16 de marzo 5 (Deidad) - Linda Crist

Summary

Después de terminar con la amenaza de Marco Antonio y volver de Egipto, Xena y Gabrielle están listas para embarcarse en un viaje largo tiempo planeado. En Lesbos, Xena se reencontrará con viejas amistades, mientras que Gabrielle entrará en contacto con la naturaleza más exótica de su compañera. Juntas vivirán una semana que ninguna de las dos olvidará jamás.

Genre
Romance
Author
WNLesb
Status
Complete
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1


Me he colado en tu templo, He dormido sobre tu banco, He soñado con la divinidad, Dentro y fuera de ti, Lo quiero más que la verdad, Puedo saborearlo al respirar Te daría mi vida por una pequeña muerte. * Melissa Etheridge, de Angels Would Fall.

Observo al capitán guiar nuestro barco hasta atracar en el puerto de Lesbos. Ha sido un viaje placentero. El tiempo ha aguantado, solo hemos tenido que pasar una noche en el barco y Gabrielle no se ha mareado. Solamente por eso, el viaje ya sería un éxito.

Gabrielle está inclinada sobre la barandilla, cerca de mí. Me encanta mirarla cuando llegamos a un lugar nuevo por primera vez. Sus ojos se hacen grandes y brillantes, y normalmente tiene un millón de preguntas que hacerme. Después de casi seis años, está bien saber que algunas cosas nunca cambian.

Cuando la conocí, su charla incesante me molestaba infinitamente. Ahora la disfruto. Y a ella le gusta burlarse de mí, recordándome que, entonces, tenía problemas para formar una frase entera. Ahora hablo más y ella habla menos. Como en muchos otros aspectos de nuestra vida juntas, nos hemos compensado.

Ya no es una niña. La he visto crecer frente a mis ojos. Y ha crecido muy bien, podría añadir. Pero de alguna forma ha conseguido retener su maravilla infantil a propósito de nuevos lugares y experiencias. Es una de las muchas cosas que adoro de ella. Ver las cosas a través de sus ojos, la belleza y la magia de las cosas, que de otra manera no percibiría en absoluto.

Después de lo que parece una eternidad, bajan la pasarela y se nos permite desembarcar. Pongo una mano en la parte baja de su espalda, guiándola por la inclinada plataforma. Como si no pudiera hacerlo sola.

Es algo automático para mí, en ciertas circunstancias, hacer cosas así. Me gusta sentirme conectada a ella, aunque solo sea por el simple contacto.

-¿Xena, y nuestras bolsas?—me mira, confundida, cuando se da cuenta de que no las llevo colgadas al hombro.

-Yo...em... Gabrielle, suelo obtener un trato especial aquí en Lesbos. Y ha pasado mucho tiempo desde mi última visita. Cuando le mandé un mensaje a Safo diciéndole que planeaba venir, me respondió que prepararía la mejor cabaña de huéspedes para mí, y es lo que espero, si “el trato habitual” sigue siendo el mismo.

-¿Qué quiere decir con eso? - llegamos al final de la pasarela y Gabrielle engancha su mano con mi brazo. Me encanta cuando hace eso. Puede significar muchas cosas, pero por la mirada que tiene ahora mismo, puedo decir que está un poco asustada. Insegura de que esperar de este lugar. Planeo tranquilizarla.

-Quiere decir que nuestras bolsas serán llevadas a la cabaña de huéspedes, que tendremos acceso a las tabernas más exclusivas de la isla, caballos, carruajes y conductores. Básicamente, amor, significa que nos van a mimar mucho mientras estemos aquí- Le sonrió, reafirmándola. Ella me devuelve la sonrisa.

Me inclinó y susurro en su oído. -Creo que la reina amazona se merece que la mimen, ¿no crees?. - Esto me recompensa con un ligero beso en el hombro. Puede besarme siempre que quiera. Por lo que a mí respecta, puede besarme en cualquier parte de mi cuerpo que quiera. No soy quisquillosa.

De repente recuerdo parte del trato especial que solía recibir aquí, y me recuerdo mentalmente que tengo que encontrar a Safo y salirle al paso. Tengo una reputación, digámoslo así, en Lesbos. En mis días de señora de la guerrera, visité este lugar en cada ocasión que tuve. A veces traía a alguien conmigo, pero generalmente no, simplemente me dejaba caer por aquí. La gente que se encargara de esta isla siempre se aseguraba de encontrarme compañía.

Podía tener a la misma chica todo el viaje o una distinta cada noche. Lo que yo quisiese. Era mi recompensa por gastarme ingentes cantidades de dinares aquí, en las tabernas y las salas de juego. A nadie le importaba que ni una sola moneda hubiera sido ganada de manera honesta. Los dinares son los dinares y podría comprar la gracia de quien quisiese.

Aunque normalmente no tenía problemas en absoluto en encontrar chicas por mi cuenta, después de mi primera noche en la isla. ¿Qué tiene ser un señor de la guerra, que atrae mujeres...y hombres...en leguas a la redonda? Solo puedo asumir que se sienten intrigados por el peligro, o el potencial de aventuras. Tendré que admitir que tengo un buen cuerpo, maldición, y que trabajo duro para mantenerlo. Luchar por toda Grecia es lo que tiene. Y se ha dicho que mi comportamiento en la cama es impecable. Sonrío para mí. Gabrielle no se ha quejado, ciertamente.

Estoy intentando recordar si mencioné en mi mensaje a Safo que traía a mi prometida conmigo. Dioses. Seguro que lo he hecho. ¿Y si no? Decido, en ese momento, que será mejor ir a buscar a Safo directamente a su taberna privada. Es uno de esos lugares en los que siempre soy bienvenida. Tengo que tener unas palabras con mi vieja amiga. Lo último que necesito es ir a nuestra cabaña y encontrar a alguna dulce muchacha esperándome.

Eso sería realmente malo, en varios modos. No es solo que probablemente Gabrielle saldría echando humo de la cabaña y que yo estaría castigada a los establos durante el resto del viaje. Sería vergonzoso, además. Ya me veo de vuelta en la aldea y puteada por Pony alrededor del círculo de guerreras. —Sí, fui a Lesbos y no me acosté ni una sola vez—. Una visita a Safo es, definitivamente, la primera parada.

-Gabrielle, te gustaría conocer a Safo?-miro su cara, sabiendo que la décima musa es uno de sus ídolos. Su rostro se ilumina. Me encanta ser la responsable.

-¿Ah...?—su voz tiembla. Es tan mona cuando se emociona. -¿Ahora?

-Ahora-. La llevo a una fila de carruajes. La taberna privada de Safo está en la cima de la isla, en un acantilado sobre el mar del oeste. Como en Zakynthos, un brindis al ocaso es una tradición aquí. Ayudo a Gabrielle a subir al carruaje y me siento a su lado. Le digo al conductor quien soy y prácticamente se cuadra ante mí. Le pido que nos lleve a la cima.

Eso significa la taberna, la cima de la isla. Ellos, de hecho, lo llaman “El final del camino”. Sé que, en el pasado, algunas de las actividades en las que participé allí casi son mi final. Él nos conduce por una sucesión de curvas y pendientes, y pronto dejamos atrás la línea de árboles que señala la cumbre de la isla. Gabrielle mira a su alrededor, captándolo todo. Puedo ver los poemas formarse ya tras sus ojos. En una curva en particular, dejamos atrás los árboles y se abre ante nosotras la vista de kilómetros de mar abierto y playas de arena blanca. Ella me aprieta el brazo-Es incluso más precioso de lo que me imaginé.

Envuelvo con mi brazo sus hombros y la atraigo más cerca-Espera a ver las vistas desde arriba-Sus ojos brillan con anticipación y parece más feliz de lo que la he visto en días. Este viaje ya ha valido la pena por cada dinar, y aun no he quitado ni un solo hilo de ropa. Mía o suya.

En un tiempo record el carruaje llega al final de un largo camino de tierra que lleva al Final del camino. Hay flores de tonos brillantes delineando el camino, junto con más árboles. Me siento engreída, pensando en nuestras amigas de la aldea amazona. El invierno acaba de comenzar, y probablemente verán las primeras nieves esta semana. Aquí no. Aquí, en el paraíso, es primavera todo el año, con algunos ramalazos de verano.

Mientras nos dirigimos a la taberna, me pregunto por centésima vez que hago aquí con Gabrielle. Mi dulce, pura e inocente Gabrielle. Vale, ya no es totalmente así, pero es así como era cuando yo la conocí. Por eso, a veces aún sigo pensando así en ella. Me digo a mi misma que estamos aquí para saciar su curiosidad. He estado aquí varias veces. Ella lo sabe, conoce la reputación de este lugar, y tiene curiosidad. Este viaje es por ella, no por mí.

El tema es este. No necesito Lesbos para excitarme para estar con Gabrielle. Todo lo que tengo que hacer es mirarla y estoy lista. Hades, lo único que tengo que hacer es pensar en ella. Estoy pensando en ella ahora mismo. Camina a mi lado mientras pienso en ella. Oh, dioses. Estoy en Lesbos con una chica que puede mirarme y hacerme caer de rodillas. Estoy en serios problemas.

Entramos en la taberna y parpadeo, ajustándome a la falta de luz. Nos lleva un ratito, porque Gabrielle tiene que parar para oler las flores. Literalmente. Ahora tiene varias colocadas en su pelo. Yo las he puesto ahí. Sigue siendo la flor más bonita de todas.

-¿Xena?-mi bardo me tira del brazo y me giro para mirarla. Tiene una expresión extraña en la cara. Sigo su mirada hacia una mesa que está situada en una alcoba semi cubierta por una cortina de gasa. Puedo decir que detrás de la cortina hay dos mujeres, y ninguna de las dos tiene mucha ropa encima. Y ninguna de las dos está comiendo. Por lo menos, no la comida que hay encima de la mesa.

-Bienvenida a Lesbos, Gabrielle - Inclino su cabeza hacia arriba, apartando sus ojos de las actividades de la mesa. -Recuerda que te dije que las cosas eran...un poco diferentes aquí.

-Ajá—sus ojos se vuelven pensativos y puedo leer la pregunta en su rostro.

-Cariño-le acaricio la mejilla. Es tan suave bajo mis dedos. -Nunca, en un millón de años, haría nada que te avergonzase. Y quitarte la ropa en público sería una de esas cosas. Bueno, a lo mejor las botas, para que estuvieras más cómoda, pero nada más. Estamos aquí para pasarlo bien. Si algo no es divertido para ti, no lo haremos.

Parece aliviada por esto y consigue recorrer con la vista el resto de la habitación. Es bonita. Safo ha redecorado este sitio desde mi última visita. La barra y las mesas están construidas con una rica madera rojiza, y detecto la esencia del cedro, así que supongo que ha importado la madera del Líbano. La barra está bien aprovisionada con cada libación conocida por el hombre, y más estanterías de madera oscura acogen jarras de todos los tamaños. Tapices griegos cuelgan de las paredes, y en adición a los resquicios más privados, hay mesas y bancos agrupados juntos a través de la parte abierta de la habitación, como para fomentar la conversación entre las mesas. Una plataforma se alza a lo largo del extremo más alejado de la habitación, para actuaciones en público. A Safo le encantan la tertulia intelectual y el recital poético.

Trago saliva cuando mis ojos siguen la intrincada espiral que guía hasta el segundo piso. Hay habitaciones allí arriba, de libre uso para cualquiera con suficiente categoría como para ser bienvenido en este establecimiento. Habitaciones para actividades que requieren de más privacidad que una cortina. Soy buena conocedora de esas habitaciones, y en silencio me permito imaginarme llevando a Gabrielle hasta allí arriba. Soy muy perra, en muchos sentidos. Pero no ahora. No todavía. Puedo comportarme.

En lugar de eso me acerco a la barra y le digo al tabernero que le haga saber a Safo que estoy aquí, y que estaré esperándola en la terraza. Oye mi nombre y, sin mayor discusión, pone inmediatamente una jarra del mejor oporto de la casa delante de mí. Me complace enormemente. Miro hacia Gabrielle, pero ya ha desaparecido por la puerta abierta que conduce a las mesas del exterior. Le pido una bebida afrutada y me uno a ella.

Salgo a la terraza y, por un momento, me pierdo en la visión que tengo ante mis ojos. Gabrielle está cerca de la barandilla, mirando al mar. Lleva su traje blanco, el que le compré en Egipto. Se cambió justo cuando llegamos al puerto, porque pensó que sería bonito para llevarlo en las vacaciones. No podría estar más de acuerdo con ella.

El sol brilla sobre su pelo, haciéndolo imposiblemente rubio, y la brisa juega con su falda levantándola un poco, por lo que disfruto de una bonita visión de sus piernas. Unas piernas increíblemente suaves, aunque firmes, y que saben increíblemente bien cuando las pruebo. Y, dioses, cuando las envuelve a mi alrededor...mejor para ahora, guerrera, antes de que tengas que usar esas habitaciones.

Se gira y me mira. -Tenía razón. La vista es excitante.

Asiento deslizando mis ojos muy lentamente desde sus pies hasta su cabeza, parándome un poco en su torso desnudo y las encantadoras curvas que tiene justo encima. -No te lo discuto.

Mira a su alrededor y comprueba que estamos solas en la terraza. —Ven aquí, Xena-abre sus brazos y me los tiende. Dejo las jarras sobre una mesa antes de acercarme a ella, atraída como Ulises a las sirenas. Pronto estoy perdida en ella, besándola hasta que me doy cuenta de que soy lo único que la sostiene.

Me aparto y está sin respiración, mirándome a los ojos. Quiere más y yo puedo dárselo. Deslizo mis dedos por su pelo y después por su nuca, atrayéndola hacia mi. Su boca es tan dulce, y siento mi pulso acelerarse cuando se abre, invitándome a entrar. ¿Quién podría rechazar semejante invitación? No hay nada más en el mundo que su cuerpo contra mí, sus manos deslizándose por mi espalda y sus deliciosos labios jugando con los míos. Hasta que oigo a alguien aclarar su garganta detrás de mí.

Nos separamos y me giro para ver a Safo parada en la puerta, completamente divertida. Y siento a Gabrielle enterrarse en mi costado, profundamente avergonzada. Ups.

-Vaya, vaya, Xena-la túnica de Safo ondea a su paso junto con su largo cabello negro, que sobrepasa su cintura. Está envejeciendo bien, y está exactamente igual a como yo la recordaba, desde la última vez que la vi. —Parece que no has perdido el ritmo en los seis años que llevamos sin vernos.

-Hola, Safo-. Se acerca y me besa en una mejilla y después en la otra. Esta acción trae consigo una mirada curiosa de Gabrielle desde su escondite en mis cueros. Me mira, y después a Safo, confusa. Sabe que nadie me saluda así. Soy más de un cruce de antebrazos, y evito el contacto físico siempre que me es posible, exceptuando a Gabrielle, por supuesto. Suspiro internamente. Aquí hay una historia, y estoy segura de que tendré que compartirla con ella.

La décima musa se gira hacia Gabrielle y la recorre con la mirada. Después sonríe graciosamente. -Y tú debes de ser la famosa bardo, Gabrielle—también tiene una ronda de besos para ella. -Bienvenida a Lesbos. Es un honor tenerte aquí.

-Gracias-Gabrielle encuentra su voz.

--Entiendo que se impone una felicitación—Safo nos conduce a la mesa donde dejé nuestras bebidas. Veo que hay una tercera bebida, una taza de hidromiel. -Xena me dijo que se traía a su prometida a la isla.

Doy gracias en silencio a varios dioses porque parece ser que si me acorde de incluir esa pequeña información en mi mensaje.

La décima musa alza su jarra y nosotras

-Gabrielle, estoy impresionada - la imitamos, entrechocándolas.

- ¿Por qué?-mi bardo aún se siente un poco tímida, y su voz es muy suave.

-Porque se están rompiendo corazones a lo largo de todo el mundo conocido—Safo toma un largo trago de su jarra, dejándonos a medias

-El rumor en las calles es que la Destructora de Naciones ha sido conquistada por una bella reina amazona—. Se inclina más cerca de ella y le guiña un ojo—Ninguna mujer antes que tú puede afirmar que ha tenido a la Princesa Guerrera a sus pies-se gira hacia mí con una sonrisa malvada—Te has puesto de rodillas para ella, ¿verdad, Xena?

Siento a Gabrielle enterrar su rostro contra mí de nuevo, mientras me atraganto con la bebida. Safo ríe entre dientes, nuestros actos son suficiente respuesta. Gabrielle, lo siento. No quería avergonzarte. Xena y yo somos viejas amigas, y este cacareo ha sido un distintivo de nuestra amistad.

-No pasa nada. Xena y yo también nos metemos la una con la otra - Gabrielle se sienta erguida, como la reina que es. Siempre me impresiona esta transformación. Es como si buscase muy profundamente dentro de sí misma y sacase las reservas ocultas que tiene de coraje y dignidad. Siempre acaba brillando como una estrella fugaz. Sé que ha sido la luz de mi camino durante mucho tiempo. -Xena, ¿te importa si hablo un ratito en privado con tu maravillosa prometida? Las palabras de Safo me pillan con la guardia tan baja que todo lo que puedo hacer es aceptar. -Claro. Estaré dentro-mi bardo está tan sorprendida como yo, y siento su mano apretar mi brazo. —No pasa nada, amor-me inclino y susurro en su oído—No muerde. O al menos sabe bien que no debe morderte.

Espero en el bar una eternidad. Bueno, al menos lo suficiente como para consumir otra jarra de oporto. Sorbo lentamente el vino mientras tamborileo con los dedos sobre la madera pulida y observo mi alrededor, impaciente. La tarde está muriendo y otros huéspedes distinguidos de la isla empiezan a llegar a la taberna para el brindis del ocaso. Localizo a parte de mi pasado atravesando la puerta. No recuerdo su nombre. Probablemente nunca lo supe. Pero la conozco, por así decirlo, de alguna de las habitaciones de arriba. Ella me ve y me sonríe, reconociéndome inmediatamente. Es hora de largarse de aquí.

Le dejo propina al muchacho y salto del taburete. Odio ser pesada, pero tengo todos los nervios de punta. Mientras me acerco a la terraza, de repente se me ocurre que Safo está equivocada. He perdido el ritmo. Al menos, respecto a esta gente a ya la manera en la que solía pasar el tiempo aquí. Todo mi ritmo está orientado hacia una bardo rubia. No quiero sentarme sola en el bar sin ella. Estoy fuera del mercado de por vida.

Me quedo en la puerta, observando. Gabrielle ha hecho una nueva amiga. No esperaba menos. Está inmersa en una animada conversación con Safo, y sus manos gesticulan mientras hablan. La décima musa está encantada por mi bardo. Pero no de una manera que podría resultarme amenazadora, o preocuparme.

Gabrielle siente mi presencia y hace una pausa para mirarme y sonreírme. Es una expresión suave que me dice que está mucho más cómoda que hace un ratito. Vuelve a mirar a Safo y le coge la mano. — Gracias-besa a la musa en la mejilla y se levanta de la mesa. Safo la sigue rápidamente.

-¿Lista para ir a ver nuestras habitaciones?- la voz de mi bardo es tan inocente, pero reconozco una cantinela que pone mi cuerpo en ebullición inmediatamente. Esta noche voy a tener suerte.

Alza una provocativa ceja y pasa de largo, y yo la sorprendo, envolviendo mis brazos sobre su cintura desde atrás. La beso a un lado del cuello, justo debajo de la oreja-Pensaba que no lo ibas a decir nunca-. La beso de nuevo y la libero. Miro por la habitación y la chica de antes está mirando. Nuestros ojos se encuentran y ella aparta la mirada rápidamente. Bien. Asunto resuelto sin un ápice de escándalo. Gabrielle se gira y pone una mano en mi cara. -Xena, iré a conseguirnos un carruaje. Creo que Safo quiere hablar contigo, un momento-antes de que pueda decir nada, ella ya está al otro lado de la habitación y la dejo marchar, observando su trasero moverse bajo la falda. ¿Conquistada? Oh, sí.

-¿Estás atada, eh, Xena?–a mano de Safo acaba sobre mi brazo.

-¿Atada?—sonrío con malicia. —Sabes bien que ése no es mi estilo.

Esto me consigue una carcajada profunda de mi vieja amiga. -Xena, en serio. Gabrielle está completamente enamorada de ti. Y lo veo en tu cara. Te sientes igual.

Solo puedo asentir ligeramente, y bajar la mirada al suelo.

-Eres afortunada, amiga mía. El verdadero amor raramente llama a la puerta más de una vez en la vida. -Lo sé. Levanto la mirada para encontrarme con los ojos negros de Safo

-Lo que tengo con Gabrielle...yo...—No puedo hablar. Ella significa para mí más de lo que puedo expresar con palabras. Lo es todo. Siento que mi corazón salta en mi pecho y trago saliva. Safo parece entenderme.

-El amor te sienta bien, Xena. Vamos, fuera de aquí. Le he pedido a Gabrielle que actúe alguna noche mientras estáis aquí. Sería un obsequio para mis huéspedes. Pero aparte de eso, espero de verdad no verte mucho por aquí. Mi casa de huéspedes debería satisfacer vuestras necesidades. Y deseos-Me mira con intención. Por supuesto, me encantaría tener la oportunidad de ponerme al día contigo, tomar algo una tarde de estas.

Asiente, simplemente, y me empuja hacia la puerta.

Viejas costumbres. -Gracias.

-Está bien. Creo que puedo hacerte un hueco. - La beso en las mejillas.