los bordes de la lona tratada con aceite bajo la que estaban cobijadas, en un vano intento de estirarla aún más alrededor de sus cuerpos empapados por la lluvia. Nunca dije que fuera a ser divertido. Al menos, no recuerdo haberlo hecho. Escupió con desagrado, mientras el balanceo del barco se intensificaba, deslizándose sobre una ola y enviando otra arcada de agua salada sobre su rostro, con una poderosa bofetada…
Hasta el momento, el viaje a Egipto había sido un completo desastre. Y después de la semana que habían pasado en el paraíso de Zakynthos, el contraste había sido un shock para el que ninguna de ellas estaba preparada. El primer mal augurio llegó en los puertos de Pirgos. Xena había guiado su barco al puerto unas marcas antes del ocaso, y había pasado un rato hablando con su primo, poniéndose al día de los cotilleos familiares, antes de sacar de mala gana el mensaje de Octavio y releerlo. El trozo de pergamino sellado había llegado por paloma mensajera a Zakynthos cuatro días después de empezar sus vacaciones.
Las cosas seguían tal y como las habían dejado: Marco Antonio y Cleopatra habían unido sus fuerzas, en un intento de desafiar a Octavio y tomar todo el Imperio Romano. Octavio necesitaría algún tiempo para desplazar sus tropas desde Roma hasta Alejandría, así que seguían necesitando los servicios de la guerrera para tratar de convencer a Cleopatra para que reconsiderase su decisión. Con un poco de suerte, cuando llegasen las tropas, no las necesitarían. Y si las necesitaban… bueno, cruzarían ese puente cuando llegasen a él.
Xena había recorrido todo el suelo de madera del puerto de Pirgos dos veces, intentando comprar un pasaje para ella y la bardo hacia Alejandría, pero no había. Cleopatra había enviado a su armada a las aguas del Mediterráneo, y ningún buque de pasajeros tenía permitida la entrada a los puertos egipcios. Solo los navíos mercantes tenían permiso para cruzar las fronteras que patrullaban los buques reales.
Después de muchos regateos y otras tantas amenazas, la guerrera había conseguido encontrarles un sitio en un gran buque mercante espartano, cuya carga principal eran varias greyes de bueyes y ovejas. La comida o el agua no venían con la reserva, así que había enviado a Gabrielle a un apresurado viaje al mercado local para comprar provisiones para la travesía, mientras ella se hacía con varias bolsas de agua fresca.
El barco tenía previsto hacerse a la mar a media noche, y habían subido a bordo después de oscurecer. La guerrera había echado un subrepticio vistazo a la tripulación de rufianes y matones que había en cubierta, percibiendo las miradas lascivas y los susurros que las seguían mientras hacían un recorrido por la cubierta principal. Quizá el barco sea espartano, reflexionó. Pero seguro que no han contratado a ninguno de los suyos para trabajar en él. Deben de haber ido a la prisión local para contratar presos recién liberados, más baratos. Los espartanos eran conocidos por ser los más disciplinados marinos, y esos hombres no eran espartanos. Tomó rápidamente la decisión de volver a sus aposentos inmediatamente. Que habían resultado ser una litera muy pequeña varias cubiertas por debajo del nivel del mar, sin ojos de buey y con un solo catre, diseñado para que durmiera en él una sola persona. Una persona pequeña. Y para hacer peores las cosas, estaba cerca del pozo de la escalera que guiaba a la bodega, y el olor de estiércol fresco y caliente de vaca y oveja permeaba el aire para llenar su pequeño nido.
Mientras Xena estudiaba la puerta de sus aposentos, intentando decidir cuál sería la mejor forma de asegurarla, Gabrielle tiró de las sábanas del catre, levantando una nube de espeso polvo en el pequeño espacio y provocando que ambas mujeres se pusieran a toser y a estornudar.
— Dioses—la bardo se frotó los ojos irritados y sorbió—Creo que no han lavado la manta nunca. Xena, esto es asqueroso.
—Sí—la guerrera sentía emerger el lado gruñón mientras usaba el dorso de su mano para quitarse algo de polvo que se había depositado en su mejilla, e hizo un esfuerzo consciente para intentar apartar el mal humor—Bueno, podría ser peor—abrió la puerta un momento para intentar ventilar un poco la habitación. Si es que podía denominarse aire fresco a lo que subía desde las entrañas del barco.
—¿Cómo?—Gabrielle puso ambas manos en las caderas y empezó a oscilar la punta de un pie. Su irritación crecía en igual medida que el mal humor de su compañera.
Justo en ese momento, Xena divisó una rata de tamaño considerable escurrirse por el pasillo, y cerró la puerta rápidamente, por temor a que su compañera la viese también. Tembló internamente e, inconscientemente, se frotó el vello erizado que tenía en un brazo, recordando una excursión por una tubería del castillo de Sísifo, y la evasión de la prisión de la Isla de los Tiburones. Ratas. ODIO las ratas. — Bueno, al menos no hay ratones aquí. Y…—tomó la asquerosa manta que la bardo había tirado al suelo y la inspeccionó cuidadosamente— …a pesar del polvo, no parece que haya piojos que nos hagan compañía—gruñó, mientras arrojaba la manta a un rincón.
—Oh. Bueno, esto es genial. Gracias por hacerme pensar en eso antes de acostarnos. Ahora, probablemente imaginaré a esas cosas trepando encima de mí durante toda la noche—la bardo se giró y dio los tres pasos que le llevaba cruzar todo el compartimento, y se reclinó contra la pared, deslizándose lentamente hacia el áspero suelo de madera hasta estar agachada en el suelo, con sus rodillas contra su pecho y sus brazos envolviéndolas firmemente. Dejó caer su frente sobre las rodillas y un tembloroso y suave suspiro escapó de sus labios.
—Eh—la guerrera se acercó y se arrodilló junto a su compañera, alzando una mano dubitativa para acariciar el cabello rubio—Lo siento.
Un sorbetón le contestó, mientras Gabrielle hundía aún más su cabeza, poniendo sus antebrazos sobre sus rodillas.
—Gabrielle—Xena continuó acariciando con vacilación—Tengo todos y cada uno de los nervios de punta, pero no es por tu culpa. Es el barco, la tripulación… me dan escalofríos. Sé que voy a tener que estar alerta durante todo el viaje, y después de la semana que acabamos de pasar, estoy un poco desentrenada.
—Fue una bonita semana, ¿verdad?—la bardo giró su cabeza a un lado, dejando un lado de su cara sobre sus brazos y exponiendo una mejilla cubierta de lágrimas a la vista de la guerrera.
—¿Me tomas el pelo? Fue la mejor semana de mi vida—Xena limpió las lágrimas y deslizó sus dedos sobre la suave mejilla de su compañera.
Gabrielle miró el estrecho compartimento y dejó escapar una irónica risotada—Qué diferencia con la noche de ayer.
La guerrera sonrió. ¿Tan solo fue ayer? Parecía que había pasado una luna desde su última noche en Zakynthos. Habían decidido dormir en la playa en una cueva oculta que había cerca de la posada donde se hospedaban. Y habían…bueno, no había palabras adecuadas para describir lo que habían hecho. ¿Hacer el amor con desenfreno durante la mayor parte de la noche? Sí, pero fue mucho más que eso. Las cosas que hicimos… Lo ojos de Xena se cerraron un momento, recordando un momento de profunda conexión con su compañera, y haber alcanzado cotas de confianza que no había tenido con nadie antes.
Habían pasado mucho tiempo juntas, inmersas en la otra, durante la semana que pasaron en la isla, conociéndose mejor de lo que habían hecho nunca, a diferentes niveles, y habían acabado mucho más cerca de la otra que cuando llegaron. Y esa última noche fue…simplemente…—Fue la segunda mejor noche de mi vida, amor.
—¿La segunda mejor?—la voz de la bardo contenía algo más que una pequeña nota de inseguridad—¿C…cuál fue la primera?
—La noche que te pedí que te unieras conmigo—los ojos de Xena relucían mientras alzaba el mentón de su compañera y su pulgar acariciaba sus labios llenos.
—Oh—Gabrielle besó la punta del dedo—Diría que ambas noches fueron bastante increíbles—la bardo se sonrojó ante el aluvión de recuerdos—Xena, te quiero.
—Yo también te quiero, cariño. Más que nunca—los dedos de la guerrera trazaron un camino rosado desde el mentón de la bardo, sobre su mandíbula y bajando por su cuello.
—Siento estar un poco a la defensiva. Estoy asustada—Gabrielle parpadeó, enviando una última ráfaga de lágrimas sobre su rostro— Siempre me mareo en los barcos, y este parece ser el peor barco en el que he estado. Creo que el barco de Cecrops estaba mejor que este. Por lo menos, olía mejor.
La guerrera arrugó la nariz solidariamente—Si crees que aquí huele mal, mejor será que te den pena las vacas y las ovejas.
Esto consiguió arrancar finalmente una carcajada sincera de la bardo, quién se recostó contra el costado de Xena—Supongo que dormir en cubierta no es una opción, ¿eh?
Xena envolvió descuidadamente los hombros de la bardo con un brazo y la atrajo a un cálido abrazo contra su costado—Me temo que no. Si lo intentamos, quizá acabemos siendo la diversión de la noche. Creo que tenemos que mantenernos fuera de vista lo más posible durante este viaje. No me gustan las miradas de los demás…pasajeros.
—A mí tampoco—Gabrielle sintió el barco balancearse un poco más que antes y miró sombríamente a su compañera—Supongo que será mejor que lo dejemos por hoy.
—Sí. Mejor será—la guerrera se levantó y se acercó al montón de cosas que tenían cerca de la puerta, donde estaban sus petates, las bolsas de agua, armas, y las alforjas. Cogió el petate y se giró para estudiar la pequeña litera que cubría una de las paredes de la habitación. —Te diré lo que haremos—inspeccionó el colchón de paja y decidió que estaba bastante limpio antes de extender sus pieles de dormir sobre la cama—¿Por qué no te quedas la cama? Yo me sentaré en el suelo, donde pueda echar un ojo a la puerta.
—Xena—protestó la bardo—No puedes estar sin dormir, amor. Podemos acurrucarnos.
La guerrera sonrió—Me encantaría acurrucarme contigo, pero tengo la sensación de que, si lo hago, seguiré sin dormir nada—se acercó a la puerta y deslizó bajo ella un taburete, la única otra pieza de mobiliario de la habitación—Esto podría retrasar a quien intentase entrar, pero no creo que los detuviese. No si quieren entrar de verdad.
—Bueno—Gabrielle se levantó y se acercó por detrás a la guerrera, envolviendo su cintura con los brazos—Eso es verdad. Pero con tus agudos sentidos, los oirás justo cuando intenten entrar. Si dejas la espada en el suelo, justo al lado de la cama, serás capaz de agarrarla antes de que nadie pueda entrar. Así, podrás dormir en el catre conmigo.
Hmmmmm. Xena inclinó la cabeza mientras pensaba sobre ello y después se inclinó un poco sobre su compañera—Podría funcionar—se giró en los brazos de la bardo y miró a los ojos verdes, brillantes por haber llorado—Eso quiere decir que vas a tener que estar apretada contra la pared.
—Mientras tú estés del otro lado—Gabrielle se puso de puntillas y besó a la guerrera en la frente, y rio con deleite y sorpresa cuando la guerrera alzó la cabeza, encontrando sus labios e incitándola durante un largo momento antes de atraerla a un estrecho abrazo.
Habían sacado una camisa a media rodilla para la bardo, mientras Xena escogió dormir con sus cueros, incluso negándose a sacarse la armadura hasta que Gabrielle apuntó que, quitándose la armadura, tendrían unos cuantos centímetros más de precioso espacio. Una vez que se cambiaron y se lavaron la cara con un trozo de lino empapado de agua de una de las bolsas, la bardo se estiró en la cama mientras Xena apagaba la única vela que quedaba en el candelabro fijado a la pared, cerca de la puerta. Se deslizó por el suelo y se sentó en el borde del catre, antes de tumbarse en su lado. La guerrera rio entre dientes al darse cuenta de que tendrían que acurrucarse, literalmente, ya que el catre parecía ser un poco escaso para su metro ochenta de altura.
Gabrielle envolvió a su compañera con sus brazos, atrayéndola hacia su estómago, y sonriendo al oír a Xena dejar escapar un suspiro de contento. La bardo soltó una risita—Menos mal que no estás de humor esta noche. No hay espacio para maniobrar, incluso aunque quisiéramos.
—Gabrielle—la voz de la guerrera era un ruido sordo contra el cuerpo de la bardo, presionado contra ella—Estoy…cansada. Pero no tienes ni idea de lo creativa que puedo ser si la situación lo requiere—. De repente, Xena se giró hacia ella de forma que quedaron cara a cara, con sus piernas enredadas juntas y sus ojos solo separados por sus narices. Giró la cara y dejó un provocativo beso en los labios de su compañera mientras deslizaba una mano sobre y bajo la camisa de dormir de la bardo, sin parar hasta que fue recompensada con varios gemiditos.
Xena sonrió en la oscuridad y después se volvió a girar hasta que estuvieron abrazadas de nuevo. Rio entre dientes al sentir el pequeño cuerpo a su espalda suspirar pesadamente, mientras la respiración de Gabrielle volvía a la normalidad—…pero bueno, no estoy de humor esta noche, así que tendrás que esperar. Además, creo que voy a invocar nuestra norma en este barco. Creo que me sentiría más segura durmiendo en medio de un campo abierto cerca de una hoguera para atraer a cualquiera a leguas a la redonda que aquí.
—Sea donde sea, siempre que esté contigo, me siento segura—la bardo retomó su posición, dejando un suave beso sobre el hombro de la guerrera antes de cerrar los ojos.
Los ojos de la guerrera se abrieron de golpe en la oscuridad, y parpadeó un momento antes de sentir el balanceo del barco y recordar dónde estaba. ¿Qué me ha despertado? Escuchó atentamente y solo escuchó el agua chocando al otro lado del casco, cerca del compartimento. El pequeño cuerpo tras ella se revolvía y se dio cuenta de que Gabrielle hacía un vano intento de pasar por encima de ella sin molestarla—¿Qué te pasa?
—Oh. Xena. Lo siento. Es que…tengo que levantarme. Necesito…puntos de presión—la bardo sintió entumecerse su mandíbula y respiró con alivio cuando sintió un par de fuertes dedos masajeando suavemente los puntos de presión del interior de su muñeca, que la ayudaban a controlar la náusea—Gracias.
—¿Cuánto tiempo llevas mareada?—los ojos pálidos la miraron severamente en la ciega oscuridad.
—No estoy segura. Quizá una marca.
—Gabrielle—la amonestó Xena—La próxima vez, despiértame, ¿está bien? Cuanto antes empieces a aplicar los puntos de presión, más eficaces serán.
—Pero estabas durmiendo tan profundamente. Me sentía mal. Normalmente tienes el sueño tan ligero que supuse que deberías estar realmente cansada para haber caído así—la bardo se mordió el labio inferior.
—Quizás—la bardo continuó masajeando los puntos de presión—Pero no puedo permitirme caer así aquí abajo. Necesito estar más alerta. Es demasiado peligroso.
—Desearía poder dormir—Gabrielle miró hacia su compañera, casi sin ser capaz de distinguir los rasgos de Xena—Xena. ¿Podemos ir arriba, solo unos minutos. Necesito aire fresco.
—Bueno—la guerrera tomó la mano de su compañera y envolvió los dedos de Gabrielle alrededor de su propia muñeca—Hazte cargo de esto un momento, mientras me pongo la armadura.
—¿Eso quiere decir…?
—Sí—Xena ya se estaba abrochando las últimas hebillas. Tomó la vaina de la espada y la colocó en su sitio y después colocó el chakram en su cadera—De hecho, podría ser el momento más seguro para estar arriba. Probablemente, la tripulación esté dormida.
—Gracias a los dioses—la bardo se levantó y cogió un manto de sus bolsas localizándolo al tacto, y se puso las botas, poniendo los sais en su sitio.
Xena apartó el taburete, observando el pasillo en ambas direcciones antes de tomar la mano de su compañera y guiarla en silencio por el oscuro laberinto y por las escaleras de peldaños oxidados hasta la
siguiente cubierta. Aún tuvieron que atravesar otro pasillo y otras escaleras y salieron a una fuerte y salada brisa. La guerrera miró a su alrededor y vio aliviada que no había nadie en cubierta, salvo unos cuantos marineros ocupados con algunas fulanas y el capitán. Le dirigió un asentimiento y después condujo a su compañera enferma hacia la barandilla y miró arriba, inquieta, al cielo cubierto de nubes, que solo permitía brillar unas pocas estrellas. Giró la cabeza de nuevo, hacia el timón, donde el capitán del barco permanecía de pie, con una pierna sobre un cajón de madera mientras manejaba con las manos el timón.
—Gabrielle. Vamos a hablar con el capitán un momento—envolvió con un brazo protector los hombros de la bardo mientras se acercaban a él.
Se acercaron al corpulento hombre con pasos cuidadosos y la bardo se reclinó en su compañera mientras caminaban, con el agitando su manto en ondas alrededor de sus piernas y agitando los largos mechones oscuros de la guerrera en todas las direcciones—Buenas noches—pronunció Xena lentamente, en un esfuerzo de sonar amable.
—Hola. Buenas noches, muchachas—el capitán se tocó educadamente la punta del gorro.
—¿Se espera mal tiempo?—la guerrera hizo un gesto hacia la vela principal y al trinquete desplegado frente a ellos, los cuales ondeaban con la brisa.
—Sí— el capitán se inclinó a un lado y escupió mascadura de tabaco en una pequeña lata, usando la mano para taparse del viento y evitar salpicar a su compañía, perdiendo la oportunidad rara de tener una
charla nocturna. Y con dos mujeres atractivas como estas—Ha pasado otro buque de carga hacia Grecia hace como una marca. Dicen que hay borrasca ahí delante.
—Me lo imaginaba—Xena miró a su alrededor—¿Eres el único capitán a bordo?
—Sí. Ese soy yo—el anciano sonrió, con la cara arrugada bajo una larga barba blanca—Tomo el timón de noche y mi primer oficial lo toma durante el día.
—Bueno—la guerrera continuó hablando lentamente—Si necesitas ayuda, yo misma soy un capitán con experiencia.
—¿Lo eres?—el capitán apreció el cuerpo vestido de cuero antes de reír entre dientes—Pensaba que probablemente serías más un luchador, especialmente después de la forma en que me amedrentaste para meteros en mi barco—el timbre de su voz no contenía malicia, era más una burla amistosa.
—Siento eso—Xena suavizó sus facciones—Tengo una importante misión que cumplir en Egipto. Estaba un poco desesperada.
—¿Qué clase de misión?—una ceja poblada y blanca se alzó, en cuestión.
—Ahí es donde podía entrar la parte del luchador—la guerrera esbozó una sonrisa fiera.
—Así que eres guerrera y marinera—el capitán le devolvió la sonrisa con descaro—¿En qué más eres buena?
—Tengo muchas habilidades—ronroneó Xena, alzando una evasiva ceja.
—¿Sí, eh?—el capitán se giró para mirar a Gabrielle—¿Y qué hace ella?
—Ella—la guerrera le guiñó un ojo—es mi primer oficial.
El capitán le devolvió el guiñó, comprendiendo, antes de estirar un brazo—Me llamo Ronan, ¿y vosotras?
—Xena—la guerrera agarró el brazo ofrecido con un fuerte agarre y adelantó a su compañera ligeramente con el otro—Y esta debería ser Gabrielle.
Ronan frunció el ceño—¿La Xena? ¿La princesa guerrera? ¿Esa Xena?
Xena suspiró—Sí. Esa Xena.
Él miró a Gabrielle con expresión seria—Entonces, tu deberías ser Gabrielle, la bardo, ¿sí?—la sonrisa descarada volvió a su rostro.
¿Eh? Los ojos de la bardo se abrieron de golpe con la sorpresa. Eso es un cambio. Estaba tan acostumbrada a que la gente se sorprendiera ante Xena sin darse cuenta siguiera de quién era ella —Um…sí. Lo soy— Gabrielle se sonrojó mientras una guerrera divertida la miraba, disfrutando la rara ocasión de intercambiar papeles, mientras su compañera experimentaba el recibimiento que normalmente recibía ella a dondequiera que fueran.
—Sí. He oído algunas de tus historias por otro bardo. Dijo que estudió en la academia de Atenas mientras tú estuviste allí—Ronan se mesó los bigotes—Buenas historias, sí señor. Sobre aquí tu compañera, y sobre Hércules.
—Oh. ¿Y dónde escuchaste esas historias?—Gabrielle sonrió, apretando inconscientemente más su agarre sobre la cintura de la guerrera.
—Irlanda—los ojos de Ronan tomaron una mirada soñadora—Ese es mi hogar. Conocí a Hércules, sabes. Y a la señora de la que está enamorado.
—¿Qué?—dijeron la guerrera y la bardo al unísono. Tengo que ponerme al día con Herc, reflexionó Xena.
—Sí. Poquita cosa. Luchadora. Y diminuta. Pelirroja y pelo corto y unos brillantes ojos verdes, casi como los tuyos, muchacha—el capitán miró atentamente los ojos de la bardo—Morrigan, se llamaba. Hércules había ido a Irlanda por una…misión, lo llamó él. Yo capitaneaba el barco de vuelta a Grecia. Se despidieron en el muelle. Yo pensaba que nunca la dejaría ir, pero al final lo hizo. Creo que de hecho lo vi quitarse una lagrimita mientras salíamos del puerto. Después, unos meses más tarde, Morrigan abordó mi barco para ir a Grecia. No estoy seguro de lo que pasó después de eso.
Mmm. Definitivamente, tengo que ponerme al día con Herc. Me alegro de que haya encontrado a alguien, después de todo lo que pasó con Serena. —Así que, ¿cómo has acabado llevando mercancía a Egipto?— Xena cambió de tema disimuladamente.
—Solía hacer rutas regulares entre Grecia, Galia, Britania e Irlanda. Pasajeros, mercancía, ganado, cualquier cosa con la que ganar algún dinar. Entonces conocí a algunos espartanos y me contrataron para llevar mercancía ida y vuelta a Egipto. Tenían el barco, pero estaban cansados de hacerlo ellos mismos, así que llegué a un acuerdo con ellos que me hace ganar mucho más que los antiguos bolos. El barco es espartano solo de nombre. No hay espartanos a bordo.
—Ya ve—asintió la guerrera. Me lo imaginaba. —Bueno, buenas noches. Solo hemos venido a respirar un poco de aire.
—Sí. Y buenas noches a vosotras, muchachas—Ronan volvió a tocarse el gorro antes de inclinarse para escupir otra vez.
La guerrera y la bardo volvieron a la barandilla, donde después de una media marca de aire fresco del océano, el estómago de Gabrielle se asentó considerablemente. Xena pasó el rato en reflexivo silencio, ojeando las murallas de nubes con creciente preocupación que hacían erizarse el vello de su nuca. Envolvió con más firmeza los hombros de Gabrielle con su brazo, cerrando el manto de la bardo sobre su pequeño cuerpo.
La bardo sintió la tensión en el cuerpo de su compañera y observó los tensos rasgos de su compañera de perfil—Xena, ¿qué pasa?—Gabrielle seguía presionando con fuerza los puntos de presión de su muñeca.
—No me gustan esas nubes—la guerrera acarició distraída el grueso material del brazo de su compañera—Las tormentas y la navegación no pegan bien. Hacen la navegación imposible, y…—dejó morir la frase mientras veía crecer el miedo en los ojos de Gabrielle. El tsunami. Maldita idiota. Ahí estás, matándola de miedo. No puedo creer que ninguna de las dos se haya subido a un barco después de sobrevivir a aquello. Hizo un esfuerzo consciente por aligerar su voz y formar una media sonrisa—Pero no hay por qué preocuparse. Solo significa que el viaje nos va a llevar un poco más de tiempo. Que será un poco más incómodo. A pesar de eso, llegaremos bien a Egipto. No hay problema.
—¿Estás segura?—la voz de la bardo temblaba.
—Sí—Xena miró a su alrededor—Oye. Podemos pasar el resto de la noche aquí. La tripulación está bajo cubierta. Vamos—tiró del brazo de la bardo, guiándola hacia la proa del barco. La guerrera husmeó en los botes salvavidas que estaban atados a la barandilla, cogiendo un par de cojines que servían como flotadores, junto con una lona impermeabilizada. Poco sabía que la lona se convertiría en su mejor amiga los próximos días.
Se dirigió hacia la parte delantera del barco, donde la proa se juntaba sobre sí misma, tirando los cojines al suelo y haciendo un gesto hacia la cubierta—Vuestra cama descubierta, majestad, tal y como pedisteis.
Gabrielle sonrió y se desplomó sobre la superficie dura de madera, dejando su cabeza sobre uno de los cojines—¿Te pones conmigo?— palmeó el otro cojín.
Xena esbozó una sonrisa torcida y se quitó la funda de la espada, dejándola a su lado mientras se estiraba al lado de su compañera, tirando la lona sobre ellas y metiendo los bordes bajo sus cuerpo para evitar que el viento la levantara—No es tan mullido como las pieles, pero tu estómago lo agradecerá.
—Oh, sí. Seguro que sí—la bardo se acurrucó contra el costado de la guerrera, sin importarle siguiera la armadura que tenía contra ella mientras dejaba su cabeza contra el ancho hombro de su compañera—Ahí abajo, cada vez que intento tomar aire profundamente para sentarme el estómago, como me dijiste, acabo aspirando esencia pura de estiércol de vaca. No cumple su función.
—Siento que te sea tan difícil—la guerrera besó la cabeza rubia.
—Viviré. Son solo un par de días, ¿verdad?
No hubo respuesta.
—¿Xena?
Oh, Tártaro. —Con buen tiempo, sí. Si hay tormenta…bueno, podríamos tardar un poco más—la guerrera sintió tensarse sus músculos de nuevo, anticipando la reacción de su compañera.
No fue decepcionada. Gabrielle se sentó erguida, mirando a su
compañera fijamente con una mirada asesina y pinchándola con el
dedo en el escote, justo encima de la armadura—
¡¿Cuántos…días…más?!—un pinchazo más, para mayor énfasis.
—No lo sé seguro—la guerrera atrapó suavemente el dedo, tirando de
él para mordisquearlo juguetonamente, y observar con alivio cómo su
compañera sonreía, a pesar de sí misma. —Ven aquí—tiró de Gabrielle
hacia ella de nuevo—Vamos a dormir un poco, ¿de acuerdo? Quizás
sea la última noche decente que tengamos en un tiempo, pensó con
remordimiento.
—Xena—la bardo dejó lentamente su cabeza contra su almohadp humana—La próxima vez que tengas que coger un barco, átame para que no pueda seguirte, ¿vale?
—¿Me estás tomando el pelo?—rio Xena entre dientes—¿Y enfrentarme a tu furia cuando vuelva? Oh, no, bardo mía. Te prometí que nunca volvería a dejarte atrás, y yo no rompo mis promesas. Si te quedas atrás, será por tu propia voluntad. Aunque atarte podría ser divertido—unos largos dedos hicieron cosquillas en el torso de la bardo.
—¡Eh!—la bardo se retorció hasta que las cosquillas cesaron—Pensaba que no te iba eso.
—Dije que no me iban las cadenas y los látigos—gruñó la voz grave—Me gusta el placer, no el dolor.
—¿Atarse puede dar placer?—las cejas rubias se fruncieron por la confusión en la oscuridad.
Una profunda carcajada fue su respuesta, mientras la guerrera la besaba fugazmente en los labios.
Hummm. Supongo que sí. Quizá lo descubra algún día. Gabrielle se acurrucó—El balanceo no es tan fuerte aquí arriba.
—Eso es porque estamos en un extremo del barco. Es más compacto aquí, y no lo sientes tanto como al final, o abajo. De hecho, cuanto más bajes, más sentirás el balanceo.
—Oh—la bardo cerró los ojos—Buenas noches, Xena.
—Buenas noches, cariño—la guerrera besó la cabeza rubia una vez más y permitió, de mala gana, vagar a la duermevela, entre el sueño y la consciencia, con parte de su cerebro teniendo constancia permanente de lo que pasaba a su alrededor.
—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí?—una risa grave y sonora resonó por la cubierta del barco.
Los ojos de Xena se abrieron de golpe, e inmediatamente fueron golpeados por la luz del amanecer. Maldita sea. Me he quedado dormida. Obligó a sus ojos a abrirse de nuevo y vio la cara del fornido marinero que las miraba lascivamente, con sus mejillas y mentón cubiertos por una barba de una semana, y sus dientes, o los pocos que tenía, de un feo tono amarillo.
—Eh, chicos, tenemos un par de bellezas a bordo. Parece que vamos a divertirnos un poco—se movió un poco, inclinando la cabeza para tener un mejor ángulo de visión de la aun profundamente dormida bardo. — Excelente—se lamió los labios mientras un poco de baba le caía por la barbilla.
—Igual que como tú deberías comportarte—la guerrera apartó la lona y estuvo de pie al instante, con la espada fuera de la vaina mientras la giraba un par de veces en la muñeca para asumir una posición de defensa.
—Xena…qué…oh—Gabrielle retrocedió todo lo que pudo antes de ponerse de pie y coger los sais de donde los había dejado, para evitar pinchar a su compañera mientras dormía. También adoptó una pose defensiva tras la guerrera, con los pies bien separados para mantener el equilibrio frente al balanceo del barco, mientras sus ojos miraban con tiento la espalda de Xena, esperando a ver qué pasaba.
—Oh. Queréis pelear antes de pasarlo bien. Muy bien—el marinero desenfundó su propia espada, un alfanje—Podemos hacerlo así—. Embistió de frente, sorprendido ante la fuerza del mandoble de la guerrera, que le obligó a retroceder a espacio abierto.
—Luchando es como yo me divierto—sonrió Xena con maldad, obligándole a retroceder más y haciendo círculos a su alrededor, con su espada aquí y allá, y la otra mano extendida mientras observaba al resto de los marineros por su visión periférica desplegarse a su alrededor, mientras mantenía su atención en su principal atacante.
El marinero avanzó de nuevo, esta vez blandiendo la espada por abajo, y perdiendo el equilibrio cuando la guerrera saltó sobre el filo y dio una voltereta sobre él, aterrizando a su espalda. Cayó de rodillas y se giró rápidamente, sorprendido, mientras Xena sacudía la cabeza de un lado a otro y reía profundamente—Vas a tener que hacerlo mucho mejor.
El rostro barbudo adquirió una expresión iracunda—¡Ayudadme, chicos!—bramó mientras se ponía de pie, con sus mejillas rojas infladas por el esfuerzo de blandir la espada a ciegas, avanzando, mientras los otros seis o siete se le unían con sus espadas, dagas o garrotes, o cualquier cosa que pudieran coger como arma. La guerrera se encontró rodeada, y miró arriba, atrapando una cuerda que colgaba del mástil. Envolvió las manos con la cuerda y alzó el vuelo, sujetándose con fuerza y balanceándose formando un amplio arco mientras pateaba la iracunda multitud, enviando a varios de ellos volando en todas direcciones, con las armas desperdigadas por la cubierta mientras sus cuerpos aterrizaban con un ruido sordo sobre los tablones de madera.
El primer atacante volvió para vengarse, y ella cayó sobre él, obligándole a retroceder y rodear la cubierta mientras pasaba al ataque, ejecutando con precisión estocadas nacidas de años de entrenamiento, imaginándose cualquier escenario de lucha posible mientras practicaba, de manera que, una vez en materia, pudiera estar preparada para cualquier cosa. Rio de nuevo, obviamente disfrutando, y miró hacia atrás para ver a su compañera deshacerse fácilmente de otro atacante con sus sais, golpeando tan rápido que la pequeña daga era un borrón en manos de la bardo. Esa es mi chica. Xena sonrió y se centró, dándose cuenta de que uno de los marineros se había recuperado y se le acercaba por un lado. Sin perder detalle de sus pasos, giró sobre sus rodillas justo cuando él la embestía, y él salió disparado de espaldas por encima de la barandilla, aterrizando con un sonoro estallido en el agua de abajo. La guerrera puso los ojos en blanco. —¡Hombre al agua!—su voz resonó mientras continuaba atacando. Mientras subía y bajaba, paraba y embestía, pateaba y giraba, se dio cuenta de que estaba mano a mano con los marineros que había ahuyentado anteriormente, mientras continuaba luchando con el hombre más grande que había iniciado todo el asunto.
Al girarse de nuevo, siguió escuchando los rápidos golpes metálicos de los sais de Gabrielle mientras luchaba contra su oponente, quién atacaba a la bardo con un pequeño sable. Xena se giró para plantar una patada giratoria en la garganta de su atacante, y miró de nuevo para ver otro marinero acercándose peligrosamente a su compañera, deslizándose por detrás de la bardo con una daga de aspecto sanguinario y filo serrado en la mano. Con horror, la guerrera se dio cuenta de que la bardo estaba tan concentrada en el hombre que tenía enfrente que no tenía ni idea de que estaba a punto de ser atacada por detrás. En un instante, Xena pateó la ingle de su atacante y, al mismo tiempo, sacó el chakram y lo lanzó, cortándole la cabeza limpiamente al hombre que estaba detrás de Gabrielle, enviando una riada de sangre caliente sobre su sorprendida compañera y el hombre contra el que luchaba.
Gabrielle aulló al sentir la pegajosa y cálida sustancia golpear su espalda y hombros, y el barco se balanceó, haciendo rodar la cabeza decapitada entre sus piernas, hasta que se detuvo con un golpe sordo a los pies del hombre que la atacaba. Miró hacia abajo, aullando, y después se desmayó. Su espada cayó con un repiqueteo en la cubierta y después se deslizó por los tablones de madera hasta detenerse a un costado del barco.
Los demás marineros miraron a su amigo muerto y, lentamente, uno por uno, comenzaron a bajar las armas y retroceder hasta que solo el primer atacante quedó dispuesto. Continuó intentando luchar con la guerrera, quién decidió que ya había tenido suficiente. Se lanzó a una experta combinación de maniobras y, finalmente, consiguió fintar la espada de su adversario, colando su hoja bajo la suya y cayendo sobre una rodilla.
Lanzó la espada hacia arriba sobre su hombro, con todas sus fuerzas mientras completaba el giro, golpeando el arma, haciendo que él girara el brazo y obligándole a soltar la espada o rebanarse a sí mismo. El sable voló por el aire, convirtiéndose en una ofrenda silenciosa a Poseidón.
Xena se levantó, y esta vez no sonreía. Avanzó lentamente, apuntando al gran marinero con la punta de la espada mientras la agitaba frente a su cara—¿Has tenido suficiente o quieres acabar con ese amigo tuyo de ahí?—la guerrera inclinó la cabeza hacia la parte principal de la cubierta, donde ahora corría libremente la sangre.
—Pr…por favor…N…no…yo…No quería haceros daño. En serio—el
aterrorizado hombre cayó de rodillas y juntó sus manos en su pecho— Solo quería divertirme un poco, es todo—la mandíbula cubierta de rastrojo temblaba de miedo.
—Sabes—Xena se inclinó hasta que su cara estaba a milímetros de la del marinero, oliendo su aliento, pensándoselo mejor y echándose hacia atrás. Le puso la punta de la espada en la garganta, lo justo para aplicar una leve presión—No es divertido, a no ser que todos los implicados en el juego quieran jugar. Ahora…—se giró, haciendo un lento círculo, mirando fijamente a los testigos con una mirada letal, sus labios curvados en un gruñido—…mi compañera y yo no tenemos intención de jugar a nada con ninguno de vosotros…o, en resumen, estar cerca de cualquiera de vuestros apestosos y repugnantes pellejos. Así que…tenéis dos opciones: O nos dejáis en paz, o acabáis como el camarada. ¿Me captáis?
Un coro de mudos asentimientos afirmó que los marineros comprendían, mientras la mayoría de ellos encontraban repentinamente muchas razones para dirigirse a la popa del barco o bajo cubierta. La guerrera suspiró con silencioso alivio mientras se permitía relajarse un poco. Volvió al centro del barco y recuperó la vaina, asentándola a su espalda antes de deslizar la espada dentro. Desde allí, se dirigió en silencio a un bote salvavidas, al cual había ido a parar el chakram, astillando la madera y atravesándolo de parte a parte. Con un tirón y un gruñido, sacó el arma del hueco y limpió la sangre distraída con un trozo de lino que había dentro del bote.
En lugar de ponerlo en su sitio, se dirigió a la barandilla, inclinándose sobre ella con un pie contra la misma mientras dejaba su peso contra sus antebrazos, estudiando el chakram mientras lo sostenía con ambas manos. Descuidadamente lo giró entre sus manos hasta sentir una pequeña mano en su hombro. Sin pensar, se apartó del contacto y lo lamentó inmediatamente. —Lo siento—no pudo mirar a los ojos verdes. Aún no.
Gabrielle tomó aliento profundamente y apartó el dolor que esa pequeña acción había causado. No es por ti. —¿Estás bien? Su primera muerte desde…
—Ese bote salvavidas era la única cosa entre esto y el mar—Xena continuó mirando el brillante objeto—Me alegro de que estuviera ahí. Odiaría perderlo.
—Habrías ido detrás de él—la bardo sonrió mientras una tímida sonrisa aparecía en el atormentado perfil.
—Sí—la guerrera, finalmente se giró para mirar por encima del hombro de Gabrielle, al agua—Supongo que sí—. Dejó escapar un suspiro que contenía un matiz de risa antes de obligarse a mirar al rostro de su compañera. Que estaba cubierto de sangre. —Oye. Vamos a buscar un cubo de agua y a limpiarte eso—empezó a moverse y fue detenida por la misma mano pequeña de su hombro. Esta vez no se apartó.
—Xena. Me has salvado la vida. No tienes que sentirte mal por eso—la bardo acarició dubitativa el firme bíceps que sostenía.
La guerrera bajó la mirada, a sus pies, y se inclinó de nuevo contra la barandilla, colocando el chakram en el proceso. —Es justamente eso— miró rápidamente la cara preocupada de su compañera antes de bajar la mirada de nuevo—No me siento mal en absoluto.
Vale. Los engranajes mentales de Gabrielle comenzaron a girar—Sí, sí lo haces.
—No—la voz de Xena era tenaz.
—Sí. Sí que lo haces. Te sientes mal porque no te sientes mal—la bardo continuó el leve movimiento de sus dedos contra la piel suave de la guerrera.
¿Eh? Dioses. Tiene razón. Xena metió la cabeza entre sus manos alzadas.
—Xena. Crees que yo espero que te sientas culpable, o mal, por matar a ese hombre, ¿verdad?
Un silencioso asentimiento de reconocimiento de la cabeza morena, que seguía oculta entre los largos dedos.
—Bueno, pues no lo hago—Gabrielle sonrió mientras los ojos azules miraban tímidamente hacia ella.
—¿No?—una ceja oscura se arqueó con descrédito.
—No. Si le hubieras matado a sangre fría, sí. Pero te conozco—la bardo ahuecó una mano contra la torneada mejilla, acariciando con su pulgar la piel bronceada—Incluso en medio de tu propia pelea, me estabas cuidando. Y a pesar de eso, miraste, me viste en peligro, evaluaste la situación y lanzaste el chakram, sabiendo que tú único blanco claro era su cuello, porque si hubieras intentado darle en cualquier otro sitio, me podrías haber dado a mí. Y si no le hubieses matado, probablemente él me hubiese matado a mí. ¿Tengo razón?
Los ojos de Xena se entornaron mientras repasaba la escena en su cabeza y, de repente, una sonrisa genuina cruzó su rostro—Sí. Eso fue exactamente lo que pasó.
—Entonces no deberías sentirte mal por eso, y yo no espero que lo hagas. Al contrario, me alegro de que lo hubieras parado. Tal vez no estaría aquí si no lo hubieras hecho—. Se inclinó y besó la frente de la guerrera—Ven aquí—tomó una de las largas manos y llevó a su alma gemela a la parte más adelantada del barco, donde habían dormido, tirando de ella hasta que ambas estuvieron sentadas una al lado de la otra, con sus piernas estiradas frente a ellas mientras se recostaban contra el casco mientras sus hombros se tocaban.
La guerrera alzó la vista brevemente y apreció que los marineros estaban ocupados fregando la cubierta, mientras uno de ellos arrojaba ceremoniosamente el cuerpo decapitado sobre la barandilla antes de agarrar la cabeza a regañadientes y tirarla tras él. Uuugh. —Me alegro de que hayamos zafado de limpiar.
Gabrielle arrugó la nariz—Sí. Xena—. La bardo entrelazó sus dedos con los de su alta y severa compañera—Cuando morimos, fue una experiencia muy profunda. Y nos cambió, en parte. Como esto—sonrió y sostuvo sus manos entrelazadas antes de dejarlas caer entre ellas de nuevo—Y como el hecho de que, a cierto nivel, ya no tengo miedo de morir porque sé qué esperar. Excepto que no quiero dejarte atrás. O que me dejes atrás—sonrió de nuevo.
—Yo tampoco—la guerrera apretó la mano pequeña que sostenía. La bardo le devolvió el apretón—Pero hay cosas que no han cambiado. Tú y yo seguimos siendo, básicamente, las mismas personas que éramos antes. Sigues siendo una guerrera. Y yo sigo siendo una bardo. No te sentías mal por las muertes inevitables antes de morir, y no deberías castigarte porque eso no haya cambiado. Una vez me dijiste que, como guerrera, si no conseguías las muertes estrictamente necesarias cuando se presentaban, entonces tenías que encontrar otra cosa que hacer. ¿Quieres dejar de ser una guerrera?
—Um…no. Creo que es una parte integral de mi camino en la vida— Xena miró a su compañera—Es una segunda vida, supongo pero yo la siento como si fuera una continuación de la primera, así que mi camino seguiría siendo el mismo, en esencia. Excepto que mi camino principal ahora eres tú. El camino del guerrero es secundario. Pero a veces es como si fueran juntos.
—Entonces sé una guerrera, Xena—Gabrielle alzó sus manos y plantó pequeños besos en los nudillos cubiertos de cicatrices de su compañera—Y sé mi amante. Porque estoy enamorada de ti. Y de todo lo que eres. Así que si eres una guerrera, te quiero. Y si llega el día en que dejes la espada, seguiré queriéndote.
Xena se inclinó para besar el hombro que tenía contra el suyo. Su corazón se sintió repentinamente más ligero, redimido una vez más de una forma que solo su alma gemela podía lograr. —Te quiero—Se sentó de nuevo y apreció el cuerpo cubierto de sangre de su compañera— Ahora, vamos a lavarte—. Se levantó y le ofreció a su compañera una mano para levantarse. La guerrera recogió un cubo atado a una cuerda y lo tiró por la borda, llenándolo de agua salada y alzándolo de nuevo. Encontró unos cuantos trapos relativamente limpios en uno de los botes salvavidas y trabajó rápidamente para eliminar la sangre seca de las partes expuestas de la espalda, hombros, brazos, piernas y rostro de la bardo. Dio un paso atrás.
—Creo que esta túnica es historia. Vamos abajo a que te cambies. No sé qué podemos hacer con tu pelo a no ser que me dejes echarte el cubo de agua por encima. Quizá tengamos que esperar hasta que podamos bañarnos de verdad—justo en ese momento, un ruidoso trueno resonó en el cielo, seguido de varios rayos que formaban telarañas en las nubes. De repente, los cielos se abrieron y se encontraron en medio de una lluvia torrencial—Supongo que vas a acabar duchándote, después de todo.
—Oye—la bardo miró abajo y se dio cuenta de que su camisa de dormir se estaba empapando rápidamente. Y transparentando—Creo que tengo que ir a cambiarme. Rápido.
—No sé—Xena inclinó la cabeza mientras una sensual sonrisa jugaba en sus labios—Unos cuantos minutos y creo que voy a disfrutar de las vistas mucho más que ahora.
—Quizás sí—Gabrielle sonrió con coquetería—Pero ellos también— Inclinó su cabeza sobre su hombro, hacia la abigarrada tripulación contra la que acababan de luchar.
—Buen punto—la guerrera se inclinó y recogió el manto de su compañera del banco donde lo habían dejado la noche anterior— Toma, ponte esto.
—¿Te da miedo que esos marineros echen un vistazo mientras andamos?—rio la bardo.
—Y que lo digas. No me gusta compartir. Ni siquiera las vistas de las que disfruto tanto cuando estamos solas—Xena colocó el manto alrededor de su amante y envolvió un brazo protector a su alrededor, dirigiéndola hacia las escaleras que llevaban a la cubierta de abajo y ayudando a la bardo a mantener el equilibrio por la resbaladiza cubierta, que también se balanceaba bastante más que antes; y guiándola por los peldaños metálicos descendentes hacia la oscuridad interior.
Cuando alcanzaron su camarote, la guerrera abrió la puerta y miró atentamente dentro, para asegurarse de que nadie había invadido su espacio en su ausencia. Entró y la bardo la siguió, deshaciéndose del manto y de la camisa empapada de lluvia en cuanto se cerró la puerta.
Gabrielle fue hasta sus bolsas y sacó una pequeña toalla para secar su cuerpo húmedo. Y se encontró envuelta desde atrás en unos largos brazos que comenzaron una concienzuda exploración de su torso desnudo mientras la guerrera mordisqueaba y besaba su nuca.
—Mmmmmmm—la bardo cerró los ojos y se inclinó hacia atrás, frunciendo el ceño al notar la fría armadura contra sus omóplatos. Se giró y empezó a desabrochar la armadura, esperando que Xena invocase su norma. Las manos de la guerrera continuaron vagando y tentando la piel desnuda de su parte delantera mientras Gabrielle quitaba la armadura y después desataba los cueros y los dejaba caer.
Sonrió y después se enterró contra el musculoso y alto cuerpo, inhalando profundamente la esencia especiada que era Xena— ¿Suspendes tu norma?
Cuando empezaron a desarrollar un contacto físico más íntimo, a comienzos de su relación, la guerrera había decidido que en situaciones potencialmente peligrosas podrían hacer el amor, pero solo Gabrielle podría desnudarse, y básicamente sólo Gabrielle podría recibir la mayoría de las atenciones. Xena arguyó que sí eran atacadas durante una situación comprometida, si al menos ella estaba vestida y tenía los sentidos razonablemente despejados, podría ser capaz de protegerlas a ambas. La bardo a veces intentaba tentar los límites de esa regla, pero como mucho, conseguía que la guerrera se aferrase firmemente a su norma.
—Bueno—Xena deslizó sus manos suavemente sobre la musculosa y suave espalda mientras inclinaba su cabeza y mordisqueaba un lóbulo convenientemente colocado—Me imagino que después de la demostración que acabamos de hacer ahí arriba, probablemente nos dejarán en paz un rato—la guerrera se estiró por detrás de su compañera, cogiendo sus pieles de dormir del pequeño catre y tirándolo al suelo.
—¿No me vas a enseñar cuán creativa puedes ser en una cama pequeña, eh?—la bardo se burló de ella mientras probaba una extensión salada del hombro de la guerrera, y después se movía hacia arriba, compartiendo un largo y exploratorio beso con su compañera.
—No—la voz de Xena vibraba con gravedad en su pecho—Voy a enseñarte lo creativa que puedo ser en el suelo de un barco balanceándose—la bardo jadeó cuando un fuerte muslo se deslizó entre sus piernas, y la guerrera la urgió a tumbarse sobre las pieles— Nunca has hecho el amor en un barco, ¿verdad, Gabrielle?
—Um…no—la voz de la bardo rechinó mientras se hundía en las suaves pieles y los labios de su compañera se cerraban alrededor de una zona particularmente sensible.
—Es…um…—Xena rio sensualmente mientras envolvía sus brazos alrededor de su compañera y besaba su camino descendente por el torso de Gabrielle, sintiendo los firmes músculos del estómago de la bardo contraerse ante su tacto—…una de las cosas que más pueden
incrementar el placer de las que hablábamos en aquella cueva. Tiene que ver con el movimiento del barco.
—Ya…veo—suspiró la bardo y después se estremeció, cuando la guerrera se puso manos a la obra.
Sería su último momento agradable antes de llegar a Egipto. Xena se despertó inmensa en un placentero enredo de cuerpos y extremidades. Sonrió y besó el hombro desnudo que tenía presionado contra el pecho, y la bardo murmuró incoherencias en sueño, acurrucándose más contra la larga figura de la guerrera. Xena agudizó los sentidos y entonces frunció el ceño, al darse cuenta de lo mucho que había aumentado el movimiento del barco desde que habían bajado. Con cuidado se deshizo del agarre de los brazos y las piernas de su compañera y se puso de rodillas, tomándose un momento para estabilizarse, y entonces decidió que sería mejor vestirse lo más posible antes de ponerse de pie.
—Hola—dos ojos verdes se abrieron lentamente y Gabrielle se giró para sentarse. —¡Eh!—se cayó de espaldas justo cuando el barco se inclinaba bruscamente hacia un lado, y los ojos se ensancharon por el miedo—Xena…¿qué pasa?
—Shhh—la guerrera se inclinó para acariciar la rubia cabeza en un movimiento tranquilizador—La tormenta ha empeorado un poco, es todo—. Xena se sentó de nuevo, atándose las botas y acoplando la armadura de las piernas detrás de las rodillas antes de levantarse y atarse la vaina de la espada con una mano mientras se sujetaba a un poste para mantener el equilibrio con la otra. —Vístete lo mejor que puedas. Voy a subir para comprobar que todo está bien y después volveré. Em…ponte algo más grueso que una túnica, por si acaso tuviéramos que salir deprisa o algo así.
La bardo asintió con entendimiento mudo y se sentó, estirándose para alcanzar sus bolsas y sintiendo un agarrón familiar en las tripas—Xena.
—¿Sí?—la guerrera se estaba dirigiendo cuidadosamente hacia la puerta del camarote.
—Si encuentras alguna, mejor será que traigas una palangana o algo así.
—¿Eh?—Xena estudió el rostro de la bardo y se dio cuenta de que se estaba volviendo de un tono ligeramente verde. —Oh. Usa los puntos de presión. Y sigue poniéndotelos mientras vuelvo. Toma—le alcanzó los sais que estaban sobre el petate—Úsalos si es necesario.
—Está bien—Gabrielle alzó la vista y se mordió el labio—Xena. Ten cuidado.
—Siempre—la guerrera sonrió y después desapareció, cerrando la puerta firmemente tras ella.
Le llevó un rato llegar a cubierta, ya que se veía empujada de un lado a otro del pasillo, hasta que se acostumbró al balanceo del buque y pasó de una pared a otra hasta que alcanzó el último tramo de escaleras que tenía que superar para subir a la luz del día. O lo poco que pudo atisbar por el ojo de buey encima de ella. Agarró el peldaño que tenía a la altura del pecho mientras posaba vacilante el pie en el escalón más bajo, y sintió una ráfaga de agua golpearla en la cara.
Emergió en una cubierta arrasada por el agua y la lluvia, con las olas rodeando el barco a cuatro y hasta seis metros de altura. Los marineros se azuzaban entre ellos en varias posiciones por toda la cubierta, mientras trabajaban con las poleas, cubos y las velas, mientras el capitán gritaba órdenes regularmente para dar bordadas, intentando mantener el rumbo con el viento cambiando de dirección constantemente. El primer oficial había trepado con valentía hasta la cofa, donde estaba asegurado con una cuerda y oteaba el horizonte cubierto de agua agitada, en busca de algún peligro u obstáculo.
La guerrera consiguió esbozar una sonrisa internamente, incluso frente al peligro. Al menos, Ronan parece saber lo que hace. Se dirigió al centro del barco, golpeando la cubierta mientras la voz del capitán resonaba mientras ordenaba bordar, y el estrepito del trinquete ondeando pasaba a centímetros de su cabeza. Xena reptó a cuatro patas el resto del camino hasta estar segura, y se levantó cerca del capitán. —¿Qué pasa?—entrecerró los ojos para protegerlos de la lluvia.
—Sí. Las he visto mejores—Ronan se giró y sonrió—Pero también las he visto mucho peores, muchacha—. Giró con destreza el gran timón— ¡Bordad!—los marineros se lanzaron a la acción ante la orden firme.
—¿Alaguna idea de dónde estamos?—Xena se estremeció, recordando los días en los que vagaba sin rumbo en su propio barco, acabando a leguas de distancia de donde quería ir cuando finalmente conseguía ver el sol o las estrellas para guiarse.
Ronan sonrió mostrando todos sus dientes, escupiendo mascadura sin molestarse en usar la lata con el fuerte viento y la lluvia. Se giró de nuevo—Sí. Tengo un juguete nuevo—señaló un aparato de latón, grande y redondo, que estaba sujeto a un pequeño atril cerca del timón.
La guerrera se acercó, sujetándose a un poste cercano para mantener el equilibrio mientras observaba con curiosidad el objeto. La parte de arriba era redonda y planta, cubierta de cristal. Limpió una capa de gotas de lluvia y vio una esfera que giraba de aquí allá. La esfera tenía una flecha en un extremo y varias letras pintadas en la superficie a la que apuntaba—¿Qué es esto?—una ceja negra y curiosa se alzó en cuestión.
—Lo llaman compás—el capitán giró el timón de nuevo—Lo compré en Egipto hace tiempo. ¿Ves la flechita?
—¿Sí?—Xena estudió la superficie del instrumento de nuevo.
—Siempre apunta al norte.
—¿En serio?—la guerrera estaba intrigada—¿Cómo?
—No sé exactamente cómo funciona, pero aún no me ha fallado nunca—la sonrisa se ensanchó. —Tiene alguna clase de metal dentro que guía a la flecha hacia el norte. No me gusta depender de las máquinas, y me guiaré por las estrellas y el sol en cuanto tenga oportunidad, pero me alegro de tener este pequeño lujo de vez en cuando, eso te lo puedo asegurar.
—Vaya—Xena continuó estudiando el instrumento durante largos momentos. Tengo que hacerme con uno de estos. Se irguió de nuevo, agarrándose al poste—¿Sabes si va a ponerse peor, o cuánto va a durar?
—No, muchacha—Ronan escupió de nuevo—No nos hemos cruzado
con más barcos desde anoche. Pero llevamos así casi una marca. Ni mejor, ni peor. Mejor será que vayas abajo y salgas de este desastre.
—Sí—Xena se giró e hizo una pausa—No lo olvides. Si necesitas un par de manos más, ya sabes dónde encontrarme.
—Sí. Entendido, muchacha. Ve a cuidar de tu amiga. Te buscaré si te necesito—el capitán le guiñó un ojo y se irguió para gritar de nuevo— ¡Bordad!
Xena buscó en varios camarotes bajo cubierta y encontró un cubo en un armario. Siguiendo el movimiento del barco, se dirigió lentamente a su camarote y abrió la pequeña puerta para encontrar a su compañera vestida con su armadura ligera y acurrucada en una bola sobre el catre, con los ojos cerrados y las manos agarradas con fuerza sobre los puntos de presión en la muñeca, mientras sujetaba firmemente las rodillas contra el pecho.
—Hola—la guerrera se arrodilló rápidamente junto al catre y limpió un par de gotas de sudor de la frente de su compañera.
Las pestañas rubias se movieron y los ojos se abrieron—Dioses.
—Toma. He encontrado esto, por si lo necesitas—Xena dejó el cubo en el suelo, cerca de catre, y después se sentó en el borde, atrayendo el cuerpo pequeño hasta que la cabeza de Gabrielle estuvo en su regazo.
Apartó la mano de la bardo de los puntos de presión y se encargó de hacerlo ella misma, mientras acariciaba lentamente el corto pelo rubio con la otra mano—No vas muy bien, ¿eh?
—Um…—la bardo hizo un gesto de dolor mientras otra oleada de náusea pasaba por su vientre. —No—dejó escapar el aliento lentamente mientras pasaba.
Xena se inclinó y cogió una bolsa de agua de un gancho en la pared, que había colgado la noche anterior—¿Puedes beber un poco? El agua fresca te haría sentir mejor.
Gabrielle casi no bebió ni tres sorbos mientras la guerrera sostenía la bolsa junto a sus labios. —Ugh—su estómago se rebeló y tragó varias veces, manteniendo el agua dentro de su cuerpo por pura fuerza de voluntad—¿Qué hora es?
—No estoy segura. Es difícil decirlo sin el sol. Parece que es media tarde, o así—Xena se dio cuenta de repente de que no habían comido nada desde que llegaron al barco la noche anterior. Tenía intención de que comiese algo cuando volvimos después de la pelea. Maldición. Me distraje. —Gabrielle, cielo. ¿Crees que puedes comer algo?
La cara de la bardo se volvió gris como un espíritu ante la sola mención de la comida, y su estómago se volvió un poquito más pesado.
—Está bien—la guerrera pudo ver la reacción de su compañera— Aunque tienes que intentar comer algo en un rato. Ya hemos hablado de las arcadas secas, y créeme, no es divertido.
—Xena—la voz de Gabrielle casi no se oía—Puedo intentarlo, pero no se va a quedar ahí, ya te lo digo ahora.
Xena suspiró y se reclinó hasta que sus hombros tocaron la pared del camarote, recolocando con cuidado el cuerpo de la bardo, de forma
que su cabeza descansaba sobre el regazo de la guerrera. Continuó aplicando los puntos de presión y acariciando la cabeza de Gabrielle, confiando en que su compañera se quedase dormida.
Fue después de anochecer cuando la guerrera aceptó la derrota. Había intentado, sin éxito, que Gabrielle comiese algo. Ella misma se había cambiado a una túnica seca, y había consumido tres raciones de marcha y media botella de agua, mientras la bardo solo había conseguido darle diez sorbitos al agua durante ese tiempo. Xena tenía miedo de que, si la bardo no comía nada, se iba a poner peor, por la debilidad y la deshidratación. Para hacer peores las cosas, Gabrielle no había dormido, y había pasado el tiempo con pequeñas conversaciones mezcladas con lapsos más largos de tiempo en los que Xena observaba, impotente, a la bardo luchar contra su convulso estómago. No había vomitado, lo que era bueno, pero se sentía fatal.
—Gabrielle—la guerrera deslizó su mano suavemente por el brazo bien definido de la bardo—Si pudieras elegir entre sentirte así y estar mojada y al frío, ¿qué elegirías?
La bardo se puso de espaldas, con la cabeza aún apoyada sobre el muslo de su compañera, y miró atentamente los ojos azules, confusa. Una pregunta rara. —Mojada y al frío.
—Es lo que suponía—Xena se escurrió despacio fuera del catre, reemplazando su pierna por una almohada—Esto es lo que vamos a hacer. ¿Recuerdas dónde dormimos anoche?
—Ajá—Gabrielle se puso de lado y observó a su alta compañera, mientras la guerrera comenzaba a ponerse de nuevo sus cueros mojados y su armadura, seguidos de sus botas y armas—Xena, no
deberías ponerte eso hasta que no esté seco.
—A donde vamos, eso no importa—la guerrera esbozó una meda sonrisa mientras recogía sus bolsas, tirando dentro varias cosas que encontró en un bolsillo de su cinturón, que llenó de raciones de marcha.
Se puso una bolsa de agua llena al hombro y después recuperó el manto de la bardo.
—¿Xena, qué estás haciendo, en el nombre de Artemisa?—Gabrielle estaba casi segura de que la guerrera había perdido la cabeza—¿Me estás diciendo que vas a ir arriba otra vez? Puedo decirte, por cómo se mueve el barco, que hay tormenta.
—Lo sé. Y vamos a ir arriba—la guerrera se acercó y se arrodilló cerca del catre, dejando una mano sobre la frente de su compañera— Gabrielle. Creo que te sentirás mucho mejor arriba. Podemos volver aquí cuando haya cesado el movimiento. Probablemente acabaremos empapadas, pero vamos a intentarlo, aunque sea un rato, para ver si puedes comer algo. Venga. Vamos a ponerte las botas y el manto.
Después de unas pequeñas protestas, la bardo obedeció y pronto estuvieron de camino por el oscuro pasillo, con la guerrera sujetando a su fláccida compañera mientras el barco oscilaba y bamboleaba.
Cuando llegaron arriba, prácticamente treparon hasta la proa por insistencia de Xena, que tenía miedo de que Gabrielle perdiera el equilibrio y cayese por la borda. Unos cuantos marineros las miraron, seguros de que se habían vuelto locas, pero las dejaron tranquilas, ya que estaban demasiado ocupados trabajando en el barco. Cuando alcanzaron la proa, la guerrera usó algo de cuerda para atarlas contra el costado del barco, enlazando la cuerda en unos nudos diseñados para eso. Se aseguró de tener los mantos bien colocados sobre ellas, y después echó la lona impermeable sobre ellas, intentando dejar fuera la mayor cantidad de agua posible.
Se acurrucaron juntas durante lo que pareció una vida entera, pero solo fueron un par de marcas, y finalmente Gabrielle sintió una mejoría en su estómago. —Xena—la bardo se inclinó, buscando a tientas la cintura de la guerrera—Creo que puedo probar con una de esas raciones de marcha.
—Buena chica—Xena hundió la mano en el bolsillo y sacó una, desenvolviéndola y tendiéndose. Estaban totalmente cubiertas por la lona, solo había un pequeño agujero cerca de sus caras para poder ver y respirar. La guerrera estaba segura de que pasaba de la media noche, y sorprendentemente, estaban casi secas. Había tenido la clarividencia de agarrar algunos de los flotadores para sentarse, así que incluso sus posaderas estaban casi secas. Solo sus pies asomaban un poco y se estaban mojando mientras las olas sobrepasaban la proa.
La bardo mordisqueó la barra en silencio, una mezcla casera de granos, nueces y uvas pasas que se mantenían juntas gracias a una masa de miel mezclada con trigo que se endurecía para darle forma. Suspiró de contento mientras la muy necesitada comida empezaba a aliviar parte de la debilidad de su cuerpo.
Un rato después de haber terminado, se acurrucó con su cabeza sobre el pecho de la guerrera, sus brazos envueltos alrededor del brazo de la guerrera.
Su respiración se hizo más profunda y Xena se dio cuenta de que su compañera, finalmente, había conseguido quedarse dormida. Rio entre dientes. Solo Gabrielle podría dormir en una tormenta como ésta. La guerrera se agachó más, sosteniendo firmemente a la bardo contra su cuerpo, e intentó dejarse ir. Después de una marca, reconoció que dormir no era una opción, y besó la cabeza pálida antes de dejar su mejilla sobre ella, permitiéndose al menos hundirse en la calidez y cercanía que sentía de su compañera.
Intentaron varias veces volver al camarote, y cada vez, la bardo vomitaba cualquier comida que hubiera conseguido comer en cubierta. La guerrera finalmente se rindió, y pasaron las siguientes noches y días acampadas en la proa del barco, mientras la tormenta seguía azotando sin remitir un ápice. Estaban empapadas y congeladas, pero por lo menos Gabrielle no se mareaba mientras estuviesen allí arriba. Xena abandonaba de vez en cuando su empapado nido para hablar con el capitán, y siempre volvía poco después para compartir su calor corporal con su compañera, temiendo que la bardo cogiese la enfermedad de la tos por tener demasiado frío.
…Y aquí estaban. Xena había empezado a preguntarse si Poseidón se estaba vengando de ella por ayudar a Cecrops. Reflexionó sobre ello y entonces se preguntó si, simplemente, Poseidón se estaría vengando de ella por superar aquel tsunami cuando rescataron a Autólicus de ser vendido como esclavo. Quizás era mi hora y Poseidón está enfadado porque conseguí escapar. O quizás está enfadado porque ayudé a Ulises a escapar de las sirenas. Quizá es por eso que esta tormenta no acaba.
—Xena—una mano pequeña trazó círculos sobre el torneado estómago de la guerrera—Siento que estés pasando esto por mi culpa.
—No pasa nada—Xena acarició la espalda de su compañera—He estado peor—. El barco se balanceó violentamente de nuevo, y una gran ola pasó sobre ellas. La guerrera escupió un gran trago de agua salada y gimió, bajando la vista—¿Estás bien?
—Todo lo seca que puedo—la bardo estaba totalmente bajo la lona, prácticamente acurrucada sobre el regazo de Xena, y la mujer más alta se estaba llevando lo peor de la lluvia y las olas.
Un largo grito, seguido de un chapuzón interrumpió sus solemnes pensamientos—¡Hombre al agua!—el grito llegó a ellas con el viendo, y alcanzó los agudos oídos de la guerrera con claridad, mientras que la bardo solo alcanzó a escuchar un zumbido bajo la lona.
—Ahora vuelvo—una mano firme envolvió la muñeca de Xena mientras intentaba levantarse.
—Xena. No te atrevas a ir al agua detrás de lo que fuera eso, ¿por favor?—el tono de la bardo contenía una nota de súplica—Por favor.
—Pero, Gabrielle, yo…
—Me lo prometiste. El bien supremo ha cambiado. ¿Recuerdas?—la mano reforzó su agarre y sacudió el brazo de la guerrera.
—Sí. Lo recuerdo—Xena sabía que sería una locura lanzarse al agua, que se levantaba sobre ellos a probablemente dos metros de altura. Quienquiera que hubiese caído, probablemente ya estaba muerto— Déjame por lo menos ver qué ha pasado. Ahora vuelvo. Te lo prometo—. La guerrera besó la cabeza clara y se levantó, teniendo cuidado de ceñir la lona sobre su compañera para mantenerla seca mientras estaba fuera.
Caminó hacia el timón, donde el capitán había estado dirigiendo el barco desde hacía tres días, cuando la tormenta estalló—¡Súbete ahí, pedazo de cobarde!—Ronan estaba gritándole a la cara a otro marinero tan grande como él, quién miraba a la cofa mientras sus rodillas temblaban visiblemente.
—No, señor, capitán. Déjeme en Egipto si quiere, pero no voy a subir ahí.
La guerrera se sujetó a un poste y miró la cofa vacía. —¿Dónde está tu contramaestre?—miró atentamente al capital, cuya cara estaba profundamente marcada por la falta de sueño.
—Ese maldito idiota desató el arnés para bajar a comer. No pudo esperar a que yo le mandase algo en un cubo. Perdió piel y cayó. Está muerto. No hay forma de poder rescatarlo en medio de este desastre— Ronan señaló al cielo—Ahora ninguna de estas nenazas quiere subir a reemplazarlo.
Xena estudió la cofa durante un largo momento. Entendió el peligro. En un abrir y cerrar de ojos, podrían chocar contra otro barco, o rocas. La visibilidad era demasiado limitada para el capitán para ver el peligro desde la cubierta, a distancia suficiente como para evitarlo. Se giró y miró al preocupado hombre—Yo subiré.
—Gracias a los dioses—refunfuñó Ronan a su tripulación—Mirad. Mujeres más valientes que todos vosotros juntos. Debería daros vergüenza— escupió una gran mascada de tabaco para más énfasis, casi rozando los pies del marinero más cercano.
—Sí. Pero no es como la mayoría de las mujeres—un comentario zumbado de uno de los marineros que pasó desapercibido para todos, salvo para Xena.
—Déjame hablar con Gabrielle un minuto y después subiré—la guerrera volvió con cuidado a la proa del barco, pasando de un agarre a otro hasta que se agachó al lado de su encogida compañera.
—Gabrielle—una cara pequeña apareció en la abertura de la lona—El contramaestre ha caído de la cofa. Nadie quiere subir, así que voy yo.
—No—la mandíbula de la bardo se disparó hacia arriba, desafiante.
—Gabrielle. Tengo que ir—la guerrera bajó la mirada al suelo, incapaz de afrontar los tercos ojos verdes.
—No. Podrías caer y morir. Y, por los dioses, Xena, no vas a morir y dejarme aquí sola, en este barco dejado de la mano de los dioses— Demasiado tarde. Los ojos entraron en contacto.
Xena sintió caer sus defensas e intentó resistirse, por algo que sabía que tenía que hacer—Pero, Gabrielle, cariño…—la guerrera dejó una mano en el exterior de la lona, donde suponía que estaba el brazo de su compañera—No tengo elección. Si no subo, podríamos chocar y moriríamos igualmente. Tengo que ir.
La lona se retiró hacia atrás y la bardo se puso de rodillas, desatando la cuerda con la que estaba sujeta, tan rápidamente que empapó a su compañera.
—¿Qué puñetas haces?—Xena se revolvió, intentando poner la lona de nuevo alrededor de la bardo, consiguiendo únicamente un palmetazo en las manos.
—Voy contigo—la expresión de la bardo se había endurecido. Hasta un punto que la guerrera reconoció como un desafío contra el que no cabía discusión.
—No. Es demasiado peligroso—ojos azules resplandecieron con furia.
—Si es demasiado peligroso para mí, también lo es para ti—los ojos verdes centellearon con la misma ira.
Libraron una batalla silenciosa entre voluntades hasta que Xena se levantó y caminó a grandes zancadas hasta el mástil principal. Y se dio cuenta de que la estaba siguiendo su terca compañera, quien medio caminaba medio se arrastraba por la resbaladiza cubierta, tras la guerrera. —Gabrielle. Voy…a…subir. Y…tú…no. Ahora, coge tu culo terco y mojado y llévatelo a la proa de nuevo ahora mismo, antes de que te dé un azote delante de todo el mundo—la guerrera se apartó un mechón empapado de la cara y puso una mano firme sobre el hombro de la bardo.
La bardo se giró, con cuidado de apoyar una mano en el mástil para apoyarse, hasta darle la espalda a su compañera. —Adelante—sacudió su trasero—Acaba con esto, porque no voy a ir a ningún sitio que no sea ese mástil, contigo.
Xena no pudo evitar reírse antes de tragarse rápidamente su regocijo. — Está bien—. Dioses. Es más persistente que Hera persiguiendo a Hércules.
Remató el trasero cubierto de cuero que se le ofrecía con una aguda palmada, antes de envolver la esbelta cintura de su compañera con una cuerda.
—¡Au!—saltó Gabrielle—Eso ha dolido. Oh…—la bardo se dio cuenta de lo que estaba haciendo la guerrera—¿Significa eso que he ganado?—. Sonrió sobre su hombro, mientras Xena terminaba de hacer unos nudos, atando firmemente a Gabrielle a su propia cintura.
—Sí—la guerrera suspiró, exasperada, antes de encontrar su sentido del humor—Tú ganas. Te he atado, después de todo, aunque estoy segura de que hubiera preferido hacerlo bajo otras circunstancias—. Agitó una ceja antes de ponerse seria de nuevo—Escúchame bien. Yo voy primero. Tú me sigues y coges los mismos agarraderos que yo. Cuando lleguemos arriba, voy a atarnos al arnés que sigue allí, y tú vas a sentarte pegada a mi pecho, entre mis piernas. Y una vez que estemos allí, no te vas a atrever a moverte siquiera. ¿Me captas?
—Te capto—la bardo observó vacilante a su compañera, que se agarraba a un asidero, mientras pisaba uno más bajo con el pie. Los peldaños eran escalas de metal, similares a las que usaban en los pasillos del barco, que habían sido clavados profundamente en el mástil de madera a intervalos adecuados para la guerrera, pero ligeramente alejados para su compañera, más baja.
Xena empezó a discutir de nuevo al darse cuenta de esto, pero decidió que no tenía sentido. —Ten cuidado. Y tómatelo con calma. Yo misma iré más despacio para darte tiempo.
—Está bien—la bardo siguió a la guerrera mientras avanzaba lenta pero segura por el mástil, mirando hacia debajo de vez en cuando para asegurarse de que iba bien. Por su parte, la bardo mantenía los ojos firmemente aferrados a los peldaños que tenía enfrente, negándose a bajar la vista para no ponerse nerviosa. Estaban a mitad de camino y era demasiado tarde para echarse atrás.
Estaban casi en la cofa, y la guerrera estaba empezando a relajarse un poquito. Se estiró para alcanzar el siguiente peldaño cuando el barco se agitó de repente, inclinándose a un lado. El peldaño, se dio cuenta demasiado tarde, estaba suelto, y se le escapó de las manos justo cuando los pies le resbalaron en los peldaños cubiertos de lluvia. Se encontró colgando de una mano, con los pies sobre el vacío, cuando el barco se inclinó profundamente hacia el otro lado, y de repente, cayó, sobrepasando a su temblorosa compañera, quién no encontró tiempo siquiera para gritar.
Gabrielle había sentido los inicios de los temblores del barco, y simplemente se había agarrado a los peldaños con más fuerza, presionando su cuerpo contra el mástil y apretando los ojos firmemente al darse cuenta de los problemas de Xena. Pasó muy rápido, pero parecía pasar a cámara lenta, mientras la guerrera gritaba y caía, pasando a la bardo. Gabrielle redobló sus esfuerzos al agarrarse, al sentir a la guerrera parar con un latigazo, sostenida únicamente por la cuerda que estaba firmemente atada a la cintura de la bardo. La guerrera sobrepasaba fácilmente el peso de su compañera en casi veinte kilos, y Gabrielle sintió la presión cuando su cuerpo gritó por la repentina adición de peso a su ya sobreexcitada figura.
—Gabrielle—la guerrera se balanceaba para intentar agarrar alguno de los peldaños. Después de varios intentos fútiles, se rindió, sacando la daga del pecho—Voy a cortar la cuerda, así podrás bajar de ahí.
—La bardo miró abajo, obligándose a no mirar más allá de la aterrorizada cara de su alma gemela. —No…te…atrevas.
—Peso mucho, y al final, acabaremos cayendo las dos—los ojos de Xena suplicaban a su compañera.
—No. No lo haremos—Gabrielle se agarró con más fuerza aún a los peldaños, y se obligó a ignorar la punzante cuerda que le oprimía la cintura. —Xena. Guarda esa daga y súbete a este mástil ahora mismo. Porque no me voy a mover hasta que lo hagas. Puedes soltarte, yo iré detrás. Y mi espíritu dará caza a tú espíritu y te atormentará durante toda la eternidad.
La guerrera consiguió esbozar una sonrisa torcida y volvió a guardar la daga. Hizo acopio de todas sus reservas y, con el siguiente bamboleo del barco, osciló hasta el mástil y consiguió agarrarse a dos peldaños justo bajo los pies de la bardo. Trepó hasta tener los pies plantados sobre dos peldaños más y miró hacia arriba—Vale. Trepa.
Gabrielle sintió aligerarse el peso de su cintura, y con las piernas sacudiéndose como gelatina, terminó de recorrer la distancia entre ellas y la cofa, arrastrándose a la plataforma y tendiendo una mano para izar a Xena por el borde. La guerrera entró en un humor repetitivo, desatando rápidamente nudos y hebillas, atándolas a ambas al barandal metálico que las rodeaba y después derrumbándose sobre él mientras sentía a la bardo acurrucarse en el lugar señalado, entre las piernas de Xena.
La guerrera envolvió su cuerpo sin pensar con sus brazos y piernas, alrededor del pequeño y tembloroso cuerpo, al sentir a Gabrielle rodear su cintura firmemente. —Está bien— el propio cuerpo de Xena temblaba por el esfuerzo y el miedo residual. —Te tengo—la bardo sollozaba contra su pecho. —Te tengo. Todo está bien. Lo hemos conseguido.
—Durante un minuto pensé que te perdía—Gabrielle dejó escapar un largo y tembloroso suspiro. —Xena, si no hubiera venido contigo, podrías haber muerto.
—Lo sé—la guerrera reforzó su agarre y sintió encogerse de dolor a su compañera—Eh. ¿Estás herida?—testó suavemente los músculos de la espalda de su compañera y Gabrielle gritó de dolor.
—Creo que voy a estar muy entumecida mañana—sonrió con remordimiento mientras Xena completaba su examen.
—Gracias a los dioses—la guerrera retomó su abrazo sobre su compañera—Tienes los músculos entumecidos, pero la columna está bien. Todo sigue en su sitio. Estoy sorprendida, la verdad, teniendo en cuenta que has tenido mi robusto trasero anclado a ti.
—No pasa nada—Gabrielle sorbió—Casi no he notado nada.
—Sí. Claro—Xena besó la cabeza rubia. —Creo que te has ganado un súper-ultra masaje completo. Un masaje de verdad.
Rieron juntas por la pequeña broma entre ellas. La mayoría de sus masajes acababan siendo preludio de otras actividades placenteras.
—Xena—la bardo alzó la vista, al cincelado rostro—Cuando alcancemos tierra, ¿podemos quedarnos un tiempo antes de volver a Grecia? No creo que mi estómago aguante otro barco tan pronto.
—El mío tampoco—la guerrera alzó la vista y se dio cuenta de que la tormenta empezaba a ceder. Miró atentamente al frente, hacia donde asumía que estaba el horizonte, y se dio cuenta que, en la distancia, las olas parecían estar mucho más calmadas. —Oye. Creo que la tormenta está remitiendo.
La bardo se limpió la cara con una mano y se movió hasta tener su espalda contra el pecho de Xena. Los largos brazos se doblaron sobre su cintura y las piernas de Xena se recogieron a los lados de los costados de su compañera, sosteniéndola firmemente en su lugar mientras observaban el agua oscura y el cielo sobre ellas. —Qué cerca está aquí arriba, ¿verdad?—Gabrielle se relajó un poco contra el cálido cuerpo que tenía detrás de ella.
—Sí—la guerrera besó la pálida cabeza de nuevo. —Solía gustarme sentarme en la cofa de mi barco. Me sentía libre y poderosa aquí arriba. Como si pudiera hacer cualquier cosa—inclinó su cabeza y besó a la bardo en la mejilla—Por cierto, gracias por salvarme la vida.
Gabrielle giró la cabeza y le dio un pico a la guerrera en los labios— Después de todas las veces que tú me has salvado a mí, considéralo un pago.
La guerrera reflexionó un momento, recordando una vez en que Gabrielle estaba bajo los efectos del beleño, algo que había consumido sin darse cuenta al zamparse una hogaza entera de pan de nueces que había sido envenenada con la hierba. Xena había tenido que rescatar a la bardo de un pozo, y se había convertido en una cuerda humana mientras Gabrielle trepaba por su cuerpo para ponerse a salvo. Me lo pasé bien entonces. Y Gabrielle estaba graciosísima ese día, pensó, y rio suavemente.
—¿Qué es tan gracioso?—la bardo giró la cabeza ligeramente hacia un lado.
—Estaba pensando.
—¿En qué?
—En el pozo de Icus.
—Oh—Gabrielle sonrió—Supongo que acabo de probar una dosis de lo que sentiste aquel día. Sabes, Xena…nunca te lo he dicho, pero fue muy dulce por tu parte decirme que disfrutaste de cada minuto de aquello. Debí haberte hecho daño, especialmente en sitios donde tuve que poner las manos para salir.
—No. No me hizo daño—la guerrera sonrió ampliamente— Yo…um…disfruté realmente de cada minuto de ello. Especialmente, la vista que tenía por encima.
—¿Eh? ¡Oh, Xena!—la bardo palmeó de broma uno de los muslos que tenía alrededor de su cuerpo. —A veces eres incorregible.
—Así soy yo—Xena mordisqueó un hombro de su compañera—Me inspiras.
Vamos a ver. Gabrielle pensó un momento. Fue nuestro primer año juntas. ¿Así que ya me miraba así entonces? Dioses. No puede ser. — ¿Incluso entonces?
—Oh, sí—la guerrera dejó salir una risa malvada. —Después de esa pequeña ojeada justo debajo de tu falda, creo que debí decir docenas de gracias a cualquier dios que nos hubiera puesto en esa posición, incluso si fuese el Dios Único de Icus.
—Por amor de dios, Xena. ¿Cuánto tiempo te torturaste así? ¿Y por qué Hades no hiciste nunca nada al respecto?—la bardo se recostó de nuevo, dejando su cabeza sobre un fuerte hombro.
—Bueno, si recuerdas, la primera vez que te vi perdí la concentración y acabé con un chichón en la cabeza por ello. Y después estuvimos nadando juntas, después de dejar Anfípolis, así que conseguí verte desnuda bastante pronto. Al principio, me permitía mirarte, y me imaginaba que era inofensivo. Por lo que a mí respectaba, eras una niña inocente y no tenía intención de dejarme llevar por mis pensamientos.
—¿Qué clase de pensamientos?—la voz de la bardo era suave.
—Ese primer año, a veces fantaseaba contigo…ya sabes—Xena sonrió. —Entonces, cuando te fuiste a la Academia a Atenas, sabía que te iba a echar de menos, pero no tenía ni idea de cuánto. Y entonces volviste. Y te volviste a ir. Y luego volviste otra vez. Por entonces, ya no podía negar que eras mi mejor amiga. O mi única amiga, para el caso. Así que continué dejándome ir, de vez en cuando, con mi pequeña fantasía, pero te habías convertido en mucho más que eso, sin que yo me diese cuenta. Hasta que casi te pierdo en Tesalia. Fue ahí cuando supe que no podía vivir sin ti.
—Oh, Xena—Gabrielle sabía que le había llevado mucho más alcanzar ese punto. Había tenido que casarse con Pérdicas antes de darse cuenta de su error. —Creo que pensaba en ti como mi mejor amiga solo unos días después de empezar a andar juntas. Y también tenía algunos pensamientos. Pero…yo…no tenía referencias. No entendía el concepto de mujeres que amaban mujeres hasta que hicimos varias visitas a las amazonas.
—Lo sabía—Xena comenzó a acariciar suavemente el torso de la bardo—Y también sabía que yo sí tenía esos sentimientos. Pero por entonces me importabas tanto que dejé que se perdieran. No quería perder tu amistad. Ahora miro atrás y a veces me pregunto por qué nadie me dio una buena colleja. Tú y yo actuábamos como amantes mucho antes de reconocer que estábamos enamoradas. Simplemente, no habíamos abordado la parte física. Al menos no completamente, porque nos tocábamos todo el tiempo.
—¿Así que seguías fantaseando, pensando que no iba a pasar nada, nunca?—la bardo frunció el ceño. Eso debió haber sido muy difícil.
—No—la guerrera frunció los labios—Empecé a sentirme culpable. Así que me obligué a dejar de lado esos pensamientos. No podía seguir así. Tú y yo empezábamos a estar realmente cerca y hacíamos demasiadas cosas que podrían acabar llevando las cosas demasiado lejos. Y tú no estabas preparada para eso. Piensa en alguna de las cosas que hemos hecho, Gabrielle. La bañera de Aiden. La sesión de mehndi en la India. Fueron momentos increíblemente eróticos, en cierto sentido, pero eran completamente inocentes en la superficie.
—Sí. Lo sé—Gabrielle giró la cabeza, acariciando el cuello de Xena con la nariz—Cuando estábamos pintando con el mehndi, recuerdo esas miradas que intercambiamos. Había una química increíble entre nosotras y me moría de miedo, porque no entendía lo que estaba sintiendo. ¿Lo sentiste entonces, Xena?
—Sí. Y menos mal que teníamos un tiempo limitado entonces. Porque lo estaba pasando bastante mal conteniéndome—la guerrera dejó su mejilla contra la cabeza de su compañera. —Creo que sentí esa química casi cada día de la última estación hasta que César nos crucificó. Así que me obligué a concentrarme en el amor que sentía por ti. El amor fraternal que hacía que quisiera protegerte y cuidarte. Era mucho más fácil lidiar con eso.
—¿Qué te hizo dar el paso?—Gabrielle besó la piel suave de la clavícula de su compañera.
—Tú—Xena inclinó la cabeza y besó brevemente a la bardo en los labios antes de continuar. —Supongo que es más complicado que eso. En los Campos Elíseos, ya no había duda de cómo me sentía. O cómo te sentías tú. Así que cuando volvimos a la vida, decidí que seguiría adelante con ello y no lucharía más. Creo que en ese punto estaba tan sobrepasada y tan agotada emocionalmente para hacer otra cosa al respecto. Ese primer día después de que Eli nos trajese de vuelta, era como si no pudiese soportar que me separasen de ti, ni siquiera unos centímetros. Solo quería acurrucarme contigo y sostenerte y no dejarte ir nunca. Seguíamos dando vueltas, aun así era demasiado obvio hacia dónde íbamos, al menos a mí me lo parecía. Esperaba que lo fuera. Y entonces, esa mañana cuando te despertaste y empezaste a preguntarme todo aquello sobre sentirte diferente, me imaginé que tú pensabas igual. Me moría de miedo la primera vez que te besé, pero pensaba que habíamos pasado tantas cosas juntas, que incluso aunque estuviese completamente equivocada, lo superaríamos y seguiríamos siendo amigas.
La bardo mordisqueó suavemente los labios de su amante, devolviéndole pequeños besos y suspiró—Y yo sabía cuando volví de los Campos que quería volver a sentir lo que habíamos compartido allí. Me alegré tanto cuando me di cuenta de que ibas a besarme, porque intentaba controlar mis nervios para besarte yo.
—Sabes…—sonrió la guerrera—Nunca fue mi intención llevar las cosas tan lejos y tan rápido como lo hicimos esa mañana. Yo…um…pensaba que probablemente pasaría mucho tiempo antes de consumar las cosas. Y habría estado dispuesta a esperar. Pero…tu…solo…—Xena sacudió la cabeza y sonrió de nuevo, incapaz de encontrar palabras para sus sentimientos. —En fin, cuando empezamos, ya no pude contenerme más. No pude. Todo lo que había estado sintiendo durante tanto tiempo emergió de donde lo había enterrado, y no pude negarlo más. Una parte de mí seguía pensando “¿Qué Hades estás haciendo?”, mientras que la otra pensaba “¿Por qué Hades has tardado tanto?”.
Gabrielle rio—Recuerdo tener la mente a cien por hora, delante de mí, y todas esas ideas revoloteando en mi cabeza, miedo, amor, preocupación, por si no sabía qué hacer. O si no lo hacía bien. Y entonces, de repente, dejé de pensar y dejé que mi cuerpo se hiciese cargo de esas sensaciones entre nosotras, y después fue todo fácil. Como si hubiéramos estado juntas durante mucho tiempo. ¿Tiene sentido?
—Completamente—la guerrera cerró los ojos. —Esa fue la primera vez más cómoda que tuve jamás. Es como si las dos ya nos conociésemos, supiésemos como satisfacernos. Fue, de lejos, uno de los momentos más bellos y más profundos de mi vida. Me sentí en casa.
—Yo también—la bardo se movió ligeramente, hasta que se miraron profundamente en los ojos de la otra, y sonrió al ver el amor reflejado en las órbitas azules de la guerrera. Xena acortó la distancia y compartieron un largo y dulce beso, uno que reafirmaba esos sentimientos de los que habían hablado. Gabrielle se apartó y alzó una mano, deslizando las puntas de sus dedos sobre el rostro de su compañera—Supongo que deberíamos poner más atención al agua, ¿eh?
—¿Agua? ¿Qué agua?—rio Xena, y besó a su compañera una vez más antes de relajarse, sentadas en silencio, juntas, y mirando al horizonte en busca de obstáculos. Después de otra marca, la tormenta cesó finalmente, y todos liberaron un suspiro de alivio cuando cesó. Otra marca de vela, y las nubes empezaron a despejarse, y una marca antes del amanecer el cielo estaba completamente despejado, mientras cientos de centelleantes estrellas refulgían sobre ellas. La guerrera alzó la vista y estudió su distribución, y se dio cuenta con gran alivio de que parecían estar bien encaminados. Definitivamente, tengo que hacerme con uno de esos compases.
Un tirón sobre las tiras de su hombro la devolvió a la tierra y bajó la vista para mirar a su compañera—Xe…—la voz de la bardo temblaba de miedo. —Xena. ¿Qué Tártaro es eso?—Gabrielle señaló con un dedo tembloroso una bola gigante de fuego en el cielo, justo delante de ellos.
La guerrera sonrió. Por fin. —Eso, bardo mía, es el faro de Alejandría.
—¿¡El qué!?—los ojos de la bardo se ensancharon mientras un lamento grave resonaba sobre el agua, desde la dirección de la luz.
—Es una torre muy alta, construida a las afueras de la ciudad—Xena acarició la pierna de su compañera en un movimiento de consuelo. — Por la noche, hacen una hoguera en la parte de arriba, para advertir a los barcos para que no choquen con las rocas.
El lamento resonó de nuevo—¿Qué es eso?
—El cuerno de carnero—la guerrera continuó con la suave caricia—Lo tocan de vez en cuando como advertencia extra.
—Oh—Gabrielle se relajó de nuevo, mirando fijamente hacia delante. — Es realmente bonito, ¿verdad?
—Sí, lo es—la guerrera se giró y miró a la parte trasera del barco. — ¡Capitán, tierra a la vista!
—Lo veo, Xena—Ronan sonrió ampliamente mientras seguía girando el timón, guiándolos al este del faro.
—Gabrielle, bienvenida a Egipto—Xena dejó su mentón sobre la cabeza rubia mientras veían el faro crecer sobre el horizonte.
Capítulo 2
Has hecho que mi corazón lata más rápido con una sola mirada de tus ojos... - Cantar de los Cantares 4: 9, la Biblia.
El barco atracó en el puerto justo al salir el sol, pintando las suaves olas de tintes rojos y naranjas, creando un paisaje de belleza tranquila que se oponía a la agitación nocturna. Gabrielle estaba inclinada sobre la barandilla mientras echaban anclas en el muelle central del puerto de Alejandría. Observó con leve interés cómo bajaban la pasarela del barco, mientras las cadenas rechinaban con el peso, y los marineros empezaban a desembarcar lentamente las aturdidas vacas y ovejas. Mugidos y balidos se entremezclaban mientras los confundidos animales eran conducidos a tierra firme, hacia la zona del mercado.
La bardo miró a su alrededor, admirando la visión del gran faro que tenía justo detrás de ellos y las innumerables construcciones del puerto, junto con otros barcos mercantes que estaban anclados más allá del centro del puerto. Inhaló profundamente, percibiendo la esencia de la brisa salada mezclada con la fragante esencia del humo de la madera que llegaba de los edificios más allá del puerto, mientras los ciudadanos de Alejandría despertaban para recibir otro día. La nariz de Gabrielle se agitó al detectar el olor residual de lana y cuero. La bardo cerró los ojos y puso en práctica algunas de las técnicas de meditación que Eli le había enseñado, intentando vaciar su mente y espíritu del estrés continuo al que había estado sometida los tres días anteriores, esperando reemplazar la energía negativa con parte del calor y la belleza que la rodeaban.
Xena había ido abajo a recoger sus cosas y a escribir una breve nota para Cleopatra, para hacerle saber que estaban en Egipto y de camino al palacio, recordándole a la reina de Egipto que había dejado en sus manos una invitación abierta para visitarla, y esperando que Cleopatra lo interpretase como una demanda social. Al menos, hasta que la guerrera tuviese oportunidad de trabajar el terreno con la pasional e impredecible reina. Se echó las bolsas al hombro y echó un último vistazo a la habitación. No puedo decir que vaya a echar este lugar de menos No es que hayamos pasado demasiado tiempo aquí, tampoco.
Excepto…
Sonrió para sí y se giró, cerrando la puerta sonoramente tras ella. Recorrió el estrecho pasillo por última vez, junto con varios miembros de la tripulación que estaban tan ansiosos como ella por tocar tierra firme.
No podía evitar percibir que la mayoría de ellos procuraban dejarle espacio de sobra, y sacudió la cabeza con ironía. Algunas cosas nunca cambian. Mientras su cabeza aparecía por el último peldaño, el capitán se acercó a ella y le tendió la mano—Xena, muchacha, te estaba buscando. Tu compañera dijo que estabas ahí abajo.
La guerrera aceptó el brazo que se le presentaba—¿Cleopatra está en el palacio de verano de El Cairo, o está aquí?
—La reina está actualmente en El Cairo—el capitán se inclinó a un lado y escupió mascadura por encima de la barandilla.
—Me lo imaginaba—Xena encogió los hombros, redistribuyendo el peso de las bolsas. —¿Has tenido la posibilidad de averiguar dónde está el palomar local?
—Sí. Al final del puerto, cerca de la primera taberna. Tienen varias palomas que hacen la ruta regular al palacio de la reina en El Cairo— Ronan estudió la alta figura durante un largo momento. —Me gustaría que me hubieras dicho que estás llevando a cabo una misión que requiere ver a la reina.
—¿Me habrías aceptado a bordo con menos reparos?—sonrió la guerrera.
—Sí. Quizá hasta os habría dado mejores aposentos—el capitán bajó la vista, puliendo la punta de una de las botas con la pantorrilla de la otra pierna.
—Ronan. Me gusta que mis asuntos sean eso, cosa mía. No siempre puedo distinguir a mis amigos de mis enemigos a primera vista—los ojos azules miraron fija e inquebrantablemente hasta que el hombre de barba blanca le devolvió la mirada.
—Ya veo—la cara del anciano se transformó con una sonrisa vacilante. —Siento lo de la tripulación, y los problemas que os han causado. Yo no los escogí, puedo asegurártelo. Venían con el barco.
—Eso me hace sentir un poco mejor—Xena frotó ausente su pulgar sobre el borde suave y afilado de su chakram. —No disfruto matando gente. Por lo menos ya no. Pero si alguien se mete con mi compañera y está entre ella o ellos, por supuesto, ellos llevan las de perder si yo puedo hacer algo al respecto.
—Nadie puede culparte por eso, Xena—Ronan alzó una mano para cubrirse los ojos del sol naciente.
—Um…¿te has ocupado de la otra cosa que te pedí?—la voz de la guerrera bajó de volumen mientras sus ojos observaban atentamente los alrededores.
—Sí. Cuando supe que estaba en El Cairo, me puse a buscar inmediatamente. Aunque me temo que habrá que esperar un día más—la voz de Ronan cruzó todo el barco, y Xena hizo un gesto de dolor.
Por favor, habla bajo. La guerrera miró a su compañera, que estaba a bastante distancia al otro lado del barco, en lo que Xena esperaba que fuese un profundo estado de meditación—¿Por qué tenemos que esperar?
—Solo hay un barco cada día de aquí a El Cairo, y el de hoy ha zarpado esta mañana. Pero os he conseguido un pasaje a ti y a tu amiga en el de mañana—la voz del capitán se hizo más sonora, complacido consigo mismo por ayudar a la guerrera, a quién había llegado a admirar durante el viaje.
Xena gimió internamente y volvió a mirar, para encontrarse apuñalada por un par de ojos verdes furibundos. La bardo estaba prácticamente echando humo por las orejas. Maldición. Demasiado tarde. Lo ha oído.
Se acabó la meditación.
—Oh…Xeeeeenaaaaa—la voz de Gabrielle era baja y regular. Demasiado regular. Forzada. —¿Puedo hablar contigo un momento, por favor?—la bardo curvó un dedo, señalando a su taimada compañera para que se acercase a ella.
—Discúlpame un momento—Xena se giró para mirar a la mini tempestad que se le venía encima. —Gabrielle—la guerrera expuso su sonrisa más sexy y encantadora—¿Te he dicho lo preciosa que estás esta mañana?—caminó lentamente hacia su enfurecida compañera.
—No va a funcionar. Cielo—la última palabra fue escupida con gran jocosidad.
—¿Qué, Gabrielle? ¿Qué no va a funcionar? No sé de qué estás hablando. Intento hacerte un cumplido y…
—Basta—la bardo puso las manos en las caderas y miró fijamente a su alta compañera, quién se había apartado un paso hacia atrás. —Antes de que digas nada más, déjame preguntarte algo. ¿He escuchado decir a Ronan que tú y yo tenemos pasaje para viajar mañana en BARCO?
—Gabrielle…déjame explicarte…—la guerrera retrocedió otro paso y sostuvo las manos con las palmas hacia fuera delante de ella.
—¿¡¡LO HE OÍDO!!?—la bardo estampó el pie en el suelo, haciendo botar a Xena.
Dioses. Está enfadada de verdad. La guerrera puso una mano dubitativa sobre el hombro de su compañera, inclinando su cabeza arrepentida—Sí. Lo has oído. Pero, Gabrielle, nuestra otra única opción es ir a pie o en camello, y eso nos llevaría varios días, que no tenemos. Por no mencionar acampar en el desierto bajo el calor del verano.
—No…me…importa—Gabrielle estampó los dos pies en el suelo.
La primera reacción de Xena fue reírse, ante la visión de su pequeña compañera teniendo un arrebato temperamental que era, de hecho, bastante mono, pero la conocía bien y desplazó la idea, adoptando en su lugar una expresión suplicante. —Gabrielle. Cariño, por favor. Tenemos que coger el barco. No hay otra manera de llegar a tiempo— continuó acariciando suavemente el hombro de la bardo mientras hablaba, haciendo una mueca para sí al sentir los tensos músculos bajo la superficie de la piel de su compañera.
—¡¡Xenaaaa!!—Gabrielle apartó la mano y empezó a pasear de aquí allá—¿Cómo has podido? Por los dioses, si no viera nunca jamás en mi vida un barco de nuevo, no sería tiempo suficiente—agitaba las manos mientras hablaba y murmuraba, permitiendo que varios juramentos saliesen de sus labios en el proceso.
Vaya. Nunca la había escuchado hablar así. Xena reconoció varias de las expresiones que usaban las amazonas de la aldea, y decidió retroceder un paso más, a una distancia segura, y esperar a que su agitada compañera se calmase.
—Muchacha, podría, si no te importa…—Ronan dio un paso hacia la guerrera y señaló a la iracunda bardo.
—Por favor—la guerrera sofocó una sonrisa—Adelante—. Xena se sentó en un banco para observar el resultado.
—Gabrielle, muchacha—el capitán esperó hasta que la bardo se giró y le miró, obligándose a sí misma a adoptar una posición civilizada. —El barco a El Cairo no es como este.
—No…¿no?—unos ojos serios estudiaron al capital.
—No. No va por mar abierto. Recorre el río Nilo. ¿Has estado alguna vez en un crucero fluvial?—los ojos del capitán, también verdes, resplandecieron con la luz del amanecer.
—Em…—Gabrielle recordó brevemente un viaje rápido en canoa rio abajo, mientras Xena y ella intentaban escapar de las Hordas. Pomira, se corrigió rápidamente. Probablemente no se refiere a eso. —La verdad es que no. Al menos, creo que no.
—Es una gran aventura. El barco es abierto y mucho más pequeño. Y el Nilo es transparente como un cristal, con mucha orilla y cosas que ver.
—¿Sí? Sigue hablando—la bardo misma se sumergía en el relato.
—Hay fuentes de queso y olivas y otras chucherías para picar, y botellas de vino dulce. Y a veces hay tañedores de lira o bardos cantantes para entretenerte en el viaje. Solo lleva medio día. No tienes que pasar la noche en el barco.
¿Bardos cantantes? Gabrielle se permitió regodearse en su fantasía. — Bueno—miró a su silenciosa compañera—No suena tan mal. Está bien, princesa guerrera, supongo que te has librado—sonrió a la guerrera, quien se levantó lentamente y le sonrió con alivio.
—Gracias, Ronan—Xena palmeó al capitán en el hombro—Yo tampoco he estado nunca en un crucero como ese, pero he oído hablar de ellos. Lo has explicado mucho mejor de lo que yo lo hubiera hecho.
—No hay problema, muchacha—el capitán miró alternativamente a la bardo y a la guerrera. Vaya contraste. Me pregunto cómo han acabado juntas. —Sois bienvenidas a dormir en el barco esta noche, y tenemos incluso una balsa extra para que podáis subir y bajar como os plazca. Estaremos anclados aquí unos cuantos días, y solo estaré yo a bordo. Mi tripulación probablemente estará en el burd…—miró a Gabrielle con suspicacia, no queriendo ofender a lo que él percibía como unos oídos delicados. —…posada. En la posada.